¿Qué comen los pobres?

Por Ricardo Garibay

Ilustración por Haydée Villarreal

—Pero según estamos nosotros, Margarita, tú que andas entre ellos, ¿qué comen los pobres? ¿Qué pueden comprar con su salario si un kilo de arroz cuesta ocho pesos, doscientos gramos de sopa uno cincuenta, seis pesos un jabón, seis cincuenta un litro de leche, cien pesos un kilo de café, sesenta un kilo de carne, tres y cuatro pesos un kilo de tortillas, cuarenta y cinco centavos un bolillo, nueve pesos cien gramos de jamón, una naranja uno veinte? ¿Qué comen? ¿Cómo alimenta un obrero a su mujer y a sus cinco o siete hijos? ¿Dónde viven?, ¿cómo duermen?, ¿dónde…?

—A ver, espera —me atajó Margarita Nolasco, antropóloga, apasionadamente dada a averiguar las formas de la pobreza y su posible gobierno—, ¿qué te picó de repente? ¿Quieres saber cómo viven los pobres, como tú los llamas?

—¿Se les puede decir de otra manera?

—Sí; pero está bien, nos ahorra tecnicismos. ¿Por qué quieres saberlo?, ¿no los conoces?, ¿nunca los has visto?, ¿cuánto tiempo hace que no te preguntabas eso que te estás preguntando?, ¿has sido pobre alguna vez?

—No como esos a los que ahora señalo o quiero hacer ver. Tú sabes: los invisibles de la tierra; habitan un planeta aledaño y remotísimo.

—Habitan a la vuelta de tu casa.

—Sí, pues, remotísimo planeta.

—De acuerdo. Y, ¿qué…?

—Mira… Eeeh, ¿cómo te diré?… Es un poco ridículo, o más bien un poco frívolo el arranque de mi preocupación de ahora. Luego te explicaré por qué “de ahora”. Mira… todos sentimos el ahogo de los precios. No alcanza ningún dinero, no consigues librarte de la maldita angustia económica ni una semana, ni una semana en paz. Ganas por fin cinco o diez o quince mil pesos y venga, a comprar lo urgente y a pagar rezagos, y tres o cuatro días después no te queda un quinto. Y estoy hablando de cifras astronómicas para mucha gente de esta ciudad. Por ejemplo, en casa cada persona de la familia tiene un volkswagen, porque vivimos en Naucalpan, y el que no tiene coche se pudre, no puede ir a ninguna parte, está en un pozo; no hay camiones, un taxi al Paseo de la Reforma cuesta cien pesos. ¡Pago mil doscientos pesos semanales de gasolina! Y si no los pago, nadie puede ir a lo que debe.

—Bueno, evidentemente los pobres por los que me preguntas…

–Allá voy. Que quede claro lo que busco… Ha sucedido esto: a la hora de comer, todos los días, le pregunto a mi esposa: ¿cuánto cuesta esto? ¿y cuánto cuesta esto otro?, y me voy de espaldas. ¡No puede ser! ¿No? Acompáñame al mercado. Pero entonces, ¿qué come la familia del chofer de ruleteo?, ¿qué come un empleado del archivo de Hacienda?, ¿qué come un obrero del taller de aquí abajo?, ¿qué comen los universitarios de la baja clase media?, ¿qué comen los niños de las colonias proletarias?, ¿cómo se está alimentando la nación, pues? Si el estómago no se llena, el cerebro se vacía. ¿A dónde vamos?

—Bueno… estás mencionando a gente que come bien, que vive bastante bien.

—¿Qué? ¿Esos obreros que están esperando el camión, en pleno aguacero, viven bastante bien?

—Bastante bien.

—¡Por favor, Margarita!

—Hablaste de salario, de gente asalariada. Esos no son pobres. ¿Quieres conocer a los pobres de verdad?

—Momento. Yo he escrito un rato largo sobre este tema. Que no parezca mi afán aspaviento de señorito que no sabe que hay hambre en el mundo. Es en el nivel actual y asfixiante de la carestía que padecemos, y en el de nuestras crecientes diferencias de clases sociales, y en el de la casi total ineficacia del gobierno para abatir esa carestía y para repartir menos cínicamente la riqueza nacional, y en el de la corrupción cada día más honda y general, es ahí donde ahora me nace este apuro y esa pregunta.

