¿A qué huele la calle Morelos?

Por José Ignacio Hipólito y Mariana Treviño

Ilustración por Haydeé Villarreal

Caminando por la calle Morelos se percibe una selección de olores eclécticos. Desde la sucia pestilencia de las coladeras, hasta el aceite de las enchiladas rojas que sirve el restaurante Las Monjitas; del aroma a ropa nueva al casi inherente hedor a piel de las tiendas de botas cercanas, pasando por la tinta recién impregnada a la piel y la papa aceitosa de los puestos de hot dogs. Pero ninguno es tan reconocible como el de la Panadería El Nopal, que emana desde su par de locales en Morelos el delicioso y calientito olor a masa, harina y azúcar.

Nada puede ser más mexicano que nombrar a una panadería El Nopal; no por nada se utiliza como adjetivo para designar la fealdad intrínseca en el mexicano. Pero a pesar de la aparente falta de conocimiento en mercadología que refleja su nombre, la panadería es una de las mejores en el Centro, tal vez sólo superada en selección por La Superior, a un lado del Mercado Juárez.

Su concepto es único, ya que no es sólo una panadería, sino también una cafetería y restaurante. Y ahí no acaba: también cuenta con servicio drive through o para llevar. En ambos locales hay una ventanita por la cual se puede pedir un café o un panecito, para el que lleva prisa o el que nada más no quiere hacer fila adentro del establecimiento. Eficiencia y dulzura, tanto del pan como de las señoritas que lo preparan y atienden a la clientela.

Antes de las 11:00AM, el café sólo cuesta cinco pesos en la compra de cualquier pan dulce, la combinación perfecta para aquellos que no tienen tiempo de desayunar en sus casas, o para los mañaneros que además son antojadizos. La gordura también viene intrínseca en las características básicas del mexicano.

El pan más vendido y popular son las “súper donas”, que aparte de estar siempre en su punto —esponjositas y calientitas al servir—, son de tamaño industrial. Hay de chocolate con nuez, de chocolate blanco, de chocolate con cajeta, de chocolate con relleno de crema pastelera, de chocolate con chispas de chocolate y la clásica de pan artesanal: la de azúcar.

La panadería original, El Nopal, estaba ubicada en la calle de Dr. Coss, justo a un lado de donde se encontraba el Casino de Monterrey, hace ya más de 100 años. En 1908, la panadería era un edificio que abarcaba casi toda la manzana, un lugar tan grande que parecía abastecer a todo un batallón del ejército.

El Nopal fue la primera panadería en vender pan de caja en Nuevo León. Sí, mucho antes de que compañías como Bimbo o Wonder absorbieran todo ese mercado. Además también producían el “Pipiolo”, el primer pastelito industrializado de México, antes del Gansito, los Pingüinos o los Submarinos. El Nopal era a donde toda el área metropolitana iba a comprar pan.

Se cuenta que alguna vez los dueños y socios del casino, cansados del olor a pan, le preguntaron al dueño, don José G. García, cuánto quería por su establecimiento, a lo que él contestó: “¿Cuánto quieren por su casino?”.

La panadería eventualmente cerró y quedó inactiva por mucho tiempo. No fue hasta que los descendientes de don José García decidieron utilizar el legado del establecimiento para mantener la tradición y atraer a clientes con el nombre de la panadería más antigua de Monterrey que se creó un ouroboros de pan dulce que no se encuentra en otra parte.

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