¿Cuál es el uso práctico, artístico y científico de doblar papelitos?

Por Susan Orlean

Uno de los pocos estadunidenses que participaron en la Guerra de los Bichos, allá por los ’90, fue Robert J. Lang, un californiano larguirucho que siempre estuvo en el frente: desde la batalla del Escarabajo Kabutomushi hasta la de la Mantis Peligrosa y la de la Avispa Patona. La mayoría de los combatientes en la Guerra de los Bichos —que fue, por cierto, un concurso de origami— eran miembros de los Origami Detectives, un grupo de artistas en Japón a los que les gusta superarse unos a otros con diseños exagerados de objetos específicos en papel. Se enfrascaron en la Guerra de los Bichos cuando uno de los detectives develó lo que en la página web del grupo se describe como “una increíble arma secreta”: un escarabajo cornudo con las alas abiertas, hecho con una sola hoja de papel. “Así estalló la guerra de insectos”, se lee en la traducción del sitio web. “Todos comparaban sus modelos en sus juntas mensuales, y los perdedores se iban disgustados”.

Durante la Guerra de los Bichos, Lang todavía no era un profesional del origami; era un investigador en los Laboratorios Spectra Diode, en San José [California], que aprovechaba su tiempo libre para doblar papelitos. Siempre estaba ocupado —en 1993, el año de la Mantis Peligrosa, patentó un resonador laser auto-colimado y trabajó en redes de fibra óptica para satélites espaciales—, así que rara vez tenía tiempo para viajar a Japón y entregar su insecto del mes. Tenía que enviar sus diseños por correo a uno de sus aliados en Tokio, quien lo doblaba y lo presentaba ante los detectives en nombre de Lang.

En aquella época, Lang tenía treinta y tantos años. Había estado haciendo origami —creando figuras con hojas de papel, sin usar cortes ni pegamento— por 25 años, y llevaba 20 haciendo sus propios diseños. Siempre se consideró un amante de los bichos, pero sus primeros diseños no eran insectos. En los ’70, inventó un Jimmy Carter de origami, y también un Darth Vader, una monja, un conejo inflable y un Cerdito Arnold. Le hubiera gustado tener insectos de papel, pero en aquellos años, los insectos, como los crustáceos, eran considerados una imposibilidad para el origami. Nadie había sido capaz de resolver el problema de cómo doblar una hoja de papel para formar figuras con cuerpos gruesos y extremidades delgadas; la mayoría de las figuras de origami, incluidos los jefes de Estado y los personajes de la televisión, derivaban de las formas básicas de la grulla y otras figuras creadas en el siglo xix en Japón. Entonces eran pocas las personas que sabían que doblar papel, además de ser una distracción agradable, tenía propiedades analizables y codificables.

Unos cuantos comenzaron a estudiar el origami como una disciplina matemática; otros —entre ellos Lnag— empezaron a desarrollar herramientas matemáticas para asistir el diseño. Ambas aproximaciones permitieron el desarrollo de técnicas de doblado cada vez más complejas. En 1970, nadie sabía cómo usar el origami para crear una araña que fuera convincente, pero los dobladores no tardaron en crear no sólo arañas, sino arañas de cualquier especie, con patas de cualquier largo, además de cigarras aladas y escarabajos aserradores con cuernos.

Por siglos, los patrones del origami tuvieron a lo mucho 30 pasos; ahora podían llegar hasta los cientos. Y mientras el origami se volvía más y más complejo, también se volvió más práctico. Los científicos empezaron a aplicar estas técnicas de doblado en cualquier cosa —en la medicina, la óptica, en dispositivos nano-técnicos y hasta cadenas de ADN— que tuviera un tamaño y una figura fijas pero que necesitaba ser empaquetado de un modo ordenado dentro de espacios pequeños.

Cuando terminó la Guerra de los Bichos, el origami había cambiado completamente, al igual que Robert Lang. En 2001, Lang dejó su empleo —trabajaba en JDS Uniphase, una compañía de fibra óptica en San José— para dedicarse de tiempo completo a doblar papeles.

