Por Fran Richart

Mario González lleva la camisa desabrochada y una gorra que oculta sus ojos de frustración. El sol de Guerrero pega sobre el asfalto de la autopista del Sol cuando hay que ir a hacer boteo. Apenas ha pasado una semana desde que su hijo ha desaparecido. Sobre su desgastada cartera muestra una foto tamaño infantil de César González de 21 años.

Si hubiesen sido los hijos del gobernador… Y no entiendo a los demás padres que no muestran su rabia. En la reunión de hace unas horas, casi salto a la mesa y les doy de golpes a esos políticos. Destazaría a sus hijos, pa’ ver lo que sienten. Lo que no tengo es esa sangre”, dice Mario, obrero tlaxcalteca de unos 50 años, quien cree fervientemente que su hijo está vivo. Como muchos otros familiares: no come, no bebe. Y cuando lo hace, de inmediato piensa en qué estará comiendo o bebiendo su hijo.

Por la tarde toca rueda de prensa del procurador Iñaky Blanco en Acapulco. En una sala de reuniones para 12 personas, hay al menos 50 periodistas apretujados. Es en las instalaciones de Protur, edificio institucional sobre turismo de Guerrero, que irónicamente, se encarga de publicitar la buena imagen del estado.

Tardan como 20 minutos. Muchos de los reporteros presentes se empiezan a enviar mensajes a través de Whatsapp. “Hoy toca fiesta de cumpleaños”. Risas y cotorreo a la espera de las declaraciones de un evento más, una tragedia más que se cierne en este punto paradisíaco del Pacífico. La sensación nauseabunda que me produce la escena es calmada por un fotógrafo veterano que me acompaña: no entres en su juego.

Iñaky entra en la sala flanqueado por dos asistentes y en su mano un portafolio. Comienza su declaración leída, sin ningún tipo de interpretación y sin dejar aliento. Empieza a mostrar las averiguaciones de la noche del 26, con la muerte de los Avispones. Uno de los conserjes, de mientras, se echa una pestaña a escasos metros del funcionario que da su primera gran rueda de prensa sobre el caso Ayotzinapa.

A su izquierda, sin pantalla, y en la pared donde unos pocos tienen un buen plano, proyectan las imágenes de los cateos y, las más importantes, la de los autos de la policía municipal pasando por el periférico de Iguala con los jóvenes. Se acaba la rueda de prensa, y las preguntas de los presentes  se encuentran entre el mareo de la exposición y la confusión de los datos.

El tratamiento de muchos medios nacionales y locales ha pasado de la victimización de los “pobres normalistas” a la criminalización de su lucha. Todo debe encajar en la estrategia cosmética del gobierno mexicano para salvar Acapulco de esta mácula. “Habla bien de Acá”, se podía ver hace un par de años en espectaculares a la salida de la bahía, mientras estallaba el conflicto de las autodefensas en Tierra Colorada.

Esos hechos de decoro, de mantener la imagen de sosiego, o como decía el situacionista Guy Debord, de la representación de una sociedad del espectáculo, se afianza en este caso, para el México de las grandes reformas. Durante el fin de año de 2014, a unos ochenta kilómetros donde los familiares de los 43 guardaban duelo por los tres meses de la desaparición, Televisa celebraba su Nochevieja por todo lo alto. “Está súper padre, aquí está toda la banda, cáiganle a Acapulco”, decían sus celebrities. El cinismo de la principal televisora estremece y su poca sensibilidad es el reflejo de la indiferencia de los estamentos que gobiernan este país.

Es el propio espectáculo que quiere ensombrecer la metáfora que representa Ayotzinapa.

Más allá de la verdad histórica, la desaparición de los estudiantes se dio bajo el gran paraguas de la impunidad. En Iguala, como en otras poblaciones mexicanas, se vive el mismo problema estructural. La clase política aliada con grupos criminales, policía corrupta y centenares de fosas comunes que atestiguan un Estado fallido. Esa es la metáfora, la moraleja, pese a los culpables directos. Los indirectos son tantos y de tantos años atrás, que cimbraríamos los cimientos del sistema si se pretendiera llevarlos a juicio.

Dice el escritor italiano Roberto Saviano que México es el futuro próximo del mundo. Privatización de recursos, conflictos territoriales, elidición del Estado por los poderes fácticos y represión. Dice también el escritor mexicano Tryno Maldonado, que olvidar a Ayotzinapa nos condenaría a que volviera a repetirse.

El desafío es la permanencia en la memoria del 26 de septiembre. Cuestionar las versiones oficiales del Estado para encontrar las razones de fondo, no sólo es un llamamiento por la historia de México, sino también por la universal.
Mario sigue buscando a su hijo por todos nosotros.

*Publicado en Periodistas con Ayotzinapa

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