Por José Edwards

 

El asunto ocurrió hace mucho tiempo, cuando yo era extremadamente joven y carecía en absoluto de dinero.


Mediante la influencia de un pariente bien colocado logré obtener un vago nombramiento como reportero en un importante rotativo de nuestra ciudad. Por cierto que no percibía ningún sueldo fijo: se suponía que sería pagado una vez que obtuviera algún reportaje que, a juicio del diario, fuera considerado interesante.


Traté en vano de entrevistar a personajes conspicuos o semi-conspicuos: senadores, diputados, ministros de Estado, sub-secretarios y hasta regidores municipales. Todos me daban con la puerta en las narices.


Al final me desmoralicé por completo y, movido por un humor sombrío y extravagante, al pasar frente a un negocio de libros usados, gasté mis últimos pesos en la adquisición de un volumen titulado Magia Negra. El subtítulo era “Filtros, yerbas afrodisíacas, conjuros mágicos”.


Este libro dio con la clave del asunto, permitiéndome realizar el más brillante (y el único) reportaje que he hecho en mi vida. En la página 334 decía así: “Método infalible para conjurar al Demonio”. La fórmula era fácil de ejecutar y sorpresivamente económica: algunos granos de comino, una cucharada de pimienta, otra de azufre… en fin. El hecho es que llegando a mi casa, puse en práctica la receta, sin abrigar, por cierto, esperanzas de ninguna especie en cuanto a su resultado.


Cuál no sería mi sorpresa cuando, una vez cumplidos los últimos sahumerios, recibí la visita de un caballero vestido de rojo, poseedor de dos pequeños cuernos muy bien cuidados y lustrosos.


No entró por la puerta sino que se apareció discretamente en un rincón, procediendo casi de inmediato a sentarse, sin esperar mi invitación.


Parecía una persona de mucho mundo, un tanto aburrido o desinteresado de cuanto ocurría a su alrededor. Comprendiendo mi turbación, trató gentilmente de ayudarme, iniciando él mismo la conversación.


—¿Es usted italiano? -me preguntó.


Como yo le asegurara lo contrario, pareció enormemente satisfecho.


—Me alegro —dijo—. No soy muy amigo de los italianos. Hay uno de ellos, un señor Papini, que me molesta particularmente; ha adquirido la mala costumbre de escribir sobre mi persona en la forma más arbitraria e irresponsable. Entre otras cosas, cae constantemente en la intolerable vulgaridad de llamarme “Ángel Caído”. ¿Cuándo comprenderán que yo no me he caído jamás de ninguna parte? Lo ocurrido entre Dios y yo es muy diferente: hemos tenido una disensión o discrepancia, la cual nos ha obligado a separarnos, en forma, por lo demás, muy civilizada y agradable. No quiero decir que hayamos discutido propiamente. Con Dios no cabe tal actitud. Él tiene siempre, por supuesto, la razón. Mi discrepancia consistió y sigue consistiendo en decirle no, simplemente, sin razón alguna. Sin duda, el equivocado soy yo, pero esta equivocación ha dado origen a una serie de planteamientos y de cosas interesantes. ¿Qué sería de Dios si nadie jamás lo hubiera contradicho? Un Relojero, tal vez, o un Motor, todo lo inmóvil que se quiera para usar los términos de la Apologética casera; en buenas cuentas, algo así como un mecanismo generador de mecanismos. Y el Mundo no sería otra cosa que una especie de industria única o Monopolio sin relieve ni misterio, e incluso sin alma ni personalidad. La palabra “bueno” no tendría sentido: sólo empieza a definirse en contraposición con lo “malo”. Con toda modestia, pienso que mi colaboración al Universo, tal como lo vemos y entendemos hoy día, no deja de tener alguna importancia. Si yo no hubiera adoptado esa posición, por lo demás tan antipática y poco comprendida, no habría Santos, ni Mística; más aun, ni siquiera existirían la honradez y la honestidad burguesas. En buenas cuentas, si Dios es el Creador del mundo físico, soy yo, lo digo sin ninguna jactancia, el verdadero creador o impulsor del mundo moral.


En fin, mi reporteado siguió perorando aproximadamente en esta forma, es decir, como un viejo resentido y mediocre, que repite sin descanso la historia de sus pretéritas y olvidadas hazañas, o como un Diablo extraído precisamente de las páginas de un libro de Papini.


Lo único realmente interesante fue lo que me contó al final y eso vale, a mi juicio, por todo el reportaje. Es la historia del masoquista que pretendo transcribir aquí, sin agregados ni comentarios, o sea con el máximo de fidelidad.


—Cuando llegó al Infierno lo hice esperar, como es la costumbre, en mi antesala, mientras echaba una ojeada a su expediente. Es una práctica burocrática que ejecuto de mala gana y, por lo tanto, con extrema velocidad.

En tiempos de epidemias o de catástrofes llego incluso a eliminarla por completo, enviando a los condenados a su castigo directamente, sin mayor análisis.


“El pretexto que me doy a mí mismo en tales casos es la falta de tiempo; pero este es un pretexto fútil o, si se me permite la expresión, una mentira piadosa.