***

Lang tiene la costumbre de ser sorprendente. Hace unos años, fue el invitado secreto del programa Naruhodo! Za Warudo —la versión japonesa de What’s My Line?—, y sorprendió al público y a los participantes, quienes no podían creer que un estadunidense fuera un experto del origami. Los que lo conocen sólo como científico quedan estupefactos cuando se enteran de que es uno de los origamistas más reconocidos del mundo, y con frecuencia se sorprenden de que exista tal cosa como un artista profesional del origami.

Los que esperan conocer a un excéntrico —o, al menos, a un japonés— se sienten confundidos por sus credenciales académicas, y no se diga por su blancura y americanidad. Recientemente, fue contactado por Lalique, una compañía cristalera de Francia, para que hiciera una demostración durante el lanzamiento de su nueva línea de floreros, cuyo diseño refleja las ondas y pliegues del origami. La presentación tuvo lugar en un Neiman Marcos de Troy, Michigan, una noche helada antes de Navidad. Fue organizada en honor de los clientes favoritos de Neiman Marcus; había música en vivo y meseros ofreciendo hors d’oeuvres y copas de vino. Lang estaba colocado en el departamento de cristales, detrás de un escritorio estilo Regency. A un lado del escritorio había una pila de finas hojas de papel, delgadas y brillantes como un salvavidas. Lang llevaba consigo una laptop, y durante su descanso me mostró un programa que estaba diseñando junto con su hermano, un profesor de botánica. El programa simula el crecimiento de los cerezos y le permitirá a los granjeros probar técnicas de podado y fertilizado virtualmente en vez de con sus orquídeas.

Lang ahora tiene 45 años. Es alto, con manos largas y delgadas, una barba estilo Sillicon Valley y el porte pulcro y tranquilo de un guardabosques. Aquella tarde vestía una chaqueta deportiva, corbata y pantalones. Se acomodó en su silla y comenzó a plegar una hoja de papel en lo que quizá se convertiría en un ave, una tarántula o un dinosaurio.

Una mujer en un barigo de lana que le llegaba hasta las rodillas se acercó a ver. Se quedó mirando las manos de Lang, y luego se percató de todo él. Tras un momento, codeó a su esposo, que estaba parado a su lado, medio encorvado por el peso de cuatro bolsas llenas de artículos.

—Dios santo, mira —le dijo, señalando a Lang—. ¡Anda en traje!

Lang dejó de plegar papel y levantó la mirada.

—Es que…ver a un artista todo limpio y bien vestido, de traje —balbuceó.

Lang sonrió y contestó:

—Es que mi kimono está en la lavandería —y continuó plegando.

—Eres bueno con el origami —dijo la mujer—. ¿Has trabajado en otras cosas?

—De hecho, sí. Por años. Solía ser físico.

La mujer tomó el brazo de su esposo, boquiabierta.

—¡Dios padre!

Mientras la mujer se recuperaba, dos hombres se acercaron.

—¿Y te pagan? —preguntó uno de ellos.

Antes de que Lang pudiera contestarle, el otro tipo, que traía una chuleta de cordero, le preguntó si sabía hacer la Estatua de la Libertad.

—Sí —dijo Lang—. No la haré ahora mismo, pero sé cómo hacerla.

Dejó a un lado la pieza en la que estaba trabajando y tomó otra de las hojas de la pila. Hizo un pliegue, volteó la pieza, hizo otro pliegue, alineó las orillas, aplanó los costados, pinchó aquí y allá y estiró una de las esquinas. Sus movimientos fueron rápidos y meticulosos; las manos se cruzaban por encima de la hoja como si trazaran una melodía. De repente, el papel se arrugó y luego floreció una figura: un pequeño violinista, tocando su violincito.

—¡Qué loco! —dijo el hombre de la chuleta—. Digo, wow.

***

Lang se crió en las afueras de Atlanta. Cuando tenía seis años, un profesor le regaló un libro de origami para mantenerlo entretenido en clase de matemáticas. Lang aprendió el arte de inmediato. Estaba fascinado por la infinidad de posibilidades dentro de lo aparentemente finito; las criaturas y personajes que podían surgir, como por arte de magia, de un simple cuadrito de papel. Aprendió a ejecutar los diseños de un libro tras otro tras otro tras otro. Tenía varios intereses —estampillas, monedas, plantas, insectos, lodo—, y era, como dice Jim Lang, su padre, “un súper-dúper mago con los números”, adicto a las columnas de matemática recreacional escritas por Martin Gardner en Scientific American. Pero doblar papeles era lo que más le gustaba. Comenzó a diseñar sus propios patrones de origami en los primeros años de su adolescencia. Los diagramaba detalladamente en los membretes de la División Airtemp de la Chrysler Corporation, donde trabajaba su padre.

