Por El Barrio Antiguo han desfilado muchos artistas en busca del sustento diario y el afán de sobrevivir y trascender. Muchos han hecho su carrera en los llamados antros, palabra que perdió su fuerte carga peyorativa con el tiempo. Uno de esos antros fue El Zarandero, cuyo domicilio exacto se pierde en la memoria, aunque si recuerdo que era cercano al periódico La Razón. En ese antiguo caserón que todavía evoca, o más bien nos hace viajar en el tiempo hasta la época colonial a través de edificaciones de sillar con tradicionales fachadas, calles empedradas bajo la luz mercurial mortecina, gruesas vigas bajo un techo muy alto; cubrió su temporada el baladista Ricky Linares a mediados del año 2006. Ahí mismo festejó su aniversario y en esa ocasión se presentó un DVD a manera de currículum que buscaba mostrar sus diferentes facetas: primero fue Ricardo José, La Voz Joven de México, después Ricardo Santos y finalmente Ricky Linares. Durante el festejo, fue sorpresiva la visita del también cantante Marco Antonio Vázquez. Por ese entonces, Ricardo rondaba ya los 45 años y andaba muy dinámico visitando algunos programas de radio y televisión, en esa constante búsqueda de vigencia, característica de quienes se mueven en la farándula. La búsqueda tuvo tintes casi dramáticos, como el periodo en que se miró al artista anunciando las ofertas en uno de esos mercados conocidos como “pulgas”. Aunque no tenía nada que ver con el programa radiofónico de Lucha Libre, Ricardo asistió a una entrevista radiofónica que aprovechó para confesar su otra pasión: el gusto por el deporte del costalazo; mencionó su amistad con diversas estrellas del pancracio y hasta relató la experiencia sobrenatural ocurrida en su hogar de Villa Juárez, mientras charlaba con un hermano del difunto luchador El Sanguinario. Ricardo contó la aparición en el patio de su casa de un monito luchador pintado como Máscara Sagrada. Aquí vale recordar la última etapa del Sanguinario bajo el mote de Máscara Maligna, como también conviene aclarar que en casa de Ricardo no había niños, sino que sólo habitaban él y su esposa. Ricardo Santos dijo ser El espíritu de la lucha; en sus años mozos entrenó luchas bajo las órdenes del Moritas Raúl Reyes en la capital de la República. Y aseguró que jamás había luchado, la duda se quedó siempre en el aire. Eso sí, algunas veces optó por cantar escondido bajo una capucha, emulando a otros como La Sombra de Javier Solís, El Charro del Misterio y algunos otros peculiares cantantes enmascarados. Cada cabeza es un mundo y uno no se explica el aguante de quienes se dedican a cantar; le ponen tantas ganas y sin embargo, la fama y el éxito tardan en llegar o nunca llegan. El flagelo de la inseguridad no tardó mucho en manifestarse. No se supo cuándo ni cómo, mucho menos por qué, pero la cuestión es que un día encontraron el hogar de Ricardo en completo desorden y jamás se supo el paradero de él y su esposa. Una historia de tantas otras sin desenlace, donde las personas desaparecen como por arte de magia y nadie sabe nada, porque las autoridades se van acostumbrando y nosotros también.

Comments

comments