¿Ha sido la Policía infiltrada por rojos y maricas?

Por Hunter S. Thompson

Lo mío son las armas. Nómbrenme una y seguro la conozco: armas cortas y largas, bombas, gas, fuego, cuchillos y todo lo demás. Hay muy poca gente en el mundo que sepa más que yo de armas. Soy especialista en demolición, balística, armas blancas, motores, animales: cualquier cosa capaz de hacer daño a hombres, animales o edificios. Es mi profesión, mi asunto, mí rollo, lo mío… mi maldita especialidad. Y por eso los directores de Scanlan me pidieron un comentario sobre una publicación llamada El jefe de policía.

Me negué al principio… pero la presión pronto me obligó a cambiar de parecer. En mi decisión no influyó el dinero. Lo que me impulsó al final fue la creencia de que era un deber —una urgencia incluso— hacer oír mí voz. Soy, como dije, un profesional… y en este momento absurdo y desesperado de nuestra historia creo que hasta los profesionales deben hablar.

Yo amo a mi patria, lo confieso. Y también lamento, de veras, verme en esta posición… por una serie de razones, que no me importa enumerar:

1) Por una parte, la prensa solía tener la misma norma de no criticarse a nivel profesional, independientemente de lo que pensaran, o incluso de lo que supieran. En los buenos tiempos, un periodista protegía siempre a sus compañeros de profesión. No había manera de conseguir que declararan contra un compañero. Era más difícil conseguir que lo hicieran que conseguir que los médicos declararan en contra de un colega en un pleito por tratamiento inadecuado, o conseguir que un poli declarara contra otro en un caso de “brutalidad policial”.

2) El motivo de que yo sepa de cosas como “tratamiento inadecuado” y “brutalidad policial” es que fui, en otros tiempos, policía… jefe de policía, concretamente, en una ciudad pequeña que queda al este de Los Ángeles. Y antes fui detective-jefe en Nevada; y antes simplemente policía en Oakland. Así que sé de qué hablo cuando digo que la mayoría de los “periodistas” son unos pinches mentirosos. Nunca conocí a un reportero que pudiese pronunciar la palabra “corrupto” sin mearse los pantalones del puro sentimiento de culpa.

3) La tercera razón de que me fastidie escribir este “artículo” es que yo tenía gran fe en la revista llamada El jefe de policía. La leía todos los meses de cabo a rabo, tal como algunas personas leen la Biblia, y la ciudad pagaba mi suscripción. Porque sabían que yo les era muy útil, y sabían que El jefe de policía me era muy útil a mí. Me gustaba muchísimo la maldita revista. Me enseñaba cosas. Me daba ventajas en el juego.

Pero ya no. Ahora todo es distinto… y no sólo para mí, además. Como respetado funcionario de la fuerza pública, que ha ejercido durante veinte años en el Oeste, y ahora como asesor de armas de un candidato político de Colorado, puedo decir por larga y terrible experiencia que El jefe de policía se ha convertido en pura mierda. Como publicación, ya no me emociona, y como falso Portavoz del Cuerpo, me pone malo de rabia. Una noche en Oakland, hace unos doce años, casi me vuelvo loco leyendo los anuncios… Me fastidia admitir una cosa así, pero es verdad.

Recuerdo uno de Smith & Wesson cuando sacaron su revólver Magnum 44 de acción doble: 240 gramos de plomo caliente surgiendo de un tubo grande pegado a tu mano a 365 metros por segundo… y superpreciso, hasta con blanco móvil.

Hasta entonces, estábamos todos convencidos de que el Magnum 357 era algo nunca visto. En los archivos del FBI hay pruebas de lo que podía hacer el 357: en un caso, dos agentes del FBI lanzaron fuego de persecución contra un coche lleno de sospechosos en fuga; un agente del coche perseguidor puso final a la caza con un solo disparo de su Magnum 357. La bala atravesó el maletero del coche que huía, luego el asiento de atrás, luego la parte superior del tronco de un pasajero del asiento de atrás, luego el asiento delantero, luego el cuello del conductor, luego el tablero de mandos y, por último, se empotró en el bloque del motor. El 357 era un arma aterradora, francamente, que durante diez años sólo permitieron llevarla a los tiradores de primera cualificados.

Por eso perdí el control cuando (poco después de haber conseguido el permiso para llevar un 357) cogí un número nuevo de El jefe de policía y vi un anuncio del Magnum 44, un revólver de modelo nuevo de velocidad doble y poder de penetración doble que el “viejo” 357.

