¿Hasta dónde puede llegar una mentira?

Por Alma Vigil

El reloj marca las 4:00PM mientras un mito duerme y sueña en su habitación. Hojas secas del árbol que se encuentra a un lado vuelan y aterrizan en su cuarto ubicado en el segundo piso de la casa. Cuando Ramiro Chávez Ruiz despierte se dispondrá a recogerlas, como siempre lo hace. Durante su juventud en el ejército mexicano aprendió e incorporó a su vida diaria los hábitos de la disciplina y la pulcritud, costumbre que no dejaría de lado durante su estancia de más tres años en una celda del Penal de Topo Chico por un delito que nunca cometió: el robo de un kilo de barbacoa.

Hoy es su día de descanso. Acaba de pasar 24 horas seguidas resguardando Tractolíneas Mexicanas, la empresa de tráileres donde trabaja, ubicada en el Parque Industrial Stiva del municipio de Apodaca. Queda lejos de su hogar en la colonia Nuevo León, sobre el límite entre Guadalupe y Villa Juárez. Su horario es de 24 por 24: trabaja durante todo un día y al siguiente descansa. Ser guardia de seguridad va más o menos acorde con sus fantasías de adolescente. Ramiro anhelaba ser policía como su papá, Gilberto Chávez, y sus hermanos, servir al país y proteger la patria, pero un ataque de ira interrumpió sus planes. Ahora salvaguarda los intereses de empresas privadas procurando que su carácter explosivo no estalle. Encara los problemas con calma, sin agresividad, brindando un servicio profesional y dinámico. Reprueba que muchos guardias sean nada más bultos que están ahí parados. Incluso ha impartido talleres a los guardias de otras empresas para que mejoren su trabajo.

Atrás, en el patio de su casa, una gallina cacarea estruendosamente y un perro ladra y ladra. Con todo y eso, Ramiro no se desprende del viaje onírico en el que está sumergido. Son más de las 6:00PM y no se separará de su cama sino hasta mañana temprano, cuando comience la rutina de nuevo.

Ramiro duerme como un tronco. Hasta que no le hablo bien enojada se despierta— dice María Luisa Ruiz, su madre.

La señora de cabello cobrizo y dulce voz se balancea tranquilamente en su mecedora de madera sobre el porche. Ahí también hay una banca improvisada, además de una puerta, una mesa, un refrigerador y una plancha de cocina donde preparan las hamburguesas, burritos y gorditas que venden los fines de semana. El viento de verano agita las tiras de papel metálico de colores que adornan el techo. Es martes 27 de agosto de 2013.

María Luisa es madre de 11 hijos: tres mujeres y ocho hombres. También es abuela de 27 nietos y bisabuela de 13 bisnietos. Tienen su casa desde hace 45 años. María Luisa y su esposo fueron de los fundadores de la colonia. Aquí también vive Cuauhtémoc, uno de los hermanos de Ramiro que estuvo en el ejército. Ahora no se puede mover porque sufrió una embolia. Los que restan son dos de sus nietos: Carlos Leonel, de 18 años, y Ramiro Raciel, de 13, hijo de Ramiro. Casi siempre hay gente. Hoy también está aquí una de sus nietas.

Los ojos de María Luisa comienzan a verse vidriosos cuando recuerda sus visitas a la prisión. Relata lo triste que era en ese tiempo el penal. Para ella era muy doloroso ir a ver a su hijo ahí. No obstante, cada ocho días lo visitaba, excepto durante los primeros dos meses porque Gilberto, su esposo, no aprobaba la idea de que ella fuera a sitios así. De hecho, él nunca pisó el penal para visitar a su hijo. María Luisa cuenta que era muy autoritario, posesivo y orgulloso. Al enterarse de la situación de su hijo, Gilberto enfureció, pero también se preocupó y lo ayudó, sólo que nunca pudo sacarlo.

A Ramiro lo habían condenado a siete años de prisión bajo el cargo de robo con violencia. Sin embargo, su suerte cambiaría. Ya llevaba un año y medio encarcelado cuando la asociación de beneficencia privada Renace supo del caso y se ocupó de él. El grupo de ayuda apenas comenzaba con su labor de defender casos de injusticia. El de Ramiro fue uno de los primeros.

