Roberto Bolaño, en la entrevista más extensa que dio a lo largo de su vida, recorre su universo narrativo y da uno que otro puñetazo literario.

Por Fernando Villagrán

Ilustración por Cristina Guerrero

Roberto, en Llamadas Telefónicas, en este libro de cuentos, hay un cuento titulado “El Gusano” que retrata la historia de un joven que en lugar de ir a clases se va al centro de la Ciudad de México, que ve muchas películas y sobre todo visita librerías como “El Sótano” o “Cristal”, donde busca y se nutre de sus autores preferidos. Yo quisiera saber si esta historia tiene que ver contigo. ¿Qué libros eran los que te gustaba llevarte de las librerías?

Era omnívoro. Sabes que para robar libros, sobre todo cuando tienes 15 años, 16 años, debes de juntar el libro que quieres llevarte más la oportunidad de llevártelo. Había libros que me hubiera encantado llevarme pero que no tenía la oportunidad por el estante, la estantería donde estaba, etc. Creo que eso tiene la librería del “Sótano”, la disposición espacial de los libros, y la librería “Cristal” tienen la culpa de muchas lagunas en mi educación. Entonces me llevaba los que podía. Recuerdo que uno de los que más me impresionó fue Pierre Louÿs, que lo leí y lo leí bastante bien además. En primer lugar me lo llevé porque creí que era pornografía. Era un ejemplar muy antiguo, con ilustraciones creo que de Doré, muy bonito. Me llevaba gente de ese tipo: franceses de finales de siglo, principios de este, ediciones mexicanas, algunas muy bonitas y que ahora me sorprende quiénes eran esos editores que sacaban esos libros, porque realmente no me explico quién compraba esos libros.

Algo que te impactó fue La caída, de Camus…

Bueno, de Pierre Louÿs lo que me llevaba era novela o crónica, y de Camus me impactó La caída muchísimo, muchísimo. Vaya, recuerdo vivamente la lectura de La caída en la Alameda de México, por la mañana. La Alameda es un sitio muy hermoso. No es como la Alameda de Santiago, sino que es una plaza. Me sentaba en un banco lleno de árboles, muy oculto, y me ponía a leerlo. Era una sensación bastante bonita.

¿Cómo nace el personaje de “El Gusano”?

Es un personaje extraño porque El Gusano la primera vez que aparece en mis escritos es en un poema en donde el narrador del poema se enfrenta de alguna manera al Gusano. El Gusano es un hombre que parece un gusano, es muy blanco —estos gusanos, estas lombrices blancas— y va vestido de blanco, y sobre todo es muy frío. De allí a deducir que El Gusano puede estar metido en actividades delictivas hay un solo paso. Y de este poema salta a otra historia, que por ahora está inédita, que es la historia de un pueblo en el norte de México, en el estado de Sonora, que es de donde viene El Gusano. Es un pueblo en donde todos son asesinos. Así como hay pueblos donde producen muchos poetas, este pueblo produce unos asesinos excelentes, gente muy fría y muy decidida, y El Gusano es uno de estos hombres de Villaviciosa —que el nombre a mí me parece muy decidor—. Y de ahí viene El Gusano. De hecho, Villaviciosa está en Los detectives salvajes. La tercera parte de la novela transcurre en el estado de Sonora y hay una visita a Villaviciosa —de hecho, es clave Villaviciosa—, y es el universo de El Gusano.

De ese tiempo que estuviste en México, ¿hay algún personaje de la literatura mexicana con el que te relaciones o que te influya de manera importante?

Hay un poeta que murió a principios este año, un poco menor que yo, unos meses menor que yo, que se llamó Mario Santiago. Para mí es el mejor poeta que he conocido en mi vida, de una capacidad impresionante. También conocí a Efraín Huerta en México, con el que tuve una buena amistad y me ayudó muchísimo. Básicamente esos dos.

Después regresas a un corto tiempo a Chile…

Volví en el año 73 y volví a quedarme; yo vivía con mi familia en México y volví en el 73. Hice un viaje por tierra, luego por mar, muy lento, y si hubiese sido más lento, el golpe me hubiese pillado fuera, lo cual hubiese sido magnífico, pero me pilla en Santiago. Y tras eso estoy unos meses… No tengo la idea clara de volver a México, pero mi madre se pone muy seria y me dice que me tengo que ir.

