Tenía la vaga esperanza de que el paso de la tuneladora frente al subsuelo de Catedral sería suficiente para derrumbar esos esperpentos.

¿De qué habla? —pregunté a aquel hombre que de pronto apareció junto a mí, como surgido de la nada, y al que en un tono sutil pero con cierta reverberación de eco, escuché decir esas palabras.

No respondió. Pero lo observé seguir con la mirada el vuelo de una paloma, para luego depositar su vista en las rudas y picudas corpulencias de Catedral. Esa arquitectónica mezcolanza ecléctica con aíres “dizque góticos, barrocos, moriscos, neoclásicos y predominio herreriano”.

Luego él, extendiendo su dedo índice, señaló las torres. ¡Las tan cantadas torres de Catedral! En las que es imposible pasar por alto la peculiaridad de sus hexagonales conos angularmente ribeteados.

Hablo de eso. De las torres.

Precisó aquel hombre con esa voz de eco, para agregar después:

—La parte virreinal de esas torres va del piso hasta el primer cuerpo, el de los campanarios, a los que por cierto se llega a su parte más alta después de ascender 98 escalones; su segundo y tercer cuerpos son más jóvenes, como de mediados del siglo xix.

Capté de inmediato que ese sujeto era culto e informado, lo que me motivó a seguir escuchándolo cuando, en soliloquio, prosiguió la resonancia de su voz.

Esas torres están separadas por 29.30 metros, las enlaza el inicio del Salmo 126, Nisi dominus aedificaverit domum, in vanum laboraverunt qui aedificant eam; grabado bajo el frontispicio al que remata un peinetón y en el cual destaca un alto relieve figurando la Asunción de María, justo debajo del pabellón neogótico que resguarda el reloj y al que corona una calada cruz de plata.

Me sorprendió oírlo pronunciar, sin tropiezo y en perfecto latín, aquella cita bíblica. Sin darme cuenta, había quedado estático frente a las picudas y afamadas torres de Catedral. Y seguí allí, escuchando lo que aquel hombre decía.

¡Ay! Las torres de Catedral. Mírelas bien. Ilógicas y extravagantes. Intemporales y raras. Surgen de esos contrafuertes polígonos con dobles arcos laterales por donde ahora asoman, empequeñecidas a la distancia, las suspendidas y silentes campanas; son proseguidas luego por un cuerpo de duplicadas lucernas ovales y ondulados esquineros

Por primera vez en mi vida, las torres de Catedral me parecieron distintas. La percibí quiméricas e insólitas. Caprichosas y excéntricas. Puse especial atención en el remate de sendas cruces griegas sobre sus aguzados vértices.

Pensé: aún como aprendiz de cronista mi conocimiento de las torres de Catedral era muy limitado. Apenas la divulgada leyenda de que su diseño surgió por culpa de unas coloridas pitayas que allá, en los calores de 1851, fueron servidas al obispo Diego Aranda y Carpinterio; quien después de engullir semejante manjar de los dioses, al ver el dibujo grabado en el fondo del plato vacío, iluminado exclamó al arquitecto Manuel Gómez Ibarra: “¡Así!”

Como si hubiera adivinado mi pensamiento, aquel hombre corroboró:

—¡Y así fueron! Raras e incongruentes. No de ninguna otra forma. ¡Así! Picudas y faramallosas. ¡Todo por unas pitayas madrugadoramente acarreadas en chiquihuites desde Techaluta! Aunque don Manuel Romero de Terreros, encuentra el puntiagudo modelo original en la aguja de la torre del templo de la Iglesia de Santa María, en Oxford.

Haiga sido, cuál haiga sido su verdadero origen —pensé— las torres de Catedral estaban ahí. Frente a nuestras pupilas. No había concluido mi silente reflexión, cuando volví a escuchar aquella adivinatoria voz.

—¡Están ahí! Luciendo sus erguidas crestas con minúscula diferencia de treinta y seis milímetros entre sus respectivas alzadas. Concluidas a mediados de julio de 1854, pero antes engarrotadas con piedra pómez, aprovechando la liviandad porosa de la espumante lava petrificada, a fin de amortiguar posibles desplomes en un futuro temblor; porque las precedentes, un buen día rodaron por los suelos en el terremoto del 31 de mayo de 1818. Sobre las nuevas torres, larguiruchas y chafonas, así como sobre sus cuatro flechas góticas esquineras, extendieron vidriado blindaje de losetas amarillas, ¡traídas desde la meritita Sayula! Otros mosaicos de tintes añilados y níveos, chapean las angulosidades de tan subvertidos cucuruchos.

Di un último vistazo a las cónicas y ladinas torres de Catedral, descubrí que detrás de su inocente e invertida apariencia de “dos barquillos de nieve de leche”, se escondía algo. Algo ya dicho por Salvador Novo en aquella sentencia con que las describiera, de manera perfecta e insuperable, al decir que ellas parecen: “como dos ku-klux-klanes [que] dan la espalda al raspado Palacio de Gobierno”.

Eso lo escribí en 1928 —escuché decir como en off y marcada reverberación la voz de aquel hombre.

Fue cuando me di cuenta de que él ya no estaba ahí, que se había esfumado por completo. Sólo los “dos ku-klux-klanes” permanecían frente de mí. En urbano acecho.

Por Carmen Libertad Vera

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