Una de las primeras historias de la vida real que oí sobre el Magnum 44 me la contó un alguacil de Tennessee al que conocí una primavera en una conferencia de funcionarios que hubo en San Luis.

“Muy pocos hombres pueden manejar ese maldito fierro”, dijo. “Pega más que un bazuca, y el impacto es como el de una bomba atómica. La semana pasada tuve que cazar a un negro en el centro de la ciudad, y cuando el tipo iba tan lejos que ya ni siquiera podía oír mi grito de aviso, le aticé al cabrón con este Magnum 44 y le volé la cabeza de un solo tiro. Sólo encontramos algunos dientes y un ojo. Lo demás era masa pastosa y esquirlas de hueso”.

En fin… admitámoslo: aquel hombre era un ultra. Hemos aprendido mucho sobre problemas raciales desde entonces… pero en 1970 hasta un negro puede leer El jefe de policía y darse cuenta de que no hemos aprendido mucho de armas. Hoy, un policía normal de una ciudad grande es blanco seguro de francotiradores, violadores, drogadictos, terroristas y maricas comunistas. Esa basura va bien armada (con armas del ejército norteamericano), y por eso acabé dejando el Cuerpo.

Como especialista en armas, vi muy claro (entre 1960 y 1969) que el programa de pruebas de armas del ejército en la península indochina estaba haciendo progresos enormes. En esa activa década, el cartucho militar básico pasó del antiguo modelo 30,06 al 308 neutro, y luego al 223 de fuego rápido. El viejo cuento de los “tiradores de marca” quedó finalmente marginado por el valor probado de las pantallas de fuego sostenido. La granada lanzada a mano fue sustituida al fin por el lanzagranadas portátil, la mina Claymore y la devastadora bomba múltiple. Explicándolo en los términos técnicos más simples, podemos decir que la potencia mortífera del soldado individual aumentó de 1,6 por segundo a 26,4 por segundo… o casi cinco puntos de PM (potencial mortífero) más de lo que, según las cifras del Pentágono, necesitaríamos para ganar una guerra terrestre con China.

Así que el fracaso desolador de este país en la península indochina no se debe a nuestra tecnología bélica, sino a un fallo de la voluntad. Sí. Nuestros soldados están condenados a fracasar en Vietnam, Camboya, Laos, Tailandia, Birmania, etc., por la misma absurda razón por la que están condenados a fracasar nuestros agentes de la ley en Los Ángeles, Nueva York y Chicago. Llevan años encadenados por maricas cobardes y espías. No todos fueron traidores conscientes; algunos eran débiles morales, otros eran víctimas de las drogas, y muchos estaban simplemente locos…

Enfrentémoslo. La mayoría de los habitantes de este país están mentalmente enfermos… y esta enfermedad se extiende, por desgracia, a todos los sectores de la vida, incluido el de la ley. La enfermedad es patente en nuestra Actitud Nacional desde Bangkok a Bangor, por acunar una frase, pero para los que aún agonizamos de pie en el seco pudridero de la Norteamérica normal, no existe cosa más dolorosa (ni más odiosa prueba de la plaga que nos aflige a todos) que lo sucedido con El jefe de policía, una revista que llegamos a querer mucho porque era grande.

Pero echémosle un vistazo ahora. El director jefe es un desertor del FBI que se llama Quinn Tamm, un poli de carrera, de mediana edad, que destrozó su vida un día que metió la pata en un caso que le importaba mucho a J. Edgar Hoover. Tamm está legalmente cuerdo (según los criterios “liberales”), pero en los círculos policiales de base se le conoce fundamentalmente como el modelo de la famosa canción de Mitch Greenhill “El cerdo escondido”. El director real de la revista es una mujer llamada Pítcher. La conocí en los viejos tiempos. Pero quien hace la mayor parte del trabajo, de todos modos, es el hijo de Tamm…

Una de las cosas más aterradoras de El jefe de policía es que se proclama “portavoz de los funcionarios de Orden Público”. Pero, en realidad, no es más que el órgano privado de una pandilla de maricas bien pagados que se llaman a sí mismos “Asociación Internacional de Jefes de Policía, Inc.”.