Esos tiempos, posterior al golpe, ¿recorrías librerías en Santiago?

Sí, muchas, y los libros eran baratísimos…

¿Qué comprabas?

A Parra y a Lihn. Recuerdo que compré los Artefactos de Parra por un precio irrisorio; compré la obra gruesa, la primera edición, creo que era de Editorial Universitaria, las tapas blancas. Compré La musiquilla de las pobres esferas, de Lihn; me pareció un libro magnífico. Fue una revelación para mí Enrique Lihn. Y también compré Teiller.

¿Qué recuerdas de esas librerías? ¿Quién entraba a la librería en ese tiempo?

Yo. Eran librerías muy solitarias y con libreros extrañísimos. Eran como fantasmas, como proyecciones holográficas.

Primero no recuerdo que trabajara más de una persona en las librerías a las que yo iba y luego que los libreros, que imagino eran los propietarios, era gente… como muy shockeada. Seguro eran personas menores de lo que yo soy ahora; a mí me parecían mayores. La impresión que me daba era la entrar en locales fantasmas y ser atendido por personas fantasmas, pero sin la acepción terrorífica. Era muy grato entrar a esas librerías, era gratísimo. En realidad recuerdo entrar a una en donde me regalaron libros que yo ni siquiera quería.

Tú partes de nuevo a México y te incorporas ya a una actividad más decididamente literaria, y viene el tiempo del grupo de los infrarrealistas. ¿Mario Santiago estaba contigo?

Santiago y yo fundamos el infrarrealismo.

¿Qué los definía? ¿Cuál era la actitud rupturista que ustedes asumían?

Yo creo que éramos bastante irresponsables y nuestra línea teórica era muy incoherente. Lo que molestaba al estatus de la literatura mexicana era que no estábamos con ninguna mafia, ningún grupo de poder. En la literatura mexicana de aquella época —y supongo que en esta también— siempre ha habido parcelas y clanes, señores de la guerra con sus samuráis, y nosotros no estábamos con ninguno; no estábamos ni con la izquierda, una izquierda estalinista, dogmatica, espantosa, ni con la derecha exquisita —que de exquisita francamente no tenía nada, era una exquisitez llena de polvo— ni con los vanguardistas, que lo único que les interesaba era ganar dinero y que hacían una vanguardia que quedó hace mucho tiempo atrás.

Nosotros lo que hacíamos era molestar a todo el mundo. Recuerdo que alguien en su único minuto de gran inspiración llegó a publicar un texto que decía: “Que Bolaño se vaya a Santiago y que Santiago también”, porque no nos aguantaban en México, de verdad que no nos querían para nada, y eso fue el grupo de los infrarrealistas.

Lo que ocurre es que cuando yo me voy de México, ya no vuelvo. En cambio Mario se fue de México, estuvo viviendo en Europa y Medio Oriente, pero volvió, y a él se lo hicieron pagar caro, pero muy caro. Ahora, después de su muerte, ha salido todo el mundo diciendo que era un gran poeta y que Mario Santiago tiene una obra maravillosa, pero han esperado a que muriera.

De tu creación poética de esos años, ¿qué sensación tienes?

Tengo una sensación de vergüenza, de vergüenza casi casi ajena, porque yo he cambiado como poeta, como escritor, pero en ese grupo había un gran poeta, que era Mario Santiago, y había un agitador, que era yo. Mario era mucho más agitador que yo, pero yo no era tan buen poeta como él. Yo escribía poemas que no resisten el paso del tiempo. Mi viaje a Europa me hace cambiar la perspectiva de mi propia poesía.

Vas a Europa en el 77, entiendo…

En enero del 77.

Y coincidiendo tiempo después viene tu relación con la prosa. Pero pareciera que te sientes mejor, más seguro con la poesía…

Sí, soy básicamente un lector de poemas. A mí me encanta leer poesía y me gusta muchísimo la poesía. Por ejemplo, la literatura chilena que yo leo y que siempre he leído es poesía, y no sólo a Parra o a Lihn. Maquieira me encanta, y lo leo y lo releo una y otra vez. Siempre disfruto con Diego Maquieira. Yo creo que es un gran poeta. No sé como lo ven en Chile, pero creo que es un poeta mayor. También me ocurre algo similar con Zurita, aunque me cansa un poco más por el rollo mesiánico y creo que no resistirá una lectura de otra generación. En cambio Maquieira yo creo que sí, que va a resistir lecturas y lecturas y lecturas. Pero Zurita me parece muy bueno, creo que es autor de unos poemas fantásticos, increíblemente buenos.

