¿Cómo se curan los ataques de nahual?

Por José Alejandro Almazán Rodríguez*

Ilustración por Haydeé Villarreal

Cero

El gastroenterólogo me dijo hace unos meses que mi colon, literalmente, está hecho mierda. Colitis ulcerosa crónica indefinida se llama la enfermedad. Desde entonces, todos los lunes voy con un acupunturista amargado que vive hasta el fin del mundo, los sábados visito a un enano que da clases de reiky y ya saqué cita con un iridólogo que, según esto, ha hecho caminar a los inválidos. También como ajo en ayunas y, por las noches, me pongo cáscaras de papaya en el vientre para la desinflamación. Intenté lo del jugo de papa, pero lo vomité. Mamá insiste en llevarme al templo de San Judas Tadeo, mi esposa cree que sólo soy un hipocondriaco que trata de alterar su rutina y mis amigos, una bola de cabrones borrachos que ni gastritis tienen, dicen que todo debe ser culpa del estrés.

Hace poco, una comadre de mamá me habló de un brujo que ella conoce. “La gente es cabrona, mijo, y a ti te hicieron algo”, y me aventó todavía más sal la comadre, una doña cuyo único patrimonio es ser bien necia. Me he resistido a su invitación. Le he dicho que yo no creo en esas cosas, pero ella insiste. Les digo, es bien necia. Ayer sábado 12 de agosto de 2000 leí una nota con la que pienso callarle la boca: el viernes, en el pueblucho de Tetla,

Tlaxcala, siete personas murieron durante un exorcismo. La procuraduría del estado emitió un boletín donde informa que todos se asfixiaron, que el error fue haber prendido el anafre en un lugar cerrado. Y por eso voy camino a Tetla, para regresar y contarle a la comadre que esa magia de la que me habla no existe, que ella y su brujo pueden irse al diablo, que seguiré tomando el cóctel de pastillas, que gracias, que se lo agradezco…

Cuando vuelva, se los adelanto, sabré que ciertas cosas no fueron hechas para nuestro entendimiento.

Uno

El forense pone sobre la mesa las fotografías de los siete cadáveres y luego las extiende como si mostrara las cartas de una baraja. Empezaré por hablarles del último,el que pertenece a José López Vázquez, un joven que veía nahuales.

Su cadáver está tirado sobre el piso, bocabajo. El cuello lo trae retorcido, como si hubieran tratado de arrancarle la cabeza. Por la expresión en el rostro, de un arrebatado sufrimiento, parece que el chico no alcanzó a deshacerse de todos los delirios que traía desde hace tres años, cuando cumplió los doce. A su lado se mira el rastro de una cruz hecha con sal y azúcar que, le dijeron los dos curanderos, iba a protegerlo durante el exorcismo. Cerca de José quedaron tirados un cuadro de San Miguel Arcángel y una botella de la loción Siete Machos que le vaciaron al muchacho cuando intentaron resucitarlo.

Olvidé decirles que José está casi desnudo. Viste solo un short púrpura y unos listones rojos le atan los tobillos como para que no se fuera a escapar sabe Dios de qué. De hecho, ahora que lo dice Ernesto, el fotógrafo, las cintas le dan al muerto un aspecto todavía más espantoso.

El cadáver seis da miedo: quedó en cuclillas. Yace en un rincón, muy cerca de José, con el torso descubierto, colgándole las tetillas. Tiene la cabeza caída, apuntando hacia la tierra donde terminará sepultado. Se llamaba Teodoro Martínez. Era el curandero principal, tenía 32 años y le juraba a uno que podía ponerlo cara a cara con Dios. Los jeans Goldie que trae puestos y las Bedoyecta, tiradas en el piso, podrían ser la prueba de que Teodoro no venía del cielo.

