La Teoría, La Teoría, La Teoría…

Por Tom Wolfe

Esta necesidad imperiosa de exhibir la falacia del “triunfalismo de los Estados Unidos” condujo a un momento cumbre  en el año 2000. Desde hace 11 años, desde la Plaza de Tiananmen y la caída del Muro, personas del antiguo imperio de la Unión Soviética han estado buscando en los Estados Unidos los principios mismos de la vida en condiciones de libertad.

Es asombroso el conocimiento que tienen los estudiantes universitarios de Europa del Este de la lucha de los Estados Unidos por la libertad de hace 225 años. En 1993, en Nueva York, conocí a un estudiante húngaro que se sabía de memoria los discursos del gran orador de la Guerra Civil de los Estados Unidos, Patrick Henry, y no sólo su célebre discurso “Dadme la libertad o dadme la muerte” de 1775, sino también su discurso de la Ley del Sello de 1765, anterior a la Cámara de los Burgueses de Williamsburg. Podía repetirlo casi al pie de la letra:

César tuvo a Bruto, Carlos i a Cromwell, y Jorge iii…
—    ¡Traición!, profirió el orador de la Cámara. ¡Traición!
—    …aprovechar el ejemplo , dijo Patrick Henry. ¡Si esto fuera traición, aprovecharlo al máximo!

Jóvenes como él, de Europa del Este, donde escritores como Solyenitzin y Václav Havel eran los encargados mismos de conservar la flama de la libertad, han buscado naturalmente las figuras literarias de los Estados Unidos para enterarse de los grandes principios democráticos del país más libre del planeta. Pero, casi sin excepción, los escritores estadounidenses son… intelectuales. Si nuestro joven húngaro se aproximara a un intelectual de los Estados Unidos y le repitiera el discurso de Patrick Henry a propósito de la Ley del Sello, en respuesta sólo recibiría (como dice Thomas Mann) un profundo silencio.
¿A dónde más pueden dirigirse los millones de recién liberados de la desaparecida tiranía soviética? Ay, salvo por algún raro padre católico valiente, el clero de los Estados Unidos ha perdido importancia para la opinión pública, a menos que se rindan a la tentación, como han hecho muchos, de volverse intelectuales.
Eso nos lleva a nuestros filósofos académicos, nuestras versiones del año 2000 de Immanuel Kant, John Stuart Mill y David Hume. Así llegamos a uno de los capítulos más selectos de la comedia humana. Hoy en día, en cualquier universidad importante de los Estados Unidos, un Kant, con toda su vacilación respecto a Dios, la libertad y la inmortalidad, o incluso un Hume, no sobrevivirían un año en la universidad, ni mucho menos se les contrataría para dar clases.

Los departamentos de filosofía, historia, literatura inglesa y literatura comparada y, en muchas universidades, los de antropología, sociología y aun los departamentos de psicología, están divididos, como dice exquisitamente John L’Heureux (The Handmaid of Desire), entre Jóvenes Turcos y Necios. Casi todos los Necios son viejos, tienen entre 55 y 65 años, aunque pueden ser de cualquier edad, pueden tener 28 años o 58 por igual; basta pertenecer a esa minoría del cuerpo docente de la universidad que sigue creyendo en las viejas formas germánicas decimonónicas de la denominada actividad académica objetiva.
Hoy las facultades de humanidades son hormigueros de doctrinas abstrusas como el estructuralismo, el posestructuralismo, el posmodernismo, la deconstrucción, la teoría de la respuesta del lector, la de la cosificación… Los nombres varían, pero el texto de fondo siempre es el mismo: el marxismo puede estar muerto, y el proletariado resultó imposible.

Todos andan en el mar con su tercera esposa. Pero se pueden encontrar nuevos proletariados de los cuales podamos ser benefactores: las mujeres, los no blancos, los sufridos blancos de segunda, los homosexuales, transexuales, perversos polimorfos, pornógrafos, prostitutas (sexo-servidoras), los árboles de maderas duras, útiles para expresar nuestra indignación contra las autoridades establecidas y nuestra indiferencia ante sus secuaces burgueses, para mantener viva la llama del escepticismo, el cinismo, la ironía y el desdén.

