¿Por qué humanizamos a los animales salvajes?

Por Leonardo González

A mitad del siglo pasado, en Santiago, Nuevo León, la atracción principal de un conocido restaurante de comida típica norestense era Chicho, oso negro que pasaba sus días enjaulado en el patio de aquel local, complaciendo a los comensales y visitantes que llegaban. Chicho realizaba el gran truco que todos esperaban: tomarse una botella de refresco con sus propias manos, causando la admiración de los espectadores.

El Restaurante el Álamo abrió sus puertas en 1929, poco tiempo después de la construcción de la carretera nacional. Estaba ubicado sobre el curso de esta nueva vía en la población del Álamo en la Villa de Santiago. Este lugar se caracterizaba por sus exquisitas comidas, por su horario de 24 horas y por Chicho, el oso negro que llegó a las manos del dueño José Manuel González a mediados de 1943 y era exhibido para beneplácito de niños y adultos. Rápidamente Chicho se convirtió en la atracción principal del restaurante que pasó a ser conocido como El Oso del Álamo.

En ese entonces no había tanto problema, no se había desarrollado toda la cultura de los derechos de los animales, ni había instituciones como la Secretaría del Medio Ambiente y Rercusos Naturales” cuenta Alfonso González El Peque, nieto de José Manuel González y ahora dueño de otro pequeño restaurante a sólo unos cuantos metros enfrente del Restaurante el Álamo. “Era otro tiempo, en el que la gente vivía más al contacto de la naturaleza y menos consciente de la cultura ambiental“. El Peque, ataviado de sus botas vaqueras, pantalón Wrangler ajustado, camisa de cuadros y un sombrero de unas cuantas equis, se desenvuelve con soltura en su negocio. Está poquísimo tiempo en la caja y mucho más conviviendo con los clientes. Su actitud recuerda al desparpajo y la confianza que la gente de Santiago tenía hasta hace pocos años, cuando todavía no eran aquejados por la violencia. Saluda a cada persona que llega, se sienta con algunos de ellos y tras algún chascarrillo fácil vuelve a su lugar atrás de la caja. El Peque casi no se acuerda del Restaurante el Álamo, sólo sabe lo que le han contado, que no han sido pocas cosas. Mientras lo narra, Rogelio Rodríguez está sentado a su lado, lo corrige o asiente según el caso; tiene más de 70 años y ha vivido toda su vida en el municipio, a los diez trabajó en el restaurante y duró muchos años ahí. Conoció a Chicho, a La Bimba y a otro oso que trajeron cuando los primeros perecieron.

El restaurant del Peque está tapizado de fotografías y retratos que en blanco y negro narran retazos de la historia del municipio de Santiago y algunos puntos cercanos, equipos de beisbol, cabalgatas y algunas fotos de personajes ilustres de esta comunidad. Ahí, en medio de una estrecha columna y justo sobre la cabeza de varios asiduos comensales que almuerzan los típicos huevos rancheros, se encuentra una fotografía que según cuentan es del año 1947. En ella aparece Chicho, el oso estrella del Álamo, tomando con sus manos una Coca Cola mientras es ayudado por un joven cuyo nombre no recuerda nadie.

Después de más de 70 años de servicio y 40 en la que los osos fueron el principal atractivo y símbolo del lugar, el Restaurant el Álamo debió cerrar sus puertas a causa de una huelga como no tenía permiso de zoológico, el dueño tuvo que entregar el oso junto con otros animales exóticos que ahí tenía.

Todavía, si uno pasa por la carretera nacional yendo hacia Allende, donde ahora es una panadería que vende los típicos turcos (empanadas con carne de cerdo dentro), todavía se puede ver un viejo anuncio de luces neón dividido en tres partes que seguramente simulaban el movimiento en el que el oso parecía tomar un refresco.

