¿Qué implica ser sexoservidor en la Ciudad de México?

Por Julio González

La herramienta de trabajo de Víctor Muskolino, escort de la Ciudad de México, mide casi 13 centímetros y es blanca. Víctor, un hombre de un metro ochenta, es moreno y camina chueco a causa de su pasión: el fútbol. También es defensor de su trabajo: la prostitución. Quiere formalizar su empleo, pagar impuestos para conseguir seguridad social, afore y pensión.

Sus días como escort están contados, pero Víctor no conoce el número exacto. Cuando este regiomontano y chilango por adopción platica sobre su chamba, mira a la nada, a lo que haya enfrente, y mueve las manos de atrás hacia delante como un rapero cuando tiene a un oponente de rimas.

Muskolino quiere abrir una agencia de escorts que por voluntad propia trabajen con él. Ahí podría impulsar talentos y compartir su experiencia. Los empleados estarían en una nómina, ganarían comisiones y contarían con prestaciones de la ley. Pero nada de lo anterior sucederá mientras se lo impida la Ley para la Protección, Atención y Asistencia a las Víctimas de los Delitos en Materia de Trata de Personas del Distrito Federal.

El documento, publicado en marzo de 2014, no define ni da pie a la prostitución por voluntad propia en agencias de escorts. Por eso cerraron las que ya existían. Por eso muchas se mudaron a la web. Por eso Víctor no podrá ser lo que desea: empresario.

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Con su herramienta de trabajo —banca, de 13 centímetros— y a través de una pantalla, Muskolino se promociona en las redes sociales. Utiliza su aifon 5 para enviar el menú de servicios y negociar con los clientes.

Su usuario en Tuiter es @VictorMxxx y se describe como un “reconocido escort mexicano, futuro pornstar, defensor de los derechos para ejercer por voluntad propia el oficio más antiguo, regio/chilango, hinduista”. Ésta y otras redes sociales —Feisbuc, Instagram— son sus plataformas de publicidad. Así vende sus servicios de acompañamiento y de lo que tenga que venir después. Ahí le da los buenos días a sus seguidores, publica frases cachondas y comparte fotos de penes.

Los clientes también buscan opciones en páginas web especializadas en la promoción del sexoservicio, que han tenido auge luego de la desaparición de las agencias. Y es que la prostitución no está penada en el Distrito Federal, sólo la trata de blancas, pero los escorts prefieren tomar sus precauciones.

Ahí, en Tuiter, Víctor define el verbo ficticio de “escortear” como dar servicio de acompañamiento y/o sexoservicio por algún tiempo, con el arreglo de contratación acordado por ambas partes.

Existen dos condiciones innegociables durante el trato entre un cliente y Muskolino. La primera es que el cliente sea mayor de edad; debe mostrarle su identificación antes de estrechar las manos en señal de acuerdo. La segunda es que durante la primera conversación, el interesado no lo “malvibre”, que no lo trate con la punta del pie, ni busque engañarlo.

Este prostituto con un corte de cabello a rapa, que utiliza unos lentes que tapan su pómulos y cejas y emana una fragancia dulce, piensa que la vida es como una escuela donde el cuerpo es sólo la vestidura del alma; que al mundo se viene a crecer espiritualmente y que éste es regido por el karma —en el sentido de que todo acto, bueno o malo, tiene sus consecuencias; no es venganza, sino aprendizaje—. También cree en la reencarnación y en un sólo Dios. Es un posmodernista que toma del mundo lo que le conviene.

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Bajo la manga izquierda de su camisa se “asoma” un tigre. Víctor se tatuó en el brazo los colores de su pasión. El felino anaranjado con zapatos azules tiene un balón de futbol al frente; parece ser la mascota de los tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Y por su misma pasión al futbol, Víctor camina arrastrando un poco el pie. Lo operaron del tobillo después en un partido amateur. Un bato se barrió y con los tachones le destrozó los huesos que unen el pie y la pierna. Le pusieron clavos y utilizó muletas por casi un año. Y siguió chambeando como escort; en su oficio no le dan la “incapacidad” por lesión.