A Fabiola Bautista, la secretaria de los curanderos, le asignaron el número cinco. Su cabeza se mira arrumbada a un lado del blanquísimo altar. Si sirve de consuelo, en el anfiteatro no forcejaron tanto a Fabiola para acomodarla en el féretro: murió con los brazos en el pecho. A su derecha, como a medio metro, hay un hombre de 74 años. La cabeza de éste quedó recargada en el tercer escalón de siete que tiene el altar, justo donde reposa una minúscula Virgen María de yeso y una cruz hecha con tallos de tejocotes. Él era el otro curandero, y da pena verlo en una posición tan incómoda: su pierna derecha es un pedazo de carne doblado a la mitad y la otra está abierta como un compás. Don Demetrio murió con los brazos abiertos, rodeado de un florero con claveles y rosas, una figura de la Virgen María y una porcelana de un Niño Dios vestido de príncipe. Quién sabe qué personalidad tenía don Demetrio cuando murió. A veces era el Hermano Pedro. A veces el Hermano Lobito. Ambos, dicen en Tetla, eran unos hijos de la chingada.

Blandina Bonilla es el siguiente cadáver. Murió sobre la silla, en una postura como la de un niño cuando se queda dormido en una fiesta. Es extraño que su peso no la haya vencido hacia el piso o que al menos no se haya golpeado la cabeza con aquella olla de aluminio donde Teodoro solía guardar el bálsamo. Blandina acababa de cumplir 61 años.

A sus pies, yace tirada Mónica Nava. La muerte la agarró cruzada de brazos, como en meditación, y bocarriba. La diadema roja que le sujeta el pelo ensortijado tiene el mismo tono del plumaje del gallo, ese condenado animal que también murió y está pegadito a Mónica. Junto al gallo se observan cuatro huevos de totola, un molcajete con copal, una Barbie con cabellos humanos y tres filosos cuchillos.

El cadáver número uno es el de doña Adelina Hernández. Ella se ha ido de esta tierra como muy cansada, con su hombro izquierdo de almohada, sobre un sofá cama de desleído azul. Cerca de ella se mira el anafre, ese mismo que el forense ha traído para contarme algo que no está en el expediente: no hay rastros de que el anafre haya sido prendido, dice el forense, y yo siento como si recibiera un golpe en la mandíbula.

Detengo al forense:

—Hace menos de una hora, el procurador dijo que el caso está cerrado, que los exámenes toxicológicos concluyeron que las muertes fueron por asfixia, y ahora usted me dice que el anafre ni siquiera lo encendieron.

—Las necropsias son dudosas —dice, y me dirige lo que podría ser una de sus peores miradas de horror—. Cuando abrimos los pulmones, la sangre no salió roja, roja, ni tronó como papel de china ni brotó como alka-seltzer. Eso pasa siempre que alguien muere asfixiado por monóxido de carbono, se acumula agua…

¿Entonces por qué decir que se asfixiaron?, le pregunto al forense, y él, con la devoción de quienes rezan el rosario, me dice:

—Porque con la brujería no se juega.

Dos

Seguro está inventando el cabrón —le digo a Ernesto cuando salimos del anfiteatro, y él, que es sabio y nunca se deja llevar por las fintas, apoya mi teoría.

Horas después, cuando hablemos con doña Agustina Vázquez y don Isaac Lima, los padres de José, los únicos sobrevivientes del exorcismo, y nos digan que, en efecto, nunca se encendió el anafre, la historia ya habrá tomado otros giros inesperados. Pero como todavía no conocemos ni a doña Agustina ni a don Isaac, les cuento que Teodoro, el curandero, llegó a Tetla hace un año, a mediados de 1999. Fue fácil venir a descargar sus historias en un pueblo forjado de leyendas. Decía que Dios le había encomendado la tarea de curar a la gente. Que tres espíritus se metían en él. Que había sido chofer y ahí se le aparecieron los santitos. Y que como prueba de lo que decía hasta podía manejar con los ojos cerrados.

Uno de los tantos convencidos de que las palabras de Teodoro eran una ciencia exacta fue Luis Mejía, cuya hija padecía leucemia por ese tiempo. “Si la curas, te construyo una casita en mi ejido”, le propuso Luis a Teodoro, y éste aceptó el desafío con un apretón de manos.

—Y en nueve días me curó a mi chamaca —me dice Luis, y yo no le creo ni una sola palabra—. ¡En serio!, los dolores se le quitaron a mi chamaca. Empezó a engordar, a reírse, le salió otra vez el pelo; ya hasta se me casó.

Quiero refutarle, pero Luis se levanta, entra a su casa construida sin el mayor esmero y regresa con un fajo de estudios médicos donde leo que la joven fue desahuciada. Luego sale la hija de Luis y éste me la presenta y ella dice que Teodoro le salvó la vida. Alzo la ceja. Su caso debería analizarlo la metafísica.