¿Qué decir a eso? Una pandilla de lameculos que sacan esta revista que se dice portavoz de los polis. Cosa falsa. Basta echar un vistazo a esa mierda para darse cuenta de lo que es. Veamos la publicidad; ¡Cosas para maricas! Instrumentos para la prueba del alcohol, “paralizadores”, máscaras de gas, sirenas, lindos aparatitos de radio para el coche con desmoduladores de voz para que la basura no nos pueda oír… pero ni una sola ¡¡¡ARMA DE ATAQUE!!! ¡Ni una! La última arma realmente eficaz que llegó a mencionar El jefe de policía fue el “bastón cascanueces”, una combinación de bastón y pinzas como de un metro de largo que puede inmovilizar a quien sea. Funciona como unos inmensos alicates. Primero, el agente puede atizarle en forma al tipo… y luego, cuando el sospechoso cae, puede aplicarle rápidamente la acción “cascanueces”, que le inmoviliza el cuello a la víctima, o las extremidades, o los genitales, con las potentes pinzas del extremo “prensor” del aparato. Luego puede ir apretando hasta que cese toda resistencia.

Créanme, las calles de nuestras ciudades serían muchísimo más seguras si todos los policías del país llevasen un bastón cascanueces… ¿Por qué no se anuncia entonces esta magnífica arma en El jefe de policía? Yo les diré por qué: por la misma razón por la que no anuncian ya la Magnum 44, ni el rifle Stoner, que es un arma fantásticamente eficaz que puede atravesar paredes de ladrillo y hacer fosfatina a los cabrones de dentro. Sí… y por la misma que no anunciarán El Aullador, una unidad móvil de sonido que emite unos gritos y unos alaridos tan infernales que todo ser humano que se encuentre en un radio de acción de diez manzanas queda paralizado por un dolor insoportable; los tipos caen redondos al suelo y se retuercen como gusanos; pierden el control de las tripas, les sangran los oídos. Tenía que haber un Aullador en todas las comisarías de policía del país, pero El jefe de policía no lo anuncia porque tienen miedo a dañar su imagen. Quieren que los AMEN. En este momento crítico, no necesitamos amor, necesitamos ARMAS… las más nuevas, las mejores, las más eficaces que haya. Estamos en un momento de extremo peligro. Está a punto de tragarnos la marea… pero leyendo El jefe de policía, jamás lo pensarías.

Veamos, por ejemplo, el número de junio de 1970. Lo primero que tenemos es una colección de estupideces escritas por el jefe de policía de Miami, Florida, que dice que “El sistema de administración de la justicia de los Estados Unidos está condenado al fracaso”. Al lado hay un anuncio a toda plana del “Limpia-calles” de Smith & Wesson, que se describe como un “generador de gases lacrimógenos en forma de Niebla Picante […] cargado con un nuevo gas CS superpotente recién creado por Gen. Ordnance”. El Limpiacalles con súper CS “no sólo hace huir a los alborotadores más peligrosos. Les convence de que no vuelvan […] Es posible lanzar con él desde una pequeña bocanada de un segundo a un diluvio de diez minutos […] ¿Aún no tiene usted un limpiacalles?”.

Hemos de decir, en justicia, que el aparato no está mal, aunque, desde luego, no es un arma. Puede convencer a los alborotadores de que es mejor que no vuelvan en diez minutos, pero si esperas unas cuantas horas, vuelve a aparecer esa chusma como si fueran ratas salvajes. La solución evidente a este problema es abandonar nuestra obsesión con los gases lacrimógenos y cargar el limpiacalles con un agente más seguro. El CS no hace más que abofetear al problema; el gas nervioso lo resolvería.

Pero la mayoría de los anuncios de El jefe de policía son de armas de gases lacrimógenos: los Laboratorios Federales ofrecen el 201-Z, junto con el Equipo de Emergencia Federal 233, que incluye granadas Speedheat y proyectiles de gas garantizados que “atraviesan barricadas”. La AAI Corporation ofrece una “granada para usos múltiples que una vez arrojada no pueden devolvértela”. Y Lake Erie Chemical nos ofrece un nuevo tipo de máscara antigás que “protege contra el CS”. (Esta diferencia es básica; el anuncio explica que las máscaras antigás que tiene el ejército son eficaces contra el gas CN, anticuado ya, pero que son prácticamente inútiles para el CS… “el poderoso agente irritante al que recurren cada vez más departamentos de policía y que es ya ‘norma’ en la Guardia Nacional”).

