Entrevista a Forrest Ackerman

Por Jesús Bernal

 

Jesús Bernal: En 1922 viste tu primera película, One Glorious Day. ¿Qué sentiste?

Forrest Ackerman: Yo tenía cinco años y medio, y en la película aparecía un pequeño espectro. Trataba de un chico pequeño que al morir fue al cielo, ya allí provocó tal conmoción que le echaron a la primera travesura. Y nosotros, en el público, lo podíamos ver, pero los otros actores de la película se suponía que no lo veían. Cuando un hombre encendía un cigarrillo, el espectro se colocaba al lado y le apagaba el cerillo. Lo encontraba terriblemente divertido. Se llamaba Eck. Eso abrió mis ojos hacia el mundo de las maravillosas fantasías, y lo siguiente que conocí fue la existencia de Lon Chaney Sr., que empezaba a hacer películas que me gustaban, como The Phanom of the Opera, The Hunchback of Notre Dame, The Monster y London After Midnight. Después vi 49 dinosaurios en pantalla en la película Lost World. Ya en 1927 fui catapultado 100 años hacia el futuro dentro de la magnífica ciudad de Metrópolis, con una población de 60 millones de habitantes y la androide femenina.


A partir de entonces me dejé llevar por el maravilloso mundo de la fantasía. Intenté ver todas las películas que existían, y alguna de ellas, como Metrópolis, la he visto 39 veces.

 

JB: Volviendo a 1922, cuando empezaste a ver películas, ¿cómo era tu vida?

 

FA: Cuando nací, mi abuelo materno era un arquitecto jubilado. Mi abuela no tenía nada mejor que hacer más que leerme capítulos enteros de una revista llamada Ghost Stories. Con el tiempo me convertí en un jovencito que veía siete películas al día. Mi abuelo era famoso porque como arquitecto había hecho planos de un edificio llamado Bradbury, que apareció en Blade Runner, Wolf y The Demon With the Glass Hand.

 

Yo sabía que él podía hacer cosas mejores que delinear edificios fantásticos. Podía dibujar dinosaurios, marcianos y ciudades e infiernos futuristas. Por lo tanto, mientras crecía, me dedicaba a ver siete películas al día, tomar una pinta de helado por las noches y tener a mi abuelo dibujándome seres de otros planetas. Francamente fueron mis abuelos los que me inculcaron mis primeros hobbies en vez de mis padres.

 

JB: ¿Empezaste a ver películas de terror y ciencia ficción a los cinco años y medio?

 

FA: Sí, siempre que fuesen fantásticas o terroríficas. Películas como The Terror o London After Midnight, siempre que fuesen fantásticas o terroríficas estaba allí sentado viéndolas el día del estreno.

 

JB: En 1926 te compraste un ejemplar de la revista Amazing Stories. ¿Fue una experiencia importante para ti?

 

FA: En octubre de 1926, la revista saltó del quiosco y eligió a un niño de nueve años, que era yo. Las revistas hablaban en aquella época, y ésta me dijo: “¡Llévame a casa, muchacho, me amarás, y en el año 2000 serás conocido como Mr. Ciencia Ficción, y serás entrevistado por una revista española que se publica en Barcelona!”.

 

Eso es lo que me dijo aquel número de Amazing Stories [risas].

 

JB: ¿Qué actores de Hollywood te gustaban en aquella época?

 

FA: Al principio, por supuesto, me gustaban Lon Chaney Sr. y Douglas Fairbanks. Cuando llegó el cine hablado me interesé por Bela Lugosi, Boris Karloff, Peter Lore y el hombre invisible Claude Rains. También me gustaba una actriz llamada Marlene Dietrich.

 

Cuando tenía 15 años acudí al rodaje de su film Blonde Venus.

 

Estuve con ella, y nunca olvidaré a un joven actor, muy diferente a ella, que participaba por segunda vez en una película. A menudo me preguntaba si conseguiría salir adelante y seguir con su carrera de actor, o incluso alcanzar la fama. Su nombre era Gary Grant [risas].

 

JB: ¿Puedes recordar tu primer encuentro con alguna celebridad del cine de terror?