Tres

Luis cumplió su promesa y, al lado de su casa, en un lote maltrecho de unos 400 metros cuadrados, le donó un pedazo de tierra a Teodoro. Éste levantó un cuartucho de madera y, al poco tiempo, comenzó a dar lo que él llamaba consultas: atendía de lunes a viernes de 8:00AM a 8:00PM y los sábados tenía citas privadas, que no eran otra cosa que confesiones. Nadie supo decirme cómo fue que comenzó a llegar tanta gente con el curandero, pero todos con quienes hablé me contaron que el cuartucho parecía una sala de emergencias después de un terremoto. Mucho gringo y extranjero venían a verlo, me dijo Luis orgulloso, como si el triunfo de Teodoro también fuera suyo. Esa fama pronto le facilitó las cosas al curandero y construyó dos cuartos con tabique.

Teodoro nunca cobró un centavo. Todo era voluntario. Luis recuerda que el bote rojo de plástico, donde se depositaban los pagos, siempre tenía muchos billetes. “Yo con eso hubiera comprado harto ganado”, me dijo con la seguridad con la que habla un apostador. Fue tal la popularidad de Teodoro que 1) José Daniel, el vicario de Tetla, puso el grito en el cielo cuando vio que la gente dejó de ir a su iglesia, y 2) Teodoro requirió refuerzos y mandó traer a otro curandero, a don Demetrio, su padre. También se trajo a Karina, una chica sin mayores pretensiones que las de ser secretaria, pero sólo duró pocas semanas en el trabajo; cuando no estaba pintándose las uñas, estaba platicando con sus enamorados o estaba regañando a los pacientes.

Todo esto lo supe después de platicar un buen rato con Angelina, una señora que desde la infancia batalla con el sobrepeso. Ella tenía una historia irresistible:

—Las envidias le estaban haciendo mal a mi esposo y luego a mí. Teníamos dolores, fiebres, diarrea; nos hicimos análisis en Claxcala, y nada. Hasta que El Hermano nos dijo que el egoísmo de las gentes nos estaba matando y comenzó a curarnos; nos sacó del mal bien rápido.

—¿No habrán tenido una infección? —le pregunté.

—Yo sé lo que son las infecciones, y en esas uno no tiene los váguidos que mi esposo y yo sentíamos.

En algún momento quise contarle a doña Agustina de otras enfermedades que presentan los síntomas que sufría, pero ella platicaba de las envidias con la misma pasión de quien discute las fallas de un árbitro de futbol.

Doña Agustina no fue la única que me habló de los milagros de Teodoro. Una mujer me juró que ya no podía ni caminar y que ahora hasta zapatillas usaba. Un joven me contó que evacuaba sangre, pero ahora ya ni dolores en el estómago sentía. Me curó el cáncer, me dijo como si hablara de un resfriado. Y un señor me dijo que andaba ido y ahora me pedía que lo viera, trabajando, echándose sus cervezas.

Todas las historias que escuché en menos de una hora me parecieron guiones de los X Files. Intenté contrariarlos, pero ni tuve argumentos ni suelo ser tan necio.

Cuatro

Teodoro siempre se dormía durante las curaciones. Entraba en trance. Decía que su alma lo abandonaba poquito a poquito, y luego le pedía ayuda a Dios y maldecía al diablo. El espíritu del Hermano Tigrillo era el que hacía las limpias con ramos de pirul. Bajo ese nombre, Teodoro también masajeaba, sin tocar el cuerpo, pero doña Angelina me dijo que en los masajes se sentían unos ardores del demonio. Con la personalidad del Tigrillo, el curandero dejaba de ser el mesurado y parco hombre que imponía respeto. Se volvía dicharachero.

Otro espíritu era El Hermano Sucre, Antonio José de Sucre, y por eso Teodoro llevó el cuadro al exorcismo de José. El Hermano Sucre era el cirujano. Hacía la pantomima de estar extirpando tumores, cambiaba sangre en su imaginario y zurcía las heridas en el aire. Cuando me contaron esto, me dije: No hay cura, mi colon seguirá hecho mierda.