La basura acumulada durante varios días por un grupo de albañiles a un lado del Colegio Interamericano del Norte es un manjar para el olfato de un osezno que se encuentra en los límites de la grisácea ciudad de Monterrey con la verde villa de Santiago. El cachorro de tres años de edad baja, se acerca y husmea por la obra, buscando la comida que su aguzado olfato percibe. Lleva días sin comer, sus condiciones no son óptimas y parece que ha viajado durante unos cuantos kilómetros para llegar hasta ahí. La presencia de este oso tan cerca del grupo de trabajadores, pero más importante aún, tan cerca de una escuela donde niños y niñas toman clases, pone en alerta a los hombres de la construcción. Entonces surge un héroe entre los presentes: Esteban Palacio Basilio, albañil de 24 años nacido en el estado de Veracruz, toma una cuerda y con maestría, como si estuviera en el rodeo, laza al osezno, para luego someterlo y amarrarlo. Tiene el control de la situación.

Las fotos no se hacen esperar: no todos los días se atrapa a un oso. Enseguida, este grupo de hombres queda inmortalizado en el momento con una fotografía al lado del osezno. La presión es demasiada para los nervios del cachorro, quien se retuerce espasmódicamente y se comienza a convulsionar.

Uno de los presentes recuerda que maltratar a un oso es penado por la ley y matarlo aún peor, así que llama a las autoridades y a los medios de comunicación. Personal de Protección Civil y Parques y Vida Silvestre hacen su arribo y se llevan al osezno moribundo. Tras 12 horas de lucha, los veterinarios en el Parque La Pastora no pueden hacer más y el animal muere.

El albañil Esteban Palacio es consignado ante las autoridades, ya que la Procuraduría Federal de Protección Ambiental (Profepa) interpone una denuncia en su contra, pero el joven trabajador es liberado después de 31 horas de arresto. Aunque él lazó al oso de tres años, no fue señalado como responsable de su muerte.

Ese 12 de junio de 2008, en su oficina de Parques y Vida Silvestre, el biólogo Manuel Muzquiz activó la fase dos del protocolo de avistamiento de osos. Actuó rápido: el oso negro es una especie en peligro de extinción y una de las prioridades en la preservación de la fauna de Nuevo León. A cinco años de aquél suceso que marcó el inicio de una etapa en la que los osos de Santiago comenzaron a merodear con mayor frecuencia Monterrey y San Pedro, el biólogo sigue protegiendo los osos de la región, aunque no haya habido más asesinato comprobados o turnados ante el Ministerio Público. Pero Manuel recuerda algunos otros sucesos en este lapso, como atropellos y muertes por disparos y advierte que es muy difícil poder comprobar que alguien haya matado a un oso con dolo, por lo que para este comprometido biólogo, no hay más que fomentar la cultura de la convivencia con estas especies e inculcar entre la población el respeto a la vida animal en particular en el Área Metropolitana de Monterrey donde ha aumentado enormemente el contacto entre humanos y osos durante los últimos tiempos.

II

Manuel Muzquiz es lo que se podría llamar un guardabosque urbano. Mucha gente ignora su nombre de pila, algunos otros creen que Biólogo Muzquiz es el nombre que viene en su credencial del IFE. Viste pantalón café y camisa verde opaco, la cachucha con el logotipo de Parques y Vida Silvestre enfunda perfectamente toda su frente amplia y su cabeza redondeada. Estatura promedio, piel tostada por el sol y ojos color verde aceituna. Muzquiz es un tipo de mirada dura pero en el trato es afable, se nota fácilmente el amor que tiene por el reino animal. Su pequeña oficina ubicada en el Parque Niños Héroes hace pensar que pasa muy poco tiempo allí. Es de madera y recuerda a una cabaña en medio del bosque, en la que en lugar de chimenea tiene computadora y un montón de papelería.

Muzquiz es jefe de Inspección y Vigilancia de Parques y Vida Silvestre, un organismo público descentralizado de participación ciudadana que se dedica a la preservación de especies y áreas protegidas en el estado de Nuevo León. Una de las principales ocupaciones de su trabajo es la captura y reintegración de los osos negros que bajan a la ciudad en el Área Metropolitana.