Tuviste una relación epistolar relativamente intensa con Enrique Lihn. Creo que te dio un premio.

Creo que Lihn inventó un premio, o bien me mintió y me dijo: “Te ganaste un premio; yo era jurado, yo te lo di”. O preferiría creer que Lihn inventó el premio, un fantasma donde no había dinero, no había publicación, no había nada, sólo una carta de él diciendo que había ganado un premio; muy típico de Lihn. Yo conocí a Lihn cuando estaba muy pero que muy mal, en Gerona. Vivía en Gerona, en una casa, solo, una casa muy grande en pleno campo; vivíamos yo y mi perra. Y estábamos tanto la perra como yo a punto de convertirnos en dos heremitas, salvajes totales. La gente yo creo que hasta tenía miedo llegar a esa casa, no por la perra sino por mí; era terrible. Yo pensaba que mi situación con la literatura se había acabado, y no porque fuera a dejar de escribir, sino porque el flujo de la literatura, la lectura, el confrontar tu literatura con otra gente estaba finiquitado para siempre. Y de pronto comencé a tener una correspondencia con Enrique Lihn, muy buena. Leyó poemas míos aquí en Chile, pero sobre todo me hizo caso y me habló y me sacó del pozo en donde estaba con una facilidad enorme.

Hay un cuento en donde señalas que el poeta lo puede soportar todo: la locura, la ruina, la muerte.

Sí, yo creo el poeta lo puede soportar todo. El poeta, el verdadero poeta. Lo que pasa es que en un panorama poético de mil poetas hay dos poetas, porque escribir poesía resulta de una facilidad bestial. Con el verso libre cualquiera emborrona, hace una página de prosa y la corta arbitrariamente y ya tiene un poema. Eso no es un poema, evidentemente. La poesía es difícil, muy difícil, y el ejercicio de la poesía, la comunión del poeta con esas cristalizaciones verbales, permite precisamente que el poeta después de eso lo pueda soportar todo. Pero el poeta, el poeta de verdad.

¿Qué piensas del reconocimiento que se le da en Santiago a Lihn?

No tengo muy claro hasta qué punto Lihn es reconocido en Chile. Lo que tengo clarísimo es que Lihn es un poeta mayor del siglo XX en nuestra lengua. O sea, en una antología que se haga en 2050 sobre la poesía en español del siglo XX no puede faltar Lihn. Y creo que eso lo tienen clarísimo tanto los estudiosos españoles como mexicanos, como colombianos, como venezolanos, como cubanos. Lihn es un poeta no de Chile, sino de nuestra lengua, del español, y queda de todas todas. No es el más grande poeta de nuestra lengua en el siglo XX, eso es evidente, pero es uno de los grandes.

Háblame un poco de tu narrativa y un poco de La literatura nazi en América, que muchos han entendido como un divertimiento de la sátira erudita y culta, los círculos literarios, los clichés el hermetismo de algunas historias que están muy tratadas. ¿Cómo llegas tú a éstos temas?

Agradezco mucho tu opinión, me llena de satisfacción, pero no es tanto, o no me lo pareció que hubiera un trabajo tan grande. En realidad es un trabajo sobre los escritores, y la mejor forma de dejarlos quietos para la foto a esos escritores era poniéndolos en una situación extrema, y la situación extrema era escritores fascistas por el lado de la derecha o escritores del realismo socialista por el lado de la izquierda. Por ejemplo, se podría hacer lo mismo con escritores de la época de Stalin y tal vez hubiera sido divertidísimo. Lo que pasa es que yo quería que fueran americanos porque quería retratar la miseria inherente al oficio que se vive en Latinoamérica y en España. El oficio de escritor es patético, sobre todo por quienes lo ejercitan, por quienes lo ejercitamos; me meto yo en el saco.

