Por Violeta Santiago H.

La frescura de la mañana capitalina va pasando poco a poco mientras que el mercado Melchor Ocampo comienza a bullir de actividad. Pocos lo conocen con su verdadero nombre; la mayoría, tanto mexicanos como extranjeros —y sobre todo estos últimos— lo conocen como Mercado Medellín.

Las principales calles de la colonia Roma Sur, en el Distrito Federal, llevan nombres de estados de la República, excepto la calle Medellín. En esencia se trata de Medellín, Veracruz, aquella ciudad que se une con la incipiente zona metropolitana que conforman además Veracruz y Boca del Río. Pero no, este centro de abastos recuerda más a Medellín, Colombia, pues actualmente es el único mercado que se especializa en productos de Sudamérica y algunas regiones de México.

Afuera de la estructura de alto techo abovedado, en la fachada principal que ostenta el nombre, los grafitis intentan señalar que se trata de un lugar común con productos habituales, pero es sólo el exterior. Afuera (sí, afuera) cohabita la realidad latente del Distrito Federal y de la colonia Roma: un intento de mimetizar la marginación, de distraer con sus restaurantes chic mientras jóvenes con bolsas Prada pasean por la zona al tiempo que tres niños con los rostros cenicientos se acercan a pedir un peso regalado para poder comer; niños que, por supuesto, son ignorados. Afuera, el viento casi hace volar lejos a una plantita que iba sobre una bandeja con docenas de ellas, sostenida por el brazo de papá. La plantita es alcanzada rápidamente por una mujer de rasgos jóvenes, aparentemente indígena, con una niña de la mano y un bebé amarrado a la espalda entre un huipil de colores.

Adentro, desde un primero vistazo, el mercado es diferente. Está limpio y ordenado; hay clientela, pero los pasillos no están atiborrados de compradores; no hay un “pásele marchanta”, ni vendedoras de ajos a diez pesos que se atraviesen enfrente; el piso es de mosaico blanco, brillante y sin charcos malolientes. No es un lugar para el mexicano “común”, sino para quienes buscan productos especializados y pueden pagarlos, sean árabes, judíos, mexicanos de clase media alta y alta o sudamericanos que salieron de sus países en busca de una vida que ya no podían tener en sus patrias.

La entrada a la estructura desde la calle de nombre homónimo está inundada de dulces y piñatas de colores. Las catrinas y perros huesudos de papel maché comparten espacio con las calaveritas de dulce para el día de muertos —ya próximo—, el granillo de colores, las monedas de chocolate, las estampas ya pasadas del mundial de fútbol 2014 y las frituras de harina en forma de aros colocadas en vitroleros de plástico naranja y morado con motivos de Halloween.

A pocos metros de la entrada oeste, rodeado de carnicerías y locales de carnes frías con productos gourmet, está la frutería Rafael, que tiene tanto tiempo existiendo como el mercado mismo. El mercado original era una estructura de madera sin techo que, según los comerciantes más antiguos, data de finales del siglo xix, cuando Benito Juárez García era presidente de México; tenían que subir a tapar la galera cada vez que llovía. Mientras tanto, otros aseguran que el impulso del mercado se dio durante el porfiriato, pues la zona creció, pasando de los potreros a las mansiones afrancesadas en donde vivía la alta sociedad porfiriana. El 9 de octubre de 1964, los locatarios vieron abrir puertas al inmueble que hoy continúa de pie: una enorme galera de concreto junto a una zona fraccionada en locales cerrados y un área de comida.

Alan Hernández prepara café mientras el día transcurre levemente y afuera se escuchan los cláxones del tránsito vehicular que ya se comienza a formar mientras van avanzando las horas. Su tatarabuela, su bisabuela y su abuelo estuvieron al frente de la frutería Rafael desde que se fundara en 1915, y ahora le toca a él cuidar el negocio familiar.