A mediados de la década pasada, el estado de Nuevo León se encontró de pronto con un fenómeno al que permanecía ajeno: la presencia de los osos negros en las zonas urbanas de Monterrey se hizo cada vez más frecuente.

El oso negro, de nombre científico ursus americanus es una especie natural protegida que habita principalmente en los cerros cercanos a la zona metropolitana. Los adultos pueden llegar a pesar hasta 120 kilogramos y medir hasta 1.80 metros cuando se ponen de pie. En los meses de junio, julio y agosto bajan de su hábitat a la zona urbana buscando alimentos y agua. El oso negro es un animal que actúa con la premisa del mínimo esfuerzo. Entre menor sea la actividad física requerida para asegurar su sustento, con más ahínco lo buscará, por eso prefieren las casas y quintas.

La invasión de los humanos en su hábitat natural, la escasez de alimento y agua, el desplazamiento natural de la especie, la lucha por los territorios entre osos adultos, y el atrayente olor de los botes de basura como fuente de alimento, son algunos de los factores que cita el biólogo Muzquiz como causa de los encuentros entre osos y ciudadanos.

Para Muzquiz el principal problema es que la gente alimenta a los osos pensando que hace un bien para el animal y la naturaleza. Según el biólogo, dar de comer a un oso es invitarlo a volver a ese lugar, algo que para muchos en un principio es curioso y hasta divertido, pero después de un tiempo, la cercanía constante del oso se vuelve un problema y hace comprender a la gente el peligro que conlleva. Al mismo tiempo, es cuando más difícil se vuelve tratar el problema.

Los osos no son nuestros amigos”, dice Muzquiz. No es correcto alimentarlos, tomarles fotos o tratarlos como si fueran perros u otros animales domésticos. Los osos son animales salvajes que se guían de acuerdo a sus instintos e intereses alimentarios.

Este guardabosques moderno se refiere también a la culpa de los medios de comunicación, pues según él han contribuido a darle una figura humana y amigable al oso, cuando no es así. El oso no baja de su hábitat a pedirnos ayuda, ni a inspirarnos lastima: los osos son animales silvestres a los que debemos cuidar y respetar, pero no convivir con ellos, pues las personas somos externos a su hábitat. Muzquiz no es un Timothy Treadwell regio, ni piensa acabar con el mismo destino trágico del Grizzly Man, quien fuera asesinado por sus queridos Ursus arctos horribilis en 2003, hecho que sirvió para que Warner Herzog realizara un documental inolvidable. A contrario de la tendencia mundial que consiste en antropomorfizar a los animales salvajes, Muzquiz los respeta y les da su lugar en el ecosistema moderno de Nuevo León. Pero no se considera amigo de ellos.

III

A partir del 2007, entre Parques y Vida Silvestre, Protección Civil y Profepa, formaron un protocolo de reacción ante la presencia de osos en las zonas urbanas del estado, debido a que anteriormente no se tenía un criterio de acción preestablecido. Al día de hoy, las tres dependencias estatales y federales trabajan en conjunto para minimizar el contacto entre la población y estos animales en peligro de extinción.

Este protocolo consta de varias etapas; primero, Protección Civil evalúa la situación para proteger a la población. Se intenta ahuyentar al oso para que regrese a su hábitat por su propio pie, se utilizan sirenas, chorros de agua y algunos dispositivos de contacto como pistolas de paintball; la segunda fase se ocupa de capturar al oso mecánicamente. Cuando no se ha logrado ahuyentar al oso, se procede a la captura por medio de trampas y jaulas en las que se coloca un cebo y se espera a que el oso quede encerrado. La última fase es la inmovilización química. Sólo se usa cuando no queda otra alternativa y el oso está alterado. Se procede a dispararle un dardo con un sedante con el que se dormirá para reinsertalo en su hábitat natural. El regreso a la naturaleza únicamente se realiza cuando el oso se encuentra sano y sea apto para ello, y se hace generalmente en una zona diferente a la que fue capturado, para que no vuelva.