II

Cuando me agarraron y me llevaron a la agencia del ministerio público, me desnudaron en unas oficinas. Me dijeron “Quítate la ropa”. Me amarraron así como Jesucristo y me golpearon. Era el comandante Sergio Acevedo y su gente. Eran como cinco pelao’s, y todos me pegaban. Hasta hacían pausas para patrocinarme los golpes. Estaban entrenando conmigo, pues.

En eso Ramiro se levanta de su mecedora, alza los puños y simula dar unos sofisticados madrazos.

—“¿Por qué te la robaste?”, me preguntaban mientras me daban golpe tras golpe. “Pero yo no robé nada”, les contestaba. Yo soy militar. En ese tiempo acababa de salir del ejército y tenía mucha fuerza, mucha condición física. Todos los días entrenaba box y también sé krav maga. Los golpes rebotaban, no me hacían efecto. Pero cuando Acevedo me dio un codazo en la nariz, me la quebró. Tengo la nariz ladeada por eso. Hasta la fecha no se me ha compuesto. Batallo para respirar.

Con su mano, Ramiro se tapa la fosa nasal derecha y respira normalmente con la izquierda. Al repetir la operación del otro lado, el aire se obstruye y se produce un sonido áspero cuando lo intenta.

Esto no lo sabe la prensa, no sabe que me calentaron a golpes. Los policías me amenazaron, me dijeron que si los acusaba cuando saliera libre me seguirían golpeando. Nomás estaban viendo a ver qué decía al momento que me entrevistaron. A todos los medios de comunicación yo les he dicho que sí me hago responsable de los hechos cometidos porque yo lo agredí y lo lesioné, más no lo robé. Yo no tengo necesidad de andar robando comida. Aun así, si una persona lo hubiera cometido por hambre, hay que usar un poco el criterio. Desgraciadamente, el delito es un delito, aunque agarres un chicle o un dulce. Lo que se paga es la acción.

Es jueves 29 de agosto de 2013. Ramiro viste con unas botas largas negras, un pantalón azul oscuro, una playera blanca y gorra, todo parte de su uniforme. Son las 11:00 AM. Hace cuatro horas que salió de su trabajo. Su personalidad es ruda y seria, pero denota cierta simpatía y sentido del humor. Además, es algo hiperactivo. La apariencia de Ramiro contrasta con su actitud braveada. Es delgado y de estatura baja; mide menos 1.70m.

Lo que pasó conmigo fue en 1993, un 20 de noviembre, el día de la Revolución Mexicana. Andaba de farra con mis amigos y traía mi guitarra. Estuvimos tocando con los mariachis y tomando. Estábamos a dos cuadras de mi casa, donde antes era puro monte. Ahí los posesionarios comenzaron a construir sus chozas de madera y cartón. Ahora ya son casas populares. Al regresar a mi casa, como estaba en estado de ebriedad cuando me topé al pela’o, nos quedamos viendo y entonces me rayó la madre. Me ofusqué y le devolví la contestación. Entonces aquél se regresa y se me viene sobres. Nos empezamos a pelear y lo agarré a guitarrazos. Se me hizo fácil. Le abrí la cabeza. Él se fue a la Cruz Verde, donde puso su denuncia, y yo continué normal. Llegó la ministerial por mí y me pasaron detenido. Él era un señor ya grande. Yo tenía unos 21 años, él tenía 35 o más; tenía la edad de Rafa, mi hermano mayor. Yo no lo conocía, pero mis hermanos más grandes sí. Ya que me calentaron los policías, me llevaron a declarar. Ahí estaba la persona con el parche en la cabeza. Tuvimos un careo. Tanto él como su pareja insistían en que yo lo había robado, pero no era cierto. Luego me dijeron que a quien le iban a hacer caso era al que puso la denuncia y se me procesó por el delito de robo con violencia.

El proceso al que fue sometido Ramiro forma parte del viejo sistema inquisitivo, el cual establece que el ministerio público acusa e influye como autoridad para juzgar la culpabilidad o la inocencia del acusado. Además, es un sistema secreto y no transparente. En la actualidad, si se presentara un caso como el de Ramiro, con el nuevo sistema acusatorio, que siempre es público, la policía es la que investiga, el ministerio público acusa, el juez de garantías acepta o rechaza el caso y el juez de juicio oral califica la culpabilidad y establece la pena. Desde el 18 de junio del 2008 se decretó la reforma penal que establece que en el 2016 las 32 entidades federativas deben incorporar este nuevo sistema acusatorio oral. En Nuevo León existen todavía los dos sistemas, aunque se planea que permanezca sólo el nuevo.