Esto no sería Marxismo Vulgar, sino… marxismo rococó, elegante como un Fragonard, solapado como un Watteau. No nos obsesionaremos demasiado por cuestiones políticas, que de todas formas nunca parecen funcionar bien. En cambio expondremos las llamadas verdades de los secuaces, que los Necios cultivan ignorantemente, y deconstruiremos sus menjurjes de autoengaño compuestos de verdades eternas. Demostraremos cómo las autoridades establecidas manipulan, con ponzoñosa eficiencia, el lenguaje mismo con que hablamos para encerrarnos en una panóptica invisible, como dijera el difunto “posestructuralista” francés Michel Foucault.
Foucault y otro francés, Jacques Derrida, son los grandes ídolos del marxismo rococó en los Estados Unidos. ¿Podía ser de otro modo? Hoy por hoy, como todo a lo largo del siglo xx, nuestros intelectuales siguen siendo sudorosos y pequeños pobladores de las colonias que trotan desesperadamente, tratando de alcanzar el sistema de los ídolos de Francia, que consiste en la Teoría, la Teoría, la Teoría.

En esta búsqueda, algunos pobladores de las colonias inevitablemente corren a mayor velocidad que otros, y actualmente conducen el rebaño dos académicos: Stanley Fish y Judith Butler.

Antes de caer el Muro, el arquetipo del intelectual de los Estados Unidos era un simple escribidor que alegremente se izaba a la condición de intelectual. Desde la caída del Muro, el arquetipo del intelectual de los Estados Unidos es un académico que alegremente se ha rebajado a la condición de simple intelectual. Si los ya fantásticos poderes proféticos de Nietzsche hubieran tenido la especificidad suficiente para soñar a un par de personajes que representaran la deconstrucción de la Verdad (con V mayúscula) por él anticipada, hubiera soñado con Fish y Butler y los hubiera embutido en Así habló Zaratustra.

Fish es un especialista en Milton, de 61 años de edad, doctorado en Yale, o un académico caduco especialista en Milton que llegó a la fama como jefe rococó del Departamento de Literatura Inglesa de la Universidad de Duke y hoy está en servicio en la Universidad de Illinois en Chicago, con 230 mil dólares anuales más beneficios (lo máximo en la academia), con el fin de reunir una cuadra de estrellas rococó para estudios paraproletarios, sin excluir, según afirma, el estudio de “las partes del cuerpo, las funciones excretorias, el comercio sexual, consoladores, bisexualidad, travestismo y pornografía lesbiana”.

Fish dice esas cosas con gusto swiftiano, paladeando la inevitable alarma consiguiente. Entre la generalidad de los rococó de las colonias, Fish gasta una imagen de brío sin par, en su jaguar verde, una larga bufanda enrollada al cuello, á la Théophile Gautier. En su lascivia y travieso fulgor difiere acentuadamente de las cuadrillas estrafalarias de deconstrucción que lo siguen. Sí, se pone el suéter sin camisa visible debajo, no obstante, así como casi todos los Jóvenes Turcos, hombres y mujeres, lucen una especie de indumentaria de la Generación X: sudaderas, camisetas, vaqueros, zapatos tenis, trajes todos negros al estilo de los Artistas Jóvenes, con el propósito de ir más informal y más juvenil que los Necios, que siguen estancados en la moda de profesor con traje de tweed.
En el nivel teórico, Fish es más conocido por su “teoría de la respuesta del lector”, según la cual los textos literarios no significan nada en sí mismos; el significado no es sino una elaboración mental urdida por el lector. Hay apenas un paso de este postulado a afirmar que las autoridades establecidas se han dado un festín atiborrando la lengua con terminología calculada para obligarlo a uno a urdir las elaboraciones mentales que ellos quieren que fragüemos para manipularnos la mente.