Cinco

Rogelio descubrió los siete cuerpos, pero se adelanta a decirme que casi no conocía a Teodoro. No le creo. Primero porque ese viernes 11 de agosto fue uno de los doce pobladores que el curandero escogió para que, durante el exorcismo, rezaran en el cuarto contiguo. “Namás fui a apoyarlo, era un trabajo fuerte”, me repite Rogelio cada vez que puede, y yo sólo pienso que tiene la profesión perfecta para abrir o cerrar la boca: es odontólogo. La otra razón por la que no le creo es porque habla de Sucre como hablaría Jordan de basquetbol.

—Sucre fue un caudillo que nació en Cumaná, Venezuela —dice y manotea para que no se me ocurra dejar de mirarlo a los ojos—. Proclamó la libertad de Ecuador, fue presidente de Bolivia, fue traicionado y asesinado, se quedó en el limbo y entonces Dios lo mandó a hacer el bien. En el cielo hay un ojo azul metido en un triángulo y ése era el destino final de Sucre…

No le digo nada. Comprendo que a estas alturas no hay en el pueblo quien deshonre el nombre de Teodoro. Podría hablar con el vicario, pero dicen que desde hace días se largó de Tetla.

—El tercer espíritu de Teodoro era El Árabe —me regresa Rogelio a la plática—. El Árabe era el más fuerte, ni el diablo podía con él; no entiendo qué salió mal.

Daniel Concha, un joven que habla mucho y se le entiende poco, me contará luego que El Árabe le extirpó un tumor del estómago.

—¿Un tumor?

—Sí, se lo juro por Dios —y Daniel se llevará las manos al pecho como para que no dude de su palabra—. Me lo quitó con su uña larga, la del dedo gordo derecho; me dejó una cicatriz, pero ya desapareció.

No podré cuestionar a Daniel, menos cuando se aferre a que su ex novia le hizo brujería y que el curandero, por obra y gracia de Dios, le desterró de su estómago a Satanás.

—Eso suena muy fantasioso, Daniel —le diré.

—Tú no crees porque eres gente de ciudá. Pero este pueblo ya quedó maldecido.

—¿Y eso por qué?

—Porque la muerte echa todo a perder.

Seis

Sólo Antonio, hermano mayor de José, sabe lo que ocurrió la noche del 2 de agosto de 1997. Cuando lo escucho, imagino la siguiente escena:

Caminan él y José por las milpas quemadas de San Isidro Chipila, municipio de Muñoz Arenas, Tlaxcala. Van platicando del maestro ese que les pega a los alumnos. De pronto, José cae sobre un maguey y grita:

—¡Quítame al perro, Toño!

—¿Cuál perro, José? No mames, ya párate, no hay nada.

José se revuelca, escupe, habla raro. Unos, dos minutos después, José se levanta.

—¿No viste al perro, Toño?

—No, wey; se me hace que tú estás loco.

—¡Mira, me mordió! —le dice José y enseña algo que, en la oscuridad, parece una dentellada.

Llegan a casa corriendo. José entra llorando. Se queja. ¡Me mordió un perro! Doña Agustina, su madre, ve que los pantalones de José están intactos. ¿Cuál perro? Despeja su duda: se los baja y entonces ve una herida profunda en el muslo derecho. “¿Qué es, amá?”, pregunta Toño. “Es una mordedura, mijo”.

—¿No habrá sido porque José se hirió con la pulla del maguey? —le pregunto a Antonio, quien, por cierto es el vivo retrato de su hermano: cara redonda, dura como una piedra, y cejas que más bien parecen dos orugas de las más vellosas.

—¡No, no se hirió con nada! —ataja Antonio—. ¡Era una mordida! ¿Verdá que sí, amá?

Doña Agustina asienta y me dice que el campo le ha enseñado muchos tipos de heridas. “Y aquella”, recalca, “puedo asegurarle que era como si le hubieran querido arrancar la carne a mi chamaco”.

—Oiga, doña Agustina, ¿José no tenía esquizofrenia, paranoia..?

—No, joven, mi difunto era un muchacho que sacaba buenas calificaciones.

—Perdón, pero eso no necesariamente prueba que estuviera bien…

—Pos nunca hizo nada extraño, joven. Pregúntele a la gente si mi difunto era un loco.

(Lo haré más tarde. Nadie del pueblo me contará anécdotas delirantes sobre José. De hecho, habrá quien me diga que a ese joven lo que le sucedía era más bien una maldición).