 

FA: Creo que al primero que conocí fue a Boris Karloff, en Hollywood Boulevard. Tenía un papel pequeño en On Borrowed Time, y yo tenía una copia de su antología titulada And the Darkness Falls. Fui a su camerino y me la firmó. Con el tiempo disfruté de su compañía, diez años en total.

 

JB: Tienes un autógrafo dedicado de H.P. Lovecraft. ¿Lo conociste en persona?

 

FA: No, nunca lo conocí, y en la dedicatoria puso “Para Forrest Ackerman, el más astuto de todos los críticos”. Cuando lo firmó, lo hizo con mala leche, porque yo había escrito una mala crítica de un escritor amigo suyo llamado Clark Ashton Smith.

 

Al principio había tan poca ciencia ficción que almacenaba cualquier fragmento de ella como un hombre buscando agua en pleno desierto. Me oponía amargamente a creer que las historias de fantasmas debían aparecer en las revistas de ciencia ficción. Clark Ashton Mish creó una historia llamada “In Martian Depths”. Para mí era algo obvio que la había escrito para una revista de historias extrañas, las cuales estaban llenas de zombies, fantasmas y hombres lobo y todo eso, pero el editor no lo notó, y sólo porque ocurría en Marte la incluyó en la revista de ciencia ficción. Pero para mí significaba despreciar seis y ocho páginas, porque consideraba que tanto si era real como extraña, este tipo de historia no tenía cabida en la ciencia ficción. De manera que escribí una queja que se publicó en una pequeña revista para fans llamada The Fantasy Fan, en un apartado titulado “Boiling Point”. Todos los grandes literatos de la ciencia ficción de la época se rieron de Forry Ackeraman. H.P. dijo que yo era “un jovencito exaltado sin pizca de imaginación”.

 

Alguien más dijo que Forrest Ackerman debía estar chiflado, que era un imbécil, un payaso que buscaba notoriedad o alguien naive. Yo quedé aliviado porque no dijo que yo fuese las cuatro cosas a la vez, era una cuestión de escoger [risas].

 

Años más tarde, se organizó la primera convención mundial del terror en Providence, Rhode Island. Allí fue donde vivió y murió Lovecraft. Todos tomamos un bus turístico que nos llevaba por sus diferentes casas y el cementerio. A las ocho de la noche me di cuenta de que todavía no había visto su tumba. De modo que algunos fans me llevaron al cementerio donde yacía. Era de noche, y el cementerio estaba cerrado con cadenas, y pensé que no podría ver su tumba. Pero los fans empezaron a escalar la muralla, y desde arriba saltaban al otro lado. Cuando subí me percaté de que el suelo estaba muy lejos para un chico de mi edad. Pensé que al saltar me iba a torcer el tobillo o algo peor, pero todos insistían en que saltase.

 

Lo hice, y en la lejanía se encendió la luz de un bungalow, y el vigilante salió con una linterna y un perro. El perro empezó a correr hacia nosotros y yo pensé que estaría entrenado para atacarnos. Nos tumbamos todos y aguantamos la respiración para que el perro no nos reconociese. Pero cuando llegó resultó ser un perro muy simpático y cariñoso; nos lamió la cara y movió la cola. El vigilante seguía al perro de lejos, interesándose por saber qué había descubierto. Cuando se acercó, pensé que lo mejor sería actuar como los soldados alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Solían levantar los brazos y gritar “¡Camarada, camarada, no dispares, no dispares!”. Por lo tanto, todos levantamos los brazos con las manos abiertas mirando hacia el cielo [risas]. Parecíamos cadáveres saliendo de las tumbas. Sus ojos empezaron a salirse de órbita hasta que mencionamos el mágico nombre de Lovecraft, entonces se mostró muy amable. Nos llevó a su tumba y a una fan joven se le ocurrió una gran idea. Llevaba un libro de bolsillo que era una colección de historias de Lovecraft, y una a una las fuimos colocando en su tumba mientras se leían en voz alta párrafos de una de ellas. Como no se levantó la tumba, supongo que me perdonó por ser un joven entusiasta.

 

 

JB: También tienes una copia del libro de Mary Shelley, The Man Demon, autografiado por ella. ¿Cómo lo conseguiste?