—Sí. Está bien. Quedamos en que viven a la vuelta de tu casa y no los ves… Hay cinco millones de ellos en esta ciudad. Nos rodean completamente, y no se ve, no los ve nadie, nadie quiere verlos y son el futuro de todos nosotros, y el futuro inmediato; no te estoy hablando del año dos mil ni cosa por el estilo. Vamos. Te espero temprano frente al Convento de Churubusco.

II

Fui, vi, me ardí, vomité, salí completamente derrotado. No hay problema mayor en la Ciudad de México, no hay problema mayor en las demás ciudades de México, no lo hay mayor en el campo mexicano. En todo el territorio nacional, de punta a punta, un horizonte negro nos espera. Calcuta, Bombay, la Vieja Delhi, Hong Kong, Addis Abbeba. La noche de los animales de Nueva York será recordada como un gracioso recreo de Hermanas de la Caridad cuando aquí estalle la miseria que con tan minucioso y poderoso egoísmo hemos venido fabricando. Y tiene razón Margarita. Hablo de un futuro al alcance de la mano —fíjate bien, no es metáfora, sino para que se entienda con toda claridad—, de un futuro al galope, que está llegando a la vuelta de tu casa.

III

Ven, pues, lector, con Margarita Nolasco, antropóloga, con María Luisa Acevedo, socióloga, con Juanito Miranda, fotógrafo, y conmigo. Te invito. Vamos a ver a los pobres y sus mares de mierda y basureros hervorosos y sus lodazales y sus enjambres de moscas pardas y sus nubes de mosquitos y sus grises y enanas caserías y su blanco sol y su polvo inmóvil erizo de antenas de televisión y los tristes ojos de sus niños y la pestilencia, la pestilencia donde morirías de asfixia en dos o tres minutos, y estoy exagerando mucho el tiempo de morir.