A Víctor Jaime Cabrera, delegado de Profepa en el estado de Nuevo León, no le parece que haya un exceso de instituciones públicas para tratar el problema de la interacción entre los osos y la sociedad civil de Nuevo León. En cambio cree que este tipo de manejo es el ideal porque incluye justamente la participación de las diferentes instituciones relacionadas. El delegado lleva cuatro meses en el puesto y hasta el momento no le ha tocado ningún caso en el que se haya tenido que detener a una persona por haber matado, lastimado o cazado a un oso, aunque han habido algunos atropellos accidentales, sin dolo, en los que no se ha tomado ninguna acción legal contra las personas involucradas.

IV

Zonas de convergencia” es el nombre que se da a las franjas que presentan mayor contacto entre los osos negros y la mancha urbana del estado de Nuevo León. Algunas de los más reconocidas son Mederos, Chipinque, las colonias por la zona de la Estanzuela, Colorines, y en general todas aquellas que se encuentren en las faldas de la Sierra Madre Oriental.

Precisamente es en Mederos donde este verano de 2013 se han tenido avistamientos de osos. Para los estudiantes eso no es nada nuevo, de hecho, se corre el dicho entre las facultades de que si no has visto un oso, nunca has estudiado en Mederos. Los pasillos de la Facultad de Ciencias de la Comunicación están decorados con anuncios y algunos avisos estudiantiles. Llama la atención que entre estos, de cuando en cuando, grandes carteles con una figura de un oso advierten a los estudiantes sobre los peligros de tratar a un oso y qué hacer en caso de ver uno.

Si se piden informes en la dirección de la escuela acerca de qué hacer en caso de ver a un oso, dos simpáticas secretarias dirán, entre risas, lo contrario a las indicaciones de anuncios y folletos. “Si ves a un oso corre y tómale fotos”, dice una de ellas mientras sacan un folleto en el que se lee todo lo opuesto. Los guardias de esta facultad, estoicos, sentados en sus lugares estratégicos están al pendiente de los estudiantes, pero también de los osos, casi son sus únicas tareas. “¿Qué hacer si se ve a un oso? Dejarlo andar, retirase del lugar y no dejar que los estudiantes se acerquen a él. Pueden tomar fotos, pero sólo de lejecitos”, dice José, un guardia de más de 60 años con voz cansada pero tranquila.

Llaman la atención los botes de basura de la Facultad de Comunicación, aún y cuando una de las primeras recomendaciones de Profepa y Parques y Vida Silvestre, sea la utilización de botes antiosos en las zonas de convergencia. Entre los pasillos y alrededores de esta facultad se pueden encontrar los botes normales y sin tapa, que atraen a los osos y que estos aprovechan como fuente de alimento.

El señor Miguel ha trabajado muy poco tiempo de guardia en la facultad. Aun así, con entusiasmo, este uniformado de pinta bonachona, muestra un tronco donde un enorme oso se afiló las garras. Las profundas marcas alcanzan casi los dos metros de longitud. Miguel cuenta que hay una familia de osos que baja casi cada noche y remueve los botes de basura, él ha visto cuatro: el oso adulto, una osa y dos oseznos que la acompañan a todos lados.

Así que Manuel Muzquiz recibe el reporte del avistamiento de osos en la Facultad de Comunicación, y tranquilamente dice que se activará la fase uno del protocolo, se da una vuelta por la zona, pero todavía no le toca actuar. Sabe que en cualquier momento puede ser llamado para atrapar a la familia de osos que ronda por la zona que hasta hace poco era su hábitat y les pertenecía, pero ha sido invadida por casas, comercios y hasta instituciones educativas que cada vez carcomen un poco más la montaña a favor de la migración ciudadana de la tercera ciudad de México.

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