Siete

Después de aquel enfrentamiento con el perro, doña Agustina me cuenta que su hijo José empezó a ver a ocho demonios o nahuales y que, al final, llegaron a ser veinte.

—¿Y cómo eran los nahuales que veía José?

—Negros, negros —me dice—; robustos y pelioneros como los lobos, aunque déjeme contarle que luego se convertían en personas. Si hasta me lo golpearon varias veces.

—¿Lo golpeaban?

—Sí, joven. Luego iba caminando mi chamaco y, ¡zaz!, le daban como latigazos en la espalda y nomás me lo sangraban.

—¿Usted vio eso? O sea, ¿vio que de la nada empezaba a sangrar de la espalda?

—Sí, sí, yo lo vi con estos ojos que se han de agusanar.

—¿Y por qué se le aparecían estos nahuales a José?

—Porque le tenían envidia.

—¿De qué?

—A Isaac, el papá de mi chamaco, un brujo le dijo que su final era morir pobre. Pero como José le ayudó a progresar en el campo, por eso enojó a los nahuales. Pobre de mi chamaco. Ya ni podía dormir. Tomaba toda la noche café del más fuerte, y sin azúcar.

José pasaba las noches en vela porque, según doña Agustina, apenas cerraba los ojos, lo atacaban los nahuales.

José se enredaba el cinturón en las manos, me cuenta Antoni. “Me decía que con eso se iba a defender por si lo atacaban”.

Las raras veces que José pudo dormir, Antonio o su madre lo vigilaron.

—Viera cómo se revolcaba entre las cobijas —vuelve a hablar doña Agustina.

—¿Alguna vez su hijo le platicó qué soñaba?

—Nunca recordó nada —me contesta doña Agustina y encoge los hombros.

Entonces lamento que ningún médico haya analizado a José. Tal vez así no estaría metido hasta el fondo en una conversación tan alucinante, tan llena supersticiones.

—Oiga, doña Agustina, ¿los curanderos prendieron el anafre? —le pregunto con la esperanza de que me diga que sí, para volver con el forense y mentarle madre, pero…

—No, joven. No lo prendimos. Uno de los Hermanos dijo que eso era como a la mitad del exorcismo y apenas habíamos comenzado.

No recuerdo qué caras pusimos Ernesto y yo, pero sí sé que más tarde, cuando íbamos en el auto, dejamos de encontrarle lógica a mucho de lo que nos habían contado.

—A lo mejor nadie se dio cuenta y alguien lo prendió —le insistí a doña Agustina.

—No, joven, le digo que no porque yo iba a prender el anafre.

—¿Entonces qué cree que pasó ahí adentro?

—Sabe, pero fue como haber ido al infierno .

—¿Y por qué cree que usted se salvó?

—Por los crucifijos que llevábamos Isaac y yo. Eso es lo que me tiene viva pa’contar lo que pasó. Nada gano con engañarlo, joven. Con mentiras no voy a traer de vuelta a mi difunto.

Ocho

Don Isaac tiene 46 años y es muy desconfiado. Sólo hasta cerciorarse de que no vengo a tratarlo como un subdesarrollado es cuando ablanda el corazón y me platica que él no fue el padre biológico de José.

—Yo sólo lo crié y por eso me llamaba apá —dice don Isaac—. Quise mucho al chamaco, me dolía verlo atormentado por la maldad.

Fue don Isaac quien llevó a José con los curanderos. La historia comenzó semanas atrás, cuando viajó a Apizaco y visitó a los ferrocarrileros, sus ex compañeros de trabajo. Ellos le contaron de Teodoro. Don Isaac pensó que los nahuales, o eso que se imaginaba José, tarde o temprano se largarían, pero guardó la idea por si no.

La última semana de julio pasado, él y José estaban pizcando. Al otear hacia las milpas, el chamaco ya no estaba. Le gritó. Lo buscó. Volvió a gritarle. Lo encontró una hora más tarde entre unos árboles de durazno, con los tallos de unas rosas clavados en su cara.

—Me dijo que lo habían atacado esos cabrones nahuales, y ahí decidimos acabar con la maldad.

—¿Y no cree que José era esquizofrénico? —le pregunto.