¿Se me permite ofrecer un ejemplo insigne y quizá conocido, pero claro? Recientemente me encontré en una de nuestras principales universidades a una mujer que impartía un curso de Teoría Feminista y reprobaba a sus estudiantes si en un examen o un trabajo ponían women como plural de la especie. Insistía en que se pusiera womyn, ya que las autoridades establecidas, en algún momento perdido en la bruma del pasado, habían integrado la primacía masculina en la lengua misma al hacer que la palabra women fuera 60 por ciento men. ¿Cómo reaccionaban los estudiantes? Se encogían de hombros. Han aprendido desde hace mucho tiempo lo fútil de oponerse al marxismo rococó. Simplemente ponen womyn y siguen afanándose en conseguir el crédito de ese curso.
Un estudiante me dijo que el único problema era que al redactar sus trabajos en la computadora utilizaba el corrector ortográfico y cundía el caos. “Salen esas rayas rojas onduladas por toda la pantalla debajo de womyn. Esa palabra no viene en el diccionario del corrector”. Luego encogió los hombros. “Al menos no viene en el mío”.
La reina indiscutible de la teoría feminista es Judith Butler, especialista en Hegel doctorada en Yale (como Fish), de 44 años de edad y también conocida como la diva de los Queer Studies. Es pequeña y de aspecto no muy agradable, pero los universitarios de todo el país dicen “diva” apenas se menciona su nombre. Un grupo de ellos organizó una revista de sus seguidores llamada Judy!, dedicada a informar cómo ella hace entender su concepto de performativity sobre el habla y el comportamiento sexual como formas de anarquía.
“Todos los roles de género son una imitación que carece de original”, reza su célebre paradoja. Es más famosa todavía por su intrincada Theoryese. En 1998, la revista Philosophy and Literature la nombró ganadora de su Concurso de Mala Escritura por una oración que comenzaba: “El avance de una explicación estructuralista en la que se entiende que el capital estructura las relaciones sociales en formas relativamente homólogas a un panorama de la hegemonía en el que las relaciones de poder están sujetas a repetición, convergencia y reformulación…”, y seguía durante otras 59 palabras más o menos. Sus seguidores de las zine adoran la forma desenfadada pero erudita con que rechaza esos ataques: “La ponderosidad —dice refiriéndose a Hegel— es parte del reto fenomenológico de este texto”.
Pero la contienda entre los Necios y los Jóvenes Turcos ha superado toda descripción posible. En 1987, los tradicionalistas formaron una organización de autodefensa llamada Asociación Nacional de Académicos; se unieron mil. En una declaración pública, Fish, que estaba por entonces en Duke, los etiquetó con la palabra R, la palabra S y la palabra H: racistas, sexistas y homofóbicos, y le mandó un memorándum al director de Duke recomendando que no se admitiera a integrante alguno de esa corrompida organización en los comités determinantes de la universidad.

El director se negó. Los Académicos acusaron a Fish de tratar de ponerlos en la lista negra. En más de una universidad importante los Jóvenes Turcos andaban por ahí vestidos como la Generación X, con la pluma de tinta roja lista, olfateando a los desviacionistas… sexistas… racistas… clasistas (sic)… homófobos… etnófobos… Podría armarse un capítulo bastante truculento de un libro con relatos de Jóvenes Turcos dándose leves codazos y murmurando para apartar a los estudiantes de los cursos de los Necios, a tal punto que algún Necio termina sin estudiantes para el curso.
Ante semejante confianza y decisión de los Jóvenes Turcos y tanta devoción de sus estudiantes y seguidores, ¿quién queda para apoyar a un estudiante que padece por womyn o cualquier otra manifestación de marxismo rococó?, ¿sus otros maestros?, ¿algún decano?, ¿el presidente de la universidad? El menos probable de todos, créanme, es el presidente.
Hace poco conocí a un estudiante que me dijo que estaba tomando un curso transdisciplinario titulado Civilizaciones de América del Norte. “Transdisciplinario” hoy es una palabra de moda en el mundo académico. No hay que confundirla con el viejo concepto (Necio) de “interdisciplinario”, que alude a la utilización de conceptos de dos o más disciplinas académicas convencionales para estudiar un tema en particular, como la utilización de conceptos de la sociología y la economía en la historiografía. No, “transdisciplinario” se refiere al cruce de todas las disciplinas, así como un 747 atraviesa el Polo Norte 12 mil kilómetros por encima de una capa impenetrable de nubes… rumbo a un destino único: el marxismo rococó.

De modo que el maestro informa a su clase que si bien los estadounidenses pueden tener más dinero, posesiones, ventajas tecnológicas y comodidades que los mexicanos o los canadienses, en materia de “brechas sociales” respecto a raza, género, clase, etnicidad y desequilibrios regionales. En este tema hay que aprender en el regazo de los mexicanos y los canadienses.
¿Los canadienses? ¿Los mexicanos? ¿Es una broma?… ¿Qué no los franceses de la provincia de Quebec se molestaron tanto por la mayoría británica que casi se separan de Canadá apenas hace cinco años? Y hace apenas seis años, ¿qué los indios de la provincia más al sur de México, Chiapas, se levantaron en rebelión armada?