 

FA: Tengo 250 ediciones diferentes de Frankenstein. La más extraña se llama The Man Demon. En 1887, por alguna extraña razón, en la editorial le cambiaron el título. Durante todos los años que lo llevo coleccionando no he visto otro ejemplar titulado The Man Demon. Cuando lo vi lo compré, y a través de un vendedor de autógrafos conseguí la firma de la jovencita Mary Shelley y la añadí al libro. Cuando estuve en Suiza, me acerqué a la localidad donde ella ideó a Frankenstein y recogí una hoja de su jardín. Finalmente, estando en Inglaterra fui a su tumba y cogí una hoja que había encima de ella.

 

 

JB: Llegaste a decir que este libro es increíblemente flojo; a pesar de que muchísima gente lo ama. ¿Qué les dirías a los fans y por qué crees que es tan mediocre?

 

FA: Parece ser que hace menos de un año ha sido publicada una nueva edición de Frankenstein. Claro que los editores cuentan con la ventaja de que no tienen que pagar los royalties a nadie. La producción sale barata. Creo que el interés sobre Frankenstein reside en la interpretación que realizó Boris Karloff en la película de 1931. Mucha gente se compró el libro, pero la gran mayoría no llegó a leerlo. Cuando yo lo leí ya siendo un adulto, lo encontré increíblemente flojo y aburrido. Renegué de la idea final cuando el monstruo se va al Polo Norte. Creo que aún hoy en día hablando inglés y con dinero en el bolsillo, si quisiera irme al Polo Norte en barco, no sabría cómo hacerlo. No entiendo cómo este terrible monstruo del que todo el mundo huye gritando cuando lo ve, sin tener dinero ni siquiera para alimentarse, consigue un barco para irse al Polo Norte, y todo esto no se explica en el relato. En general, no me parece una historia muy real.

 

JB: ¿Qué opinas de la primera versión que se hizo de Frankenstein con Boris Karloff?

 

FA: ¡Oh, es una auténtica obra maestra! Hace unos años estaba con él en Londres, y me dijo que hacía 25 años que no había visto la película, y la reponían en un cine aquella noche. Él dijo algo con lo que no estaba en absoluto de acuerdo, pero no quería discutir con el Maestro. Boris pensaba que la escena en que aparecía observando a aquella niña en el lago hacía que él pareciese un vicioso. Yo no lo interpretaba así. Para mí era como una especie de nuevo nacimiento, y ella le ofrecía una margarita con la mano y le decía: “Mira, puedo hacerla flotar”. Él encontraba esta escena divertida, cuando salía corriendo del campo de margaritas miraba a las chicas, y pensaba que si las margaritas podían flotar, ¿por qué no iba a flotar aquella joven niña? Por eso lanzó a la chica al agua sin ninguna mala intención, ni consciente de lo que podía significar.

 

JB: ¿Qué te pareció Boris la primera vez que lo conociste?

 

FA: Bien, si le quitabas la máscara de monstruo te encontrabas con Santa Claus. Era muy tierno y agradable. Un ejemplo claro es que hacia el final de su vida, mientras rodaba cuatro películas en cinco semanas, las últimas que hizo, había un pequeño huerfanito de nueve años que había sido abandonado por su padre, un soldado de la guerra de Corea. Los cuatro niños de la familia estaban ansiosos por venir al rodaje para conocer a Boris Karloff. Pero cuatro niños eran demasiados para ir allí, por lo que escogieron el pequeño Ricky como representante. Cuando lo agarré de la mano estaba temblando y sudando. Se acercó a él y le dijo: “Oh, Mr. Karloff, he estado esperando este momento toda mi vida”. Boris lo abrazó y le dijo al fotógrafo que les sacara una foto. Esa foto con Boris Karloff se convirtió en su posesión más preciada.

 

JB: También conociste a Bela Lugosi en persona. ¿Cómo era?

