Por Caracol Colunga

Histórico” es un adjetivo fuerte. Como palabra tiene el peso del bronce y la lápida; capaz de encumbrar tanto a quien manda matar miles de personas o a quien en una esquina descubre cura para enfermedades. Histórico es el pase de un jugador e histórica la llegada del hombre a la Luna. A pesar de que la escuela de la duda puso a bailar las “grandes palabras”, ésta sigue resonando igual que un tambor en batalla.

la-quina-2Es un cliché señalar que la Historia es contada por los vencedores, los poderosos y los hegemónicos, pero eso no le quita el sello de la realidad. Quien tiene la palabra es quien tiene el poder, y quien tiene el poder tiene la palabra. Un círculo cuyo centro deja fuera a prácticamente todos. La Historia no es muda. Es sorda. O sorda selectiva: escucha sólo a los que llegan y se anuncian con heraldos.

Por eso no sorprende que cuando se murió y aún antes todos le dijeran “histórico”. A su estirpe entera se le ha llamado así: histórico, líder, cacique, Velázquez, Deschamps, Jongitud, Gómez Urrutia, Gordillo… Inclusive engendran más palabras: quinazo y elbazo, aumentativos que no permiten distinguir la fama de la infamia.

¿Por qué darle más palabras? No porque las merezca o porque le hagan falta. No por un esfuerzo del rencor. No porque la Historia necesite más apologías. Quizá, solamente, para que la historia viva durante un momento, antes de que se cierre el círculo, suene el bronce y pongan letras de oro en la lápida.

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Para hablar de Joaquín Hernández Galicia, “La Quina”, es necesario remitirse a la literatura. Porque el líder sindical era una figura construida al más puro estilo del personaje mexicano. Era Artemio Cruz, abrazado como líquen al frondoso árbol del priismo. Un simbionte o un parásito, según quien lo juzgue. Creció en sus filas y eso le permitió tomar la presidencia del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana a los 36 años. Se mantuvo allí, como pequeño dictador, por más de 30. Un porfiriato patrocinado por las estructuras corporativas que Lázaro Cárdenas ayudó a consolidar y que trágicamente se pervirtieron en sindicatos corruptos. Un porfiriato con sus avances y luchas; habrá, como en el caso de Díaz, el que defienda la obra de La Quina. Él mismo llegó a decir que en su tiempo a nadie le faltó nada.  “En 30 años no hubo pobreza en México conmigo”. Y quizá lo decía en serio, quizá miraba a su alrededor y lo que veía era riqueza.

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Lo rodearon los presidentes y los poderosos. Si fueron amigos o no, sólo él lo supo. Desde Ciudad Madero, su búnker personal y lugar cercano a Tampico, donde nació, chantajeó y dialogó con Echeverría y López Portillo. Con Miguel de la Madrid ya no pudo. Estuvo cerca de Cuauhtémoc Cárdenas cuando vio que las aguas del país podrían correr para otro lado. El fraude de 1988 interrumpió. Salinas de Gortari, otro buscador del poder, le dio el tiro de gracia. Fue acusado de todo: desde enriquecimiento ilícito hasta tráfico de armas, así como homicidio. Tuvo tres décadas de esplendor y lo sustentó en el atropello y la arbitrariedad; los cargos que le fincaron fueron una zancadilla entre ladrones. Su proceso penal estuvo lleno de irregularidades. Terminó con nueve años en la cárcel, lugar donde volvió a abrazarse de los poderes implacables. En una de sus últimas entrevistas declaró sin ambages: “Salí de la cárcel tras nueve años preso y luego desterrado durante dos años y medio con cinco intentos de asesinato ¿Quién creen que me salvó de los asesinatos? Los narcos, no dejaron que me mataran. Caro Quintero, que hoy está saliendo, puso gente de él para que no me mataran. Gracias a él vivo”.

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Admiró a Andrés Manuel López Obrador y detestó al hijo de quien le permitió tener, indirectamente, el poder: Cuauhtémoc Cárdenas. Después de su fallido apoyo al ex candidato presidencial, se volvió contrario a él y llegó a llamarlo “pendejo”. Aborreció a Salinas sólo un poco más que a Jesús Reyes Heroles.

Defendió el petróleo de su privatización como un señor con su feudo. Quizá por eso simpatizó con la lucha de AMLO. En sus últimos tiempos, antes de fallecer de padecimientos en el colon a los 91 años, tuvo que tomar el trago amargo de la reforma energética propuesta por Enrique Peña Nieto, hombre que apoyó en el pasado y cara nueva del mismo árbol podrido que lo cobijó.

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Era la “suave patria”administrando los veneros que regaló el diablo. Era el hombre capaz de comprar un equipo de futbol, el Tampico-Madero, y de aventar billetes a la porra. Era el hombre que criticaba a Romero Deschamps, amigo antiguo que lo traicionó frente a Salinas y tomó su lugar en el asiento principal de la mesa llamada PEMEX. La Quina señaló con rabia a los que llamó “traidores” a la patria, extendió su dedo para mostrar la cuchara grande con que su sucesor forzado se despachaba, sin notar que de su propia boca todavía salían regurgitaciones de todo lo que devoró.

El líder vivía del rencor al espejo. Pronunció arengas incendiarias que se volvían mea culpa involuntario. Finalmente, para recordarlo tal vez basten sus propias palabras: “La gran historia de México, escrita por los sacrificios de los hombres, ha sido manchada también por los hombres que la han traicionado por su egolatría, por su ambición dictatorial, por sus propósitos de enriquecerse, no importando los medios”.

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