¿Por qué quieren erigir una estatua al “arte del miedo” los comerciantes de un mercado que vive del turismo?

POR MELVA FRUTOS

Vender en mayo del 2012 una pieza al día en la modesta mueblería era una tarea difícil para la propietaria y la joven empleada de un local de Los Cavazos, en el municipio de Santiago, Nuevo León. Una mañana, la trabajadora limpiaba el local cuando escuchó a su patrona saludar a un cliente. Era un hombre robusto que había estacionado su camioneta en el exterior del local y pedía que le mostrara un librero que había en el exhibidor. Escuchó que se interesó por varias piezas más y que tras un breve repaso a los productos, solicitó que los subieran a su vehículo. Presurosa, la dueña llamó a dos de sus empleados que se aplicaban en la elaboración de una mesa en la parte trasera del local y les solicitó que llevaran las piezas al vehículo del cliente.

La venta estaba hecha e invitó al comprador a sentarse ante un pequeño escritorio para elaborar la cuenta de lo adquirido. Detalló cada mueble y su precio en la libreta de recibos. La suma de todo dio aproximadamente diez mil pesos y al entregarle la nota al hombre, este sacó dos mil pesos que puso sobre la mesa. El tono de su voz cambió drásticamente. Amenazante, le dijo que sólo le daría esa cantidad, ya que pertenecía al grupo de Los Zetas. Que le hiciera como quisiera. La mujer se quedó petrificada. No había más qué hacer. El hombre salió por la misma puerta por la que entró y con la misma tranquilidad con la que media hora antes le había dado los buenos días. Subió a su camioneta y se retiró. La joven empleada recuerda que su jefa estaba muy nerviosa y que aunque era la primera vez que la delincuencia llegaba a su tienda, había reaccionado de la forma adecuada, porque los criminales que operan por el lugar ya habían atracado otros negocios. No era la primera ocasión que sucedía un fenómeno de este tipo en el pasaje comercial de Los Cavazos.

Los olores transportan a lugares y tiempos. Los pasillos de la zona comercial de Los Cavazos están impregnados de recuerdos con aroma a pan, aguamiel, dulces de leche, carne asada, leña y madera. Ahora, estos se mezclan con el hedor del desasosiego. Es una mañana de esas que se han vuelto usuales. Los clientes casi no se aparecen por la tienda de Don José Ángel Rivera Mignón. Actualmente la venta es poca porque casi nadie llega a esa zona comercial y quien la visita se limita a observar y preguntar por los precios. No ha sido un día ni dos, afirma, son incontables los días que han “estado con el Jesús en la boca”, en donde los rondines de los policías de Fuerza Civil repelen los abusos. La delincuencia organizada ha afectado los negocios y la afluencia de gente a este municipio. De unos años a la fecha, el área comercial Los Cavazos ha estado inmersa en la inopia provocada por la etapa álgida de la guerra contra el narco. Esa guerra en la que incluso el propio alcalde, Edelmiro Cavazos Leal cayó asesinado. El 16 de agosto de 2010, fue sacado de su casa por el grupo de la delincuencia conocido como Los Zetas y su cuerpo fue encontrado dos días después en un camino que conduce al paraje La Cola de Caballo, en la carretera del mismo nombre.

Después de eso llegaron la Marina, el Ejército y se estableció un centro de operaciones de Fuerza Civil en el poblado. Pero la desconfianza de los paseantes ante las historias de enfrentamientos de los cárteles, el despojo y el secuestro a la población, provocaron que disminuyera la afluencia.

El propietario de la talabartería El Caballito, Don José, conoce la esencia del lugar. Ha pasado la mayor parte de su vida aquí y ha padecido los efectos de la inseguridad. Los Cavazos se localizan 36 kilómetros al sur de la ciudad de Monterrey, sobre la carretera Nacional. Es conocido también como El Guaxuquito –lugar de abundante agua-, porque está dentro del Cañón del Guaxuco. Encerrado entre la Sierra Madre Oriental y el Cerro de la Silla.

II

Cuando Don José Ángel empezó a viajar a Santiago procedente de Monterrey, era apenas un muchacho de 12 años que vendía café Morelia a los negocios y casas del municipio. Eran días en que había agua por todas partes, todo estaba lleno de árboles, ríos y arroyos. Cuando llegaba la hora en que el hambre le calaba, bastaba con invitar a algunos de sus amigos lugareños y al puro estilo norestense encendían una fogata en un rincón sombreado en el que asaban los bistecs que él traía de Monterrey. Después seguía una breve siesta debajo de un álamo, para más tarde proseguir con la venta del brebaje.