 

FA: Cuando conocí a Bela, fue tres años antes de morirse y estaba muy viejo y todo el mundo lo había olvidado. Había un chico de 15 años que anteriormente nunca había visto ninguna de sus películas, y cuando vio una, quedó totalmente cautivado por Bela. Se fue a casa y se colocó delante del espejo intentando hablar con Bela. Para su deleite, el muchacho, que se llamaba Dick Sheffield, no se atrevía a visitar a Bela, y le pidió a su tía que lo llamase para preguntarle si podía hacerle una entrevista. Cuando él dijo que sí, le comentó que iría con su sobrino, y a Bela le pareció muy bien. El chico vio que Bela necesitaba ayuda y empezó a hacerle mandados. Iba a las tiendas por él, le compraba la comida, llevaba a arreglar sus zapatos…

 

Hacía todo lo que podía por él. Una noche me llamó y orgulloso me dijo: “Mr. Ackerman, ¿sabía que soy amigo de Bela Lugosi? ¿Quiere conocerlo?”. Yo lo había visto en el escenario en 1932 representando la obra teatral Drácula, y también había visto casi todas sus películas. ¡Naturalmente que quería conocerlo! Fui allí y lo hice, entonces él empezó a formar parte de mi vida tal como le había pasado a aquel muchacho.


Dos semanas antes de que muriese, estábamos en la premier de su última película, The Black Sleep. Bela era muy presumido, nunca aparecía con gafas en público. Por lo tanto, conforme caminábamos entre la gente, lo veía todo borroso. Pero yo pude ver que los de la televisión habían montado un set para entrevistarlo. Al acabar de bajar la escalera, le dije que lo querían entrevistar. Me dijo: “Sitúame en la dirección correcta”. Lo giramos hacia un lado y le dije: “Ahora dé seis pasos hacia adelante”. Ahí estaba ese hombre mayor, tan cariñoso, que al cabo de catorce días iba a yacer en su lecho de muerte, pero el mundo lo quería una vez más. Parecía como si él se hubiese engrandecido para convertirse una vez más en la gran figura del Conde Drácula y dirigirse a la cámara de televisión que lo estaba esperando.

 

JB: ¿Te dio Bela una copia del libro Dracula?

 

FA: No, compré una primera edición que estaba firmada por Bram Stoker, y casi inmediatamente fui a ver a Bela para que me lo firmase. Empecé a añadirle firmas, como las de Christopher Lee y Vincent Price. Incluso me lo llevé a Transilvania, al castillo de Drácula, donde me lo firmó el director del museo. De manera que es la copia de ese libro más insólita que existe.

 

 

JB: También tienes la capa y el anillo que llevaba Bela en Dracula. ¿Cómo las conseguiste?

 

FA: El chico joven del que te hablaba, Dick Sheffield, acabó siendo su benefactor. Recibió varias cosas de Lugosi, cuando vio que se aproximaba al final de su vida; cosas como su última estilográfica, el anillo de Drácula y una de sus tres capas. Lo enterraron con otra puesta, y la tercera capa la tiene su hijo. Tras morir Lugosi, Dick tenía muchos de estos tesoros almacenados, pero empezó a darse cuenta de que nadie lo conocía a él, y por lo tanto el mundo no los iba a contemplar. En cambio, si me las quedaba yo, constantemente me entrevistaría en la televisión, aparte de la cantidad de gente que vendría a mi casa para verlos. Hasta ahora han pasado por aquí más de 50 mil fans desde que en 1951 empecé a abrir mi casa a la gente todos los sábados que estoy aquí. Así que el anillo, la capa y todos los objetos que recibió de Lugosi han seguido vivos para la gente tras la marcha de Dick a México.

 

JB: ¿Te gustó el film Ed Wood, de Tim Burton?

 

FA: Tengo dos apreciaciones distintas de la película. Disfruté mucho viéndola como una película de ficción. Pero no me gustó que el guión se lo diesen a dos jóvenes que ni siquiera habían nacido cuando Bela Lugosi murió. La descripción que hicieron de Bela Lugosi en el film fue totalmente errónea. Bela nunca dijo esas cosas sobre Boris Karloff que aparecen en la película. No había ninguna enemistad entre ellos, era todo publicidad de la prensa para vender.

 

Bela nunca luchó con un pulpo de goma. Fue un especialista quien lo hizo por él. Nunca entré en un cine lleno de maniacos que se dedicaban a destrozar el mobiliario, ni salió fuera para encontrar el coche medio desmantelado. Eso nunca ocurrió. Esos dos jóvenes escribieron cosas que él nunca había hecho; a Bela nunca le interesó provocar la risa fácil. Yo tenía una razón muy legítima para haber aparecido en la película. Hasta ahora he hecho 90 cameos en films, y podría haber hecho otra vez más de mí mismo ya que era el agente literario de Ed Wood.

