¿Hay quien escuche poesía en los camiones?

Por Marco Antonio López Romero

Foto: La casa de Viena

Tomo la llave/ como una extensión de mi mano/ Tengo frente a mí/ la puerta/ qué más: abrirla/ dejar pasar mi sombra por estas ruinas”.

Édgar toma un camión en la Avenida Tecnológico y, convirtiéndose en un personaje de sus versos, deja pasar su sombra y otras que también lo siguen, como pegadas a su cuerpo, por lo que queda de esta ciudad.

Édgar cuenta cosas poco comunes. Por ejemplo, que de pie en un camión gastado se aferra con el brazo derecho a un tubo para decirles a los otros pasajeros que van sentados, cumpliendo su papel de pasajeros: “Yo mismo empecé a perder humanidad con el demonio muy adentro: 86 kilos en febrero, 69 en julio. En el 2006, el amor adelgazó tanto que apenas una brisa lo podía cruzar al otro lado de la línea fronteriza. En el año 2006, mi país empezó a adelgazar; la calle y la noche más flacas cada vez, la ciudad crecida de cadáveres”. La parsimoniosa gracia con que habla envuelve de cierto drama a las letras del poeta Jorge Humberto Chávez: “La ciudad crecida de cadáveres”. Si estuviéramos en un velorio —tal vez lo estamos—, este hombre sería el orador perfecto. Hay algo hermético que trae a la mente las interminables letanías. Y las palabras lentas y pastosas caen sobre la frente de los presentes con la misma solemnidad con que se unta el último óleo.

Los espectadores de vez en cuando lo voltean a ver, algunos indiferentes, otros atentos a la lectura. Édgar les repartió un cuadernillo del que sacó 400 copias un día antes. Gastó 280 pesos. Cada dos semanas lo hace. No les pide nada a cambio, sólo su atención. El papel es un regalo: la tinta, las letras, los versos, la prosa, las imágenes, metáforas, retórica, métrica, ritmo, las pausas, su voz lenta, su brazo derecho aferrado al metal para no caer, él mismo, que se ha convertido otro accesorio más del camión —como unos dados que cuelgan del retrovisor o un Cristo o una Virgen sin forma—. Todo gratis. Llévatelo a tu casa, lee, sólo lee.

El trabajo que Édgar hace es equiparable al de un toro que entra al ruedo creyendo que va a matar a su rival. En el caso de Édgar, el torero es una cosa muy grande que se llama Estado. Estado que hiere al toro antes de la pelea. A esta ciudad fronteriza el gobierno le inyecta apenas 5 pesos per cápita al año a todos los aspectos culturales. Édgar, cansado, llega para morir en el intento de hacer que la gente lea. Y el espectáculo grandilocuente de su esfuerzo es una cosa digna de aplaudir de pie desde las gradas.

Este hombre que se propuso hacer que la gente lea en lugar menos esperado no sólo tiene nombre, sino también apellidos: Rincón Luna. Nació en 1974. Ha publicado dos libros de poesía: Aquí comienza la noche interminable y Puño de Whiskey. Hoy es domingo. Édgar camina despacio sobre un puente rojo que atraviesa una de las avenidas más transitadas de la ciudad. No llegó solo. Con él vienen su esposa y sus dos hijos, Helena y Diego. También vienen otros niños o adolescentes, exactamente tres, y otra mujer. En total, el grupo es de ocho. Se separan para terminar más pronto en tres grupos: dos de tres y Édgar con su hija.

Édgar camina despacio, vigila al grupo, lo cuida. Es el jefe de la manada. Son las 10:32AM, el clima está fresco, unos 10 grados centígrados. Cinco niños platicando cosas de la escuela, un camión, un viaje, varios poemas. El primer grupo se va. Otro camión… El segundo grupo también se va. Otro camión… Y Édgar espera, deja que pase para ceder el lugar a un anciano que canta a cambio de monedas.

Otro camión bastante dolido, doliente, va anunciando que ya no puede, que ya no quiere andar. La parada parece aliviar un poco la agonía. El chofer abre la puerta que rechina en sus bisagras secas, y en vez de seis pesos, recibe de Édgar unas cuantas palabras. Algo le dice sobre la lectura y el chofer, con gesto de hartazgo, hace una seña con la mano para que Édgar y su hija pasen rápido. Todavía no suben bien, pero la bota del conductor ya pisó la mitad del acelerador. Empieza el letargo del camión que se queja amargamente. El humo es negro, la calle gris, el cielo está cerrado y las palabras de Édgar son leves oraciones que no se escuchan en medio del caos. Pero no le importa.

Édgar toma el tubo como quien agarra el cuello de una botella, planta los pies y tensa el cuerpo retando a la inercia, mientras que los pies de Helena, como los de un equilibrista, se vuelven un montón de pasos sin secuencia que le aseguran el traslado de principio a fin del pasillo repartiendo cuadernillos a izquierda y derecha. Al camión cada metro le duele más, y lo grita. Édgar no puede competir con el estruendo y sus palabras de inútil resonancia salen esparcidas por el aire de las ventanillas sin que alguien las escuche. Por eso nadie supo que su voz distorsionada pregonaba: “Cómo saber quiénes vinieron a esta casa, cómo si las puertas no han cerrado desde que me acuerdo de aquellos que entraron por el norte, podían desocupar pronto por la salida que da al poniente apenas con tiempo para yacer de espaldas un momento a esperar a que alguien llegara y pudiera decir: esta muchacha se llama Rocío, este señor es Julián, aunque ya no pudieran responder de tanto estar dormidos…”. Un hombre sentado hasta el frente cabecea somnoliento y su cachucha café baila al ritmo del pie del conductor, según se le antoje pisar el freno o no.