Este hijo adoptivo de Santiago recorría todos los días gran parte de las 75 comunidades aledañas y fue así como con el paso de los años conoció las necesidades de sus habitantes y dio un cambio al giro de su negocio. Con aproximadamente 18 años hizo sus pininos en el área de la talabartería. Empezó con un surtido de pocas monturas, cuartas, frenos, espuelas y clavos para caballo. En ocasiones, él mismo elaboraba algunos materiales que no requerían de maquinaria especializada.

Al paso del tiempo se unió con un grupo de comerciantes de diversos ramos. Anduvieron los 51 municipios del estado vendiendo sus productos, instalándose en carpas de la exposición ganadera y en cuanto lugar les permitieran. Y así fue como llegaron a Los Cavazos aproximadamente en 1972, aunque no está muy seguro del año. Recuerda que colocaban sus puestos a la orilla de la carretera en una especie de mercado ambulante; sábados y domingos llegaban por la mañana y se retiraban al meterse el sol. Aunque la lucha estudiantil y guerrillera arreciaba en el estado, Los Cavazos había sido siempre un lugar tranquilo, alejado de todo el ajetreo hasta que llegó el narcotráfico a esta comunidad.

En ese entonces, ya existían las famosas moliendas de caña. Era un rústico molino al que le era adaptado un gran tronco, que se ataba a un caballo que a su vez jalaba dando vueltas en círculos. Con ello molían la caña de azúcar para extraer su jugo. Eso es lo que en esta región del país se conoce como aguamiel. Había también algunos puestos de venta de elotes y pan de elote. “Cuando nos pusimos aquí, al poco tiempo me tocó la suerte de poder comprar el terreno e invité a los compañeros, pero no todos tenían manera de comprar a pesar de que había muchos terrenos solos y a muy bajo precio o a pagos; así que yo sí me quedé desde entonces y hay uno que otro que aún sigue, pero paga renta”, recuerda el comerciante de más de 50 años.

El primer negocio establecido que apareció en este punto de la carretera Nacional fue el restaurant El Cosme, en 1957. Alrededor de 1970, Don Cosme vendió el negocio a su hermano Juventino, quien lo renombró Merendero Tino, que desde entonces es famoso por su machacado con huevo, su asado de puerco y su caldo de res. Unos metros más adelante se fundó la Carnicería García, que surtía a los paseantes de los insumos para sus días de campo. Con el tiempo colocaron asadores en el exterior del negocio, en los que cocinaban la carne gratis a sus clientes. De ahí que después proliferaran los restaurantes de carnes asadas y bufets, que, al igual que el resto de los comerciantes, se establecieron a los costados del camino federal.

III

Don José Ángel es bajito y de complexión gruesa, piel blanca y frente amplia. El color de su cabello castaño tiene cierto tono rojizo, al igual que el de sus tenues cejas y su bigote. Su semblante muestra dureza, pero cuando empieza a hablar, suelta una que otra sonrisa. Viste como la mayoría de los lugareños, con pantalón vaquero y botas. Hoy lleva una camisa de vestir color gris, de cuya bolsa sobre sale una imagen y su inseparable pluma. En el interior de su tienda, recargado en un colgador repleto de chamarras de piel de diversos tipos y colores, recuerda que fue en 1982 cuando se estableció la Unión de Comerciantes Nino Villalón, de la que fue nombrado Secretario General. Se adhirieron a la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y se pusieron al día con Hacienda y con el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). En ese entonces, al igual que en el resto de Nuevo León, la violencia de la delincuencia organizada era un tema que apenas se mencionaba como parte de una sociedad distinta, del otro lado del país, en las sierras de Sinaloa y Sonora. Algo que no llegaría nunca a estas tierras. Desde entonces, Los Cavazos han sido reconocidos como un derroche de color y tradición. El comprador encuentra artesanías mexicanas de diversos estados, muebles rústicos y modernistas, artículos de forja. Los tonos vivos de las pinturas al óleo engalanan el recorrido, las cuales son puestas junto a modernos jarrones cubiertos con cristalería y adornos de cerámica. Los paladares de los foráneos se deleitan en las tiendas golosinas, postres regionales y aguamiel. Las plantas son un producto importante y se exhiben de todas las especies y hay macetas para todos los gustos y necesidades.