 

JB: ¿Te gustaban las películas de Ed Wood?

 

FA: Me entraban por un ojo y me salían por el otro. Nunca fui un gran fan.

 

JB: ¿Estuviste en contacto con él hasta el día de su muerte?

 

FA: Hacia el final de su vida se convirtió en una voz incoherentes que balbuceaba por el teléfono a las dos de la madrugada cosas incomprensibles.

 

JB: En 1939 acudiste a la primera Convención Mundial de Ciencia Ficción. ¿Qué recuerdas del evento? ¿Conociste allí a algunos de los ídolos?

 

FA: Fui en tren y temblaba cada vez que alguien me hablaba a lo largo de todo el camino que cruzaba todo el país, porque era un chico muy tímido e introvertido. Aguanté hasta Chicago y la última hora me tumbé hasta llegar a Nueva York, donde decidí luchar fuerte para superar la timidez. Pensé: “Dios mío, ¿qué pasará si en medio de la conversación estoy sentado entre el público y alguien se da cuenta de mi presencia y dice: Señoras y señores, no me lo puedo creer: es Forrest Ackerman. ¿Por qué no habla un poco, Mr.

 

Ackerman? Dios mío, si alguien me pide que hable en público me dará un ataque al corazón”. Pero estaba tan excitado con ir a la convención que me aguanté los nervios y fui allí. Tras 3 mil millas de viaje, y una vez ya en Nueva York, había media docena de fans que me estaban esperando para conocerme. Entre ellos estaba un quinceañero tirando la ceniza de un cigarrillo por debajo de la cintura. Me miró de arriba a abajo con desdén y dijo: “Así que tú eres el Forrest Ackerman que se ha dedicado a enviar esas cartas ridículas a las revistas de ciencia ficción”. Desde 1929, cada vez que me leía un número de una revista, seguidamente enviaba una carta. Una vez envié tres cartas tras leer un número, dos de ellas firmadas con pseudónimos. Por lo tanto, ese muchacho, que en el futuro sería un codiciado autor y colaboraría en The Space Merchants, me dio un buen puñetazo en el estómago. Pensé: “Vaya, qué bienvenida tan divertida a la ciudad tras un viaje de 3 mil millas” [risas]. Pero, al igual que Superman, que también era un periodista tímido, me metí en una cabina telefónica, me cambié la ropa y salía a la calle.

 

Llevaba conmigo un traje futurista que estaba basado en la obra de H.G. Wells Things to Come. Cuando me lo puse y empecé a caminar por las calles de Nueva York, los niños pequeños volteaban y gritaban: “¡Es Flash Gordon! ¡Es Buck Rogers!”.


Cuando llegué al recinto, me puse muy nervioso. Había una plataforma con un micrófono y yo nunca antes había hablado por un micrófono. Al haber asistido gente de todo el mundo (Rusia, Francia, Alemania…), te invitaban a levantarte para que dieras tu dirección en voz alta en tu idioma. Enseguida me di cuenta de lo que eso suponía, y cuando me tocó ir al micrófono, ¡lo hice en esperanto! [risas].

 

JB: ¿Es verdad que en 1954 inventaste el término “sci-fi” [ciencia ficción]?

 

FA: Iba conduciendo en mi coche con la radio encendida y alguien mencionó que estaba hecha de “hi-fi”. Desde 1929, la expresión “ciencia ficción” había estado en la punta de mi lengua. Miré al retrovisor, saqué la lengua y, por decirlo de alguna forma, tatuado en la punta de mi lengua estaba la expresión “sci-fi”.

 

JB: ¿Cuándo empezaste a trabajar en la legendaria revista Famous Monsters of Filmland?

 

FA: En 1957 éramos un grupo de 55 fans que trazamos un plan y nos fuimos en avión a Londres a la Convención Mundial de Ciencia Ficción. Al acabar la convención nos quedaban dos meses en Europa antes de volver a América. Me fui a París y allí vi una revista de cine que generalmente trataba muchos temas. En la portada aparecía el hombre lobo de Londres y la Criatura del Lago Negro.

