Por Camilo Ruiz 

Marx no esperaba, hacia el final de su vida, que sus ideas tuvieran semejante éxito entre los intelectuales rusos. Rusia era, al ocaso del siglo XIX, un país esencialmente campesino, con una intelectualidad ligada a la monarquía o al ejército y una clase obrera pequeña, joven y sin tradiciones.

Treinta años después, el partido bolchevique tomaba el poder, adelantándose a sus congéneres en Europa Occidental. Uno puede o no estar de acuerdo con los marxistas rusos de principios de siglo, pero cualquier observador más o menos honesto se verá forzado a admitir que una de las principales contribuciones de la cultura rusa a la civilización occidental son las ideas (políticas y artísticas) surgidas entre esa intelectualidad, esencialmente marxista (pero no siempre), opuesta al zarismo.

Los que no murieron por causas naturales fueron asesinados por el estalinismo (o abandonados a perecer en la pobreza y el anonimato en occidente). Para el inicio de la guerra, esa generación había sido exterminada, intelectual y físicamente.

Si es más o menos comprensible que ningún gran pensador haya surgido durante los setenta años de la férula estalinista, no deja de ser un tanto curioso que el paisaje intelectual del postcomunismo no incluya algún pensador o corriente importante que se reivindique del marxismo y que sea a la vez crítica del estalinismo.

De hecho hay, que yo sepa, dos pensadores. Los dos tienen vidas dignas de una novela. En realidad, hay una novela acerca de uno de ellos, Eduard Limonov. Vale la pena echarle un ojo a su trayectoria.

Limonov, que fue probablemente concebido durante la batalla de Stalingrado, pasa su infancia en la Ucrania soviética, donde no había prácticamente ningún modo de ascensión social aparte del ejército. Empieza a escribir poesía al tiempo que asalta gente y golpea ancianos con sus amigos. Después deja el bandidaje y se convierte en líder de un pequeño grupo de escritores jóvenes en una gris ciudad soviética, es decir, donde un escritor que no aceptara a rajatabla las directivas culturales del gobierno nunca podría tener éxito. Así que Limonov va a Moscú, donde él y su esposa viven al borde de la pobreza. Trabajan en empleos precarios y mal pagados, pero alcanza su objetivo de hacerse parte de la intelligentsia moscovita de escritores críticos al régimen.

A los pocos años, Limonov decide exiliarse en Estados Unidos. Vive en la pobreza total por un tiempo, pero luego consigue un editor en Francia que publica su primera novela: El poeta ruso prefiere los grandes negros, donde cuenta sus hazañas homosexuales en los parques de los barrios negros de Nueva York y cómo termina siendo amo de llaves de un multimillonario.

El poeta viaja pues a París, puesto que ahí estaba su editor, y se hace amigo de ese sector que oscila entre el republicanismo iconoclasta conservador, la nostalgia monárquica y la extrema derecha. Limonov publica durante toda esa época una novela al año y se hace de un nombre en Francia y luego en Estados Unidos. Cuando cae la URSS, Limonov va a Rusia; entra en una crisis existencial. Desaparece del paisaje por varios años, hasta que un día como cualquier otro la BBC saca un documental acerca de la guerra de los Balcanes en donde aparece con la banda de Karadzcik, uno de los generales del ultranacionalismo serbio —ahora acusado de genocidio—, disparando con una ametralladora sobre los minaretes de Sarajevo.

Terminada la aventura en la antigua Yugoslavia, Limonov vuelve a Rusia y funda el Partido Nacional Bolchevique, fusión improbable entre el chovinismo gran-ruso y el bolchevismo. En 2007 su partido hizo una coalición con el liberal anticomunista Kásparov para las elecciones presidenciales, que fue, como uno se puede imaginar, un fracaso total. Los nacional-bolcheviques son constantemente prohibidos por el gobierno de Putin. Limonov mismo pasó tres años en dos prisiones, acusado de intentar dar un golpe de estado en Kazajistán.

¿Y luego? Es difícil terminar esta historia, porque no hay ni final ni moraleja. Es una vida interesante tal vez, pero políticamente aberrante. Hace unas semanas busqué textos de Limonov ante lo que pasaba en Ucrania y encontré uno donde invitaban a los jóvenes rusos a enrolarse en milicias para ayudar en la reconquista.

Si hay una lección, esa es la de la literatura. Hace tres años un joven escritor francés, Emmanuel Carrère, publicó una biografía de Limonov (titulada así) que es una de las obras más sensibles y bellas de la literatura contemporánea.i Es un libro bello porque, como dice el autor, la vida de Limonov nos dice algo a todos sobre el siglo XX, algo sobre una utopía fracasada y sobre el enorme desastre en el que se convirtieron los países de la ex URSS.

En fin, he ahí uno de los “grandes” marxistas rusos de nuestra época. En otra ocasión escribiré de uno bastante más íntegro: Vadim Rogovin.

Probablemente la completa nulidad del marxismo ruso post-1940 está mejor expresada en el final de uno de los capítulos de 2666, la gran novela de Bolaño. Amalfitano, uno de los personajes, se encuentra en un sueño con un Boris Yeltsin en traje oscuro y corbata celeste, quien le dice: “Yo soy el último gran filósofo comunista”. Luego afirma que toda en la vida es oferta, demanda y magia. Y enseguida se dedica a tomar vodka.

iLimonov de Carrère fue publicado en español por Anagrama en 2013.

 

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