Por Hernán Solís Garza

—Padre, confieso haber matado a un hombre bueno…

 

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Desde pequeño aprendiste, Francisco, que si un individuo de verdad santo muere, ese día o el siguiente llora el cielo. Entre mayor sea el duelo en las alturas, más abundante es la lluvia.

 

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La sequía era insoportable. Nueve meses sin caer una gota de agua: los nopales volaban como si fueran hojas de papel periódico. Los niños cruzaban el aguaje de arriba caminando. El otrora caudaloso río San Juan estaba quieto: la chiquillería jugaba en las orillas, no sin taparse las narices cada vez que venía el viento, nauseabundo por el olor de los animales muertos que días atrás se habían quedado ahí, exhaustos, prestos a morir atascados en el zoquete; sobre ellos, deslizándose, las sombras de cinco auras que esperaban en lo alto. Los males estomacales se tornaron epidémicos. Don Perfecto no se cansaba de recomendar infusiones de chaparro prieto, lecha de burra con salvia, o bien, té de cenizo serenado. A las vacas les mataban los críos, sino éstos les quitaban la vida al chuparles la leche; los vaqueros alegaban que el valor de un becerrito era menor que el de la madre. Las víboras andaban paradas y sus lenguas bífidas apuntaban al cielo, silbando maldiciones; tenían un pleito con el fuego de muchos años. Después, apareció la rabia.

 

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—¿Y por qué lo mataste, Ahijado? —preguntó el padre.

 

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Algo se debía hacer. Rezaron a la Santa Cruz en La Pescada el mero 3 de mayo; no llovió. Algunas parejas de Camargo hicieron el amor en noche de luna llena sobre los surcos secos; resultado estéril. Las Urracas Rentería dedicaron un novenario a San Isidro Labrador y el 24 de junio pidieron a San Juan Bautista las aguas celestiales: oraciones inútiles. El coronel Ambrosio Garza Cienfuegos —desterrado por voluntad propia en Congregación Ochoa— proyectó construir un cañón de tal magnitud y potencia que agujeraría las nubes, pero no concluyó el diseño; se le fueron las cabras. Francisco, por su cuenta, colgó varios camaleones en el huizache donde dormían las gallinas; la de malas siguió. El 26 de julio, día de nuestra señora Santa Ana, se efectuó una peregrinación hasta su santuario en Camargo. El padre Cuco se dirigió a los exaltados:

—Hijos míos, si la abuela de Jesús no puede con estas cosas, ¡que la dulce María y el Señor nos encuentren confesados!

La sequía aumentó.

 

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—Usted sabe, padrecito, no llueve.

 

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Ramón Cienfuegos, quien fungía como delegado municipal y era también zahorí —la gente lo nombraba por ello mismo “zaurino”— dijo tajante:

—Tengo dos días observando el nacer y el morir de los remolinos, su tamaño, el rumbo. He visto la forma de los celajes. Escuché los coyotes, examiné las estrellas, estudié la fase lunar, su derredor. No hay signos de agua: la seca continuará, a menos que se dé un milagro.

 

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El coronel Ambrosio Garza Cienfuegos, vuelto esa madrugada de su exilio, se encerró a piedra y lodo. Sólo Francisco logró entrar a sus aposentos. Escuchó: “Líquido, agua, gas, vapor, sólido, hielo, alisios, contralisios, aire caliente, viento frío, barras de hielo en un aeroplano, nubes congelándose: ¡lluvia!, ¡lluvia!

Francisco no entendió gran cosa. Herlinda Garza, madre del niño y esposa de Ramón, le explicó al niño:

—No, hijito, él no está loco, sólo se imagina cómo hacer llover. Además, tenle más respeto al tío. Así es cuando se vuela: nada lo detiene.

 

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—¿Y cómo sucedió?