 

Naturalmente compré un ejemplar para la colección [risas]. Al volver a Nueva York me encontré con un amigo que en aquella época trabajaba de editor de una especie de Playboy para pobres llamado After Hours. Para el cuarto número me había comprado bastante material, porque yo era agente literario. Le enseñé la revista que me había comprado y le interesó, ya que en su medio podía tratar todo tipo de temas, como Marilyn Monroe, los Beatles o cualquier otra cosa. No estoy hablando de una publicación que fuese a durar mucho, como esta revista de rock ‘n’ roll que tengo en el regazo [refiriéndose a un ejemplar del Popular1 que tiene 27 años de antigüedad] [risas]. Le pasó por la cabeza la idea de traducir los textos del francés al inglés sin necesidad de pedir los derechos.

 

Pero ocurrió que las fotos de la revista pertenecían a una decena de fans repartidos por Francia que no iban a permitir que las usasen en América. Finalmente me pidió que me ocupase de una nueva revista de terror. Me dijo: “Tengo once años y medio y soy un lector tuyo. Hazme reír, Forrest Ackerman”.


Nunca pretendí tratar de forma divertida a personajes como Frankenstein, Drácula o King Kong, pero eso es lo que él quería.

 

Ocho semanas más tarde, estaba nadando en una psicina con mucha gente que desconocía, entre ellos dos madres. Una de ellas le dijo a la otra: “No podrías imaginar la revista que trajo mi hijo el otro día a casa. Estaba llena de caras horribles y también incluía una historia de una momia. La momia caía dentro de una piscina y al instante se convertía en una montaña de barro. Y todo el mundo en la piscina explotaba”. Pensé: “¡Cielos, esa historia salió de mi mano hace ocho semanas!”.

 

Cuando la revista apareció por primera vez en febrero en 1968, hacía muchísimo en Nueva York, la tormenta de nieve había cuajado, y era difícil incluso legar a los quioscos. El editor pensó: “Oh, estamos condenados, nadie va a salir a comprar Look, Life o Playboy, y mucho menos nuestra revista”. Pero al cabo de tres días y habiendo sólo distribuido la revista en Nueva York y Filadelfia, me llamó y dijo: “Hemos recibido 200 cartas, 50 cada día, de gente que está disfrutando y nos piden nuevas entregas. ¿Crees que podrías hacer un nuevo número?”. Le dije: “Bien, no suelo creer en la reencarnación, pero por si acaso regreso los próximos 5 mil años, sí, creo que puedo repetirme otra vez”. Vendimos 125 mil números, lo volvimos a imprimir y vendimos 75 mil más.

 

JB: ¿Por qué cerraste la revista?

 

FA: Era una época de fuerte inflación en América. Un año, el costo de la vida subió un 15 por ciento el siguiente un 12 por ciento, y el tercero un 9 por ciento. Pedí un aumento de sueldo, sólo quería seguir manteniendo mi nivel de vida. Me dijeron que estaban de acuerdo, pero pasaron uno, dos, tres años, y nada cambió. Al cabo de cuatro años me hallaba en la misma situación. Estaba ganando menos que antes, entonces lo dejé.

 

JB: ¿Cómo fue el renacimiento de Famous Monsters en los 90s?

 

FA: Tras miles de fans que venían a visitar mi casa, apareció uno muy especial de Nueva Jersey llamado Ray Ferry. Vio que esto era una mina de oro. Tenía tantos pósters y objetos… además de todos mis recuerdos personales. Casi sin darme cuenta, me encontré grabando un video para él llamado “Horray For Horrorwood”. Me preguntó qué me parecía la idea de volver a editar otra vez Famous Monsters. Me dijo que todo volvería a funcionar exactamente como antes y que yo sería el jefe de redacción. Pensó en celebrar una convención en mi honor en 1993. Era una gran idea para volver a introducir la revista en el mercado. Y todo se desarrolló tal como lo pensó. Fue una de las convenciones de ciencia ficción más gloriosas en las que he participado. Acudieron 42 celebridades gracias a mi invitación. Ray Harryhausen vino de Londres; Carol Broland de Mark of the Vampire; Sara, la hija de Boris Karloff; Bela Lugosi Jr…. Tras esta fabulosa convención, el primer lanzamiento de la revista tuvo mucho éxito. Lo siguiente que recuerdo fue estar haciendo la segunda, la tercera y la cuarta. En total hice 10 números para el nuevo editor antes de abandonar.