Este tema de la literatura como temática no está solamente en La literatura nazi en América, sino que está en tus otros libros, en los cuentos. Hay una reiteración de ese mundo de las envidias, de la competencia, de los buenos y los malos, de las razones por las que uno escribe. Recuerdo un cuento sobre un escritor francés que se le dan todas las condiciones para ser un traidor a la resistencia, pero algo lo lleva, pese a su mala calidad, a estar ahí. En fin…todo ese tema, ¿eso es el gran tema de tu escritura?

No, no creo que sea el gran tema, pero, por ejemplo, el cuento al que te refieres, que está en Llamadas telefónicas, “Henri Simon Leprince”, él es el contrario, la cara buena de La literatura nazi en América, porque es un escritor que tiene todas las condiciones para que sea un miserable y un bufón pese a sí mismo, y sin embargo es un hombre que es bueno, que ayuda a los demás. Y creo que lo digo en alguna parte del cuento, es decir, los grandes escritores no pueden vivir si no hay pequeños escritores a su lado. Ese cuento está hecho de alguna manera como un cuento moral. Así como también La literatura nazi es una novela moral, sobre la moralidad, sobre la ética, sobre la práctica de la ética —o mejor dicho sobre la práctica de la moral— “Henri Simon Leprince” es eso, es un cuento ejemplar en el sentido de novela ejemplar de Cervantes, que no es ejemplar, es poner un arquetipo y mostrarlo en todas sus manifestaciones.

Porque claro, aquí entramos en algo terrible de la literatura: ¿qué es un escritor menor y qué es un escritor mayor? Dentro de 4 millones de años o 10 millones de años va a desaparecer el escritor más miserable en el momento de Santiago de Chile, pero también va a desaparecer Shakespeare y va a desaparecer Cervantes. Todos estamos condenados al olvido, a la desaparición, no sólo física, sino a la desaparición total. No hay inmortalidad, y esto es una paradoja que los escritores conocen muy de cerca y sufren muy de cerca, porque hay escritores que se lo juegan todo por el reconocimiento, por la inmortalidad, palabras rimbombantes donde las haya, palabras inexistentes; no existe la inmortalidad. En el gran futuro, en la eternidad, Shakespeare y Menganito son lo mismo, son nada.

Tú hablabas de esa relación a la que llegaste cuando vivías con tu perra en España. Después empiezas a hacer novelas. Pero esa relación de aislamiento…Tengo la impresión de que tú no has vuelto a tener esa experiencia, como aquella de México, de un grupo que encuentra una mística.

Huyo de los grupos, yo no soy nada grupal. Nunca he pertenecido a un partido porque seguramente me hubieran echado al cabo de una semana. El pensamiento de grupo me aterroriza. Yo creo en el individuo básicamente. Aunque esto no es lo que me lleva a aquellos años de soledad y de aislamiento, yo estoy muy solo y muy aislado por cuestiones claramente sociales y económicas. Una de las cosas que decía cuando llegué aquí anteayer es que me parecía rarísimo sentirme rodeado de chilenos. Yo estoy acostumbrado a ser el único chileno. Para mí, ser chileno es como “Soy yo, el chileno”. A mí me llamaban muchísimo “El chileno”. ¿Y quién era “El chileno”? Pues yo. He estado siempre en ambientes de extranjeros, de ser yo el extranjero. Tal vez había un argentino —nunca falta un argentino en alguna parte, ¿no?—, pero básicamente esa soledad y ese aislamiento en aquella casa, que fue una gran suerte (pertenecía a mi hermana), me la dio mi situación económica. Justo en aquel tiempo, cuando Lihn me escribe, yo tenía un permiso de residencia y de trabajo con el que me quedaban ya 20 días. Tenía la absoluta certeza de que no me lo iban a renovar. Me quedaba dinero para 35 días. Estaba en las últimas. No era un estar en los límites ontológicos, era estar en los límites reales, prácticos. Siempre había la posibilidad de comerme a la perra, pero esas cosas no las puedo hacer.

Leyendo los cuentos y la novela Estrella distante, la referencia al círculo de Chile estoy pensando en el círculo que rodea a Wieder, a este personaje central de Estrella distante—, lleva a esa memoria tuya de joven, ubicada en este caso en Concepción. A partir de ella se va construyendo toda una ficción en el tiempo. Tú no has vuelto a chile en 25 años. Mirar este Chile debe ser raro, ¿no?

