Por Caracol Colunga 

La entropía contiene siempre dos elementos dialécticos: un elemento creador de desorden, pero también un elemento creador de orden. (…) Vemos, pues, que la inestabilidad, las fluctuaciones y la irreversibilidad desempeñan un papel en todos los niveles de la naturaleza: químico, ecológico, climatológico, biológico -con la formación de biomoléculas-, y finalmente cosmológico.”

-Ilya Prigogine

(El nacimiento del tiempo, 1987)

Eran casi las tres de la mañana y estaba oscuro. La calle Mina, en el centro histórico de Saltillo, extendía sus casitas viejas que apenas se perfilaban entre la penumbra. A algunos metros se podía sentir la respiración de cientos de personas dormidas. Mina colinda con Santa Anita, colonia vieja y populosa que se caracteriza por su entrada, una enorme escalinata de piedra. También es conocida por ser territorio de pandillas. En ocasiones, los muchachos bajan y arman grescas con chicos de otras colonias vecinas. Pero en ese momento, sólo estaban la respiración colectiva y el sueño.

Así era la madrugada de ese 28 de septiembre de 2013 en que César Salas salió de una fiesta junto con su novia Leticia Gutiérrez. Nada los puso en aviso; se dirigieron al coche sin preocupaciones de más. El brillo y el tintineo de las llaves anunciaban, como campanillas festivas, otra buena velada que encontraba su fin. Y luego el brillo fue cambiando. Trocó en frialdad: de entre las sombras salió un hombre que quiso asaltar a la pareja, navaja en mano. Buscaba quitarles celulares y carteras, pero se topó con la resistencia de César, que forcejeó con el asaltante. Éste trató de herirlo y en algunas ocasiones lo logró. Se trenzaron en plena calle hasta que aquel hombre acertó una puñalada en la yugular. César cayó mientras Leticia gritaba hasta ahuyentar al asaltante.

Ese mismo día, cerca de las ocho de la mañana, César Salas murió en la clínica No. 1 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), hospital muy cercano a la calle Mina.

En el lugar del asalto quedó un rastro de sangre de 10 metros, los mismos que recorrió César mientras peleaba con el hombre que lo habría de matar, los mismos que consignó la policía, los mismos que Artemio Salas, papá de César, quiere recorrer al revés, deseando que las cosas ocurran de otra manera. Cuenta, con la voz tranquila de quien lloró mucho, que en el sitio de la muerte algunos amigos de su hijo quieren tocar música para recordarlo. Porque César era un artista. Tocaba el chelo e inclusive días ante de su muerte participó en una demostración en la Feria del Libro de Arteaga. El homenaje no cambia nada de lo que pasó, pero sí lo que puede pasar. La música y la sangre son igualmente efímeras. Es la huella que dejan tras de sí lo que lo cambia todo.

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cesar-salas_4cesarEl 27 de diciembre, en Saltillo, Coahuila, nació César Javier Salas Navarro. El nombre se lo dieron Artemio Javier Salas Montemayor, su padre, y María del Carmen Navarro Cedillo, su madre. Tuvo un peso normal y unos pulmones potentes. Durante los siguientes cuatro meses fue muy chillón. Artemio se acostumbró a no dormir.

Su primera etapa la pasó revoloteando en un mismo lugar, la Alameda, ya que su primaria y secundaria estaban justo enfrente. Cuando creció, decidió dedicarse a la música. Tuvo un hijo que ahora cuenta con 11 años. Los cercanos lo describen como serio en general, aunque siempre con una sonrisa, un beso o un abrazo para el momento preciso. Artemio cree, como si la vida fuera un corrido, que lo mataron por valiente.

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Es que se defendió dice y no se queda callado.

Artemio es un hombre mayor, trabaja como guardia de seguridad en una empresa. Explica que el 28 de septiembre estaba trabajando con excelente humor hasta que su hermana le habló por teléfono. Como suele hacerse en estos casos, ella no dijo toda la verdad, sólo soltó información difusa. Artemio supo que algo muy malo había pasado con su hijo por el tono en la voz de su hermana. Sin embargo, al colgar no dijo nada a sus compañeros, quienes se dieron cuenta de que estaba angustiado porque no paraba de caminar de un lado a otro. Quiso “hacerse el fuerte”. Cuando se metió a Facebook a través de su celular, vio la nota de que el Zócalo escribió acerca del asesinato de su hijo. Se derrumbó.