Lang estudió la universidad en Caltech, donde se graduó de ingeniería eléctrica.

—Caltech fue difícil, muy intensa —me dijo hace poco—. Así que hice más origami. Me ayudaba a relajarme de las presiones escolares. Doblaba cosas, anotaba el diseño y luego tiraba el modelo.

No había conocido a nadie más que se dedicara al origami, y no le contaba a nadie sobre su pasatiempo. Su esposa, Diane, que conoció en Caltech cuando ambos participaron en la producción teatral de The Music Man, recuerda la primera vez que visitó su apartamento en Pasadena; ahí encontró varias hormiguitas de papel ordenadas sobre los estantes.

—Supongo que es un pasatiempo infantil que nunca pude superar —dice Lang—. Me daba un poco de pena.

En la contraportada de su libro de origami notó que había un nombre y una dirección del Centro Americano de Origami, fundado por Lillian Oppenheimer, y un precursor de OrigamiUSA, la organización nacional de los aficionados al plegado del papel. Gracias al grupo, que tiene base en Nueva York y cuenta con unos 2 mil miembros, Lang conoció otros plegadores recreativos, además de a unas cuantas personas referidas en el mundo del origami como “maestros”, entre ellos Michael LaFosse, John Montroll, Joseph Wu y Paul Jackson.

LaFosse se educó como biólogo marino pero dejó su empleo de manejo medioambiental en 1994 para abrir la primera galería de origami en el país, en Haverhill, Massachusetts, y estaba recibiendo hasta 20 mil dólares por encargos como el de un Pegaso que hizo para un escaparate de Hermès en Madison Avenue. Wu era un ilustrador comercial en Canadá que dedicaba casi todo su tiempo al origami. Y Jackson, que ahora vivía en Israel, era un artista que trabajaba doblando papel. Montroll, hijo de un físico de renombre, renunció a su empleo como ingeniero eléctrico y se convirtió en editor de libros de origami para apoyar su hábito de plegar. Montroll en particular era la inspiración de Lang: sus animales eran elegantes y meticulosos, y su aproximación al diseño era totalmente original. También modelaba poliedros complejos que nadie había creído posibles.

—¡John ha modelado todos los sólidos arquimedianos! ¡Todos los sólidos platónicos! —Lang me contó, excitadísimo—. ¡Hizo todos los poliedros!

Lang continuó sus plegando mientras estudiaba su maestría en ingeniería eléctrica en Stanford, y también durante su doctorado en física aplicada en Caltech. Mientras trabajaba en su tesis doctoral —“Semiconductores Láser: Nuevas Geometrías y Propiedades Espectrales” —, diseñó un cangrejo ermitaño, un ratón en una ratonera, una hormiga, un zorrillo y otras 50 piezas. Sus modelos eran densos, precisos y bien definidos, pero también llenos de carácter; su ratón proyecta algo particularmente ratonil, su hormiga contiene una hormiguidad esencial.

Sus insectos en particular eran bellísimos. Mientras estaba en Alemania haciendo labor post-doctoral, él y Diane quedaron impresionados con los relojes cucú; los diseños tallados, las pesas en forma de piñón, los péndulos y las aves que brincaban de dentro no parecían algo hecho para el origami, pero Lang creyó lo contrario. Consiguió un trabajo en el Laboratorio de Propulsión Jet de la NASA, en Pasadena, en 1988, justo después de haber terminado de plegar un reloj cucú de tamaño real. El diseño le tomó tres meses de trabajo, y necesitó seis horas para su pliegue, y también hizo de Lang una sensación en el mundo del origami.

***

Los japoneses han estado plegando papel para entretenerse durante por lo menos 400 años. En los primeros 200 años, los diseños estaban limitados a figuras muy básicas: cajas, botes, grullas. Se decía que plegar un millar de grullas —todas con papel blanco, que era el único disponible— traía buena suerte. El principio era de lo más simple. La hoja de papel era la esencia: no importaba en qué se transformara, la cantidad de papel era la misma; la hoja era la misma.