Ser escort masculino es como ser futbolista: el oficio tiene fecha de caducidad. El cuerpo se cansa, y cuando el rendimiento va a la baja, llegarán los jóvenes para suplir al veterano consciente de que sus días en la “cancha” no tendrán tiempos extras, al menos que sea homenajeado en algún otro encuentro. Los escorts también se venden al mejor postor, y en ambas disciplinas el amor a la camiseta es algo muy romántico. Pero ese ya es otro tema.

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Si entre escorts no se desprestigiaran, quizá podrían unirse y formar un grupo que defienda el derecho a asociarse.

Si existiera unión entre el gremio de escorts masculinos, quizá el sueño de convertirse en empresarios se realizaría.

Si los sexoservidores fueran tan discriminados como las mujeres colegas, quizá habrían dejado el ego enterrado y ya se habrían manifestado, como algunas de ellas. Sobre todo como las rechazan ser víctimas de trata.

Pero lo anterior son puros supuestos que Víctor piensa. Mientras tanto, algunos seguirán ofreciendo sus servicios en Internet y otras más en la Zona Rosa de la Ciudad de México.

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La Zona Rosa “es demasiado ingenua para ser roja, pero demasiado frívola para ser blanca. Por eso es precisamente rosa”, dijo el reconocido pintor defeño José Luis Cuevas sobre esta sección de la colonia Juárez.

Otro que define a mediados de los sesenta, en la revista Claudia, a este conjunto de calles vecinas del Ángel de la Independencia, monumento ícono de la ciudad, es Vicente Leñero: “La Zona Rosa es un perfume barato en un envase elegante, es una provinciana en traje de corista, la hija de un nuevo rico que quiere presumir de mundana, pero que regresa temprano a casa para que papá no la regañe. Es guapa, pero tonta; elegante, pero frívola. Es una colegiala snob, glotona, amanerada”.

Pero para Víctor Muskulino, es donde comenzó a escortear. Específicamente en la esquina de Hamburgo y Varsovia. También es el sitio donde puede ejercer su oficio libremente. Ahí convive con homosexuales, bisexuales y heterosexuales sin ser atacado. Es como si hubiera un pacto silencioso de respeto. Dice que cuando está ahí, es como cuando un rockero asiste a un concierto de alguna de sus bandas preferidas.

Liverpool, Hamburgo, Varsovia, Genova, Florencia, Praga y Londres no sólo son ciudades de Europa, también son los nombres de algunas calles de la Zona Rosa en la colonia Juárez, un sitio donde vivían los ricos de la Ciudad de México en las primeras décadas del siglo xx. Luego se convirtió en la zona de ligue gay.

Ahí, este prostituto comenzó en el oficio por accidente. Una noche en un bar, un hombre le coqueteó y le terminó queriendo pagar por sexo. Así sucedió una, dos veces. Luego pasó a las calles de la Zona Rosa y los sitios de ligue para terminar con cierto prestigio virtual, fans, clientes y más clientes, que a decir de él se ve reflejado en su forma de vida decente.

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El trofeo

La vibración y el sonido del aparato invitaron a Muskolino a tomarlo y contestar. Lo tomó y leyó el mensaje de su cliente. “Tengo un compromiso y te quiero contratar”. La única condición era cómo se vestiría: con un esmoquin.

El escort pidió un taxi y le dijo al chofer que lo llevara a la dirección en Interlomas, una colonia con edificios y mansiones. Apenas oscurecía cuando, después de combatir con el tráfico, Víctor vio el número en la casona y le pidió al taxista que parara.

Entró por una puerta que no era la principal. Caminó hasta llegar a un jardín que bien podría ser del tamaño de un parque. El cliente lo recibió y lo llevó como si fuera su pareja hasta los sillones donde estaban sus amigos. Ahí, con los invitados, lo presumió como un trofeo con traje y moño.

Tomaron tanta cerveza fría que la noche se calentó y se fueron a un hotel en la Colonia Roma. Ahí terminó el servicio.