—Para nada, ¿eh? Estaba más cuerdo que usted y que yo juntos.

—¿Nunca hizo algo extraño?

—Nunca. Si lo hubiera hecho, se lo juro que orita mismo se lo diría, pero lo que le pasó a mi hijo fue cosa del diablo.

Nueve

Hace unos meses, el 25 de julio, Teodoro y don Demetrio hicieron una fiesta en el pueblo. Festejaron que Luis les había regalado todo el terreno. Hubo peleas de gallos y rodeo. Tres días después, los curanderos conocieron a José.

Desde aquella primera sesión, el trabajo fue para El Árabe. “Esta tarea es muy fuerte”, le dijo Teodoro a José e hizo un diagnóstico: joven poseído por ocho demonios.

—No te preocupes, José —lo animó el curandero—, vamos a vencer, nomás que primero te voy a preparar para la batalla.

La preparación constó de limpias diarias con pirul y huevos de totola. José debió alimentarse con pura verdura y Teodoro le hizo operaciones imaginarias de lavado de cerebro y le envío cinco ángeles para que lo defendieran de los demonios. El mediodía del viernes 11 de agosto, apuntó el curandero en una libreta, irían por la pelea final.

—¿Notó alguna mejoría desde la primera curación, doña Agustina?.

—Ninguna. Los nahuales atacaron más a mi muchacho. José me dijo: “Amá, están enojados y se burlaron de que ni Dios me va a ayudar”.

Diez

Viernes 11 de agosto, 2:00AM, según les contó José a su madre y sus hermanos:

No es el viento lo que golpea la ventana. José cree que son los nahuales que quieren meterse a la recámara. Enfurecido, José se enreda en la mano su cinturón con hebilla galvanizada. Se prepara para la batalla, pero ahora ya no son ocho, sino veinte nahuales. ¿De dónde salieron tantos? Lo amagan, le golpean el rostro, lo azotan contra el piso.

—¿Y los supuestos ángeles que le envió el curandero para proteger a José?, interrumpo la historia que me cuenta doña Agustina.

—Se descuidaron —responde tan segura que me parece inútil contrariarla.

Entonces, cuando los demonios están a punto de acabar con José, llegan los cinco ángeles y el bien ha vencido al mal, como en las películas del Santo. Pero, un momento: queda un nahual, y José quiere enfrentarlo solo. Lo sujeta del cuello con el cinturón. “¿Quiénes son?, ¿quién los envió?”, lo interroga. “Si te digo mi nombre, desaparezco; somos nahuales, venimos de Apizaco; pobre de ti, José, te vas a morir”. El nahual termina con los ojos arrancados. Alucinante, ¿no?

Once

Los hechos ocurrieron así:

El exorcismo empieza al diez para las doce. Toda ventana del pequeño cuarto es sellada con trapos. “Para que no salgan los espíritus”, les dice Teodoro a las ocho almas dispuestas a salvar a José: doña Agustina, don Isaac, Adelina, Mónica, Fabiola, Blandina y don Demetrio.

—¿Y la octava alma, doña Agustina?, le pregunto porque no me cuadran los números.

—Era el gallo, joven. Viera lo bravo que era.

En el cuarto contiguo están otras doce personas rezando padres nuestros y avemarías. En suma, son 20 guerreros que se enfrentarán al mismo número de nahuales que José dice estar viendo. Dios te salve, María, llena eres de gracia, bendita tú eres entre todas las mujeres. José se desviste. Tiene miedo. Se le nota en esa cara de espanto que trae. Teodoro comienza a tiritar.

—El Árabe está llegando —dice—. Ya no hay vuelta atrás.

El curandero empieza a atacar.

—¡No dejen de rezar! —pide don Demetrio—. ¡No dejen de rezar!

Teodoro forcejea en el aire como si estuviera boxeando. ¿A quién le pega? A los nahuales. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores. A las doce en punto el curandero dice:

—Ya vencí a tres, José, vamos por cuatro, pero son los más difíciles. ¡Agárrate!

Pero apenas termina de hablar, Teodoro se desploma. Los asistentes dejan de rezar. Don Demetrio agarra los ramos de pirul y le echa encima a Teodoro sabe cuántos litros de bálsamo. ¡Récenle! Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. La caída de Teodoro parece ser parte del libreto.