Es probable que el plegado japonés no llegara directamente a Occidente. No hay una historia definitiva. Sin embargo, David Lister, un abogado retirado de Grimbsy, Inglaterra, y autor de más de un centener de ensayos sobre el tema, sugiere que el plegado de papel se desarrolló independientemente en países de todo el mundo. En el siglo xix, los niños de Francia, Alemania e Inglaterra hacían caballos de papel con todo y jinetes, y cajas para atrapar moscas, y se dice que el plegado floreció en las villas y prisiones de España.

En 1837, un educador alemán, Friedrich Frobel, introdujo la entonces radical idea de la educación infantil a edades tempranas: el kindergarten. El currículum incluía tres tipos de plegado de papel —“Los Plegados de la Verdad”, “Los Plegados de la Vida”, y “Los Plegados de la Belleza” — para enseñarle a los niños los principios del arte y las matemáticas. El movimiento del kindergarten fue aceptado alrededor del mundo, incluido Japón, donde los plegados simples de Frobel se fusionaron con el origami tradicional. Los magos japoneses de entonces también comenzaron a hacer trucos con papel como parte de sus presentaciones. Para la década de 1860, el aislacionismo japonés estaba en las últimas, y durante las próximas décadas, esos magos viajaron a Europa y Estados Unidos con sus shows.

De repente, aquel ejercicio del kindergartten proyectaba maravilla y misterio. Un cuadro de papel ordinario plegado y arrugado podía cobrar vida en forma de una gaviota a medio vuelo; un trozo de pergamino podía convertirse en un león o una golondrina.

Los magos profesionales de Europa y Estados Unidos adoraban el origami, y unos cuantos escribieron libros sobre el tema. En 1922, Harry Houdini publicó Houdini’s Paper Magic: The Whole Art of Performing with Paper, Including Paper Tearing, Paper Folding, and Paper Puzzles. (Houdini solía hacer un truco conocido como “el troublewit”, plegando un trozo de papel en un sinfín de formas distintas sin hacer ni un solo corte.) En 1928, los magos William Murray y Francis Rigney publicaron Fun with Paperfolding, con capítulos sobre plegado cuadrado, plegado diagonal y una rutina escénica que giraba en torno al plegado de papel; la llamaban “Cómo Charlie compró su bote”.

A mediados de los ’40, el folklorista estadunidense Gershon Legman comenzó a estudiar origami. Legman era un hombre de diversas inclinaciones: coleccionaba quintillas vulgares, escribía libros sobre técnicas orales para la gratificación sexual y se le atribuye la invención del consolador con vibrador, a la tierna edad de 20 años. Luego de interesarse en el origami, Gershon contactó a los plegadores de todo el mundo; entre ellos, quizá el más importante era Akira Yoshizawa, un pródigo japonés que, antes de ser reconocido por su extraordinario talento, apenas si lograba ganarse la vida vendiendo aperitivos de pescado a domicilio en Tokio. Lo que hacía de Yoshizawa alguien extraordinario era que fue el primero en presentar el origami como algo con potencial creativo y expresivo; inventó decenas de miles de modelos, y era particularmente famoso por sus gorilas. En 1955, Legman organizó una exhibición de la obra de Yoshizawa en el Stedelijk Museum, en Amsterdam.

Yoshizawa se volvió aún más notable al año siguiente, cuando Robert Harbin publicó su libro Paper Magic. Harbin era un prominente mago inglés; fue el primero en aparecer en televisión, y el creador de la ahora clásica ilusión “Zig-Zag Girl”, en la que el mago coloca a su asistente en un gabinete y la parte en tres piezas. Su libro, un best-seller, celebraba a Yoshizawa, cuya obra estaba tan por encima de la de todos los demás que daba la impresión que no se podía ir más lejos con un cuadro de papel y unos cuantos pliegues.

