Por Gutierre Tibón

Foto por Victor Hugo Valdivia (Mujeres diversas) 

Arabia y China

Como lo prueba El Cantar de los cantares, en el antiguo mundo hebreo el ombligo perfecto debía ser anular, cóncavo, hondo; su primor y su gracia dependían de su redondez y su hondura. Los hebreos no nos han dejado imágenes porque se los prohibía el segundo mandamiento y tampoco los árabes, que tienen el mismo precepto; pero el ombligo se exalta en uno de sus mayores monumentos literarios: Las mil y una noches. He aquí uno de sus clásicos pasajes: “Su garganta recordaba la del antílope y sus pechos, dos granadas… y su ombligo hubiera contenido una onza de ungüento de benjuí”. En otro punto Sherezada dice: “Su ombligo podría contener una onza de almizcle, el más suave de los aromas”.

Observa el comentarista: “Un ombligo ancho y cóncavo es considerado no sólo como algo hermoso, sino en los niños como auspicio de un buen crecimiento”.

Hay otra clave de los dos pasajes miliunanochescos. La he encontrado en un tratado de erotología china. El doctor Woo Chan Cheng señala el uso del almizcle en el ombligo como afrodisíaco olfativo para el hombre. Es la única alusión al ombligo con que me he topado en toda la obra.

Imagino que en el Oriente la costumbre se ha conservado hasta nuestros días. En Japón las mujeres se perfuman el ombligo por coquetería, como las chinas premaoístas, las arabitas de Las mil y una noches y —¿por qué no recordarlo con gratitud?— muchas damas contemporáneas de los Tres Mundos.

El Kama Sutra

En el Kama Sutra encuentro dos alusiones al ombligo en el amor. La primera: “Su vientre (jadgana), puro y delicadamente combado, deja atisbar un ombligo profundo y brillante como una baya madura”.

También en la India la idea de la belleza del ombligo se asociaba con su hondura y su lustre.

La segunda alusión onfálica del Kama Sutra se encuentra en el capítulo sobre los ósculos. Afirma que los habitantes de la India oriental besan a las mujeres en las junturas de los muslos, de los brazos y el ombligo.

La tacita del Cantar de los cantares

Hace poco me enteré, gracias a una bióloga vienesa, la doctora Doris Baumann, de que cierto juego amoroso —bien conocido por los sexólogos y que ella llama, en alemán, una Pikanterie— parece tener una relación directa con la “tacita redonda a la cual nunca le falta bebida”, del Cantar de los cantares. Presupone, necesariamente, un ombligo ancho y profundo, ideal de belleza onfálica, según hebreos, indios, griegos y árabes. La

tacita debe llenarse con un licor exquisito; dulce y sumamente aromático, como la miel de la colmena almizclada, o un rosoli de canela, vainilla, anís o menta. El varón enamorado sorberá el néctar como si fuera una abeja o una avecilla, delicada, casi diría religiosamente.

El ombligo, zona erógena

Existe otra relación del ombligo con el amor, que parecen ignorar los sexólogos, tal vez porque se presenta muy esporádicamente. ¿Cómo se explica que yo, in ben altre faccende affacendato, pueda hacer tan singular descubrimiento? Un golpe de suerte, pero se explica. Durante muchos años estuve sintonizando mi pensamiento con el ombligo; en origen fue un interés meramente filológico el que me empujó a profundizar el tema onfálico. Me considero dichoso de aportar una contribución al estudio de un tema tan alejado de mis inclinaciones científicas. En rarísimos casos —no puedo indicar cifra estadística siquiera aproximada— el ombligo es zona erógena. Lo sé gracias a la confianza y franqueza de tres damas felizmente casadas; sueca una, francesa la otra, ambas artistas, y una italiana. Les agradezco el informe por su índole delicadísima. Felicito a sus maridos por ser sagaces lectores de este libro cuya lectura no se debe terminar nunca: la mujer.

Arriba del ombligo no hay pecado

Cierto estribillo de una opereta vienesa, Küssen ist keine Sünd (Besar no es pecado), que oía cantar entre mi infancia y mi adolescencia, me parecía lleno de tiernas promesas, pero no se oponía a mi anhelo de inocencia. Distinta era mi relación con los senos femeninos, que evocaba con pasión menos inocente. Los concebía, desde luego, como una meta inalcanzable, quintaesencia de la más inquietante ternura, sueño de los sueños.