La frutería dio paso a un seleccionado de frutas exóticas o poco conocidas del país, como la anona, la yuca o guacamote y la malanga, además de frutas colombianas, como el tomate de árbol, el plátano verde, el lulo y el chontaduro, que parece una fusión entre un aguacate por la forma interna y la gran semilla, un durazno por el color y un tomate por la piel y el color.

Desde mediados de los 90, la tradicional frutería evolucionó después del éxito de un primer introductor de productos colombianos y luego sudamericanos en el mercado Medellín.

Ahora hay un café gourmet con finas pastas y panes del sur del continente junto a un gran local con chocolate, café, refrescos, cervezas, harinas de maíz, mondongo de lata, conservas y una gran variedad de productos con nombres extraños y hasta hilarantes —para los no conocedores—, como el chocolate Cua cua.

Alan se emociona al hablar sobre el mercado, de lo diferente, de su especialización, aunque admite que su puesto no fue el pionero. Realmente, el destino del mercado como punto de reunión para compradores del Sudamérica comenzó como una coincidencia; un favor, más bien,

Fue en el comienzo de la última década antes del 2000 cuando Alfonso López Carmona atendía su puesto de frutas y verduras. Manzanas, peras, papayas, piñas… nada distinto a lo que se suele buscar en un local como ese. Pero un día, una señora llegó a pedirle yuca para preparar sancocho, un plato tradicional colombiano. Decidió hacer el intento y la próxima vez que fue a la central de abastos consiguió el tubérculo que se siembra en el sur de México pero apenas se conoce en la capital. Obviamente, la yuca que le trajo a la señora no era la de mejor calidad y algunos de sus proveedores hasta se la daban cocida. La tercera vez que consiguió la yuca, un poco mejor que en anteriores ocasiones, el esposo de su compradora regresó casi a las dos de la tarde para invitarlo a su casa a comer sancocho, una sopa hecha con carne de gallina, res o cerdo con mazorca, plátano verde, yuca, papa y arracacha. Ese día, su vida cambió por completo.

Más colombianos comenzaron a llegar hasta su puesto para pedirle que le consiguieran frutas, tubérculos y otros productos de su patria como un mexicano buscando tortillas en el extranjero: al verlos en otras tierras, sus corazones se emocionan y algunos hasta lloran de la alegría mezclada en sus recuerdos. Sus compañeros del mercado le decían a Alfonso que las cosas que vendía eran porquerías sólo por ser diferentes, como el chontaduro, fruta de la pasión de la que se desprende un dicho: “Chontaduro maduro, hijo seguro”, según por sus propiedades afrodisíacas.

Tras varios años dedicándose a la importación de productos extranjeros, al grado que los colombianos le apodaron “El Paisa”, hace poco más de diez años acudió el embajador de Colombia en la Ciudad de México, a quien Alfonso recuerda como Agustín. “Si usted vende mis productos, ¿por qué no va a mi país”, le diría al vendedor, quien por dentro temblaba de miedo por la problemática del narcotráfico que todavía estigmatizan al país; tenía dos hijos que mantener y no quería que se quedaran sin padre. Con boleto en mano, aún con reticencia, Alfonso salió del mercado Medellín, abordó el avión y llegó al otro Medellín, en Colombia.

Sin embargo, cuando estuvo en aquella nación, descubrió que la gente es amable y la situación no era como él creía que sucedería, con vendedores ofreciéndole coca en cada esquina, tal como se piensa ahora, curiosamente, de México. Dispuesto a quitarse tal idea de una vez por todas, una noche se escapó del hotel en el que hospedaba para caminar por la ciudad capital del departamento —lo equivalente a un estado mexicano — de Antioquía. Sin hablar mucho más que un hola y un adiós, para que en su acento no reconocieran que era extranjero, recorrió las calles y callejones y nunca encontró a los vendedores; pero al mismo tiempo, en el hotel, el recepcionista ya le había hablado a la policía porque temía por la seguridad del mexicano y creían que algo malo le había ocurrido.

Aunque descubrió la parte agradable de Colombia, los temores por los que se había negado a viajar en un principio sí existían en algunas zonas, y él mismo sería testigo cuando iba rumbo a Santiago de Cali, capital del departamento del Valle de Cauca.