—¡Están fuertes! —dice Teodoro cuando se levanta.

Me cuenta doña Agustina: “Y luego Teodoro desenfundó un cuchillo para pelear; fue lo último que hizo, luego volvió a caerse”.

Don Isaac tiene otra versión: “Teodoro sacó el cuchillo, pero no peleó, nomás agarró de las manos a José y le dijo: ‘Vamos a vencerlos juntos’. Pero lueguito se desvaneció el brujo”.

Don Demetrio quiere levantar a Teodoro, pero él también se desploma, y luego José. Doña Agustina corre desesperada a vaciarle el bálsamo sobre su hijo.

Alguien, sin embargo, le grita que no lo haga: “¡Es parte de la lucha! Si intervienes, ¡se muere!”. En uno, dos minutos va cayendo el resto: ora Fabiola, ora doña Adelina, ora Mónica. Ora se derrumba doña Blandina, pero don Isaac la levanta y vuelve a sentarla en la silla. Doña Blandina aún habla, a pesar del cansancio.

“Blandina decía maldiciones”, me cuenta doña Agustina, “decía que íbamos a perder, hasta se burló de mí”.

Don Isaac me platicará otra cosa: “La señora no maldijo a nadie. Estaba rezando, encomendándose a Dios”.

Doña Agustina se siente fatigada, con frío, como si tuviera fiebre; no pude moverse. Don Isaac está con la mente en otro lado: se ve caminando por el mercado de Jamaica, en el DF.

—Por eso no abrí la puerta —me explica exaltado como si todavía fuera aquel día—. La muerte me estaba llevando a mis lugares, yo crecí allá.

Doce

Rogelio, el odontólogo que descubrió los cadáveres, fue invitado por Teodoro para rezar en el cuarto contiguo. Llegó media hora tarde a la cita. A su arribo, escuchó gemidos.

—¿Y no pensó que estaba sucediendo algo extraño? —le pregunto a Rogelio.

—No, yo pensé que los gritos eran parte del exorcismo. Y una cosa extraña que haya visto, pos no. Bueno, sólo la mujer de negro que llegó.

—¿Cuál?

—Venía en un Volkswagen rojo. Hablaba cosas raras. Si hasta a doña Delfina, una de las que estaban rezando conmigo, le dijo que se iba a morir y le pasó la mano por la cintura; despuesito le dijo que ya estaba curada.

Confieso que se me hace ridículo que la muerte viaje en un vocho, pero Rogelio está tan excitado contándome la historia que no voy a contrariarlo.

—¿Y qué más hizo la mujer ésa?

—Con una mano hizo un círculo en la puerta del cuarto donde curaban al muchacho. Luego se fue.

En el pueblo muchos vieron a esa mujer, al menos eso me dijeron unos a los que les pregunté. Todos la describieron distinto: que tenía una larga cabellera negra, que no, que era canosa; que usaba gabardina negra, que no, que era un rebozo oscuro; que traía unos pantalones negros, que no, que era una falda; que sus manos estaban cubiertas por unos guantes negros, que no, que no traía nada; que era flaca como una escoba, que no, que la verdad estaba bien buena…

Trece

En San Salvador El Verde, Puebla, se sabe que Teodoro, don Demetrio y Fabiola murieron en un accidente automovilístico.

Fabiola era hermana de Oralia, la esposa de Teodoro. Fabiola decía que trabajaba en una farmacia de Apizaco. De Teodoro y de su padre se cuenta que vivían en el DF.

No, no, no, en el Estado de México. No, tampoco, eran de Tlaxcala y trabajaban en una fábrica. No, no, eran choferes.

Todo es confusión. Más cuando la madre de Fabiola, una vieja a la que le desagradan los preguntones, me dice que nunca supo a qué se dedicaba su yerno; que, hasta donde ella sabe, manejaba un microbús en el DF; que jamás convivió con don Demetrio y que nunca, porque no es chismosa, le preguntó a su hija a qué se dedicaba.

—Pero no murieron en un accidente como se cree —le digo.

—¡Tú qué vas a saber!

—Me cuentan que aquí enterraron a los tres.

—¿Quién te dijo eso? Nomás vienes a alborotar a la gente. A Teodoro y a su papá se los llevaron a México. Y mejor vete, no te vaya a pasar nada. Este pueblo es bravo, aquí no nos gustan los fuereños.

