En “El zahir”, Borges alude a tres versos de Tennyson en los que éste sugiere que “si pudiéramos comprender una sola flor sabríamos quiénes somos y qué es el mundo” [1]. Esto, llevado a los terrenos más extraños de la Literatura, nos hace pensar en la posibilidad de una obra obsesiva en demasía, trabajada por un autor que busca el esclarecimiento de todas las cosas en un solo objeto, probablemente pequeño e insignificante.

Tuve la fortuna de hojear por unos minutos La lectura de los márgenes, una monografía breve de Melina Durán Doblez en la que trata varios nombres prácticamente desvanecidos de los anales de la literatura francesa, pero cuya influencia es —si decidimos creerle— poderosa y muy secreta. De entre el puñado de nombres que figuran en la obra, recuerdo con mayor facilidad y entusiasmo el de René Langlais.

De René Langlais sabemos muy poco; la apatía y el tiempo han borrado casi por completo todo rastro de su existencia. Lo que sí puede decirse con certeza es que fue hijo de un criador de puercos y que nació en una provincia muy cercana a Cassagnabère, entre 1891 y 1896. Durán Doblez lo imagina como un niño taciturno pero muy curioso, cualidades que se acentuarían aún más en su adultez. El último indicio que se menciona de su vida —aparte de su obra literaria— son tres cartas publicadas en el periódico Le Siècle [2].

De su obra conocemos mucho más, aunque lo que ha sobrevivido continúa siendo relativamente escaso. Durán Doblez menciona nueve obras (tres poemarios, cinco novelas y una comedia en tres actos) [3], todas ellas dedicadas al trabajo de una sola imagen: la rana.

Nadie está seguro de por qué, pero a René Langlais lo aquejaba una obsesión por las ranas, tanto así que toda su literatura —la conocida al menos— está consagrada a tan simpático pero inconsecuente animal. Durán Doblez, quizá demasiado concentrada en su labor monográfica, no se detiene a comentar este evidentísimo detalle. Sólo menciona, muy de pasada, que la obra de Langlais es “de tema único”.

No existen traducciones de Langlais al español, por lo tanto, quien desee conocer sus libros —de por sí difíciles de conseguir— tendrá que buscar las ediciones originales en francés, o rastrear los raros ejemplares editados en inglés, alemán y portugués. Yo he tenido la suerte de encontrarme un par de sus traducciones al inglés: River in the Frog (Rivière dans la grenouille) y Green Green Hop (Saut vert vert), de los que intentaré decir un par de cosas.

Rivière dans la grenouille es el segundo poemario publicado por Langlais, según la cronología en la lista de Durán Doblez. Es un libro breve, armado con 76 poemas de versificación libre y tono contemplativo. El tema que domina el poemario es, por supuesto, la rana, con apariciones incidentales pero obligadas del río, la hierba y uno que otro elemento más de su entorno. Hay poemas de ranas que saltan al río, otros de ranas que saltan fuera del río, ranas que miran el río y sobre éste ven el cielo roto, ranas que se pierden entre la hierba, ranas que escuchan el eco de su croar volver durante la noche, ranas que brincan al agua y quiebran la luna; poemas que alaban el color de la rana, otros más que desprecian ese mismo color; poemas que hablan de los ojos, del salto, del sonido y la figura general de la rana; poemas que hablan de la rana en su labor, de la rana que atraviesa las corrientes con la gracia de su impulso, de la rana que se deja llevar por las aguas, de la rana que muere en la boca de un pájaro o una serpiente, de la rana que se sienta y no hace nada por horas y horas durante el día… Suficiente poesía de ranas como para enfermar hasta al mayor entusiasta de tan encantador anfibio. No obstante el exceso, la poesía de Langlais, al menos en este volumen, es efectiva en su evocación de la pureza de ese mundo tan pequeño al que pertenece la rana.

Saut vert vert es la cuarta de las cinco novelas publicadas por Langlais. Como es de esperarse, su tema son las ranas. La trama está dividida en dos partes: la primera trata el éxodo de una pequeña comunidad de ranas que huye de una fuerza sin identificar; la segunda narra con vestigios un tanto homéricos la guerra entre el grupo de ranas que ha huido y otro clan de ranas que habita cerca del río en el que se acaban de asentar. El libro es un poco largo (la edición que tengo llega a las 531 páginas) pero de lectura bastante ágil, amena y a ratos bella. Se lee casi como literatura infantil, si no fuera por un par de pasajes demasiado oscuros, particularmente en la primera parte del libro. Aquí Langlais, en mi opinión, se afirma como un mejor prosista y muy buen narrador, además de hacer de la rana un símbolo de la adversidad y el sufrimiento que combaten todas las criaturas que huyen de la muerte y buscan un hogar.

Es una tarea difícil explicar las obsesiones de un hombre, y más aún cuando de esas obsesiones emerge una literatura. No me siento calificado para aventurar una teoría que proyecte luz sobre las intensiones de René Langlais a la hora de construir su obra “ranocéntrica”. Lo mejor que puedo ofrecerle al lector es la opinión de alguien que sí ha tenido la fortuna de leer toda la obra conocida de Langlais.

Al final de su ensayo “The Man of a Thousand Croaks”, Ronald T. Kramer sugiere que “tal vez [Langlais] encontró en la rana no sólo una fuente de inspiración, sino el atisbo de un secreto que intentó ir develando poco a poco con cada obra. Un secreto magnífico que supera a la rana, pero que, de algún modo, es capaz de ser contenido dentro de ella. Langlais no estaba obsesionado con la rana, sólo con lo que había detrás de su verde figura” [4].

En el breve párrafo biográfico que ofrece la monografía de Durán Doblez se indica que René Langlais murió de tuberculosis en 1952. Es posible que haya partido sabiendo algo que la mayoría de nosotros seguirá ignorando incluso en la eternidad.

Por Kaizar Cantú

[1] De “Flower in the Crannied Wall”: Little flower—but if I could understand / What you are, root and all, and all in all, / I should know what God and man is.

[2] Para los curiosos: las cartas aparecieron publicadas en las ediciones del 4 de enero de 1921, la del 14 de agosto de 1922 y la del 23 de noviembre del mismo año. Durán Doblez no nos informa sobre el contenido de las cartas, sólo menciona que están escritas con “un lenguaje bruto pero bello”.

[3] Durán Doblez anota que sólo fue capaz de rastrear una fracción de las 17 obras atribuidas a Langlais. Cita como fuente de su lista a Aurore Belrose, quien a su vez especula sobre la existencia de obras perdidas o inéditas.

[4] Publicado When Men Become Islands: Essays on the Forgotten Names of Literature (1981). La cita fue traducida del inglés por un servidor.

Comments

comments