Pasé tres días más en la comandancia. La ley de procedimientos penales especifica que todas las personas que están en proceso tienen que permanecer 72 horas bajo investigación para deslindarse de responsabilidades. “Luego de los tres días o vas al bote o sales libre.” Estuve en las celdas de arriba, donde tienen a los que están en proceso o se les dicta una sentencia para pasarlos al penal. Los que están por cosas del fuero común, como borracheras o pleitos, los tienen aparte. Posteriormente, me trasladaron al Penal de Topo Chico.

III

En el número 1032 de la calle Morelos, en el Barrio Antiguo, se encuentra Renace. La asociación que busca justicia se alberga en una casa blanca con marcos color melón en las ventanas. Sobre la fachada se puede ver una placa con el logo que incluye un sol naciente. Cuando iniciaron sus labores en septiembre de 1994, ocupaban otra oficina en el centro de la ciudad, por la avenida Ocampo. Más tarde, en el 2008, se moverían a su actual ubicación. Sus actos también han llegado al cine: Renace fue uno de los productores que participaron en el documental Presunto Culpable. Ahora la exitosa película enfrenta 19 demandas bajo el cargo de daño moral por exhibir imágenes sin el consentimiento de algunos de los protagonistas. Cada codemandado exige 100 millones de pesos. Dentro de las instalaciones de Renace, el director general y psicólogo Martín Carlos Sánchez Bocanegra detalla el proceso de Ramiro. Lo recuerda muy bien, a pesar de que lo conoció hace 18 años, en 1995.

¿Cómo participaron en el caso de Ramiro?

Tomamos su defensa. Antes, nosotros entrábamos al reclusorio a trabajar. Íbamos tres veces a la semana. En una de esas ocasiones se presentó el caso de Ramiro. El contacto era a través de Trabajo Social y nos los canalizaban a nosotros. Entonces hicimos la investigación y efectivamente se estaba haciendo una injusticia con él porque, si bien es cierto que se vio involucrado en una situación de pelea, no había sido robo como lo estaban acusando.

Entonces, ¿qué fue lo que pasó?

Lo que me acuerdo es que él venía con una guitarra. Había estado tocando, era un día festivo. Apenas estaba amaneciendo. En eso pasa un señor de nombre Juan Jesús Ramírez Muñoz con su esposa, Sofía Cazares Camarillo. Acababan de salir de una carnicería. El sujeto lo observa y Ramiro se le queda viendo, por eso el otro se la hace de bronca. Tenía poco que Ramiro había salido del ejército; era un ex militar y era muy broncudo. Vaya, no se dejaba de nadie. Entonces se hicieron de palabras, se empezaron a golpear y Ramiro le quebró la guitarra en la cabeza. El otro señor había comprado barbacoa y en la trifulca salió disparada. Además se le cayó algo de feria que traía. Luego el señor fue a la Cruz Verde de Guadalupe y ahí estaba la ministerial. Denunció a Ramiro. Les dijo a los policías sobre la pelea. Le dijeron que si lo detenían por riña saldría en 24 horas, pero que si lo acusaba de robo con violencia ya no saldría en mucho tiempo. Los policías fueron los que le sugirieron que acusaran a Ramiro injustamente.

¿Es correcto que lo hayan sentenciado a siete años bajo esos cargos?

Sí, el robo con violencia siempre ha sido muy penado. Actualmente hay una máxima de 15 años para ese delito. La mala acción fue de los policías, pero el proceso de justicia no era suficientemente eficiente para detectar este tipo de fallas. Ahora, con el nuevo sistema de justicia, si alguien acusa a una persona, la fiscalía tiene que demostrar que es culpable de manera científica, a través de evidencias. En el viejo sistema, con el puro testimonio de la víctima y de la policía era suficiente para condenar a alguien, como pasó con Ramiro.

Y si hubiera sido robo simple, ¿cuánto tiempo le tocaría de sentencia?

Si no hay violencia, depende de la cantidad y de lo que se robe. Lo de Ramiro no hubiera sido robo porque no lo hizo; se le cayó la barbacoa al señor. En todo caso, si lo hubieran acusado de riña, le hubieran dado tiempo por las lesiones. Pero el señor no tenía nada grave. No fue más que el daño moral, el golpe en el orgullo. Así, Ramiro hubiera salido de una manera más sencilla.