***

Era una noche despejada y fría, no hace mucho, que conocí a Lang en Squid Labs, una compañía de tecnologías y desarrollo cuyas oficinas estaban ubicadas dentro de un enorme edificio de concreto que solía formar parte de la Estación Naval Aérea de Alameda, cerca de Oakland. Lang, su esposa y su hijo adolescente vivían a unas 30 kilómetros al este de Oakland, en una cómoda casa de estilo campirano equipada con un estudio en el patio trasero, donde Lang trabaja entre montañas de libros de matemáticas, guías de conchas marinas, computadoras y todo un circo de animales de papel. Pasaba el día en Squid Labs, usando la cortadora industrial laser para crear papel que utilizaba en sus dobleces más complejos. Dice ser posiblemente el primer origamista en usar una cortadora laser, que opera en la potencia mínima; así marca el papel en vez de rebanarlo.

Lang trabajaba en prototipos para dos encargos: uno era para una pieza de diseño interior que sería moldeada en metal, el otro para un accesorio de cuero. También se ocupaba en un diseño para sí mismo; no lo describió por temor a estropearlo. Los tres diseños eran tan complejos que necesitaría horas de pliegues para prepara el papel para los últimos dobleces.

Estaba usando unos cuadros grandes hechos de un papel Hanji color malva parecido al tweed, traído de Corea; el material es robusto pero ligeramente traslúcido, como la piel de un pescado. Es uno de sus papeles favoritos; lo compra al mayoreo de un vendedor en línea. Otros papeles que le gustan y que consigue en tiendas de San Francisco y Japón (cuando va de visita) son el lokta, de Nepal; el unryu, de Tailandia; y el kozo y el gampi, de Japón. Cuando hace sus insectos más complejos usa papel artesanal del estudio de Michael LaFosse. De hecho, hubo un tiempo en el que LaFosse tenía un papel llamado Papel de Insecto Robert Lang.

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Lang es, a todas luces, muy bueno en su labor científica. Ha escrito más de 80 artículos técnicos y es dueño de 46 patentes de lasers y orptoelectrónicos. Y mientras lo hacía, buscaba tiempo para escribir libros sobre origami. Publicó varios mientras aún trabajaba en el mundo de los lasers, comenzando con The Complete Book of Origami, en 1989, pero sabía que requeriría de todo su tiempo para escribir uno que tenía en mente. En vez de proporcionar instrucciones para ejecutar diseños —un libro típico de origami—, el suyo enseñaría cómo crear diseños propios.

La mala suerte de la burbuja del punto com terminó beneficiándolo. A principios del 2000, JDS Uniphase, que proporcionaba componentes a compañías computacionales, perdió mucho de su negocio, así que los deberes de Lang pasaron de supervisar investigación y desarrollo a administrar recortes de personal y cierres de planta.

—Despedir personas resultó mucho menos entretenido que inventar cosas —dijo—. Había mucha gente creando lasers. Las cosas que yo hacía con el origami… si yo no las hacía, nadie más las haría. La decisión de irme fue un resultado de lo que quería hacer y de lo que estaba sucediendo en mi empleo.

Considerando su personalidad —tranquilo, moderado, cuidadoso—, parece una movida increíblemente audaz. Mucha gente a lo largo de la historia ha abandonado carreras bastante respetables para convertirse en, digamos, poetas o músicos de jazz, pero existen mercados viables para esas ocupaciones, por pequeños y competitivos que sean. Convertirse en un doblador de papel profesional es más arriesgado, pues no existe un mercado para el origami como una forma de arte coleccionable, y hasta hace poco no se promocionaba como tal. Yoshizawa publicó libros de sus diseños, pero nunca vendió ni una de sus piezas. Me pregunto si la familia de Lang quiso matarlo cuando se enteraron de sus planes profesionales. Lo que hizo, después de todo, es comparable a abandonar su empleo como neurocirujano para convertirse en un tejedor profesional.

Diane ha dicho que a pesar de que la transición debió ser aterradora, no lo fue. Los padres de Lang también fueron optimistas. Ya habían pasado por una situación similar cuando la hermana de Lang, quien estaba estudiando una maestría en microbiología, dejó las ciencias para convertirse en diseñadora de interiores. La madre de Lang, Carolyn, recuerda:

—Creo que le dije en broma: “¿Vas a poder alimentar a tu familia?”. Pero conozco a Robert, y sabía que ya lo tendría todo planeado.

