Por Caracol Colunga

Arriba está la noche, cansada y sin una nube. Abajo está la tierra, que reseca y a terrones respira.

Su aliento alcanza hasta el horizonte. Ningún árbol interrumpe la vista; es en el piso donde se arrastran gobernadoras y candelillas, moviéndose despacio con el poco aire que sopla, meciéndose como estrellas marinas en el agua. El desierto es un momento suspendido.

Guy Debord, el filósofo acusado de borracho que escribió sobre psicogeografía, creyó, al igual que muchas personas desde milenios atrás, que “el desierto es monoteísta”. Lo dijo porque las tres mayores religiones monoteístas de la actualidad se gestaron entre la arena, pero también por la imponencia monolítica de su paisaje. El sol feroz de día y el frío inmóvil de la madrugada sugieren una deidad de dos caras.

Captura de pantalla 2013-08-30 a las 15.32.23Quizá es por eso que la obra de Ricardo Elizondo Elizondo quiso ocuparse de esa parte del país, de sus contrastes geográficos, sociales y lingüísticos. Para este escritor nacido en una de las principales ciudades del norte, el desierto fue tema inevitable, tanto que en los 80 fue etiquetado por los críticos como uno de los principales escritores de la “narrativa del desierto” o “narrativa del norte”, junto con Daniel Sada, Gerardo Cornejo y Jesús Gardea. Fuera de taxonomías impuestas por otros, lo cierto es que Elizondo logró recrear su tierra y le dio un peso digno de estudiarse ahora que el Plan Nacional de Desarrollo del actual gobierno no contempla demasiados apoyos para regiones como la candelillera, sino que enfoca sus baterías a zonas boscosas o tropicales.

***

Ricardo Elizondo Elizondo fue, entre muchas cosas, narrador: sus libros Setenta veces siete y Narcedalia Piedrotas son novelas realistas y elaboradas que dan cuenta de un buen oficio a la hora de contar. Elizondo, nacido en Monterrey el 26 de enero de 1950, conoció bien a la gente de su región.

Fue maestro en Humanidades y doctor en Historia, aunque los viajes le mostraron mejor la realidad del norte. Según la periodista Andrea Rivera Villegas, casi durante 40 años, Ricardo Elizondo hizo recorridos por Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas: “Conozco todos los pueblos… Me fui con un saco de dormir a juntar palabras y era yo muy discreto para que la gente no se diera cuenta de que las andaba cazando”, dijo alguna vez el escritor. Como director del Archivo General del Estado de Nuevo León, de 1975 a 1979, tuvo acceso a materiales que le permitieron acrecentar su conocimiento. Es por eso que muchas veces se le califica como “relator de lo íntimo”; en sus libros es capaz de describir un paisaje exterior a través de los hechos de una casa o las cotidianeidades.

Retrató sobre todo a las mujeres, ejes de la vida en el ámbito doméstico de esa época. Antes de morir el 24 de agosto de 2013, Ricardo Elizondo también publicó los libros de cuentos Relatos de mar, Desierto y muerte, y Maurilia Maldonado y otras simplezas. Además se adentró en la dramaturgia con las obras El indio muerto y Chanclas de oro.

***

Se le consideró un historiador de la vida privada, pero también de la vida pública. Aparte de su trabajo en el archivo, recopiló las memorias fotográficas Historia gráfica del Tecnológico de Monterrey, 1943-1973 y Lecumberri: ángel y escorpión. Como historiador pudo darle un contexto fidedigno a su novela Setenta veces siete, con la cual logra al mismo tiempo una descripción de la frontera y la vida en ambos lados de ella. Cuenta las relaciones comerciales que se establecieron entre el

norte mexicano y el sur estadounidense, germen de la desigualdad económica y el deseo de imitación que siempre han sentido los mexicanos fronterizos. De esta forma explica los orígenes de la modernidad en el norte; modernidad que se volvería imitativa, de magnitudes, de excesos. Una modernidad cuyos últimos estertores terminó por escribir Eduardo Antonio Parra.

***

En 1980 lo nombraron director de la Biblioteca Cervantina del Tecnológico de Monterrey, que tiene una enorme colección de incunables y fondos de manuscritos. También se desempeñó como informante de la Academia Mexicana de la Lengua. En 1996 creó el Lexicón del noreste de Mé- xico, libro único en su tipo que recoge cerca de tres mil expresiones con acepción regional.

El escritor Juan Ricardo Martínez Ávila refiere que cuando la novela Setenta veces siete hizo su aparición, hubo quien criticó la obra debido a su parecido con los recursos de coloquialidad utilizados por García Márquez. La crítica tiene lugar porque si alguien se topara por casualidad con un grupo de personas que en la plaza dicen frases como “[…] hay cinco o seis vecinos que respiran venganza contra mi persona” o “[…] se gloriaban y cocoreaban a los que encontraban, habiéndoles salido la nuez vana porque les volvieron estos su cócora y ahora buscan agua limpia para blanquear la ropa percudida en agua turbia pero puede que les falte jabón…”; siempre podría pensar que es la lengua poética del autor la que habla. Pero no. Elizondo pudo capturar estas palabras. En realidad siempre fueron las palabras. Ricardo Elizondo vivió para las palabras, para las que cazó, para las que cuidó, para las que escribió.

Comments

comments