Por Indira Kempis

Sabía de la existencia del Festival de la Tierra por los amigos que lo organizan. Sin embargo, no me había acercado lo suficiente como para entender el objetivo de su creación y el enorme reto al que se enfrentan en una ciudad como Monterrey.

La revaloración de la sustentabilidad, el cuidado del medio ambiente y la Carta de la Tierra, suelen ser tópicos que se dan por hechos y se obvian en “la ciudad fábrica”. Son pocos los ciudadanos que cuestionan las políticas públicas al respecto o que socializan conceptos que son complejos o rebuscados.

Por tanto, dar una salida a la concientización –aunque aparezcan nuestros fantasmas paradigmáticos de que en México eso representa un letargo de largos plazos- es una de las maneras más prácticas de sensibilizar a la ciudadanía regiomontana. Por eso, el Festival de la Tierra se define como “Un festival creado para para celebrar la vida; para expresarnos y escuchar; para reconocer nuestro entorno, conectarnos y encontrarnos con la comunidad. Un festival para convertir la Tierra en nuestro patio público: el lugar donde nos descubrimos, reinventamos y compartimos”.

De esto se trató la primera reunión con Paulina Alvarado, una de las cofundadoras. Cuando negociamos los puntos de acuerdo para colaborar con el proyecto, me impresionó la capacidad de tejer redes de actores que puede tener la gestión cultural de un evento que más que ser grande, pretende una real construcción de la cultura desde los barrios o las diversas comunidades que están en sintonía con su vocación.

Bajo este entendido fue como la calle Morelos del Barrio Antiguo se convirtió en el escenario para que diferentes grupos musicales dieran conciertos callejeros durante tres días. Esto parece algo inocuo, quizá no tan relevante, porque, de hecho, no había la típica campaña de comunicación pretenciosa o estuvo lleno de personas que enfundados en las playeras de sus grupos favoritos hicieran el “ruido” al que estamos acostumbrados de la industria del espectáculo.

Más bien era un entorno sencillo e íntimo. Quizá hasta un encuentro de asombro con la calle, al ver a los jóvenes hacer música callejera sin importar los “dolores de cabeza” que como pretexto o justificaciones le hemos puesto a los espacios abiertos: el clima, la inseguridad, la incomodidad o hasta la estética.

En eso que parecía inédito y raro, hay algo que entre artistas y ciudadanos comienza a gestarse en los barrios de la ciudad. Esa recuperación del espacio público que es nuestro no con estrategias tradicionales (provengan éstas de la sociedad civil organizada o de los gobiernos), sino una nueva forma de respuesta que innova para atender las demandas del quienes no quieren ni están dispuestos a seguir en el encierro de esas “burbujas” llamadas “malls, autos y espacios tradicionales” para confrontarnos con la realidad del tránsito, la diversidad e incluso la democracia.

Esas pocas personas que desde años hace están formando una masa crítica comprometida con la agenda medioambiental, que son hoy actores clave que reivindican con sus actividades el derecho que nos corresponde al disfrute de los espacios abiertos en la ciudad, al encuentro con otros, la convivencia y la sensibilización que nos permite apreciar a la cultura y el arte no sólo como un accesorio de aparador o de ricos, sino más bien como lo que son: herramientas, estrategias, medios. Al menos la edición de este festival, al llenar de música una calle del barrio antiguo, nos demostró eso.

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