La primera parte de su plan consistía en escribir el libro que había planeado mientras trabajaba en JDS Uniphase —Origami Design Secrets—, que publicó en 2003 y en el que expone los principios básicos y técnicas para diseño de origami. Luego se dedicó de tiempo completo a diseñar nuevos modelos y a refinar los que ya tenía.

La verdad es que Lang no ha abandonado por completo el mundo de la ciencia. Acaba de ser nombrado el editor en jefe del Journal of Quantum Electronics, publicado por el Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos, y es consultor de medio tiempo para Cypress Semiconductor. También se ocupaba de un par de trabajos de origami específicamente científicos. La mayoría tiene que ver con productos que necesitan doblarse de un modo compacto y predecible. Le encargaron diseñar una bolsa para instrumentos médicos estériles que pudiera ser abierta sin que una superficie estéril entre en contacto con una no-estéril, y también una antena para celular que cupiera dentro del cuerpo del teléfono. Una compañía de productos médicos lo contrató para que averiguara cómo doblar un implante cardiaco —una malla de soporte diseñada para personas con insuficiencia cardiaca— de modo que fuera lo suficientemente compacto para ser implantado a través de un tubo muy delgado pero que, cuando saliera del tubo, se desdoblara propiamente alrededor del corazón. El Laboratorio Nacional Lawrence Livermore lo puso a trabajar en problema similar, pero esa vez lo que debía ser doblado era un telescopio con una lente de 100 metros de diámetro que debía caber dentro de un cohete que sería enviado al espacio.

Muchos de los encargos de Lang son menos técnicos. Hace poco diseñó animales de origami hechos con papel de baño para un comercial de Fabreze; los dobló una colega del origami, Lina Mihara. Y el año pasado, también con ayuda de Mihara, creó todo un mundo de origami —bosques, campos, venados, casas victorianas, un dragón— para un comercial de 30 segundos de Mitsubishi. Lo contrataron para plegar un Drew Carey de tamaño real para The Crew Carey Show, y también algunos asientos de avión para la portada de Onboard, una revista sobre asientos de naves aéreas, y una vez le pidieron hacer las figuras que quisiera con billetes de un dólar (un regalo de cumpleaños para un diseñador muy reconocido).

Lang vende unas cuantas de sus piezas a los amantes del origami —la más popular es un alce de papel Hanji; mide unos 22 centímetros de alto y está disponible a través de su página web, con un costo de 800 dólares—. El encargo favorito de Lang fue un escarabajo tigre de Salt Creek —una especie en peligro— para un entomólogo que colecciona piezas artísticas del escarabajo tigre de Salt Creek.

—Para mí, ese encargo fue como un maná del Cielo —dijo—. Nunca me cansaré de los bichos.

***

El brillo de la cortadora láser comenzó a disminuir, marcando una de las hojas de papel Hanji de Lang. Empezó a teclear en la computadora. Un patrón geométrico ramoso apareció en pantalla. Lang lo había diseñado con un programa llamado TreeMaker que comenzó a escribir en 1990, muy conocido en el mundo del origami; era el primer programa capaz de traducir la forma de los árboles —es decir, cualquier cosa parecida a una rama, como personas o insectos— en patrones plegables. Otro programa que escribió, ReferenceFinder, convierte patrones de origami en instrucciones de plegado. Esto solidificó a Lang como el origamista más tecnológicamente ambicioso.

En 2004, era el artista residente del MIT, y dio una ya famosa conferencia sobre el origami y su relación con ciertas nociones matemáticas, como el empacamiento de círculos y la teoría de árboles. Brian Chan, un estudiante de doctorado en dinámica de fluidos en el MIT, me dijo hace poco:

—Fue una conferencia tremenda. Estaba en boca de todos.

La conferencia inspiró a Chan a dejar la herrería por un tiempo para dedicarse al origami; él y Lang ahora participan regularmente en competencias anuales que dan continuidad al espíritu amistoso de la Guerra de los Bichos. El tema del año pasado fueron los veleros. Lang no estuvo satisfecho con su entrega —un velero con las velas recogidas, exhibiendo la estructura de sus mástiles—, pero habló con mucho entusiasmo sobre la de Chan. Con una sola pieza de papel, Chan creó un bergantín con las velas abiertas siendo atacado por un calamar gigante.