En el camino pasaron por Silvia, municipio del mismo departamento, cuya principal actividad comercial es la ganadería y agricultura. Casonas y mansiones se alzaban por Silvia, que tiene un clima similar a la Marquesa: frío por ubicarse en la sierra y asolado por el narcotráfico, como ha sucedido en distintas ciudades de México, especialmente en el norte. Silvia se convirtió en una ciudad fantasma porque gran parte de la población huyó a otros municipios o países porque en el lugar casi sólo habitaban soldados que se enfrentaban con la guerrilla y el narcotráfico, pues estos bajaban y extorsionaban a los ciudadanos mientras que quienes no estaban dispuestos a pagar las cuotas eran despojados de sus propiedades. “Ves gente, pero no normal”. No es fácil, asegura, pero tristemente le recuerda a Xalapa y a otras ciudades de Veracruz, de Tabasco y del norte en las que pasa lo mismo. Eran mansiones, cosas bonitas; tanta comodidad abandonada por el asuelo del crimen organizado.

Los mayoría de los nacionales de Colombia que llegaron a México eran ganaderos y empresarios florecientes en su patria que fueron amenazados y cuyo patrimonio fue atacado por los narcotraficantes, historia que se repite en México. Eso es lo que narra Alonso. Explica que los colombianos que viven en el Distrito Federal no son como los centroamericanos que se quedan en el país mientras van en busca del sueño americano o que salen para encontrar un mejor trabajo para mantener a sus familias que se quedan en sus países de origen. Ellos, en cambio, llegan en avión y con dinero para trabajar y establecer nuevas empresas, viviendo en las zonas más exclusivas de la capital y con la capacidad económica para comprar una soda de 20 pesos y 1 kilo de exóticas frutas de su tierra natal que oscila en los 80 pesos por kilogramo.

Además de productos colombianos, en su tienda también se vende comida y objetos de Cuba, Argentina, Perú y Venezuela, aunque el mercado es algo menor, ya que los nacionales de esos países tienen menos oportunidades para salir frente a los colombianos. El cubano que tiene dinero es el que viene de Miami, señala Alonso, no el que viene de la isla, el que es amenazado por el Gobierno para que regrese o si no su familia sufrirá las consecuencias. Venezuela, según lo que cuentan los venezolanos que llegan a comprarle al mercado Medellín, vive una situación muy difícil actualmente y el Gobierno controla todo movimiento que se haga con tarjeta bancaria al grado de que si compran 1 kilo de harina no pueden volver a comprar otro, pues queda registrado y sólo tienen derecho a cierta cantidad de productos al día como de dinero en efectivo.

Los colombianos salen de su tierra natal con la esperanza de llevar una vida tranquila en México, en donde se pasean con un bajo perfil y tratan de ocultar su acento para no ser blanco de las preguntas de las autoridades policíacas. En Colombia, en cambio, la cultura mexicana existe como parte de algo intrínsecamente relacionado con la misma cultura local: en los taxis es normal escuchar música de Pedro Infante, Pepe Negrete o Vicente Fernández, y en los centros de diversión de lugares como Juanchaco, Colombia, una hora al día se escucha música de mariachi y suena “México lindo y querido”, hecho que llevó al borde de las lágrimas a Alonso cuando se percató de eso.

En Colombia se expone la música y cultura mexicana como algo habitual, pero los colombianos en México apenas se muestran en la ciudad, excepto durante el mundial de fútbol que acaba de concluir. Cuando Colombia ganó por dos tantos al conjunto de Uruguay, las calles aledañas al mercado Medellín se cerraron para dar lugar a los festejos. El baile, los gritos de emoción, los sabores y colores amarillo, azul y rojo se mezclaron con las flores de la entrada principal en una algarabía pocas veces vista por los colombianos en tierras mexicanas, como si fueran al Ángel de la Independencia para los mexicanos en plena fiesta futbolística. Aunque el seleccionado cayó por dos tantos frente a uno contra los “verdeamarela” de Brasil, un hecho sin precedentes se había asentado en la colonia Roma, y quedó clara, finalmente, la importancia que tenía el lugar para una creciente comunidad colombiana en el Distrito Federal.

