Por Emiliano Sánchez

Foto por Victor Hugo Valdivia

La ejecución de mis actividades diarias me ha traído pensando ya un buen rato sobre la sofisticación. A manera de juego, trato de hacer las cosas con mayor sencillez, velocidad y eficiencia: lavar los platos, barrer, tender mi cama, cocinar, etcétera; pequeñeces cotidianas que una vez vistas como problemas a resolver, detonan en mi mente la búsqueda de soluciones más simples que me llegan de sorpresa y hacen de la actividad algo más divertido, un reto a seguir simplificando.

Tratando de escarbarle un poco al tema —lo que mi mente ha permitido, pues no tomé el tiempo para documentarme al respecto—, puedo decir que cualquiera es capaz de atentar y alcanzar la sofisticación, independientemente de la tarea que realice. Ésta no requiere un grado específico de simplificación o técnica, sólo dar un paso más allá del estado presente de las cosas.

Sofisticación: algo así como sofía (sabiduría) más acción —no soy lingüista—; la acción de aplicar la sofía a algo. Sofisticar es reflexionar sobre ese algo y/o lo hecho con él, que también puede ser un pensamiento o idea. Reflexionar es proyectar el ser propio sobre el objeto de reflexión, ver nuestro reflejo en ello como si fuera un espejo y aprehender lo visto, incorporarlo a nuestro ser. Después, para elevar el nivel de sofisticación, reflexionar sobre lo ya reflexionado.

Cabe señalar que la sofisticación nunca termina. Eso añade interés al tema, pues permite vivir un estado de mejora constante, refinamiento de ideas u optimización de nuestros actos.

Así, cualquier actividad puede convertirse en un desafío al intelecto, un acertijo a resolver y entretenimiento de calidad para la razón; desde tender la cama y lavar los platos, hasta leer, escribir, hacer cuentas, cuidar nuestras relaciones interpersonales o incluso pensar. Sofisticar el pensamiento… Suena bien, ¿no?

Ahora viene la parte divertida. Recientemente se cruzó en mi camino un autor que habla sobre el tiempo libre. El tema ni me había pasado por la cabeza, y al irlo descubriendo a través del análisis que realiza, quedé encantado con su relevancia para la existencia humana. Un día de estos dedicaré una columna completa a la libertad en el tiempo libre; es un tema obligado. Por ahora, sólo hablaré de una de sus componentes: el estado contemplativo recreativo.

Según Frederic Munné, cuando el hombre o la mujer entran en un estado de contemplación, su pensamiento crea, ya sea a través de una actividad creativa directa —pintar, escribir, componer, etcétera— o como simple interpretación crítica de algo ya creado, lo que él llama contemplación pasiva. Cuando esta interpretación crítica alcanza cierto grado de profundidad, transforma el objeto interpretado, lo recrea; la contemplación pasiva se convierte en creación activa.

La creación no cae del cielo. Hay que buscarla y aprehenderla, incluso cuando llega por serendipia (un hallazgo afortunado y accidental), dice Munné. Por supuesto, momentos de silencio y recogimiento que propicien el monólogo interior ayudan bastante, al igual que entrar en profunda comunicación con otros. Estas condiciones sirven como potenciadoras de nuestra imaginación, que es una máxima expresión de la libertad, y también como autoafirmación personal o interpersonal. Todas son requisito para alcanzar un estado recreativo: se parte de hacer consciencia de quién soy, de mi relación con el exterior, conmigo mismo o con el otro, para luego recrear ese “yo”.

Es común pensar que la contemplación se contrapone a la participación activa. Esa vieja imagen del filósofo griego en estado contemplativo, “no haciendo nada” más que observar; el filósofo holgazán. Aquí la contemplación se concibe como un estado mental que puede incluir o no actividad física, es decir, es activa o pasiva. Para Munné, entrar en un estado creativo implica una contemplación-acción, pues ninguna de las dos es creadora por sí sola. La contemplación supone una participación en la realidad y la participación debe apoyarse sobre una teoría. Por lo tanto, la creación no puede excluir a ninguna de las dos. Si nos aproximamos a ella desde la acción, estaríamos realizando una participación contemplativa, y si lo hacemos desde la reflexión, una contemplación participativa. Regresando al filosofo griego que parece no hacer nada, realmente está transformando su realidad mediante una profunda reflexión de ésta, lo cual traerá consecuencias medibles en acción.

La creación se funda en la imaginación, una fuerza de la libertad que encamina el pensamiento y la acción a lugares que no conoce. Para que pueda ser creadora, la imaginación debe permitir que el pensamiento esté en libertad de acción o la acción en libertad de pensamiento (contemplación participativa o participación contemplativa); un sencillo “dejarse llevar por la imaginación”.

Lo que propongo a través de la sofisticación es un ejercicio de reflexión imaginativa, usar la imaginación como herramienta creadora en lo cotidiano, ese momento en el que la contemplación se convierte en creación; crear o recrear hasta el acto más trivial. El tiempo de creación es tiempo de hacerse al hacer, de usar la imaginación como expresión de nuestra libertad y como un método de diversión, ya que al divertirnos también nos recreamos nosotros mismos.

Divertirnos es jugar, y el juego como finalidad en sí mismo es recreación. Una diversión recreadora como la plena y consciente entrega a algo por sí mismo y no por necesidad nos autoafirma como sujetos recreadores de nosotros mismos y de lo que nos rodea. Sofisticar la acción cotidiana, por ende, es recrearnos a nosotros mismos y recrear nuestro entorno.

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