Al cabo de tantos años, la divisa de cierta secta medieval francesa me deja igualmente pensativo: “Au dessous du nombril pas de péché (“Arriba del ombligo no hay pecado).

Parecía implícito que el ombligo ya pertenece al ámbito más altamente erótico, el del pecado; aunque se pueda aducir que sólo se haya tomado como punto de referencia, de piedra —mejor dicho, pozo— miliar que indica la separación de los vientres, el alto y el bajo. Tal vez pueda encontrarse una documentación fehaciente de la concepción que se tuvo en la Edad Media acerca del ombligo como centro erótico. También convendría investigar si la falta de pecado en el campo supraonfálico tenía sólidas bases —digamos así— teológicas, es decir, si el ombligo estaba enteramente libre de toda intervención del Maligno.

El ombligo diabólico

El ombligo —¿ya quién lo duda? — es un llamado erótico, pero el más inocente. Lo exalta en uno de sus óleos, que llamó El pecado, Franz von Stuck (1893). El pintor representa tres puntos de seducción en el cuerpo semidesnudo: los pezones medio ocultos y el ombligo. El cuadro me impresionó cuando, adolescente, lo vi en Munich.

¿Inocente el ombligo? ¡Diabólico! Así lo consideró William H. Hays, el onfalófobo número uno de la historia. Nombrado en 1922 censor del cine norteamericano, ocho años después promulgó el Código del Pudor. Durante algunos lustros prohibió que se exhibieran ombligos en las películas. Los productores de Hollywood inventaron toda especie de expedientes: odiosos cinturones, hojas perversas, franjas de camisas deshilachadas que cubrieran la parte prohibida. Ostracismo a ultranza al obligo, porque William H. Hays veía en él la marca satánica del pecado original: si no hay pecado, no hay ombligo. Hays hubiera podido ejercer eficazmente el oficio de inquisidor en los procesos de brujas y arrancar a pobres mujeres acusadas de hechicería la confesión de sus relaciones con el Maligno. Pormenor picante: poco antes de la entrada en vigor del Código aparecieron en la pantalla dos personajes anteriores al pecado original, con ombligos que lógicamente no hubieran debido tener: Adán y Eva.

¿Era exasperación puritana la de Hays o perversión sexual que transformaba al inocente ombligo en obsesión lujuriosa? Hay que inclinarse por la segunda hipótesis. Cierto día el señor Hays fue llevado al tribunal por su propia esposa, cuya acusación estaba ligada con tendencias que a la dama no le parecían morales; y tampoco a los jueces que le concedieron el divorcio. Antes de dejar de ser Mrs. Hays, ésta hizo esta declaración: “Mi marido, Orión infatigable, confunde alegremente el ombligo de Venus con la flor más pura de la procreación”.

A raíz del divorcio, el censor William H. Hays dejó de ejercer su dictadura y su Código fue olvidado de un día para otro. El ombligo, que por obra de Hays alcanzó una efímera aunque muy señalada dignidad —la de símbolo de libertad cinematográfica— reapareció en las pantallas.

¿Cosa de Norteamérica? No, afortunadamente. Durante más de un trentenio rigió en España la censura antionfálica de Franco, que impuso a periódicos y revistas la obliteración —con pistola de aire— de los ombligos femeninos en las fotografías de bañantes en biquinis. El reglamento fue derogado sólo a fines de 1975, tras la muerte del dictador.

¿Pornombligos?

Hay más que decir en este campo poco explorado. En una de las novelas más desoladoras publicadas en los últimos años, cuya autora es una pornógrafa yanquifinesa, cierto pasaje alude al ombligo como señal erótica. No al ombligo desnudo, sino al que tiene que contribuir a la seducción debajo de una ropa muy adherente, llevada, por supuesto, sobre la piel, sin estorbo de ropa interior.

“Mi cintura es angosta y mi vientre sólo tiene una ligera hondonada, con el nicho del ombligo que chupa la seda de mi vestido”.