Curiosamente, lo raro es que no me parece raro. Me parece raro cuando lo verbalizo. Pienso y digo: “Estoy en Chile. Son 25 años y ahora estoy en Chile”. Siempre cabe la posibilidad de que en este momento me despierte y sean las ocho de la mañana y esté en Blanes y diga: “Qué sueño más raro. Estaba en un programa de televisión chileno”. Incluso el resto puede que lo olvide. Incluso todo el sueño puede que lo olvide en 15 minutos, el tiempo que tarde en preparar mi infusión de manzanilla. Pero está bien. Me gusta estar en Chile, es muy agradable. Me siento bien, me siento bastante bien, mucho mejor de lo que creía.

No es fácil deducir, conociendo tu perfil de reflexión y lo que se lee, que tú no eres un tipo de nostalgia, digamos.

No. Siento una gran nostalgia por personas. Echo de menos a la gente, pero los lugares no. Me producen una nostalgia, pero no el deseo inmediato, el deseo que no te deja vivir hasta que no vuelves.

Un rasgo que se identifica mucho en tu narrativa es esto de los personajes que se van manteniendo en las historias, que van construyendo un universo de Bolaño, como en Los detectives salvajes.

Sí, los personajes principales de Los detectives salvajes son Arturo Belano y Ulises Lima, y aparece incluso, por ejemplo, Romero, el policía que va detrás de Wieder; aparece con un discurso sobre la casualidad y la causalidad en relación a la prevención criminal; la ciudad del Gusano aparece, etc.

¿Cuál es tu relación personal con Belano? Porque uno llega a pensar en Bolaño, obviamente. ¿Cuál es el juego con ese personaje y contigo en esta narrativa?

El juego es intentar hacer cosas que no hice nunca, pero generalmente eso se queda en el deseo. El juego efectivo es el ejercicio de la memoria, no es magia eso; el ejercicio de la memoria bajo un rigor estilístico fuertísimo. Yo no creo en la literatura como dietario, como diario de vida, como crónica personal. Yo creo en la literatura como literatura, como un mecanismo, una máquina autosuficiente, al menos con una autosuficiencia grande.

Esta recurrencia a personajes que prefieren lo policial, el suspenso, el thriller, la acción que está en toda la novela. ¿Qué es lo que encuentras en este tipo de historias a las que te gusta recurrir?

Lo primero es lo que decía Borges: una historia policiaca no puedes lanzarte a escribir sin saber quién demonios es el asesino. Te obliga a hacer todo un proyecto, un trabajo previo, a tener las cosas mucho más claras, a planificar y a adaptar a esa planificación el chorro narrativo.

Yo si me pusiera a escribir sin plan previo, cada novela mía podría tener mil páginas, pero fácilmente, ¿eh?

En Llamadas telefónicas hay un cuento entrañable que se llama “Sensini”. Es un cuento que recibió un premio y que tiene en gran parte que ver con el tema de los premios, porque el diálogo principal, o de donde parte la historia del narrador con Sensini, es sobre un escritor argentino exiliado que iba a ir con toda una estrategia que tenía él para concursar de distintas maneras y ganar premios; hay un juego entre reconocimiento literario y la sobrevivencia. ¿A ti qué te pasa con los premios? Tú eres alguien que a esta altura de la vida ha ganado muchos premios.

Ahora yo he ganado algunos premios importantes, pero durante una época muy larga yo vivía de premios de cuarta división, o no sé cuál es la división más baja del futbol aquí; de regional preferente, ¿no?; cancha de tierra. Pero a mí me permitieron subsistir cuando decidí que se acababa el hacer trabajos que no tenían nada que ver con la literatura y me puse a concursar en estos premios, que era una manera muy fácil además de ganar dinero, porque en España hay muchísimos y alguno cae siempre.

Sensini” narra una historia real. Sensini es Antonio Di Benedetto, el gran escritor argentino. Yo gané una tercera mención y Di Benedetto ganó la primera mención; ninguno de los dos ganamos el premio. Claro, todos éramos unos desconocidos y unos novatos, pero es como si participaras en un concurso de poesía y te encontraras que le han dado la tercera mención a Nicanor Parra. Eso fue algo fuertísimo. A mí me impresionó mucho que Di Benedetto estuviese concursando para ganar dinero; él estaba en Madrid y no tenía dinero.