Entonces, ¿redujeron la sentencia de Ramiro?

Sí, por una reforma de la ley que hubo en ese entonces. Al reducirle la sentencia, por decir, de siete a cuatro años, tiene derecho a un beneficio y sale en libertad. Así fue con Ramiro. Nunca se le reconoció la inocencia.

¿Tuvo un juicio Ramiro con la presencia de un juez?

Sí tuvo un juicio, pero en ese tipo de sistema que todavía hay aquí en Nuevo León, el juez nunca está en los juicios. Quien realmente imparte la justicia es el secretario con la ayuda del escribiente. El juez, al final de la sentencia que le darán al inculpado, simplemente lee el proyecto que le hace el secretario y lo firma.

¿Como en Presunto Culpable?

Ándale. Ahí, si te acuerdas, el juez estuvo presente y hasta se puso toga porque lo iban a grabar. Jamás lo hacen. Está demostrado que el 80 por ciento de las personas acusadas no conocían al juez. Pensaban que el juez era el del ministerio público o el defensor. Con la forma de impartir justicia es imposible que esté en todas las audiencias. La ley marca una excepción en que puede encargarle al secretario que esté al pendiente de ellas. Eso es legal.

Cuando Ramiro estaba encarcelado, ¿cómo era el entorno?, ¿cómo era trabajar ahí?

El reclusorio es un lugar muy feo. Son edificios de varios pisos donde hay celdas que son para seis personas pero hay como 18. En los pasillos también duermen. El penal está sobrepoblado. Creo que tienen capacidad para 3 mil 500 y hay hasta 5 mil personas. Los ambulatorios son específicos: uno es para los que están por fraude, otro por robo, homicidio, delitos sexuales, etcétera. El peor lugar ahí es el de los psiquiátricos, de los inimputables, a donde te sugiero que jamás vayas. No sé cómo esté ahora. Hicieron un nuevo penal en Cadereyta y allá se los llevaron. Pero en el Topo Chico era horrible. Los internos estaban desnudos en las celdas, y si olía feo el penal, ahí era peor. El reclusorio olía como a suciedad con sudor. El edificio estaba muy deteriorado. Siempre tenían muchos problemas con el agua. Era muy triste porque había mucha gente sin esperanza de libertad. Muchos de ellos no tenían familia y nadie los visitaba. Tanto los internos como los familiares estaban desesperados. Nosotros nos encerrábamos voluntariamente tres veces a la semana. Ahora las cosas han cambiado. Generalmente trabajamos afuera con ellos porque nos hemos enfocado a la población que puede salir lo más rápido posible. Tenemos cada vez más herramientas, de acuerdo a las reformas que se han hecho en la ley, impulsadas en Renace, para atenderlos en libertad.

¿Es legal que tengan en ese estado las instalaciones?

El gobierno y la misma sociedad siempre han batallado mucho para darles los suficientes recursos para que los reclusorios funcionen como deben, que respeten la dignidad y la seguridad física de las personas que viven ahí. Hay estudios de Guillermo Zepeda que hablan de la tasa de enfermedades infecciosas, de sida y de mortalidad, que son mucho mayores en los reclusorios. Aquí tenemos tres penales. El de Topo Chico parece que fue construido en los años 20. Es muy viejo. Hace mucho tiempo debió haber salido de circulación. Pero tanto a nivel federal como estatal, la inversión en este tipo de instituciones siempre se regatea mucho, se limita demasiado.

¿Cómo está el sistema judicial actualmente?

Hemos trabajado desde el 2001 para cambiar el sistema de justicia mexicano. Comenzamos por Nuevo León. En el 2004, conseguimos que hubiera juicios orales en el estado. El sistema de justicia acusatorio es el que pudimos transformar a través de una reforma constitucional en el 2008. En la actualidad está en proceso de implementación y hay tres estados que ya lo terminaron que son Chihuahua, Morelos y el Estado de México. Entonces tenemos dos sistemas de justicia: el viejo y el nuevo. Ahora, alrededor del 50 por ciento de los delitos están procesados por el viejo sistema. Los delitos de mayor impacto son los que se van a dejar hasta el final. Tenemos ahora los Centros de Orientación y Denuncia (CODE) que ofrece la Procuraduría General de Justicia (PGJ). Ahí es donde se procesará la información de las nuevas denuncias, los nuevos delitos, la nueva justicia. También contamos con un observatorio ciudadano en la justicia que comenzamos a trabajar en el 2011, donde participan 25 organizaciones de la sociedad civil. Ahí vamos a evaluar cómo avanza la implementación y el rendimiento de las instituciones de justicia. La que está muy pendiente es la policía. A los elementos les falta mucha capacitación y adecuarse a los nuevos procesos para que puedan dar resultados. Tienen que conocer a qué los obliga la ley al momento de actuar, de proceder ante una denuncia o de una persecución. Con el nuevo sistema, los policías tendrán que estar muy bien coordinados con el ministerio público para poder procesar los delitos.