Hay algo acerca de la simplicidad del origami y sus aparentemente infinitas posibilidades que resulta atractivo a la gente. En 2003, el Mingei International Museum, en San Diego, armó una exhibición llamada “Origami Masterworks”, en la que se incluyeron varias piezas de Lang. Se supone que duraría seis meses, pero atrajo tantas personas que la permanencia se extendió otros seis meses, y luego ocho más. En Japón, TV Champion —un programa de televisión tipo Survivor— ha puesto a sus participantes a practicar origami extremo: haciendo pliegues con las manos metidas dentro de una caja, balanceándose sobre un banco mientras el papel cuelga encima o buceando en un tanque. Es sorprendente la cantidad de países que tienen organizaciones de origami: la Sociedad de Origami de Holanda tiene más de mil 500 miembros, probablemente la mayor cantidad de miembros per-capita en el mundo.

Hay algo tranquilizante en la monotonía de doblar y desdoblar papeles. De hecho, el origami como terapia tiene sus defensores. En 1991, en la Conferencia del Origami Terapéutico y Educativo, una especialista en enfermedades mentales presentó un artículo en el que detallaba su trabajo de origami como terapia en prisiones. “La experiencia más gratificante”, escribió, “fue observar el efecto del Origami sobre un asesino psicópata”.

***

Hace unos meses fui a una junta del West Coast Origami Guild, uno de los tantos grupos cerca de Los Ángeles. (Su motto es “Nos doblamos bajo presión”.) Lang era un miembro activo del grupo cuando estudiaba en Caltech, y los otros miembros del grupo hablan de él con admiración y respeto, y también con cierta familiaridad. Uno de los aspectos más interesantes del origami es su igualitarismo: los expertos se juntan con los aficionados y comparten los secretos de su obra.

Aquella junta tuvo lugar en el estudio de Carol Stevens, una mujer alta y alegre que enseña manualidades con papel en escuelas y centros geriátricos. Llegué gracias a las indicaciones de un origamista que firmó su correó con un “¡Felices pliegues!”. Cuando llegué, Carol estaba preparando los refrigerios. Unas cuantas personas estaban trabajando con un libro llamado Multimodular Origami Polyhedra: Archimedeans, Buckyballs, and Duality (“Podemos doblarlas”, un doblador le dijo al otro, “pero ni idea de cómo se pronuncian”); otro grupo usaba otro libro: Jewish Holiday Origami; y un ingeniero computacional retirado llamado John Andrisan estaba haciendo un bra con un billete de dólar para ilustrar una historia sobre una vez que fue a comer a un Hooters. Al pie de una mesa, un viejo japonés estaba enseñándole a cuatro personas cómo hacer una caja torcida.

—Madame —reprendió a una de sus estudiantes—, puede que sepa cómo manejar a los hombres, pero no sabe cómo manejar el papel.

Durante el descanso, le pregunté al instructor cuánto tiempo llevaba haciendo origami, y dijo:

—En 1986, perdí a mi hijo y mi esposa se divorció de mí… —se detuvo, dolorido—. El origami me salvó.

***

Lang cree que hay mucho más por hacer en el origami.

—Es como las matemáticas —me dijo un día mientras comíamos hamburguesas en un restaurante cerca de su estudio—. Está ahí afuera, esperando a ser descubierto. Lo más emocionante son cosas con las que uno no sabe ni cómo empezar.

Quiere mejorar sus figuras humanas, trabajar con los dobleces curvos y seguir refinando sus insectos. También plegar mejores ratoneras y mejores ratones. Su principal interés radica en el arte del origami, pero tiene mucha fe en la expansión de su potencial práctico: velas solares, bolsas de aire, contenedores, refugios, implantes médicos. Hace poco recibió un mensaje en su contestadora; era de alguien que quería aplicar el origami a la producción de plásticos.

Estábamos a punto de salir del restaurante y regresar al estudio. Antes de irnos, no pude evitar pedirle a Lang que hiciera algo bonito con su mantel. No era más que un rectángulo delgado con un par de manchas de grasa del sándwich, pero Lang lo volteó y lo dobló e hizo su magia, dejándole a la mesera un barquito blanco y perfecto.

*Texto publicado en The New Yorker (2007). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo.

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