Por desgracia, esto es todo lo que nos da El jefe de policía en cuanto a armas (o instrumentos). Uno de los pocos artículos interesantes dentro de la categoría de “no-armas es un “desmodulador” para radios de coche “de la frecuencia de la policía” para que “el enemigo” no pueda escuchar. Con ese desmodulador, suena todo como si hablase el pato Donald.

La única función de El jefe de policía que aún sigue siendo útil es la antigua y fiel sección “Plazas disponibles”. Por ejemplo, en Charlotte, Carolina del Norte, se necesita un “especialista en identificación de armas de fuego” para el nuevo laboratorio de criminología del condado y de la ciudad. En Ellenville, Nueva York, se busca nuevo jefe de policía, “sueldo 10 mil 500 dólares, con abundantes beneficios suplementarios”. Muy bien. Y el departamento de justicia está “contratando ahora agentes especiales para el departamento de narcóticos y drogas peligrosas”. El anuncio dice que necesitan “un número considerable” de nuevos agentes, que cobrarán, en principio, 8 mil 098 dólares al año, “con posibilidades de hacer extras y llegar hasta los 10 mil”.

(En mi opinión, sólo un lunático o un drogadicto trabajaría de estupa por ese dinero. El horario es brutal y los riesgos mayores. Yo tenía un amigo que fue a trabajar como agente antidroga para los federales y perdió las dos piernas. Una chica en la que confiaba le echó LSD en la cerveza y luego le llevó a una fiesta en la que una pandilla de locos diabólicos le cortaron los fémures con un hacha de carnicero).

Enfrentémoslo: vivimos en una época salvaje. A los polis no sólo los llaman cerdos, se les trata como a puercos y comen peor que los marranos. Pero El jefe de policía aún anuncia los alfileres de corbata “PIG”… ¿Qué tragamierda usaría una cosa así?

¿POR QUE NOS ENVILECEMOS? ¡Esta es la cuestión básica! ¿Por qué una publicación que era magnífica traicionó a sus seguidores? ¿Somos unos primos? ¿Quieren destruirnos esos maricas rojos? ¿Por qué se burlan si no de todo aquello en lo que creemos?

Por eso no debería ser ninguna sorpresa (para los que se proclaman cerdos y sacan El jefe de policía), que la mayoría no recurramos ya a ese plomo rojillo de revista cuando buscamos información seria. Yo personalmente prefiero Shoofing Times o Guns & Ammo. Sus editoriales sobre “control de armas” son puras balas de cañón, y sus anuncios clasificados ofrecen todos los tipos imaginables de armas brutales: desde manoplas y cerbatanas hasta cañones de veinte milímetros.

Otra magnífica fuente de información sobre armas (sobre todo para el ciudadano particular) es un libro muy poco conocido que se titula Cómo defenderse usted y defender a su familia y su hogar: Una guía completa de autodefensa. ¡Ese sí es un libro con clase! Explica, en 307 páginas, con lujo de detalle, cómo puedes montar trampas explosivas en casa para que los “intrusos nocturnos” se maten ellos solos al entrar; explica qué tipo de arma es la mejor para un caso de fuego rápido en un pasillo estrecho (una dos cañones del doce, recortada; en un cañón un proyectil de gases lacrimógenos grandes y en el otro postas Doble Cero). Este libro es un verdadero tesoro para quienes teman que puedan invadirles la casa, en cualquier momento, terroristas, violadores, saqueadores, drogadictos, negros, rojos o cualquier otro grupo. Todo está detallado: perros, sistema de alarma, alambradas, rejas, venenos, cuchillos, armas de fuego… Oh, sí, es un libro maravilloso, y calurosamente recomendado por la Asociación Nacional de Oficiales de Policía de Norteamérica. Que es un grupo muy distinto que el de jefes de policía. Muy distinto.

Pero no quiero abordar ahora un libro de tanta envergadura. Necesito tiempo para digerirlo y para probar las diversas armas e instrumentos que aparecen en el texto. Un profesional no puede abordar a la ligera un libro así. Es una extraña combinación de sociología y estólida locura, aderezado con tecnología armamentista a un nivel difícil de encontrar.

Desearán ustedes poseer ya este libro. Pero yo quiero estudiarlo antes. Y para eso necesito tiempo… para tratar como es debido con esos maricones en sus propios términos. Ningún profesional se conformaría con menos.

-Raoul Duke, experto en armamento-

*Texto publicado en Scanlan’s Mounihly (1970).

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