Antes de irme, pasaré al panteón del pueblo. Veré tres tumbas despegadas sólo medio metro entre sí. Leeré los nombres de Fabiola, Teodoro y de don Demetrio.

Catorce

Ernesto y yo nos hospedamos en un hotel a orillas de Tlaxcala. Ya no recuerdo el nombre, pero quizá eso sea lo de menos.

La encargada se llamaba Alejandra. Era una niña de unos doce años, muy platicadora y con sobrepeso. Como si fuésemos viejos conocidos, nos preguntó que en dónde andábamos y nos reclamó, con un tono de mamá, que ya era más media noche. Le seguimos la corriente y luego le contamos que veníamos de Tetla, donde hubo un exorcismo fallido. Ella, risueña, sabía del asunto, así que habló de éste como si ella lo hubiera presenciado.

—Mi mamá dice que si existe el bien —filosofó Alejandra—. Entonces el mal también.

Dejé a un lado su conversación esotérica y le pedí dos habitaciones.

—Nomás hay una y esa no la rentamos.

—¿Y eso? —preguntó Ernesto.

—Porque asustan —contestó Alejandra como si hubiera dicho que no le sirve el baño.

—¿Asustan?

—Sí, en las noches se aparece el fantasma de un niño.

—Así nos gusta dormir —le dije.

—Allá ustedes —nos reprochó y nos entregó la llave.

La habitación quedaba de la recepción a unos cincuenta metros, en medio de unos grillos escandalosos. No era un simple cuarto perdido en el bosque, tenía el tamaño de una casa de campo, con chimenea, dos baños con jacuzzi y techos altos. Aún no terminábamos de recorrer toda la habitación cuando tocaron la puerta. ¿Quién es? La respuesta fue una carcajada que parecía soltar un niño. Abrí. No había nadie.

—Márcale a la niña —le pedí a Ernesto—, dile que no estamos para bromas.

—Yo no me he movido de aquí —juró Alejandra por el auricular—. Ha de ser el fantasma del niño, es muy travieso.

—Fantasma ni qué la chingada —le dije a Ernesto—. Ahorita que vuelvan a tocar hay que salir rápido.

Nos sentamos a esperar en la sala. En ese tiempo, concluimos que Alejandra no pudo haber tocado porque la recepción estaba muy lejos y a ella se le hubiera hecho casi imposible contestar el teléfono. Fueron unos huéspedes que venían pedos, determinó Ernesto y cada uno se fue a su recámara.

En el trayecto, sonó el teléfono. Contesté tumbado en la cama.

—Soy Alejandra, escuché, ¿No les han vuelto a tocar?

Le estaba diciendo que todo estaba en orden cuando llamaron de nuevo a la puerta. Ernesto corrió como una pantera y abrió. Era Alejandra.

—Estoy hablando contigo, alcancé a decirle desde la recámara.

—¿Conmigo?, pero si aquí estoy.

En el auricular se escuchó entonces el sonido de línea ocupada.

—Estamos paranoicos —calmó Ernesto—. Andamos todavía con la vibra de Tetla. Le di la razón más por tranquilidad que por convencimiento.

—Ese fue el fantasma del niño —dijo Alejandra apenas le contamos lo sucedido—. Se mató hace como cinco años. Se cayó de un pino.

Durante casi una hora la escuchamos. Habrá platicado cinco o seis historias con un denominador común: los fantasmas. Alejandra regresó a la recepción y Ernesto y yo casi no dormimos. Por eso sé que no volvieron a tocar la puerta ni sonó el teléfono una segunda vez. Nos fuimos de ahí apenas amaneció.

Posdata

Regresé a casa convencido de que uno cree en lo que quiere. En Tetla, lo único tangible son siete cadáveres, un gallo muerto y un anafre que no fue prendido. Aún así, no pienso ir con el brujo del que tanto me ha hablado la comadre.

 

 

*Este texto fue finalista del Premio Bengala-UANL 2014 cuyo jurado estuvo conformado por Jorge Miche Grau, Guillermo Quijas, Andrés Clariond y Carol Pires.

**Una versión de este texto fue publicada en Milenio Semanal, en agosto de 2000, bajo el título “La leyenda de Tetla”.

Comments

comments