Y el género… cáspita… ¿no es un secreto a voces que las empresas extranjeras prefieren contratar mujeres en sus maquiladoras de México porque las mexicanas aprenden durante toda la vida a someterse a la autoridad masculina? ¿O estoy soñando?
Encogiéndose de hombros: “Oye, no sé. Eso nos dijo”.
A estas alturas, cualquiera puede hacer eso, encogerse de hombros y dedicarse a lo suyo. Desde hace ya 82 años, los intelectuales de los Estados Unidos, puntualmente, como predijo Nietzsche, han manifestado su escepticismo sobre la vida estadounidense. Y como dicen los franceses: “el escepticismo se endurece y se convierte en desprecio”.

Como podría decir cualquier sociólogo Necio, en Estados Unidos sólo hay dos clases sociales que se perciben objetivamente: los que han ido a la universidad, es decir, han terminado una licenciatura de cuatro años, y los que no han ido. A estas fechas los que han ido han aprendido a encogerse de hombros y asentir a la “corrección política”, al marxismo rococó, porque saben que oponerse en voz alta es de mal gusto. Es una… transgresión de la etiqueta indispensable para parecer educados.

Mientras tanto, en las filas de las personas que se encuentran por debajo de esa línea claramente divisoria, la licenciatura, todos esos choferes de automóviles de lujo y personal de instalación del servicio de televisión por cable que andan de crucero, hay muchos que dan voz a su oposición, de noche, fumando un cigarrillo, en el bar del barco Palais Doré… refunfuñando, quejándose, quejándose, refunfuñando… dudando todo el tiempo de su propio sentido común. No sorprende, pues, que encuesta tras encuesta los estadounidenses coloquen a principios del siglo ii de los Estados Unidos, la Pax Americana en estado de… lo que sea…
Nos queda, por último, una pregunta: ¿exactamente qué quieren lograr los intelectuales con su acrobacia mental marxista rococó? ¿Quieren el cambio, cambio para todos los paraproletarios cuyos benefactores ideológicos se proclaman? Claro que no. El cambio real supondría un afán fastidioso. ¿Entonces qué quieren?
En el fondo es muy simple. Todo lo que quiere el intelectual, en el fondo de su corazón, es conservar lo que se le dio mágicamente en un momento fulgurante de hace un siglo. No pide más que permanecer indiferente, apartado, como dijo una vez Revel, de la plebe, los filisteos… “la clase media”.
¡Cuánto se hubiera divertido Nietzsche si sólo Dios no estuviera muerto! Hay que ver lo que hubiera significado para él poder pasar los últimos 100 años; murió en 1900— reclinado en una nube king-size en el cielo, con los ángeles tocando cuartetos de arpa de Richard Strauss (había renunciado a Wagner), mientras miraba a las criaturas, debajo, que sólo él había tenido la inteligencia para anticipar… los hermanos bárbaros… los guerreros del mundo… las cuadrillas de demolición de la Verdad merodeando vestidos de niños…

Un profeta, supongo, disfruta al ver cumplidas sus profecías, pero sospecho que Nietzsche se hubiera aburrido de cien años de… “el intelectual”… Casi puedo escuchar su voz exhortadora e increpante: ¡Cómo pueden ustedes, escritores y académicos, haberse conformado con una función tan fácil e indolente durante tanto tiempo! ¿Cómo pudieron escoger el esnobismo fácil en vez del trabajo difícil, interminable, el trabajo hercúleo de adquirir conocimiento?

Creo que hubiera sacudido la cabeza ante las elaboradas teorías del conocimiento y la sexualidad. Creo que se hubiera fastidiado de ese obstinado escepticismo, cinismo, ironía y desdén, y hubiera dicho: ¿por qué no admiten (nadie tendría que enterarse, al fin y al cabo estoy muerto) que si hay que calificar a los países, en este momento de la historia sus “execrables” Estados Unidos son el micrómetro mismo para medir a los demás?
Y hubiera tenido razón.
Los marxistas del imperio soviético de Europa del Este tuvieron su Havel; los marxistas de la propia Unión Soviética su Solyenitzin; y los marxistas rococó de los Estados Unidos…
—”¡Chovinismo!”, exclaman los intelectuales. “¡Patriotismo!”.
…podrían aprovechar su ejemplo. Si esto es patriotismo, ¡hay que aprovecharlo al máximo!

 

*Fragmento de “In the Land of Rococo Marxists”, publicado en

Comments

comments