El sin piquete

El “compita” quería que el servicio fuera a escondidas. Que su novio y su gente de Tampico no se enteraran de lo que iba a hacer con Víctor Muskolino. No quería que se enteraran de que iría a comprar ropa a Tepito, un barrio popular de la capital mexicana famoso por su comercio informal.

El cliente quería comprar ropa deportiva y le habían dicho que ahí podría encontrar de la buena, así que decidió mandarle un mensaje por Guatsap a Muskolino. A él lo había visto en las redes sociales y, según el escort, lo eligió por su aspecto “barrial”, porque le daría seguridad en la zona.

Se vieron en el metrobús y tomaron la ruta hacia el metro Buenavista. Platicaron todo el camino. Víctor escuchó sus problemas con su novio.

Llegaron, compraron y se fueron.

No hubo sexoservicio. Víctor Muskolino no volvió a saber de él.

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Este escort no sólo protege el derecho a ejercer su oficio y a reunirse con otros en una agencia, también defiende el derecho a la salud.

Cuando un posible cliente le pregunta si está sano, a Muskolino se le calienta la sangre —al menos un poco— y le contesta que el acto es cosa de dos. Y ambos con papel en mano deben comprobar que “están limpios”.

Cuando se trata del derecho a la salud, se pone como felino. Se indigna. Piensa que en estos casos, el interesado en su servicio tiene la misma obligación que él.

Sin presiones y por voluntad propia, como una disciplina, cada tres meses va a una clínica para sacarse estudios de todo tipo. Los de rutina y los de Enfermedades de Transmisión Sexual. Con la salud no se “jueguetea”.

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Con lo que sí se puede jugar es con el menú a la carta que este escort ofrece:

El básico: el escort llega con el cliente y sucede lo que tiene que suceder.

El trofeo: el escort acompaña al cliente y éste lo presume con los amigos en la fiesta. Luego sucede lo que tiene que suceder.

El psicólogo: el escort escucha a su cliente y este le cuenta sus problemas. Luego sucede lo que tiene que suceder.

El sin piquete: el escort hace de todo con el cliente menos coger. Aquí no sucede lo que se piensa que tiene que suceder.

El trueque: el escort intercambia con su cliente sexo por un trabajo profesional en otro campo. Luego sucede lo que tiene que suceder.

El romántico: El escort le hace cariños al cliente como si fueran pareja. Luego sucede lo que tiene que suceder.

El menú está a consideración del cliente. El escort puede cumplir cualquier capricho siempre y cuando se le pague por adelantado. Luego sucede lo que tiene que suceder.

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Pedro “el de Puebla” fue su novio. Terminó su relación por celos y porque ya no funcionaba lo suyo. Fue la única pareja que les presentó a su mamá y abuela. “Yo respeto la casa donde vivo”. Muskolino nunca ha llevado a ningún cliente a la vecindad familiar donde duermen los de su sangre. Además, cuenta que son demasiado católicos. Ellos no saben —o no le dicen que saben— que es prostituto.

Víctor Muskolino se asume como e-s-c-o-r-t, letra por letra, y entiende que su oficio se relaciona con las adicciones. En su caso a la cocaína. La ansiedad no lo deja dormir y lo invita a inhalar una línea de polvo blanco durante el insomnio. El polvo lo estaba consumiendo a él y lo sabe. Y como creyente de la reencarnación, decidió pedir ayuda. Desde finales de septiembre, cada semana visita a un psiquiatra para que lo medique y sus angustias desaparezcan.

Víctor le agradece a Dios por su vocación. Porque ahora valora más a “su” gente. Dice que los clientes de un escort no siempre son vacíos como se cree. No todo es placer, también hay compromiso y preocupaciones. Muskolino piensa que algunos de sus colegas y él son como las mujeres que les gusta ser escuchadas. Lo mejor es cuando sus clientes —los de confianza— lo apoyan en sus días negros con algún detalle: un mensaje, un tuit, una llamada. Es una de las razones por las que defiende su oficio. También le gusta dar consejos sobre sexo, lamer y que le laman los pies.

*Este texto es resultado del Mashup de Periodismo Balas y Baladas 2014 organizado por Agencia Bengala y Arca.

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