El tiempo me sobra. Lo que sucede es que los pecadores y los pecados son horriblemente insípidos, todos iguales, sin el menor relieve o matiz que los diferencie unos de otros. Una práctica de siglos me ha enseñado a prescindir de sutilezas en mi profesión; mi establecimiento tiende, cada día más, a estandarizarse: tres o cuatro suplicios, cinco o seis grados de intensidad, eso es todo.


“A veces acaricio el proyecto de simplificar las cosas aun más, estableciendo el tormento único o suplicio universal. Ocasionalmente, sin embargo, llegan casos curiosos que me hacen reflexionar un poco en el sentido contrario. Uno de ellos es el de este sujeto, ¿cómo lo llaman ustedes? ¿Maquinista? ¿Franc-Masonista?”.


—Masoquista —corregí con timidez.


—¡Ah! Eso es… Eso es… Yo nunca he sido cruel o violento por naturaleza, como vulgarmente se cree. Mi labor la ejecuto fría y mecánicamente, sin ninguna animadversión especial para con mis clientes. Al leer la historia de este hombre, sin embargo, confieso que me irrité: como todo profesional serio, nunca he podido tragar a los aficionados o diletantes. Según rezaba el expediente, desde su más tierna infancia se clavaba alfileres debajo de las uñas, práctica que había perfeccionado, andando el tiempo, llegando a utilizar clavos y hasta tornillos. Después de casado adquirió la costumbre de obligar a su esposa a maltratarlo todos los días; si alguna vez la pobre, fatigada tal vez por las labores domésticas, se resistía a hacerlo, él la obligaba usando la fuerza: es decir, la golpeaba hasta que ella accedía a golpearlo.


“A sus hijos, que adoraba más que nada en el mundo, los mató, uno por uno, con el deliberado propósito de sufrir él mismo.


“Por último, pareciéndole todo poco, se recluyó en una especie de claustro particular, a objeto de perfeccionar o dar rienda suelta a su extraordinaria vocación. Allí se hacía tajos con un cuchillo y se inyectaba toda suerte de virus; se apaleaba a sí mismo y se clavaba clavos en el cuerpo con la ayuda de un martillo.


“Un día cualquiera, en una de sus delirantes orgías, se propasó, llegando al extremo de matarse. ‘Fue un accidente’, me aseguró un minuto después, cuando me vi obligado, muy a pesar mío, a cambiar con él algunas palabras. ‘En realidad, yo amaba la vida, y desconfiaba de la existencia de otra; temblaba al considerar la posibilidad de que mis sufrimientos pudieran concluir alguna vez’.


“Tal vez fue esta frase la que agotó definitivamente mi paciencia; sin mayores trámites ni contemplaciones, lo destiné al suplicio número uno, con el grado máximo de intensidad.


“‘Ahora verás lo que es bueno’, exclamé para mis adentros. ‘¿Con que clavitos en las uñas y tajitos en el vientre? ¡Ahora verás!’”.


“Nunca había mandado a nadie con tanto placer al Infierno.


“Mi satisfacción duró poco, sin embargo. Al practicar mi visita de inspección algún tiempo después, pude constatar con desagrado que el hombre estaba entero, optimista y hasta dichoso. Al verme, se acercó murmurando algunas palabras de agradecimiento; llegó hasta el extremo de llamarme ‘Maestro’.


“Me enfurecí. Ordené de inmediato la ejecución de una amplia y cuantiosa transformación tendiente a ampliar e intensificar los suplicios que, por lo visto, estaban lamentablemente anticuados. Reparé fuelles y cadenas, algunas de las cuales estaban un tanto oxidadas; hice afilar una vez más todas las púas, ganchos y picotas, y cambié totalmente el sistema de enrarecimiento del aire.


“Luego dejé pasar unos treinta a cuarenta años en espera de los acontecimientos: había que darle tiempo al tiempo, o eternidad a la eternidad.


“Cuando volví, comprendí de inmediato que yo estaba derrotado. El Masoquista parecía no sólo dichoso sino eufórico; había engordado considerablemente y sus gestos y ademanes eran los de un hombre realizado, en plena concordancia con el medio y seguro de sí mismo.


“Apenas llegué, me abrazó; luego se hincó espectacularmente, besándome las manos.


“‘Nunca podré agradecerle lo suficiente, Maestro, las molestias que se ha dado por mí… Estas admirables transformaciones… ¡En fin! ¡Todo es demasiado maravilloso! Siento que no lo merezco en modo alguno’.


“Me retiré en forma brusca, sin dar contestación a sus palabras. Me dominaba un sentimiento de asco mezclado a una intolerable sensación de impotencia.


Fue entonces cuando decidí apelar a un recurso extremo, rara vez usado: solicité audiencia al Caballero del otro lado, es decir al Padre Celestial. El anciano Caballero me recibió con una condescendencia admirable, como acostumbra hacerlo en estas ocasiones.


“Le expuse en pocas palabras mi pensamiento. Si este hombre gozaba sufriendo, solo podría sufrir gozando. En otros términos, aunque pareciera escandalosamente absurdo y fuera de lógica, parecía aconsejable trasladarlo, a modo de castigo, al Paraíso.