Pero exceptuando ese momento de fiebre deportiva, los colombianos temen ser extorsionados por los policías capitalinos sólo por el hecho de ser de la tierra de Pablo Escobar. Alonso, en cambio, se viste casi a diario con playeras “de los cafeteros” y acude a la central de abastos así a buscar productos que luego transporta hasta su negocio lleno de coloridas banderas nacionales y sudamericanas, frutas tropicales, olor a café, salsas, vinos, aceites, refrescos, trajes típicos, fotografías, recuerdos…

En una ocasión, casi a la mitad del sexenio de Felipe Calderón Hinojosa, el colombianizado mexicano regresaba un domingo de la central de abastos y se dirigía a su negocio en el mercado, cargado con su mercancía habitual. Iba por la calle Lázaro Cárdenas y dio vuelta a la izquierda sobre el eje tres cuando se le pegó una camioneta. Pocos minutos después llegó a la calle Monterrey, dio vuelta para entrar al estacionamiento del mercado y cuando una patrulla de Seguridad Pública del DF le marcó el alto. “Camioneta, párese”, le vocearon en tono imperativo. No hizo caso porque él sabía que no había hecho nada malo y se quedó parado a la mitad de la calle, sin orillarse. Un amigo de él pasó en otro coche y le preguntó qué pasaba, y tras explicarle que lo seguían sin haber cometido ningún delito, le pidió que si no entraba al mercado en diez minutos le dijera a su papá que estaba ahí afuera.

Los policías creían que Alonso era colombiano y transportaba droga. Se acercaron para revisarlo y él se volvió a negar. “Eres colombiano”, le gritaron, y entonces, enojado, arrojó la credencial con fotografía para votar —la del IFE— y la licencia para conducir. Los policías rieron, se miraron los unos a los otros y entonces le dijeron que esos papeles hasta ellos los podían conseguir en Tepito. Alonso, quien pensaba que también podría conseguir unas placas policiacas en Tepito, intentaba convencerlos de que era mexicano, pero su fama como El Paisa lo señalaba como amigo de los colombianos-vende-droga y nacionales suyos, pues hasta banderas tenía en su negocio y se vestía con ropa que aludía a aquel país. Finalmente, harto de la situación, Alonso salió de su camioneta, arrojó los papeles al parabrisas de una de las patrullas y le dijo a los oficiales que quería sus papeles de vuelta en diez minutos adentro del mercado mientras le tomaba fotos a la patrulla.

Entró colérico y avergonzado por la situación; no creía lo que le pasaba. Entendió entonces por qué los colombianos apenas y decían de dónde venían. Se entristecía de la corrupta policía local; vaya, su mente y corazón, eran un mar de sentimientos. Detrás de él, el par de agentes lo acusaba de haber huido, y cuando el ayudante de Alonso observó que su patrón era seguido por los uniformados, bromeando, le preguntó: ¿Otra vez vendiendo droga, patrón?

El Paisa llamó a una sobrina que trabajaba en la extinta Agencia Federal de Investigaciones (AFI), y tras algunos minutos, llegaron dos patrullas junto con su familiar para interceptar a los agentes y preguntarles si tenían alguna orden para detener a Alonso. Finalmente, los gendarmes capitalinos fueron víctimas de lo que ellos precisamente querían lograr: terminaron dándoles 500 pesos a los AFIs para que no los acusaran, más que una extorsión como una lección.