El local de Don José es uno de los más atrayentes: en la banqueta se exhiben dos figuras de alazanes en tamaño natural, uno negro y otro castaño, entre los que destacan algunas sillas de montar y carritos mecánicos de monedas. En la fachada reposan empotrados dos bustos de caballos junto a sombreros y artículos de piel que cuelgan de estructuras metálicas. El interior es aún más impresionante: vitrinas repletas de artículos de piel de todo tipo y souvenirs. De los estantes de madera que rodean la tienda penden sombreros, bolsas, ropa, chalecos, chamarras y jorongos, entre muchas curiosidades más. El amplio espacio está asombrosamente colmado de tradición. Las sillas de montar que están alineadas en uno de los rincones, son de diversos materiales y calidad, todas ellas huelen a cuero de variados colores, unas grabadas y otras con incrustaciones metálicas.

Tras el colgador en el que el comerciante se apoya, hay una estantería que muestra decenas de sombreros. También hay un espejo con algunos adornos y fotografías de él con personajes de la política local y nacional puestos en evidencia, entre ellos, el ex gobernador, Natividad González Parás. A un lado, centenares de cintos de cuero y piel penden de percheros encajados en la pared. Al fondo del local hay una ventanilla que encierra una pequeña oficina en donde se ubica la caja de cobro y a un lado del cristal, en un marco de cuero hay una foto de la recién fallecida cantante grupera, Jenny Rivera. El comerciante recuerda los años de bonanza: en los años 90 y hasta el 2005, llegaron a ser 350 comerciantes en Los Cavazos que eran visitados por compradores de toda la República y del extranjero. “Incluso fuimos ejemplo en el estado y hasta vinieron a pedirnos asesoramiento de cómo fue que se hizo el mercado. Teníamos muchos visitantes. Ahora ha habido mucho menos, debido a lo que usted ya se imagina” dijo, sin mencionar claramente que la delincuencia es la que afectó principalmente a los negocios de la zona. Ese tema es un tabú en Los Cavazos. Se dice en voz baja o de plano, no se menciona. Los diversos hechos delictivos ocurridos aquí forzaron muchos locales a cerrar sus puertas por la falta de clientes y el miedo continuo. Ahora, sólo la mitad abre entre semana y los sábados y domingos no se llegan a juntar más de 250 comerciantes en total.

IV

A un lado de la talabartería está la Molienda Villalón. Tiene más de 60 años de existencia y fue fundada por Rafael Villalón y su esposa Alicia, pero ahora es manejada por sus nietos. Desde las nueve de la mañana empiezan a trabajar, comenta una de las dependientas que aceptar platicar pero no quiere dar su nombre. Explica que las ventas han estado flojas durante los últimos años, pero que desde la pasada temporada vacacional de Semana Santa hay un poco más de clientela, cuando menos los fines de semana. Mientras prepara la masa para el pan de elote, mezclando los granos molidos con azúcar, harina y mantequilla, dice que los paseantes han regresado a los parajes de los alrededores y por ende a Los Cavazos, “porque ya traen sed y llegan a comprar aguamiel o llegan por un elote o un dulce regional, pero es más por la temporada de vacaciones”. Una vez lista la masa, un joven trabajador que aguarda junto a ella, la vacía en sartenes de acero que se calentarán a fuego lento en hornillas colocadas en un extremo del local. Cada diez minutos el empleado retira los sartenes de la lumbre para dar la vuelta a la preparación, con una maniobra en la que utiliza la misma tapa del cazo y una vez listos, son dispuestos en vitrinas cerradas para su venta

Las mueblerías en Los Cavazos también cobraron fama en su época de prosperidad; en un principio ofrecían muebles de estilo rústico, y poco a poco fueron variando para incluir muebles modernos. De éstas llegó a haber 30 y ahora sólo quedan menos de diez. La mayoría de los comerciantes son extorsionados por la delincuencia y algunos ya han sido levantados, comenta entre susurros un mesero de un restaurante que se identificó sólo como Víctor, aunque aclara que no es su nombre real: “de hecho, ahorita hay un chavo que levantaron de una molienda. Es la segunda vez que se lo llevan y pidieron como 25 mil por él. Quién sabe si ya los pagarían, pero él no ha regresado por aquí”. La presencia del alcalde, Homar Almaguer Salazar sería necesaria, pero nunca se aparece por el lugar, asegura este hombre y muchos otros de los trabajadores de la zona.