El cuento se forma a través de esa vivencia con Di Benedetto. Entre paréntesis, Di Benedetto murió en Argentina, en Buenos Aires, y ahora se publica y se traduce en todo el mundo, pero no se sabe dónde está su hija, que se fue a Estados Unidos y desapareció. Las editoriales guardan el dinero que pertenece a la heredera de Di Benedetto hasta que aparezca. Ya llevan años y es todo un problema para las editoriales, un problema entre comillas.

¿Qué ha pasado con tu creación poética en ese tiempo?

Sigue. Lo que pasa es que yo creo que la poesía que yo escribía hasta entonces tenía que cambiar la forma, la estructura. Y estoy investigando, cambiando, haciendo poemas. Es muy difícil llevar las dos cosas al mismo tiempo. La narrativa es bastante excluyente, son muchas horas, y la poesía también. Y además me gusta hacer otras cosas aparte de escribir.

¿Qué otras cosas?

Me gusta leer; leo mucho, muchísimo. Me gusta estar con mi hijo. Me gusta jugar. Soy un muy buen jugador de juegos de estrategia, pero te hablo de juegos difíciles, ¿eh? Por ejemplo, hacer que Napoleón triunfe en Waterloo. Y son juegos de horas, terribles, que te enganchan y te conviertes en un vicioso de ellos.

¿Imaginas posible que nosotros en Chile lleguemos a conocer esa poesía tuya en este tiempo?

Igual tendrías una decepción enorme porque aquí hay muy buenos poetas.

¿Cómo es tu relación con los escritores chilenos? ¿Qué piensas de esta llamada “nueva narrativa chilena”?

Me han mandado algunos libros. Antes no tenía ni idea de la llamada nueva narrativa.

¿Qué impresión tienes?

Por un lado me parece muy bien. Creo que se está publicando mucho y eso me parece bien, es nuevo. Por otro lado, la nueva narrativa no creo que sea más que un chiste. De nueva no tiene absolutamente nada, en ocasiones ni siquiera es narrativa. En ocasiones es muy mala, pero muy mala. Luego hay unos que están bastante bien.

¿Quieres mencionar alguno que te haya llamado la atención, para bien o para mal?

Hay varios que me llaman la atención positivamente como narradores, pero lo que me llama la atención de ellos no es el libro entero, sino páginas de los libros. He leído últimamente algunas novelas chilenas que podrían haber estado muy bien, pero que se hunden en la página 50 y luego resurgen en la página 150. El pulso narrativo, la tensión narrativa no es sostenida, y la estructura es de lo más vulgar; realmente son estructuras archimanidas. E incluso el argumento, la historia en sí, son historias que las leí a los 18 años, ¿eh? Son historias viejísimas. El escritor siempre está hablando de lo mismo pero no de la misma manera.

A tu regreso se presenta la reedición de La pista de hielo, por Planeta, pero tu nueva novela, la ganadora del Premio Herralde, Los detectives salvajes, es un abuso al que apuesta Bolaño porque escribe 700. ¿Por qué llegaste a 700 páginas?

Es un abuso y un abuso además por partida doble. Creo que es una novela bastante arriesgada. Ya no me meto en criterios literario, que ya se verá; igual es una novela malísima. Pero es arriesgada en el sentido en que hasta ahora la crítica en España me ha tratado muy bien, y uno de los motores que me lleva a escribir Los detectives salvajes es romper la unanimidad. Estoy seguro que voy a crearme infinidad de enemigos en España. Bueno, infinidad de enemigos siempre uno tiene pero que están callados. Ahora es imposible que estén callados; la respuesta va a ser fuerte, y supongo que tendré unas cumplidas respuestas. Espero que ninguna llegue a los “combos”, como decíamos en el Liceo de los Ángeles, porque yo ya no estoy para “combos” realmente, estoy con el hígado muy mal, y si me pegan en el hígado me noquean. Yo prefiero que me peguen en la cara, como Robert De Niro en Toro salvaje. Pero va a ser muy fuerte en ese sentido, en el sentido de la provocación. Luego la materia narrada, la poca gente que la ha leído encuentra que es muy legible, que fue una de las cosas que me plantee, escribir una novela de 700 páginas que se pudiera leer de un tirón, o sea, que fuera archilegible. Y creo que probablemente no lo he conseguido, pero he estado a punto de conseguirlo.

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