Los roces del vendedor con la justicia han sido pocos, aunque en algunas ocasiones la precaución o algún aviso a tiempo lo salvaron de caer bajo la lupa de la justicia mexicana. En una ocasión, un cubano le ofreció un jugoso negocio: celulares que costaban 500 pesos con comisión del 10 por ciento por cada aparato vendido. Los móviles se venían como pan caliente, pues las tarifas que tenían permitían hablar por todo un mes hasta Colombia, mucho más baratos que hablar desde un celular mexicano. “Eres un idiota”, le diría un día un colombiano que se dedica a negocios turbios: “Eso déjalo para nosotros. Tú no quemes tu negocio honesto por esto”, le sentenció su amigo, pues los teléfonos eran robados. Alonso devolvió los pocos móviles que le quedaban y le dijo al cubano que no quería volver a saber de él nunca más.

Por esas situaciones y otras más, Alonso conoció a algunos colombianos que, según el pensamiento regional sobre esa nación, sí se dedicaban al narcotráfico. En octubre de 2008, los titulares de los principales periódicos nacionales anunciaban la detención de once colombianos que operaban en una mansión en la que había un pequeño zoológico con tigres y otros felinos, además de un local privado de striptease. Él había sido invitado, unos 15 días antes, a una fiesta en ese lugar. Uno de ellos le había comprado más de 7 mil pesos en mercancía, pero él, siguiendo el consejo de su padre de “nunca le preguntes a un cliente a qué se dedica”, se mantuvo en silencio. La noche de la fiesta, uno de sus empleados le insistió en ir, pero él tuvo una corazonada y prefirió declinar la invitación. Como aquella, afirma, tuvo muchas más en diversas ocasiones; hasta para conciertos privados de celebridades colombianas e internacionales que llegaban a casa de los narcos sólo para presentarse ante ellos.

Dice que su modo honesto de vida lo ha salvado. Siempre se preocupó más por sus hijos e intentó no hacer nada riesgoso o comprometedor para no afectar su patrimonio. Del negocio logró darle carrera a los dos, en escuelas privadas, algo que de no haber sido por la importación de productos especializados, jamás hubiera logrado con los ingresos de un vendedor de frutas y legumbres.

El hecho de comercializar productos de Sudamérica le dio también el privilegio de conocer al Nobel de literatura Gabriel García Márquez. “Gabo” llegaba continuamente a su local para comprar frutas y tubérculos para su sancocho. Alonso admite que no lee mucho, pero conoce las películas de las que García Márquez también fue guionista, pues las vende en su local y son buscadas por sus clientes. Gabo, sencillo y humilde, fue a su negocio casi cinco meses antes de que fallecer en su casa de la Ciudad de México y le dijo que lo invitaría a su hogar para que viera las cosas que él tenía de Colombia.

La cocinera que atiende el local de comida y cafetería de Alonso prepara ají mientras Alonso sale a atender a un cliente. No es el ají como el chile o el pimiento, se trata de una salsa que no pica, casi idéntica al pico de gallo mexicano. La señora corta el jitomate en pequeños trozos sobre una tabla de madera, y cuando tiene todos los trozos, comienza a aplastarlos con la parte amplia del cuchillo hasta formar una pasta más o menos homogénea. Le agrega un poco (pero sólo un poco) de chile, además de cebolla y cilantro. No tiene más de veinte días trabajando en el lugar, y al principio la salsa le quedaba muy picante —como buena mexicana— y se la regresaban. Originalmente había ido a buscar trabajo en el Chacha-chá, una fonda ubicada en una pequeña planta alta sobre el acceso abarrotado de olorosas flores sobre la calle Monterrey. Cuando fue, el puesto ya había sido ocupado, pero le dijeron de la cafetería de Alonso y ahí se encontraba, aprendiendo a preparar platillos de los que nunca en su vida había escuchado, y menos aún probado, y conociendo diariamente la cultura sudamericana a través de los comensales que asisten al lugar. Asegura que hay gente agradable, aunque algunos “son desesperados”, pues quieren todo rápido, bueno y bonito, aunque no barato. Definitivamente no.

