Por Sergio Osvaldo Valdés Arriaga

Carlos Castañeda de la Fuente es un hombre que pasa desapercibido por las calles de la Ciudad de México. Pide limosnas y duerme en el suelo; sus pertenencias se reducen a un cortaúñas, una pasta y cepillo de dientes, un escapulario, un libro pequeño de oraciones y una cantidad de dinero muy escasa. Cuando lo conocemos por primera vez está dándose de alta en el Centro de Asistencia e Integración Social Coruña Hombres, en donde podrá dormir en una cama y recibir las tres comidas diarias durante las próximas semanas.

Es este mismo hombre quien, en 1970, atentó contra el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, suceso que le costaría 23 años de su vida al ser recluido dentro del hospital siquiátrico Samuel Ramírez Moreno. Las torturas quedan implícitas.

Durante los primeros días, Carlos fue interrogado tanto exhaustiva como fervientemente, todo esto con la finalidad de conocer al verdadero orquestador del atentado. Sin embargo, el señor Carlos Castañeda actuó por cuenta propia, tomando como influencias principales sus fe católica y, más en particular, el libro Héctor, de Jorge Gram. Su objetivo primordial era el de vengar la muerte de todos aquellos fallecidos durante la matanza de Tlatelolco.

Este es El Paciente Interno (2012), un filme dirigido por Alejandro Solar en el que se expone el sorprendente caso de Carlos Castañeda, una víctima y sobreviviente del régimen priista del siglo pasado y cuya historia tardó años en salir a la luz. Inspirado por la serie de artículos del periodista Gustavo Castillo García en La Jornada, el director decidió embarcarse en el proceso de producción con o sin la presencia de don Carlos. Su encuentro sucedería mucho después en las calles de la ciudad, situación en la que tanto director como fotógrafo filmaron discretamente su recorrido rutinario para después abordarlo y preguntarle si deseaba participar en el proyecto, a lo que accedió con grata facilidad.

Carlos recuerda perfectamente los detalles de su confinamiento; es algo que lleva consigo como una pertenencia más, el recuerdo de su más grande error, uno del cual no se arrepiente en lo más mínimo.

Y la verdadera incógnita que despierta este documental es el simple hecho de que esta historia siempre estuvo allí en la ciudad, deambulando por las calles, confundiéndose y diluyéndose entre los millones. Esta era una historia que esperaba ser contada y que ahora, con los recursos necesarios, por fin ha encontrado su libertad. Es una historia que, como muchas otras, residen en la barbárica impunidad de un gobierno opresor y delincuente. Quién sabe cuántas otras más habremos pasado por alto…

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