¿Qué significa para una ciudad tener un monstruo en las entrañas?

Por Vicente Leñero

Como todos los metros del mundo, lombriz de tierra parece; serpiente subterránea, topo que horada el vientre del infierno, gusano, sierpe, reptil; tenía en el intestino de la ciudad enferma de congestión; sonda, taladro, trépano… qué se yo; caben todos los símiles, y a fuerza de metáforas es posible trazar a mano suelta esa línea ondulante, estirada y si fin, como imagen de bala o de un torpedo que ruge y ronca y rueda por debajo del suelo que pisamos a diario. Tiene mucho de magia ese pensar de pronto en el túnel del Metro como boca de lobo. Así se antoja desde el andén; una fauce, un hocico a punto de tragarnos, un macabro chupete de succión que nos absorbe a la velocidad febril de un parpadeo. Es la entrada al misterio. El principio de un thriller apretado de angustia, expectación, un poquito de miedo tal vez, a lo mejor.

Por supuesto, nada de eso es verdad; es decir, nada de eso responde a alguna realidad verificable. El monstruo que cerrando los ojos soñamos en plena pesadilla es simplemente un tren; un hilo de vagones que van de aquí hasta allá para llevarnos al destino del día; no al destino fatal de nuestra vida —nada de eso— sino a un sitio cercano a la oficina, al lugar de una cita o a la casa, o al parque, o a la tienda… así de cotidiana y banal es la cuestión del viaje.

Y el túnel no es un tubo kafkiano hacia el infierno; ni el andén es un páramo donde rumiar la angustia existencial; ni ese bullir de gente que asciende o que desciende escaleras eléctricas es la turba de autómatas intuida por Huxley en Un mundo feliz. El Metro es sólo el Metro, simplemente. El moderno transporte de la urbe moderna. El colectivo pronto y eficaz de cualquier ciudad que se respete. O, según el Larousse, ya sin metáforas: “ferrocarril subterráneo o aéreo que enlaza los diversos barrios de una gran ciudad”.

La capital de México dilató carretadas de tiempo para tener su Metro. Ya era gigante, sobrepoblada, enorme —siempre fue enorme, nació sobrepoblada— y todavía viajábamos como quien dice en burro: sólo autobuses y tranvías de cables se utilizan para malresolver el problemón del transporte colectivo.

En todo el mundo había metros cuando en México no. Hasta ciudades pequeñas de países más tontos tenían tren subterráneo, mientras nosotros no. Que por qué no, se preguntaba. Por esto y por aquello. Que porque las aguas freáticas de un suelo pantanoso que en otros tiempos fue laguna volvían casi imposible, peligrosa, costosísima al menos, la romana tarea de horadar serpentinas de túneles para instalar en ellas los carriles de ese tren subterráneo tan urgido por todos.

Abundan estudios, análisis, proyectos y proyectos cuando circulábamos en la segunda mitad del siglo xx… y que no y que no, como berrinche. Que no se puede. Que no se quiere. Que no es tan necesario. No quería, en realidad, el regente de la capital mexicana: aquel don Ernesto P. Uruchurtu, empecinado en dejarnos sin Metro durante 14 años que se perpetuó en su puesto de mandamás citadino.

Se fue Uruchurtu del gobierno en 1966 —lo corrió el presidente Díaz Ordaz, por necio— y al rato, es decir, tres años después, llegó como del cielo nuestro anhelado tren metropolitano.

A estas alturas resultó canijo —por decirlo en la jerga cantinflesca de entonces— trepanar una ciudad compacta, hecha y rehecha a lo largo de los siglos, muy dura de romper, de tráfico enredado.

Difícil, y urbanísticamente polémico, escarbar por la zona del centro donde habían quedado sepultados los residuos milenarios de las edificaciones aztecas. Cualquier excavación, ahí, se convertía en descubrimiento arqueológicamente que hacía pegar, el grito, con razón, a historiadores y arqueólogos: cómo diablos destruir nuestro tesoro prehispánico por un maldito Metro; cómo atreverse a profanar la historia, a provocar a los dioses indígenas.

Por tales protestas se volvió necesario, en ocasiones, torcer, curvear los túneles, modificar las estaciones para lograr dejar a salvo un monumento. O anular una línea y cambiarla de rumbo y emprender alternativos vericuetos. En realidad, lo que se hizo en tales casos fue tapar con un parche los ojos de la historia y reclamar: “Voy derecho y no me quito”. Ahí, en esa zona del centro, se rompió y profanó lo que hubo que romper y profanar; se rescataron unas cuantas piezas para llevar a los museos y calmar a los arqueólogos…y ni modo, ya estuvo, perdón por la osadía.