Muy distinto es el caso de la estatua romana que se admira en el Museo del Prado. Representa a una doncella vestida con soberana elegancia; su túnica transparente la cubre hasta el cuello. Entre los pliegues que forma la finísima tela de lino se entrevé la cavidad del ombligo; pero aquí todo es castidad y belleza.

Contrasta con la malicia de la pornoestrella Marylin Chambers, protagonista de la pornopelícula Resurrección de Eva, quien escogió el título de Bellybutton, “botón del vientre”, o sea ombligo, para un espectáculo cabaretístico neoyorquino, inaugurado a principios de abril de 1976. Título escogido con alevosía porque especula con el atractivo erótico del ombligo femenino.

Las modernas Onfalias

En nuestros días hemos asistido a un renacimiento del ombligo como delicado pormenor del encanto mujeril. La belleza está en todas partes. Quien sabe ver descubre caritas de querubines en las rodillas femeninas y admira, con sutil placer estético, la gracia de los ombliguitos de las modernas Onfalias; más bien logra distinguir las características —todas con matices diferentes— de los hoyuelos del vientre. Existen, ¡ay!, los ombligos convexos de mil formas, salientes; convendría siempre ocultarlos. Problema sencillo: basta no usar biquinis. Otra solución es la cirugía estética, en que los japoneses están a la vanguardia.

Clásicos son los estilos de Venus de Milo, hondos y redondos. En el torso de la ninfa sentada que se admira en Rodas, el escultor ha exaltado la hermosura del ombligo exagerando su tamaño, pero sin descuidar su perfecta redondez e inquietante hondura. Hay otros ombligos enmarcados en su reborde por botones circulares que los fisiólogos llaman, evocadoramente, pezones. Con todo, el concepto de belleza umbilical puede variar. El ombligo de la reina egipcia Nefertiti tiene corte horizontal, que no satisface a los estetas modernos, como no les gustaría el cráneo femenino perfectamente rasurado que suscitaba entusiasmo en los faraones. Este estilo de ombligo, desde luego, se puede descubrir fácilmente en las playas; abunda. Los ombligos verticales semicerrados parecen miniaturas de sexos depilados; los definiría “ojo de gato” por la verticalidad de la pupila. Otra vez la identificación del ombligo con el ojo, pero aquí con malicia felina.

No se puede omitir aquí la mención del ombligo-ojo con el párpado semicerrado.

Los ombligos granos de café

Particularmente sugestivos son los ombligos “granos de café”; hay quien ve en ellos la perfección onfálica. Exhibe un prototipo cierta actriz yanquiboliviana que hace años se consideraba dechado de hermosura femenina. Se ven indiscriminadamente semiabiertos y revelan en su interior otros pequeños labios cerrados: misterios más hondos de un mundo liliputense cargado de sutiles mensajes eróticos.

En los ombligos “granos de café” el anillo umbilical se ve mejor circunscrito por arriba; abajo se ve como una playa que desciende, insensible y suavemente, hacia el mar del vientre. Hay ombligos cuyo pezón es asimétrico, dextrorso o sinistroso, sin menoscabo de su valor estético.

La nueva onfalopsia

Ha contribuido al renacimiento del ombligo como señal erótica la difusión de los menudos trajes de baño en dos piezas llamados biquinis, que ha producido un nuevo tipo de onfalopsia: no la contemplación del propio hoyuelo umbilical con fines místicos sino la de la mujer de nuestro prójimo con fines eróticos. Se han organizado concursos en las playas estadunidenses para escoger a la muchacha con el ombligo más hermoso. Desconozco los estándares en que se basan los jueces, pero al ver las fotos de las premiadas me doy cuenta de que la piedra —mejor dicho, el ombligo— de toque es la Venus de Milo.

En abril de 1971, Jane Cherry, dieciocho años, vecina de Evansville, Indiana, ganó el primer premio en el concurso onfálico de Fort Lauderdale, Florida, y en octubre del mismo año, Diane Peterson y Jane Zipp, estudiantes de la Universidad de Miami, triunfaron en una competencia análoga organizada en la metrópoli yancubana; Diane fue “coronada” con una resplandeciente joya colocada en la linda cuevilla de su abdomen.

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