Édgar estudió diseño gráfico en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez y literatura en su casa. Ejerce su profesión en El Diario de Juárez y su pasión en las calles y los camiones, entre otros lugares. En el 2011 organizó junto a otros colegas suyos —dos— el Encuentro de Escritores por Juárez. En ese escenario nació el proyecto Hoja de Ruta, y el día de la inauguración, después de las mesas de lectura del encuentro, subieron decenas de escritores a leer en los camiones. Luego, con el transcurso de las semanas, pasó la euforia y también la colaboración. Poco a poco fueron desapareciendo las personas pero no los textos, ni la voz parsimoniosa de Édgar, que platicaba a los pasajeros como a viejos amigos las historias que escriben otros autores que no las cuentan de su voz, que no se acercan.

En esta ciudad mecanizada por la industria maquiladora, más de 230 mil 273 personas trabajan como obreros en estos espacios. Ganan en promedio, según datos del Índex Juárez (asociación de maquiladoras), 700 pesos a la semana. Estos obreros son los principales usuarios del servicio de transporte público, por eso a nadie le importa la calidad, porque aquí cualquier persona que gane más de 700 pesos a la semana puede conseguir un carro chatarra, desecho de los Estados Unidos, por hasta 5 mil pesos y evitarse la monserga de subirse a este escenario fatal en el que cualquier viaje puede terminar en tragedia. Tienen muchas cosas de qué preocuparse y ocuparse, y la lectura no es una de ellas.

Si a esto le sumamos que por la diferencia en la dinámica social con otras ciudades debido a las particularidades de ésta hay una sociedad que no participa en las actividades de cambio social y cultural, como lo señala la coordinadora de la Licenciatura en Sociología de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, Socorro Velázquez, cuando explica que “en el norte los muchachos se enfrentan a situaciones muy adversas, luchan por conseguir lo que quieren, por crear oportunidades, son trabajadores porque no existen las mismas oportunidades que en el centro”, entonces tenemos un problema con una complicada solución.

A pesar de eso, Édgar lleva dos años subiéndose a leer a los camiones cada 15 días sin obtener nada a cambio. Él cree que hay dos problemas, y dice que los tiene bien identificados: hay escritores, sí, varios, lo que no hay son lectores; hay un montón de personas escribiendo para un público que no existe y que no tiene ganas de existir. Además, Édgar dice que las personas no piensan porque no leen y que leer-pensar puede ocasionar que en algún momento se le exijan cuentas a los gobernantes y puede también despertar un interés por el entorno y la propia situación. Por eso Édgar les platica estas cosas raras que ellos no entienden.

Édgar sabe del trabajo para los demás, por eso también fundó una biblioteca comunitaria en la colonia Infonavit Casas Grandes, en una casa que le rentan y que también mantiene de su bolsa. Abre los sábados desde las 10:00 AM y cierra hasta las 6:00 PM. Llevó sus libros hasta esa casa amueblada con sillones hechos de paletas de madera por estudiantes de Artes Visuales. Los llevó para compartirlos, y los fundió con las donaciones. Hablándose de libros, puede decirse que Édgar no tiene propiedad privada.

Sentado en un banco de madera, en su biblioteca, platicará algunos recuerdos de su juventud: borracheras, amigos, chistes. A Édgar le gustan el sarcasmo y la risa, pero no se ríe, o al menos no con aspavientos ni grandes convulsiones corpóreas. Apenas un cambio en su semblante serio es la señal de que se está disfrutando una broma enormemente. Explicará que hay una especie de real maravilloso y realismo mágico del ambiente de las cantinas de la Avenida Juárez que se quedó plasmado en algunas páginas de los escritores de su generación. Tal vez por eso escribió: “En este bar la luna tropieza/ pide disculpas por haber roto unas copas/el gato Félix la acompaña”. Pero eso lo dirá después.

Ahora el camión agonizante llega al puente Al Revés. Édgar se despide. Una señora le habla a Helena y le da un dólar, Helena le dice que los poemas y el cuadernillo son gratis y mueve la cabeza hacia los lados como si quisiera ver sus sienes. La señora le dice que por favor, le pone el billete en la mano y se la cierra.

Después bajarán para esperar otro camión, y luego otro, y de regreso otro, y después de esos otros, otro. Y a Édgar un chofer le cerrará la puerta en la cara. Sólo alcanzará a oír el chirrido de las bisagras y a ver cómo se juntan esas dos puertitas frente a su nariz. Seguirá platicando como si nada hubiera pasado, ni siquiera una mentada entre dientes, nada. Sólo alzará el pulgar hacia el cielo cerrado para detener otro camión, y luego otro, y después de esos otros, otro.

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