 

JB: Trabajaste como agente de L. Ron Hubbard, el fundador de la cienciología. ¿Cuándo lo conociste por primera vez y cómo fue la experiencia de trabajar para él?

 

FA: En 1938 había una tienda de revistas y libros de segunda mano muy popular en Hollywood Boulevard. La atendía una chica mayor y muy bonita, con una nariz roja que hubiera sido envidiada por W.C. Fields. Una noche de 1938 estaba en la tienda. Llevaba una revista y unas fotos que había comprado. Había un chico joven en frente de mí que les dijo a los propietarios: “Saben, muchas de las revistas que tienen aquí contienen historias mías. He escrito historias del oeste, romance, de guerra y misterio”. Yo esperaba escuchar la mágica expresión, ciencia ficción, pero no la dijo. Entonces le pregunté: “¿Escribes ciencia ficción?”. De improviso, L. Ron Hubbard dijo que no, pero que dentro de 35 mil años, California podría vivir una era glacial. Fue muy rápido a la hora de improvisar una historia en un momento.


Tras tres años, cuatro meses y veintinueve días de ejercer de sargento en la Segunda Guerra Mundial, estaba harto de saludar y mandar sobre otra gente. Cuando volví a ser un civil, miré alrededor y pensé en algo que pudiese hacer para animarme. Me sentía bien por el hecho de haber publicado historias, y conocía a gran cantidad de autoridades, editores, artistas… Pensé que la vida me había preparado para ser un agente literario especializado en ciencia ficción. Isaac Asimov me encargó que me ocupase de vender sus obras. L. Ron Hubbard también se apuntó, y antes de darme cuenta, ya tenía más de 200 clientes.

 

JB: ¿Es cierto que tuviste problemas personales con L. Ron Hubbard?

 

FA: Sí, me dedicaba a vender su trabajo por todo el mundo: Alemania, Holanda, Francia y otros países. Recibí un SOS de Holanda del agente que llevaba el trabajo de Hubbard. Decía: “Forry, ¿qué está pasando? El otro día fui a la oficina de los editores y había un hombre sentado con media docena de libros de Hubbard”.

 

Al parecer, Ron le había permitido venderlos. Entonces llamé a Ron y le dije que estábamos al borde de un desastre allí. “¿Qué pasaría si un editor aceptara seis libros tuyos y el hombre que te representa por mí se los vende a otra persona? No puedes hacer estas cosas”.

 

Me dijo que lo entendía, que no volvería a pasar. Un par de semanas más tarde recibí la misma queja de Alemania. Acabó siendo uno de los pocos autores de quien decidí cancelar nuestro contrato. Diez años más tarde volvió a mí. Se había forrado de dinero con la cienciología. Ya nunca más iba a necesitar dinero, pero sí quería volver a ser popular. No quería que la gente lo olvidara como autor. Me hizo una oferta que no pude rechazar. Tenía que vender todo lo que pudiera de sus escritos; el precio no era problema, yo ganaría el 50 por ciento de las ventas. Fue un gran incentivo para volver a imprimir su obra.

 

JB: ¿Qué opinas de la cienciología?

 

FA: Preferiría no profundizar en este tema. Es un asunto turbio.

 

JB: Pero, ¿crees en sus teorías?

 

FA: Cuando era un niño pequeño, de dos años, estaba sentado en el césped y un perro de la casa de al lado se me acercó con fuerza.

 

Debido a mi edad, el perro y yo éramos del mismo tamaño. Si lo extrapolamos a la actualidad, es como si estuviese sentado y se me acercase un perro de metro ochenta y me saltase encima. Estoy seguro de que el perro quería jugar, pero me dio un susto de muerte.

 

Me produjo una obsesión de pánico hacia los perros. Conforme iba creciendo, cuando iba por la calle, cambiaba de acera para evitar cruzarme con alguien paseando un perro.