A Don José le gustaría que el alcalde compruebe las situaciones de inseguridad que viven a diario, que contradicen las afirmaciones del edil, quien “debe venir para demostrar lo que dice que la inseguridad no existe en nuestro pueblo mágico de Santiago, Nuevo León”. Durante la conversación, Don José es interrumpido por un cliente que le pregunta por el precio de una silla de montar, pero él amablemente le pide a su hijo, quien colabora en el negocio, que lo atienda. Entonces continúa reclamando también el apoyo de la Secretaría de Turismo porque afirma que de las ventas de este sector comercial dependen fabricantes y productores de diversos estados de la República, como Puebla, Jalisco y Guanajuato y Tamaulipas, entre otros. Proveen de productos e insumos a los mercaderes. “Hay negocios que venden desde cien hasta mil elotes, dependiendo del día y muchas personas son las que viven de ese negocio aquí y en Tamaulipas y le corresponde Turismo atender esta área, de venir y ver esta situación tan difícil, tienen la obligación de promover esto. Generamos empleo no sólo a Nuevo León, sino a toda la República, pero nadie lo promueve”.

Categórico, Don José, quien milita en el PRI, afirma que el alcalde Almaguer Salazar, emanado del PT, no los ha querido recibir en su despacho para dialogar acerca de las necesidades de los vendedores de Los Cavazos, pero en cambio sí ha permitido que las banquetas y esquinas del sitio comercial sean invadidas por vendedores ambulantes.

Les roban la poca venta que pudieran tener pagando una cuota de 20 pesos de permiso para poner una mesa con productos similares a los de ellos, aunque más baratos. “Vienen sábado y domingo y nomás dejan la basura, se ponen afuera de los negocios establecidos como los nuestros, que sí pagamos impuestos y servicios públicos”, se queja el líder. La situación ha sido tan desgastante, añade, que él sería el primero que con gusto pagaría hasta 40 pesos a los inspectores de comercio porque le permitieran colocarse afuera de su propio negocio con sus mismos productos, para vender más, como lo hacen los ambulantes.

Hubo una época en que la talabartería El Caballito era atendida hasta por 15 personas, todas integrantes de su familia: hijas, hijos, nietos, sobrinos. Ahora sólo despachan él, un hijo y una joven empleada en el turno matutino. Por las tardes José Ángel se pasa el día viendo televisión o leyendo el periódico, hasta que llega la hora de cerrar y al hacer el corte de caja, y confirmar que el miedo sigue rondando los comercios.

De nada vale que muestren los recibos a pagar con muchos ceros en los servicios públicos, o la letra de la hipoteca o de la renta, ni que aclaren que no tiene fondos en sus cuentas bancarias, los que llegan a pedir el piso, los secuestradores y ex torsionadores, creen aún en la mítica opulencia de la zona. Actúan como si aún fueran tiempos de bonanza en Los Cavazos y aunque las vacaciones atraen más compradores, falta mucho para que la zona vuelva a ser lo que era. Si las autoridades no aportan algo a su causa, afirma Don José Ángel, será difícil reactivar la actividad económica y más negocios serán arrastrados a esta muerte anunciada.

V

Como homenaje al arte y a la humanidad se colocaron diez esculturas monumentales a lo largo de la carretera nacional, a la altura del municipio de Santiago. Pero para Don José Ángel, lo que se necesita en la zona comercial Los Cavazos es una estatua en honor “al arte del miedo”. En enero pasado fue creada por autoridades locales y estatales lo que llamaron La Ruta Escultórica de Santiago, que poco beneficio ha traído a la población local. Con tono enfático, los comerciantes explican que su demanda principales es una solución a los problemas de inseguridad que han propiciado el repliegue de la economía de toda la zona. Dice que quieren: “una estatua que diga que ese miedo es el que nos tiene acobardados y el que no nos permite que podamos crecer. Estamos completamente destrozados en este lugar”. Una estatua al miedo es la que deberían alzar en Los Cavazos, repite José Ángel mientras espera impacientemente la llegada del primer cliente del día, recordando la época en la que no se daban abastos para atender a los cientos de visitantes que ya no vienen pero que quizá algún día regresen.

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