Yo no quise ir ni al funeral ni al entierro; quise recordarlo como era. Pasé todo el sábado callado, pero ya en la noche en la casa me desaté. Lloré hasta que las lágrimas me cayeron sobre los lentes. Grité. No pude dormir sino hasta que el cansancio me tumbó. El domingo en la mañana me levanté y con los ojos hinchados fui a trabajarcuenta Artemio.

Dice que le costó mucho trabajo aceptar que César murió, que a veces hasta olvidaba lo que pasó y creía que su hijo estaba presente; hablaba con él, esperaba respuestas. Ahora cree que lo va superando y está en “periodo de duelo”. Artemio es valiente, tanto que se levantó de su dolor para pedir justicia.

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Ya déjense ambos de aparecer muy sonrientes en las redes sociales, entregando obras que a fin de cuentas pagamos los ciudadanos a través de impuestos. ¡¡¡PÓNGANSE LAS PILAS!!!, y aterricen en la cruda realidad de que ya no es seguro caminar por NINGUNA CALLE de esta ciudad. ¡¡¡YA BASTA!!! ¡¡EXIJO Y DEMANDO JUSTICIA!!”, se lee en la carta que Artemio Salas dirigió al gobernador de Coahuila y al presidente municipal de Saltillo. Muchas personas a través de redes sociales y más medios se adhirieron al reclamo.

Aunque las cosas se han calmado un poco, o al menos así parece, Coahuila ha experimentado mucha de la violencia del narco y el río revuelto. Los secuestros, robos de auto y asaltos se han disparado. La gente del país todavía mira a Saltillo como una pequeña ciudad tranquila, pero lo cierto es que fuera del cerco de silencio que el exgobernador Humberto Moreira (y en mucha menor medida, su hermano Rubén) impuso a la prensa, la ola de sangre se llevó a muchos. El pasado13 de junio, por ejemplo, la ciudad tuvo una noche de muertos; 6 personas fallecieron en diferentes ataques, entre ellos un asalto. Inclusive murió un elemento de la Policía Investigadora del Estado. Lo agredieron en el área de urgencias de la clínica No. 2 del IMSS, donde además resultó herida una persona ajena al hecho.

El reclamo de Artemio encontró eco. El escritor Julián Herbert, el pintor Armando Meza y toda la comunidad musical expresaron su enojo y tristeza por la muerte de César. Los diarios Zócalo y Vanguardiadieron seguimiento estrecho al caso. La presión hizo que las autoridades reaccionaran. El procurador de justicia del estado, Homero Ramos Gloria, citó a Artemio para platicar. Esa misma semana fue presentado como presunto culpable Víctor Ramírez Gallegos, alías “El Pelón”. A pesar de todo, algunas voces se levantaron para decir que hay inconsistencias en el caso, que el presentado no corresponde con la descripción que la novia de César hizo y que la rapidez de la detención levanta sospechas.

Por su parte, los amigos del chelista hicieron justicia a su manera: subieron a la red videos de sus interpretaciones y algunas piezas que grabó. Incluso participaron en el homenaje que Vanguardia publicó sobre él.

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Le decían “El Dedos” por sus enormes manos y por la agilidad con que tocaba su instrumento. Todos coinciden en que fue pionero musical, ya que fue de los primero en tocar el chelo en la ciudad. Sintió tanta pasión por su instrumento que impulsó conciertos didácticos para todas las edades. Estudió la especialidad en violoncelo en la Escuela Superior de Música de la Universidad Autónoma de Coahuila, pero abandonó la carrera para formarse independientemente. Fue integrante de la Camerata de Coahuila en 2007. Tenía muchos planes para continuar en la música.

Lo gracioso es que el chelo nunca fue su primera opción. Cuando ingresó a la Superior de Música, tenía en mente elegir como especialidad el violín, pero allí ya no había cupo, así que se decidió por el chelo porque era un “violín grandote”. Artemio, que le compartió su amor por la música al contarle que siempre quiso ser director de orquesta, nunca se opuso a que se dedicara a su pasión; antes bien, cree que “lo llevaba en la sangre”.

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