Ilustración de la serie ‘En las calles de Marsella’ por Denise Alamillo

Hace unos meses llegó a mi casa un motociclista a hora inoportuna, y me entregó un cartapacio con el recado de una amiga mía, que me decía:

—Me comprometí con el director general a entregar la traducción de esto el lunes al mediodía. ¡No me falles!

Era un viernes, y el documento que había que traducir tenía cincuenta y cinco páginas. Se echó a perder mi fin de semana y el lunes me levanté a las 4 de la mañana con el fin de terminar al mediodía. Pero dando las 12, me presenté en la oficina en donde trabaja mi amiga, ojeroso y sin haber tenido tiempo para rasurarme, con la traducción terminada en una mano y un recibo timbrado en la otra. Entregué ambas cosas, me dieron las gracias y me fui a dormir.

Al cabo de una semana llamé por teléfono a mi amiga para ver si podía pasar a recoger mis honorarios.

—Ya está aprobado el recibo. Creo que de un momento a otro se hace el cheque —me contestó.

Una semana más tarde me dio la siguiente noticia:

—Ya se hizo el cheque. Supongo que en esta semana lo firmará el tesorero.

Y a la tercera:

—Ya firmó el tesorero, así que nomás falta la firma del director general.

A la cuarta semana me anunció que era inminente que el director general pusiera su nombre al pie de mi cheque. Al oír esto, yo a mi vez le anuncié a ella que la próxima vez que se comprometiera con el director general a entregarle una traducción el lunes al mediodía, mandara al motociclista a la casa de su abuela (de ella, del director general o del motociclista), no a la mía. Al escuchar por teléfono esta grosería, la voz de mi amiga se congeló y me dio la siguiente explicación:

—Debes tener en cuenta que esta es una empresa descentralizada y que se trata de un trámite casi gubernamental.

Me imaginé a alguien (con sueldo del Gobierno) componiendo fórmulas para hacer cheques: “…Una vez escrito el cheque, se deja en el balcón hasta que le dé la luna llena”.

Pero este episodio que he relatado y que acabó bien (porque me pagaron) no es ejemplo más que de una parte del panorama, en la que yo aparezco como víctima del trámite. Eso precisamente es lo que me ha pasado casi toda mi vida, pero hubo una época, que todavía recuerdo con estremecimiento, en la que fui burócrata, inventé trámites y seguí la carrera de obstáculo.

—Quiero que tú seas aquí el cantor de las gestas de este departamento —me dijo el jefe al contratarme.

Se trataba de que no saliera de allí un oficio sin que yo le diera un toque heroico y de que al final de la gestión preparara yo un informe en el que se hiciera constar que las actividades del departamento en cuestión no sólo habían sido arduas, sino que sin ellas el edificio de nuestras instituciones se hubiera desmoronado.

—No sólo se trata de cumplir con un trabajo, sino de darnos a conocer —me explicó el jefe, que tenía ambiciones.

En la actualidad, al cabo de varios años, cuando recuerdo la misión que nos habían encomendado, me parece sencillísima comparada con el trabajo que nos costó desempeñarla: se trataba de que, entre 30, inscribiéramos a 200 y les entregáramos unos documentos que les hacían falta.

Como era evidente que puesta la cosa así mi jefe no iba a llegar a ninguna parte, entre los dos nos pusimos a inventar suertes con el objeto de aumentar la importancia del departamento. Una de estas suertes, la más sencilla, consistió en lo que mi jefe llamaba “tener informados a los demás de nuestras actividades y no en tinieblas”. Con este fin, carta que se recibía u oficio que se mandaba, se fotocopiaba y se distribuía entre los siete departamentos de la organización. Con eso se lograba, además de esparcir por los cuatro vientos el membrete del departamento, obstaculizar el trabajo de los demás, puesto que cada uno de ellos necesitaba dedicar a una o dos personas exclusivamente a archivar lo que nosotros mandábamos. Esta obstaculización redundaba en nuestro favor, puesto que, como en todos lados, había competencia.

Por otra parte, había que formar una lista con los nombres de los que se iban inscribiendo. A mi jefe se le ocurrió hacer no una lista, sino cinco. Por orden alfabético, por orden de inscripción, por oficio, por nacionalidad y por hotel en el que se hospedan.

En cuanto a la documentación que era necesario entregar, se me ocurrió a mí, para aumentar la confusión, ofrecer unos documentos que no existían, pero que hubieran sido muy útiles. Con esto logramos que los inscritos hicieran una rabieta y muchas reclamaciones.

—Háganlas por triplicado —les decíamos y los adjuntábamos a los expedientes.

Cuando se terminó el trabajo, emprendí otro, mucho más difícil, que consistía en confeccionar con todo lo que había ocurrido un informe.

Resultó de lo más completo. Puse todo lo que hicimos y tenía pasajes tan apasionantes como el siguiente: “Se redactaron, mecanografiaron, cotejaron y duplicaron mil 236 circulares…”, o bien: “El jefe decidió que los casilleros no iban a ser suficientes”, etcétera. En el informe se incluyeron las mil 236 circulares, con otros tantos apéndices. Se formaron 40 ejemplares con forros vulcanizados.

El único comentario que oí, fue:

—Un informe muy completo, no cabía en el bote de la basura.

Por Jorge Ibargüengoitia

*Texto publicado en Excélsior (1971).

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