Casi acabando de preparar el ají, llega un colombiano vestido con pantalones cortos, chanclas tipo pata de gallo, camisa y lentes Ray-Ban Wayfarer negros. Pide una arepa, que es una especie de tortilla de maíz inflada —como una gorda— y frita de la que existen casi 75 variantes. El hombre acaba de titularse como doctor en oceanografía física gracias a una beca que consiguió del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) mexicano, especialidad que no pudo haber logrado en Colombia, pues ahí sólo formando parte del ejército pudo haber estudiado eso. Tiene siete años viviendo en Ensenada, Baja California, lugar sobre el que afirma que, a pesar de la creciente ola de crimen en el norte del país como en Tijuana, la situación se ha mantenido aceptable respecto a otros municipios. Lo que sí no sucede es que llueva. Tenía más de un año sin ver llover y esperaba que con los huracanes que acaban de pasar llegara un poco de lluvia a la región; apenas llegó hace ocho días al Distrito Federal y se alegró de volver a ver una precipitación. Fuera de la oportunidad de estudiar que no hubiera conseguido a no ser que se hubiera vuelto militar, es el apoyo de los mexicanos y la seguridad respecto a su nación lo que lo orilla mantenerse en México. Él recuerda la época de Pablo Escobar, a principios de los 90, cuando en Medellín —el de allá— su madre le daba la bendición todas las mañanas antes de ir a casa, sin saber si iba a regresar con vida. Ahora, en el 2014, tiene dos años sin regresar a Colombia, aunque espera poder regresar, por algunos días, durante Navidad.

México, admite, paulatinamente se está convirtiendo en lo que él vivió de joven. Encuentra más similitudes que diferencias, no sólo en los políticos corruptos, el narcotráfico y los policías que los ayudan, sino también en la hospitalidad, la alegría latina, la comida, la forma de ser… Él sabe que Gabo se fue de Colombia por la presión del narco; conoce a amigos que están en el D.F. porque sicarios les pedían elevadas cantidades para no ser atacados, ni ellos ni sus familias, bajo el riesgo de perder su patrimonio. Él no se fue de Colombia por motivos de seguridad, pero sabe que la mayoría que lo hace es precisamente por eso. El kilo de coca en Colombia que se vende en Nueva York termina costando un 1000 por ciento más, por lo que el narcotráfico es un negocio redondo, jugoso, atractivo, aunque corto, dice.

A pesar de que ya casi se cumplen 21 años de la muerte del principal y más famoso narcotraficante colombiano, Pablo Emilio Escobar Gaviria, los colombianos —como él— siguen cargando con el estigma de la droga y son blanco de las más diversas bromas y acusaciones al respecto. “Siempre me preguntan que si tengo coca”, dice riendo, sin molestarse, pues con el tiempo ha aprendido, sobre todo del mexicano, que esos comentarios no siempre son con mala intención; es más una cuestión cultural. Pero ahora, también señala que los mexicanos están comenzando a vivir una situación similar: quienes tienen los recursos, huyen del país por seguridad; la imagen internacional del país es el de un tierra de narcotraficantes, y ahora también son blanco de aquellas bromas que con tanta gracia hacían sobre los colombianos.

Colombia, tras varias décadas, ha logrado avanzar un poco, aunque el estigma no será algo fácil de quitar, especialmente mientras se sigan produciendo series que enaltezcan la narcocultura, sobre todo sobre Escobar, confiesa el colombiano mientras la arepa se enfría en el mostrador: “Es como si Alemania siguiera produciendo obras sobre los Nazis”, compara, y se pregunta si dentro de diez años México producirá series sobre El Chapo o El Pozolero.

El colombiano sonríe mientras se despide. Narra de buena gana lo que piensa, lo que conoce y ha visto o escuchado a través de sus amigos, aunque prefiere no decir su nombre. Con la fama que tienen los colombianos en México, lo último que desea es que le hagan una revisión como a El Paisa. Fue a través de sus amigos en el D.F. como el hombre llegó al mercado Medellín, pues le contaron que sólo ahí lograría sentirse, aunque fuera por un momento, como en casa.

*Este texto es resultado del Mashup de Periodismo Balas y Baladas 2014 organizado por Agencia Bengala y Arca.

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