De la calzada Zaragoza a los bordos del Lago de Texcoco, de Acatepec a Santa Clara, de Tacubaya a Santa Fe, de Ciudad Satélite a Las Lomas —por detrás de Tecamachalco y en los barrancones del lado oriente de la salida a Toluca—, hay cinco millones de hombres llegados de toda la República, llamados paracaidistas, comuneros o colonos, en situación que los técnicos señalan “precaria” y que en la realidad desnuda es estrictamente de hambre, empleados en tareas antisociales como son la ladronería de oficio, la venta de chicles o de clínex o de banderolas o de muéganos o de muñecas de trapo o de servicios, que son hacer mandados o limpiar parabrisas de automóviles o golpear a alguien o cargar bultos o formar parte de manifestaciones de protesta pública o convertirse en huelguistas airados contra esto y aquello; y subempleados en tareas serviles; y sin empleo ninguno. No pueden buscar trabajo porque no tienen dinero para pagar los camiones hasta el lugar donde podrían pedir trabajo. Pero además no hay trabajo para ellos, dondequiera están ocupadas las plazas, y ellos no saben hacer nada de los que requiere la gran ciudad. Han venido del campo, no “alucinados por la metrópoli”, qué va, no han venido a invadirla, en el fondo de su alma no quieren nada con ella. Han venido huyendo de sus pueblos o rancherías de origen donde se morían literalmente, físicamente de hambre, y se sienten felices de vegetar aquí a salto de mata, pues “allá, la cosa ya no era más que sentarse a acabar en cualquier sitio”. Cada padre de familia tiene de cinco a doce hijos, y cada madre de familia ha tenido entre diez y veinte partos. Las mujeres de treinta y cinco años parecen de sesenta y los hombres de cuarenta parecen ancianos de setenta años de edad. Son borrachos ellos y ellas y casi todos los jóvenes. La violencia dentro y fuera de las casas es inaudita. Sus colonias y tiraderos surten de prostitutas las zonas proletarias del Distrito Federal. La mortalidad infantil es enorme, pero es mayor la natalidad, y los grupos que forman estas poblaciones que “no han advenido al disfrute del salario mínimo” en pocos años se hacen innumerables o gigantescos. Como apenas comen, son débiles mentales en grandísima proporción poblacional. En sus calles vez pocos ancianos, y en el gesto la fatiga, la mansedumbre pisada o el rencor que ya acecha a todas horas. Tienen formas de convivencia traídas de costumbres campesinas, por eso la escasa política gubernamental que tiende a mejorarlos resulta inoperante: se les alinean las calles —por ejemplo—, se les pone alumbrado de lujo, se les pavimentan las arterias principales de sus barrios y se les vende muy barata una especie de tabicón gris, de arena prensada, para que ellos mismos construyan sus casas. Pero dentro de las casuchas —80 metros cuadrados el terreno— siguen viviendo revueltos padres e hijos y sobrinos y tías y abuelos y perros y gallinas y marranos —¡si es que hay marranos y gallinas! — y piojos y chinches y cucarachas y arañas y cáscaras podridas y orines y excrementos de intestinos permanentemente enfermos. Y allí dentro siguen las borracheras y las patizas y los vómitos y los incestos. Y desde allí siguen saliendo, aumentando noche a noche, sin término posible, los malhechores y brinconas que rondan la ciudad. Son cinco millones estos vecinos tuyos y rodean completamente el área metropolitana. ¿Te das cuenta? Somos doce millones en total, en esa área. Date cuenta: casi la mitad de tan grande habitación vive de un modo que considerarías inmundo para el perro de tu casa. Y de muchos modos se nos debe esa miseria, y quieras que no, la cargas a dondequiera que vas, como atorón de tu más íntima naturaleza, como freno a tu espíritu. Y además esto, fíjate, no te quedes tan quitado de la pena, son tantos que ya hay un buen puñado de ellos ahí donde se te ocurra poner los ojos. No sonrías, asómate a la ventana, los verás llegar de un momento a otro, se les está acabando la paciencia. Dicen las señoras que me acompañan en este recorrido que el régimen de Echeverría, y antes Hank González en el Estado de México, les barnizó la miseria, para tapar durante un tiempo el escándalo, y los dejó tal como estaban; porque ya no ves el jacalerío de cartones y piedras, costra negrusca de llanadas y barrancos, ves las casitas derechas y el alumbrado público y las tomas de agua; pero la gente —insisto— sigue igual y aumentando; y López Portillo les pidió perdón desde su estrado presidencial, y todo indica que hasta ahí llegaron los planes del gobierno; y la iniciativa privada no cuenta, entre sus planes, a esos cinco millones, ni a los que se les parecen en el resto del territorio nacional. Hace apenas quince días, un representante de aquí, de la gente del dinero, dijo que no hay leyes que los obliguen a invertir, ni dicen cómo ni cuándo, y que, hablando de inversiones, los empresarios mexicanos no han considerado necesario todavía ningún programa específico. ¿Cómo ves? Impresionante, ¿verdad? ¡Hasta dónde hemos progresado en el arte de despreciarnos a nosotros mismos! Carajo, estamos llegando a los límites de la indecencia y la insensatez. Suponemos que los pobres se deben a su pobreza y nos vale que sean mexicanos, y en vez de invertir aquí, para darles quehacer y pan y alzar un poco a la desharrapada patria, como traidoras putas viejas escondemos el dinero en la bolsa del padrote desdeñoso, sí pues, los blancos del Tío Sam. Y eso sin hablar de los políticos y funcionarios públicos que saquean las arcas de la nación, es decir, de ese pueblo hambreado, y desaparecen entre carcajadas hacia los deleites de su bajovientre, que ya no tendrán fin hasta la muerte.

IV

Son las siete de la mañana cuando llegamos a la Colonia del Sol, en el bordo poniente del lago de Texcoco. Allá y allá hasta muy lejos brillan los pantanos del lago. Aquí, en el bordo mismo, junto a las montañas, ¡de basura que burbujean! —algo que las orejas oyen como rumor de sapos—, se bañan los niños madrugadores. Agua espesa, jaletina verde de donde se levantan negras sábanas de moscos y caen sobre los niños. “¡Ái vienen, ái vienen!” “Echenles agua.” “¡Súmete, súmete!”, gritan los niños. Columpios pútridos. Allá y allá y allá, qué hermoso juego de jirones de gangrena, novecientos mil millones de moscos antes de que caliente la mañana.

Publicada en Proceso el 8 de agosto de 1977.

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