Por Carlos Monsiváis

El escenario es inmejorable: el 14 de enero de 1996, en el municipio de Villa de Juárez, Nuevo León, se detiene al narcotraficante Juan García Ábrego en una de sus más de 100 propiedades urbanas y rústicas del estado. Según la Procuraduría General de la República, García Ábrego intenta darse a la fuga “saltando bardas de inmuebles contiguos”. Según otras versiones, reacias al tratamiento fílmico, la detención es muy pacífica. ¡Qué escena! Con agilidad inesperada, García Ábrego moviliza sus más de 90 kilos y, aterrado ante el fin de su imperio, huye sin el tiempo suficiente para desquitarse del judicial que lo traicionó. Luego, la tensión del público mengua, y al convulso García Ábrego se le atiende mediáticamente y se le envía a la Ciudad de México. Corte. Se juzga “inconveniente” la permanencia de García Ábrego en el país. Corte. Salida al aeropuerto en medio del despliegue febril de seguridad. García Ábrego resiste, grita, lanza puntapiés, mientras ocho agentes lo suben por la escalerilla del avión que lo depositará en brazos del FBI. García Ábrego tiene 51 años, un guardadito calculado en miles de millones de dólares, dos millones de dólares ofrecidos por su captura en Estados Unidos, un sitio de honor en la lista de “Los Diez Más Buscados” y la fama de ser uno de los dirigentes empresariales marginales de México (el otro es Amado Carrillo…) Curiosa la leyenda en vida de García Ábrego, sin rostro conocido ni anécdotas divulgables, y nada más con la certidumbre de su calidad de capo de capos. A diferencia del colombiano Pablo Escobar, y muy previsiblemente, García Ábrego no tendrá biógrafos, así que cuando le llegue la oportunidad de morirse, no habrá cerca de su tumba la parvada de niños que le informen a los reporteros de televisión lo bueno que fue el muerto con esos barrios.

¿Cómo explicarse la huella profunda del narco en el imaginario colectivo? Tal vez la razón más notoria sea la intuición que bosqueja un gobierno en las sombras, compuesto de los capos y de sus jefes, nunca o apenas mencionados en los reportajes, los artículos y los procesos judiciales. Este gobierno paralelo se afirma colectivamente y toma decisiones que afectan enormemente al país y nada más se aprecian de modo lejano.

¿Por qué, no obstante muertos, heridos y encarcelados, prosigue el narco en ámbitos rurales? Entre otras cosas, además de la pobreza y la miseria, por la complejísima red de corrupción que involucra a un sector considerable del aparato judicial y administrativo, y por la crisis de las valoraciones éticas en el mundo globalizado. Si sobrevivir es lo esencial, lo que coadyuve a la sobrevivencia es o puede ser positivo, y en las comunidades campesinas lo fundamental es su continuidad en sentido estricto. Por eso se aceptan los riesgos omnipresentes; por eso decenas de miles de campesinos insisten en las siembras del terror, porque lo contrario es la desintegración, el éxodo forzado, la muerte por inanición. La matanza incesante que ocupa el tiempo y la pasión de los narcos es requerimiento del control de mercados, pero es también feroz compensación psíquica.

Y, ¿qué sucede con los “desconocidos de siempre”, de datos personales tan semejantes, que son el material gastable de la delincuencia, los desechables, los miles de jóvenes, en su mayoría de origen campesino, contratados casi al azar, y destinados a las prisiones o los cementerios clandestinos (tambos de cemento incluidos)? Suelen venir de regiones con alto índice de criminalidad y violencia social, y no les estremece en demasía la perspectiva de morir pronto; han vivido en la escasez y son testigos del agobio y el envejecimiento prematuro de sus padres. “Nacidos para perder”, aceptan que la falta de porvenir se neutraliza intensificando el valor del presente. Anuncia el corrido: “Por ahí andan platicando/ que un día me van a matar/ No me asustan las culebras/ Yo sé perder y ganar/ Ahí traigo un cuerno de chivo/ para el que le quiera entrar”. Inicio del libro Viento Rojo

 

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