 

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—Mandé avisar a los de Las Hormigas que le paren, no tiene objeto escarbar; primero sale petróleo que agua. Mejor sería cambiar el ganado menor a donde quede algo de agua, y el mayor aguantarlo con puro nopal —dijo Ramón; luego agregó—: Esta calamidad es asunto serio; Dios está sentido por algo. Estamos amolados y sin esperanzas; se terminaron los hombres buenos. A ellos no se les sepulta, se les siembra.

 

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—Pues yo pensé que don Benigno era el indicado. Me encontraba en la majada y vi las cabras muriéndose de sed; sólo tenían los cueros. Me fui muy lloroso a la casa grande. No puedo ver sufrir a los animales; son mis hermanos. No aprendí ni el silabario, pues no asistí a la escuela por cuidarlos. Don Benigno (Dios lo tenga a la derecha de Jesús) me concedió el permiso para no ir; después, usted lo sabe, padre, ni me casé. El pastoreo y la familia no se llevan bien; las chivitas son muy celosas, las conozco, me crié con ellas. A mí me amamantó una cabra: “Mamá-chiva”, la llamaba; murió cuando yo cumplí los cinco años. Las sepulté una noche, casi a oscuras para que nadie me viera. Le puse su cruz.

—Cuéntame lo de la casa grande.

—Lo cavilé un resto, pero al fin me decidí. Pedí hablar con el patrón, le dije que pensaba matar a un hombre bueno por lo de la seca. Don Benigno me dio la pistola, él me enseñó a disparar; sonreía muy raro. Era un santo.

—A don Benigno lo hallaron hace tres días, cerca del tanque de su rancho; bueno, encontraron lo que quedaba de su cuerpo, debió morir hace como una semana.

—Así es; hoy la cumplió.

—¿Y no te arrepientes?

—Padre, he sufrido mucho. ¿Comprende mi dolor? Él fue todo para mí.

—Tu pecado es mortal, Ahijado. Yo no puedo darte la absolución. Debes entregarte a las autoridades.

—Es lo que pienso hacer. Pero antes de ir a presentarme, quise venir para ver si me ayuda a no cometer otro pecado. ¿Sabe?, tengo unas ganas tremendas de gritar malas palabras al Señor. Siento que falló. Don Benigno, mi padrino del alma, era un cristiano completo; él me bautizó después de recogerme todo lleno de cagarrutas, por eso me gusta mi apodo, yo no tengo nombre para nadie, soy tan sólo el Ahijado. ¡Le digo que Dios falló, padre Cándido! ¡Mócheme la lengua, por favor, de lo contrario voy a faltar al Señor! ¿Acaso mi padrino no era bueno? ¡Qué me quede mudo, padre, le repito, la traigo fuerte con Dios!

 

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El 1 de septiembre fue el entierro. El padre Cándido agradeció múltiples condolencias; después se pasó horas y días mirando al cielo; sólo caía lumbre. En la noche del grito de Independencia, no pudiendo dormir, salió a las calles de Comales. Caminó solitario. Llegó a las afueras del campamento, entró al panteón, lloró ante la tumba de su tío, levantó la cabeza y gritó hasta quedarse ronco. Así amaneció. Nadie había de olvidar ese día en que el padre Cándido se la rayó a Dios. Por la mañana, arrepentido, partió hacia Camargo a confesarse con el padre Cuco. Con voz entrecortada disparó la interrogante:

—¿Entonces mi tío no era lo suficientemente bueno para el Señor? ¡Cuco, hermano, contéstame!

Al salir de la iglesia, ya calmado, lo supo: el Ahijado se había cortado la lengua en la cárcel municipal. El padre Cándido sonrió tristemente mientras veía a los niños marchar en el desfile patrio. Alzó la mirada; contempló el cielo: se poblaba de nubes a punto de reventar.

 

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El Ahijado fue sepultado esa tarde, casi a escondidas. Al anochecer empezó una lluvia general: duró tres días. También se acabó la rabia. No hay bien que por mal no venga: enseguida llegó la inundación.

 

*Texto publicado en el suplemento Aquí vamos, de El Porvenir (1990). 

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