El Metro cruzó por fin la zona de conflicto y salió disparado hacia puntos lejanos del norte y del oriente. Las primeras tres líneas del Metro citadino (azul, color de rosa y verde) fueron solamente inauguradas en septiembre de 1969.

Nada catastrófico ocurrió. No se hundió la ciudad en el fango del antiguo pantano, ni los dioses indígenas, que se sepa, lanzaron maldiciones desde el más allá histórico.

Es bello el Metro de la Ciudad de México. Lo hicieron bien. Se escogió el naranja como color símbolo, en un tiempo en que el naranja se había puesto de moda: tal vez por la Naranja Mecánica de aquella película de Kubrick, o por el equipo holandés de fut en el que jugaba Cruyff. De naranja se pintaron carteles y señalamientos, y de color naranja aparecieron vestidos los vagones modernos, limpiecitos, de diseño francés.

Para una ciudad imposible que con todo y las llamadas áreas suburbanas oprime a 20 millones de habitantes, en el Metro mexicano es una telaraña pobretona. Tiene 11 líneas, pero la más larga se extiende apenas 23.7 kilómetros. La más corta es de 10.5 y se recorre en un suspiro de 13 minutos con paradas y todo.

Son 202 kilómetros en total, interrumpidos por 175 estaciones, algunas de verse y visitarse, si lo permiten los empellones de la gente que atasca los túneles de acceso, que se aglomera en el andén, que asiente –como si se tratara de una manifestación- a ese cotidiano y patético platón de fe que significa esperar el tren, como quien espera a Godot, como quien espera a Dios, como quien espera a veces a la muerte.

Porque resulta que mucha gente acude a suicidarse. Antes se arrojaban de la azotea de un edificio de 10 pisos, o del mirador del Ángel de la Independencia, o del balcón sencillo de su casa. Ahora van a matarse al Metro, así de fácil. Es más cómodo, muy barato, y supuestamente segurísimo. Según estadísticas oficiales, de enero a noviembre de 1995 –hace más de 10 años, ya no encontramos datos de ahorita- 50 deprimidos por la vida se tiraron al paso de las ruedas del tren: 39 consiguieron su propósito y 11 se salvaron de milagro para su buena o mala suerte, según se quiera ver el drama.

También hay accidentes de otro tipo, muy pocos graves, la verdad. En octubre de 1975, en la Estación Viaducto, una falla mecánica, dicen, provocó un horrible encontronazo. El convoy que venía detrás alcanzó al que venía adelante, y ¡metrinikcuash! Murieron 20 usuarios inocentes y al conductor que no alcanzó a frenar le cargaron la culpa y lo mandaron a la cárcel.

Pero estábamos hablando del turismo que se hace o puede hacerse visitando estaciones del Metro engalanadas. En la Estación del Zócalo hay maquetas y fotos de la historia de México que la vuelven museo. Hay piezas arqueológicas en ésta o en aquélla, o murales de artistas regulares y buenos.

En el Metro Insurgentes, al modo hiperrealista, Rafael Caudro reproduce escenas de los metros de Londres y París. Y en la Estación Copilco el tema de la Gioconda. Y en Tacubaya, indígenas…

El verdadero tema siempre será la gente: las parejas besándose; los que llegan deprisa, metiéndose a codazos por las puertas que ya van a cerrarse; las guapas que se esconden de la caricia artera; los jóvenes que estudian o que ríen; los viejos que meditan; nuestra gente: sus rostros arañados por la vida, sus miradas oscuras, sus gestos ilegibles, su ropa, sus zapatos torcidos, el murmullo de voces o el silencio. Todos juntos, vecinos momentáneos adentro de un vagón como si fueran cómplices de nada en lo que dura hoy el corto viaje.

Son cinco millones de personas las que transporta diariamente el Metro de la Ciudad de México, dicen los números. Un Metro muy barato, eso es verdad. A dos pesos el boleto.

Para la capital de México, el Metro es ese monstruo que despierta temprano, obligado a llevarnos de montón en montón, como sardinas, dicen, como extraños viajeros metidos en la entraña de una lombriz surcando la ciudad por debajo, bullendo, serpenteando, rascando pasadizos, abriendo túneles, introduciéndose en el humus secreto de la noche hasta depositarnos en la luz de mi rumbo, de tu calle, de la colonia popular donde vive tu hermano o en donde habrás de abordar un autobús que se lleve más lejos todavía porque vives muy lejos, cada día más lejos, como todos…

*Texto publicado en El País Semanal (1995).

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