 

Después de que mi mujer leyera el libro de cienciología, intentó llevar a cabo un experimento conmigo. Consiguió quitarme al instante el pánico que le tenía a los perros. Vi que aquello funcionaba, y el siguiente paso fue ir a casa de Anton Lavey, fundador de la Iglesia de Satán. Estaba en la cocina cuando escuché un rugido. Me asomé y a través de la ventana vi a un león joven. Entonces Anton metió a Togar en la cocina y me dijo que no me preocupara, que estaba encerrado [risas]. Lo siguiente que recuerdo es estar tumbado al lado de la chimenea, frotándole la barriga y jugando con él. Mi mujer, a través de la cienciología, había conseguido quitarme el pánico a los animales. Estudió el tema durante un tiempo y consiguió muy buenos resultados.

 

JB: En aquella época, Hubbard decía que había muerto anteriormente y había regresado a la Tierra. ¿Qué piensas de eso?

 

FA: La historia que me contó, una madrugada, a las 5:30, dentro de su coche, estacionado frente a su departamento, fue la siguiente. Él murió en la mesa de operaciones mientras estaba en el ejército.

 

Entonces su espíritu se elevó, miró el cuerpo del que se había separado, encogió los hombros que nunca más iba a tener, y pensó: “¿A dónde nos vamos?”. En la distancia vio una gran puerta. Parecía muy interesante, por lo que se acercó. La puerta se abrió delante de él y entró. Allí empezó a hacerse preguntas. ¿Existía Dios? ¿Qué pretendía este Dios? ¿Cómo empezó todo? ¿Existe la reencarnación? ¿Hacia dónde vamos? Etc., etc. Como una esponja, iba absorbiendo toda esa información esotérica. Entonces escuchó una voz diciendo: “No, no, todavía no, todavía no”. Y a través de un cordón umbilical fue arrastrado fuera de la puerta y volvió a entrar a su cuerpo. Al abrir los ojos, había una enfermera mirándolo, y le dijo: “Oh, estaba muerto, ¿no?”. Entonces un cirujano entraba en la habitación. El cirujano lanzó una mirada envenenada a la enfermera, como si la regañara por decirle al paciente que había estado muerto unos minutos. Hubbard dijo: “No, no, no me lo ha dicho. Pero lo sé, y no me asusta”.

 

A veces tienes un sueño muy intenso y quieres grabarlo. Empezó a animarse, había conseguido información muy valiosa. Parece ser que saltó de la mesa de operaciones; no sé qué clase de operación le hicieron para que pudiese saltar de la mesa de operaciones tan rápido, pero eso dijo. Cogió papel, dos termos de café negro hirviendo y se convirtió en el mecanógrafo más rápido del mundo.

 

Unas 48 horas más tarde había un texto llamado Excalibur or the Dark Sword.


Al dejar la armada, decidió tratar de vendérselo a editores potenciales, y se dio cuenta de que a todo aquel que lo leía acababa ocurriéndole una de las siguientes cosas: se volvían locos o se suicidaban. Lo llevó a Nueva York, se lo dio a un editor y el editor ordenó a uno de sus empleados que lo leyese, y el tipo saltó por la ventana de un rascacielos después de leerlo. Ron dijo que iba a ser la última vez que lo mostraba. Se lo comenté a un par de potenciales editores de mi ciudad. Uno de ellos me contestó: “¡Tengo que ver ese manuscrito! No existe combinación de palabras o filosofías que pueda volverme loco”. Se lo comenté a Ron y recuerdo que reaccionó en plan de “Ya he escuchado eso antes, y tengo un peso enorme en mi consciencia. No, no voy a dejar que nadie más lo lea”. Acabó metiéndolo en una caja fuerte y allí se quedó.

 


Hace algunos años leí en la tercera página de Newsweek un artículo sobre Excalibur or the Dark Sword. Decían que estaba disponible a 5 mil dólares la copia, aunque antes tenías que presentarte ante un notario y jurar que bajo ningún tipo de circunstancia revelarías ninguna información. No podías citarlo, ni resumirlo, ni criticarlo. Si hablabas en sueños, debías taparte la boca para que tu mujer no oyera nada [risas]. Desde entonces no recuerdo haber oídio a nadie decir que lo ha leído.

*Publicado en Popular 1 (2000).

Comments

comments