IV

Con el dedo índice, Ramiro señala por encima de su ojo izquierdo:

En el penal me corté esta ceja. Me hice de palabras con un pela’o; ya ves cómo es la gente de atrabancada en Monterrey. Salió de un “¿Qué me ves? ¿Tú qué me ves? Pues qué”, y nos agarramos. Él también salió lesionado y nos mandaron a las tapadas, las celdas de castigo. Ahí no te da la luz del sol. Estás encerrado completamente. En las noches salen las ratas porque están abiertas las alcantarillas. Pero bien bonitas que están. Parecen conejos de castilla. Están bien grandototas y son de colores: blancas, rojas, anaranjadas… —dice Ramiro en tono sardónico—…Claro que me mordían. Yo nunca me enfermé, nunca estuve en el hospital, pero había muchos que sí. La comida del penal está bien. Te dan de todo. A lo que te atienes es a los reos. Muchos son muy mañosos y te le pueden escupir a la comida, o peor. Cuando te sirven acercas tu plato y hasta te avientan la comida como si fueras un animal. Terminas todo manchado. La primera vez que llegas a las tapadas no sabes ni qué onda. Todo está oscuro, no veía nada. Me acosté en el suelo donde pude acomodarme. En la oscuridad se comienza a moldear la vista. Cuando te familiarizas con el área, nomás ves cómo les brillan los ojos y los dientes a los que están ahí adentro. En ese lugar están encerrados los más cabrones, los más problemáticos, los que se la pasan atracando, golpeando o robando a los internos. Es un cuartito chiquito, y ahí mismo está el baño. Las celdas regulares varían poco. Cuando estuve interno, éramos 10 los que compartíamos un mismo cuarto con barrotes. Dormía en el piso durante mucho tiempo, hasta que alguien desocupó una cama. Antes, hasta se podía decir que estábamos en la gloria porque aunque estábamos encerrados, éramos libres. A las 8:00AM abrían las puertas y se cerraban a las 5:00PM, y el domingo era el día de visitas. En ese inter hacías lo que querías. Si trabajabas, pues cumplías con las labores, o si querías estudiar había varias opciones. Ahí terminé la secundaria y la preparatoria, además tomé varios cursos empresariales, de computación, de psicología. También estuve en el coro de la iglesia. Ahora es diferente. Los horarios de la visitas ya están más restringidos; son mucho más estrictos y todo está más controlado por la delincuencia organizada. Yo trabajé de talachero. Reparaba lo que se ocupara. También puedes trabajar en la cocina, en la imprenta o en otros oficios. Ahí hay empleo para el que quiere. En aquel tiempo ganaba 45 pesos por semana, cuando afuera ganaban 400 por hacer lo mismo. Aunque hay personas que se dedican a nada, a estar dormidos o a drogarse. Porque también hay drogas allá adentro. Los mismos celadores son los que muchas veces las pasan a los reos. Ahí se requiere un control de confianza porque se maneja mucho dinero. En la cárcel el negocio de las drogas es jugoso. Si, por ejemplo, yo invierto 100 pesos en drogas, allá adentro serían hasta 2 mil pesos, porque como estás encerrado en el penal, es muy difícil conseguirlas. Es para los viciosos que realmente lo necesitan, porque es muy caro. Aun así, hay mucha demanda. En aquel tiempo lo que te daban de mariguana por 50 pesos actuales era tanto así. Mira…

Ramiro se levanta de nuevo de su mecedora, camina hacia un pasillo que está atrás y comienza a esculcar en una maceta. Al regresar, en su mano trae un montonsito de tierra del tamaño de una moneda de un peso que coloca sobre la mesa. Comienza a quitarle un poco y dice:

Era esto lo que te daban. Se llaman palomitas. Son chiquitas y se pueden esconder fácilmente: debajo de la lengua, en la nariz, en el pelo, en el oído. Los domingos se van como pan caliente porque es el día de visitas, es el día que se introduce la droga. En ocasiones son las esposas de los reos las que transportan la droga en el cuerpo. Una vez me tocó sacarle un chorizo a una señora. Era un condón que traía adentro pastillas psicotrópicas y otras cosas. Pero la señora estaba muy nerviosa. Lo traía en el ano y con un hilito lo estiraba, pero se volvía a meter. Con fuerza le volvía a estirar pero también con cariño para que la señora se relajara, hasta que salió. El penal es como una pequeña ciudad. Hay teatro, cine, escuelas, iglesia, hay biblioteca y también tienen instrumentos musicales. Unos amigos y yo formamos un grupo de música colombiana que se llamó Sentencia Vallenata. Fuimos los primeros en implementar ese género musical en el penal, porque había rockeros, rondallas, rancheras, regional, e incluso pop, pero todos cuentan ahí que jamás hubo otro grupo de música colombiana. Éramos seis o siete. Yo tocaba la guitarra y era segunda voz. Rogelio tocaba el acordeón, Delfino la batería, El Cabrito las tumbas y percusiones, De la Rocha el bajo, y a veces integrábamos a uno o dos que quisieran tocar. En el 95 grabaron un programa especial de radio dentro del penal. Hacían varios eventos por parte del gobierno del estado con grupos famosos. Como sabían que había un grupo de música colombiana, llevaron a exponentes como Celso Piña, La Tropa Colombiana, Los Príncipes del Vallenato y Beto Quintanilla. Varios de ellos se acercaron a nosotros, nos saludaron y nos alentaron para salir adelante. Incluso nos ofrecían sus tarjetas para lo que se nos ofreciera. Pero pues allá te roban las cosas. Un día que me acababa de bañar, puse mis truzas a secar. Donde volteé para agarrar una camisa, ya no estaba la truza. ¿Quién se roba una truza de otro pela’o para ponérsela? Y sin embargo, te las roban. Ahí aprendes muchas cosas malas; también buenas, pero más malas. En fin, la banda se desintegró cuando varios salimos libres.

V

Ramiro ya era una leyenda dentro y fuera de la cárcel cuando por fin le otorgaron su libertad. El día que salió, 21 de marzo de 1997, afuera lo esperaban su mamá, su novia y una de sus hermanas. También estaban ahí reporteros de diferentes medios de comunicación, el gobernador Benjamín Clariond Reyes-Retana y dos miembros de Renace: Martín Carlos y Alejandro Ponce de León, el abogado que defendió a Ramiro.

La historia de Ramiro trascendió. Todavía en el 2013 se recuerda el caso del sujeto que robó un kilo de barbacoa, dato curioso que resalta en una ciudad donde es tradición comer barbacoa todos los domingos y que llamó la atención de los medios de comunicación y de la población en general. Al preguntar a varias personas si se acuerdan de esa noticia, muchos dirán que sí, pero que no saben realmente qué pasó ni cuánto tiempo le dieron.

De acuerdo con Juan Antonio Martínez Martínez, ex reportero del periódico El Norte que cubrió la nota, cuando Ramiro estuvo encarcelado, muchos mencionaban su caso. Era como una especie de ejemplo. Se comparaba con los mafiosos, políticos o empresarios que cayeron por delitos graves como homicidios o fraudes pesados con una sentencia mínima. Uno de ellos fue Osvaldo Serna Servín, quien mató a dos policías a balazos en 1995. A él le dieron cuatro años de sentencia. Se presume que fue gracias a que era hermano de dos líderes de la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos (CROC). ¿Cómo era posible que a un chavo que robó un kilo de barbacoa por hambre le hayan dado más tiempo que a los que matan sólo porque tienen relaciones con los poderosos?

Alejandro Ponce de León era un experto en detectar mentiras. Ramiro recuerda que Alejandro siempre lo miraba fijamente con sus ojos verdes para ver si hacía algún gesto que le indicara que pudiera estar mintiendo. El abogado llevó a cabo toda la investigación. Hizo encuestas en la colonia, habló con los policías, recorrió el lugar de los hechos. Estuvo más de un año haciendo apelaciones y demás trámites legales para modificar las leyes y para que Ramiro pudiera salir antes. Como se procedió conforme al robo, no tenía de otra más que tratar de modificar ese cargo. 