“Dios prometió estudiar el caso y, al poco tiempo, envió un emisario con orden de efectuar el traslado. El Masoquista aceptó la situación con gran serenidad. Por primera vez sentí por él una especie de simpatía, cuando lo vi alejarse entre las nubes.


“‘Pobre diablo’, pensé. ‘¡Al fin va a sufrir de verdad!’


“Apenas habían transcurrido unos meses, años o siglos, no recuerdo bien, cuando el mismo emisario regresó con nuestro personaje de vuelta al Infierno.


“Parecía aun más gordo y contento que antes: sus mejillas tenían un saludable color sonrosado y su mirada limpia y fresca expresaba una ingenua y desbordante alegría. Comprendí de inmediato que el experimento había resultado un fracaso.


“Al verme se arrodilló en forma melodramática, besándome abyectamente los pies.


“‘Maestro’, exclamó, ‘una vez más debo agradecerle su extraordinaria fineza: he pasado, gracias a usted, por una experiencia inolvidable. ¡No tengo recuerdo de haber sido nunca tan perfectamente feliz!’.


“‘Pero ¿cómo?’, objeté. ‘Yo tenía entendido que a usted sólo le gustaba el sufrimiento…’’.


“‘¡Exactamente!… ¿Y usted cree que no es un sufrimiento, tal vez el más exquisito de todos para una persona con mis aficiones, el no poder sufrir?’.


“La endiablada dialéctica de este hombre tenía la virtud de encolerizarme hasta la tartamudez.


“‘Y bien’, balbucí. ‘¡Esto se acabó! ¡No subirá usted nunca más al Cielo!’.


“Al oír esto, el Masoquista se levantó, como movido por un resorte y, antes que yo pudiera evitarlo, me estampó un fogoso y repulsivo beso en la boca.


“‘Esta dulce prohibición era todo lo que esperaba de usted, ¡mi bienamado Maestro! Ahora no podré gozar nunca más del delicioso tormento de no sufrir.

¡Qué agudo, qué novedoso, qué refinado martirio me proporciona!’.


“Lo abofeteé y luego lo golpeé en el suelo: sus ojos azules y diáfanos como los de un niño me sonrieron con una expresión de agradecida complicidad.


“Desde entonces no he vuelto a mirarlo de frente; sólo lo observo de soslayo.


“De más está decir que, a partir de ese momento, nuestra derrota ha sido completa: la mía y, me atrevo a decirlo, también la de Dios. El Masoquista se pasea entre el Cielo y el Infierno alternativamente, engordando cada vez más y molestando a todo el mundo con su insolente, obscena y monstruosa felicidad.


“En el curso de los siglos no sólo ha engordado, sino también ha crecido, adquiriendo un volumen tal que resulta difícil no toparse continuamente con él, y cuando nos divisa, a Dios o a mí, corre a saludarnos. Se siente obligado cada vez a expresarnos su agradecimiento con un verbalismo meloso que, a mí por lo menos, me resulta de pésimo gusto. En mi concepto, su sola existencia constituye un escándalo y un mal ejemplo para todos.


“Sólo Dios podría resolver el problema, pero por muchas razones más o menos inescrutables, no se decide a hacerlo. Por una parte, esto estaría contra todos sus principios y tal vez lesionaría, en cierta medida, su amor propio.

Hasta el momento ningún ser inmortal ha sido desinmortalizado, ni cosa alguna brotada de sus Manos ha sido sometida a la más leve reconsideración.


“Pero hay algo más. Como todo gran artista, Dios prefiere no hablar directamente, sino a través de sus creaciones o criaturas: seguramente por intermedio del Masoquista quiso decir algo… Pero, ¿qué?


“A veces pienso que Él mismo no lo sabe todavía con mucha certeza; cuando lo observa, noto en su Omnisciente mirada algo así como una sombra de perplejidad.


“Tal vez no ha terminado de decidir si se trata de su obra maestra o, por el contrario, de la primera equivocación cometida en toda su carrera”.


El resto de mi reportaje no tiene interés alguno y se reduce a las inevitables frases que anteceden a toda despedida. El Diablo sacó de su chaleco un inmenso reloj que, según pude observar, no tenía números ni divisiones indicativas de las horas. En vez de dos punteros, tenía uno solo que giraba en redondo sobre una superficie blanca y vacía. Sin duda, más que un instrumento útil, constituía un pretexto para dar término a sus entrevistas.


—Usted me perdonará —dijo—, pero se me está haciendo un poco tarde y debo retirarme. He pasado un momento muy agradable conversando con usted. Espero volver a encontrarlo en otra oportunidad.


Esta última observación fue hecha aparentemente sin ninguna malicia o doble intención. Hizo como que salía de la pieza y, antes de llegar a la puerta, se esfumó con exquisita discreción y delicadeza.


De más está decir que mi reportaje fue rechazado por el diario. El director estimó que se trataba de una burla, y aprovechó la circunstancia para alejarme definitivamente de mis hipotéticas funciones. Debido a lo cual la presente historia ha permanecido inédita hasta el día de hoy.

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