Por Claudio Tapia Salinas

Ilustración de la serie ‘Toma de protesta de Jaime Rodríguez Calderón por Mariana Treviño.

Las candidaturas independientes para ocupar un cargo de elección popular son una conquista ciudadana que se inscribe en la exigencia de respeto al precepto constitucional que otorga a todos los ciudadanos el derecho a votar y a ser votado sin distinción alguna. Pero ese hecho, por si mismo, no mejora la democracia.

El innegable logro resulta insuficiente para rescatar al desacreditado régimen de representación sustentado en el sistema de partidos políticos porque cuando los partidos desvirtúan su función, la representación deviene en simulación que no pueden resolver los independientes con su llegada.

Sigo pensando que la ilusión de cambio que genera el gobierno de los independientes, basada en la pureza cívica de los que no militan en partido alguno, no remedia ni garantiza nada y sólo pospone la solución.

Además, preocupa advertir que los independientes – al menos los nuestros – que se precian de ser ciudadanos únicos dotados de pureza cívica, rescatistas de la vida social, solucionadores de todos los problemas, salvadores de la sufrida sociedad, hacedores de la historia y recuperadores de la libertad, son la encarnación del “populismo” en el sentido peyorativo del término, por supuesto. Veamos si no.

Populistas”, según Bobbio, Matteucci y Pasquino, en su conocido Diccionario de Política, son todas aquellas fórmulas políticas por las cuales el pueblo considerado como conjunto social homogéneo y como depositario exclusivo de valores positivos, específicos y permanentes, es fuente principal de inspiración y objeto constante de referencia.

Para el populista – continúan diciendo los citados tratadistas – el pueblo se vuelve tema y propósito central; hacer todo en beneficio del pueblo cobra tal importancia que se vuelve acto de fe. Para lograrlo, el populista se vuelve dogmatico y mesiánico. Denuncia insidias contra la pureza popular y busca la salvación del pueblo en formas carismáticas. Se vuelve maniqueo y promete expulsar del sistema político y social lo que no sea pueblo como un germen parasitario y corruptor.

Cambien ustedes la palabra “pueblo” por “ciudanía” o “raza”, términos que están de moda, y juzguen si nuestros independientes son populistas.

Si adoptamos la definición propuesta, cuando escuchamos a Peña Nieto alertar del peligro que encierra el populismo tenemos que pensar que no sólo Lopez Obrador y los gobernantes de los supuestos partidos de izquierda lo son. Los populistas son muchos más, los hay de todos colores, y gobiernan en varios lugares.

Si acordamos que “populista” es toda formula política en la que los gobernantes actúan como redentores y rescatistas del pueblo, tenemos que admitir que el gobierno que inicia en Nuevo León es populista, con todo lo que esto implica.

Tampoco es para alarmarse. Asusta más la falta de rumbo y de proyectos aunque no conduzcan a la salvación.

Ya veremos cómo nos va. De entrada – usando la mima metáfora de su discurso -el primer día del gobierno independiente amaneció nublado y el sol no salió. Pero es pronto para prever si durará el temporal.

¡Suerte! qué la vamos a necesitar, y a jalar que se ocupa, raza.

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