La mayor debilidad que presenta el nuevo sistema —señala el abogado Adolfo Gómez Vives— está en la capacitación de todos los operarios del sistema: jueces, magistrados, agentes del ministerio público, abogados defensores y policías. Hasta la fecha, la Universidad Autónoma de México (UNAM), el Instituto Nacional de Ciencias Penales (INACIPE) y otras instituciones se han esforzado por actualizarlos. Sin embargo, los policías aún no reciben una capacitación adecuada respecto a cómo deben proceder no sólo por el nuevo modelo, sino también en lo que respecta a la protección de los derechos humanos. 

B A Ladrón color

cartón por Guffo

Para ese tema, el gobierno federal destinó 458 millones de pesos este 2013 destinados a subsidios que se distribuirán en cada estado, que se invertirán en capacitación, infraestructura y tecnología.

En la cárcel, a Ramiro lo llamaban el Capitán Fantasma, no porque se escapara constantemente de la prisión como lo hizo Santiago Reyes Quezada, el verdadero Capitán Fantasma, sino porque al igual que él, Ramiro se convirtió en un mito, un pendón entre todos los reos del Penal de Topo Chico. Gracias a las modificaciones en las leyes que se hicieron por su caso, muchos reclusos salieron libres, muchos que, al igual que él, eran inocentes. Nunca ningún caso tuvo una trascendencia similar en Monterrey.

Es una casualidad metafórica. Ramiro salió el primer día del otoño, el 21 de septiembre de 1993, del ejército. Dos meses después se prepararía para enfrentar un encierro que duró exactamente tres años y cuatro meses. Había ingresado a los 21 años. A los 25 florecería una nueva etapa en su vida. Un día antes de salir de prisión, Ramiro, aunque nunca fue muy religioso, dio gracias a Dios y se llenó de esperanza. Hacía unas horas le habían mandado a hablar a él y a otros 60 reclusos. Los formaron en la comandancia y los comenzaron a pasar uno por uno. Todos ellos saldrían libres el primer día de la primavera. Les avisaron que no le dijeran a nadie porque muchos reos con condenas muy largas hacen que se queden; les implantan alguna droga o traman algo nada más por querer chingar.

Para María Luisa, la libertad de su hijo fue algo extraordinario. Estaba muy contenta y lloraba de alegría. Sentía como si fuera ella la que iba a salir libre. Los periodistas la acorralaban, al igual que a Ramiro cuando finalmente cruzó la puerta de salida.

Antes de salir del penal, juntaron a todos los reos en el recinto. El gobernador les dio un discurso que incluía las frases “Salgan adelante” y “Muéstrenle el cambio a la sociedad”.

Para Ramiro, la libertad fue “como si un pajarito viera por primera vez el monte”. En el regreso a su casa, sentía el aire en su rostro, admiraba los árboles, el paisaje de la ciudad con más casas y edificios y el río que se encuentra antes de llegar a su cuadra llamada Villa de Santiago.

En la noche le hicieron una fiesta con toda la familia. Estaba feliz y ya tenía en mente lo que haría a continuación.

Dentro de la cárcel, Ramiro conoció a la que sería madre de sus dos hijos. La chica de nombre Hermelinda Rodríguez regularmente iba a visitar a un familiar que estuvo detenid: el cuñado del hermano de Ramiro. Cuando la vio por primera vez, le gustó y de inmediato hubo química. Ramiro nunca había tenido una relación seria, pero con Hermelinda fue diferente. En ese momento la chica ya era madre de una niña y un niño, ambos de diferentes padres. Sin embargo, a Ramiro no le importó. Él quería estar con ella y le prometió seguridad y amor para siempre. Aunque Martín Carlos y varios le aconsejaron que no lo hiciera, Ramiro siguió sus sentimientos. En una visita conyugal, la pareja concibió a su primera hija, Heidi Carolina Guadalupe. El bebé tenía apenas ocho meses de edad cuando Ramiro salió de la cárcel y se convirtió en la prioridad para él.

Los siguientes años los dedicó a trabajar para sacar a su familia adelante. Desde que Ramiro salió de la prisión, ha sido guardia de seguridad en diferentes empresas privadas. Debido a sus antecedentes penales, nunca pudo alcanzar su sueño de ingresar a la policía, como lo hizo su padre. Hoy Ramiro está sereno, aunque su arrepentimiento es grande. Reconoce su error. Pero aclara que él nunca se robó un kilo de barbacoa.

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