¿Vale la pena dedicarle unas palabras a un villano de talla histórica?

Por Hunter S. Thompson

Richard Nixon se ha ido, y me siento empobrecido por eso. Él era el mero mero, un monstruo político salido directamente de Grendel, además de un enemigo muy peligroso. Podía darte la mano y apuñalarte la espalda al mismo tiempo. Le mintió a sus amigos y traicionó la confianza de sus familiares. Ni siquiera Gerald Ford, el miserable ex-presidente que perdonó a Nixon y lo mantuvo fuera de prisión, era inmune a los restos del mal. Ford, quien cree fervientemente en el Cielo y el Infierno, le ha dicho a más de una de las celebridades que lo acompañan en sus juegos de golf que “Sé que iré al Infierno porque he perdonado a Richard Nixon”.

Yo tuve mi propia maldita relación con Nixon por muchos años, pero no me preocupa ameritar el Infierno por eso. Estuve ahí mismo con ese cabrón, y eso me ha hecho una mejor persona. Nixon tenía la habilidad única de hacer que sus enemigos parecieran honorables, y desarrollamos un agudo sentido de la fraternidad. Algunos de mis mejores amigos han odiado a Nixon toda la vida. Mi madre odia a Nixon, mi hijo odia a Nixon, yo odio a Nixon, y es mi odio lo que nos ha vuelto cercanos.

Nixon se rió cuando se lo mencioné. “No se preocupe”, dijo, “yo también soy un hombre de familia, y sentimos lo mismo por usted”.

Fue Richard Nixon quien me metió en la política, y ahora que ya no está, me siento solo. Era un gigante a su manera. Mientras Nixon estuviera políticamente activo —y lo estuvo hasta el final—, siempre podíamos estar seguros de ubicar al enemigo. No había necesidad de andar buscando al cabrón. Tenía los instintos guerreros de un tejón acorralado por sabuesos. El tejón rueda panza arriba y emite un olor a muerte que confunde a los perros y los atrae para que comiencen el tradicional despedace del cuerpo. Pero generalmente es el tejón quien despedaza la carne. Es una bestia que pelea mejor echado sobre sus espaldas: rodando bajo la garganta del enemigo y sujetándolo de la cabeza con sus cuatro cúmulos de garras.

Ese era el estilo de Nixon, y si lo olvidabas, te mataba para que sirvieras de ejemplo a los otros. Los tejones no pelean limpio, muchacho. Por eso Dios inventó los dachshunds.

Nixon sirvió en la marina, y debió ser enterrado en altamar. Muchos de sus amigos frecuentaban las aguas: Bebe Rebozo, Robert Vesco, William F. Buckley Jr., y algunos de ellos querían un entierro completamente naval.

Sin embargo, los funerales navales vienen en por lo menos dos estilos, y la familia inmediata de Nixon se oponía fuertemente a ambos. En el estilo tradicional, el cuerpo del presidente muerto habría sido envuelto y cosido holgadamente a una lona y tirado desde la popa de un barco a por lo menos 100 millas de la costa más cercana y mil millas al sur de San Diego, para que el cuerpo nunca tocara tierra estadunidense en estado reconocible.

La familia optó por la cremación, hasta que se les advirtió de las implicaciones potencialmente onerosas de la quema, estrictamente privada y sin testigos, del cuerpo de un hombre que a fin de cuentas fue presidente de los Estados Unidos. Cabía la posibilidad de preguntas incómodas, oscuras alusiones a Hitler y Rasputín. La gente presentaría demandas para obtener los registros dentales. Las largas batallas en la corte serían inevitables, algunas con liberales descabellados quejándose sobre corpus delitcti y habeas corpus, y otras con grandes aseguradoras haciendo lo posible por no pagar su seguro de vida. De uno u otro modo, era seguro que una orgía de avaricia y duplicidad tendría lugar tras la menor señal de que Nixon hubiera falsificado su propia muerte o sido criogénicamente transferido a los los fascistas chinos en el centro del continente asiático.

También habría concordado con las sospechas de los millones de patriotas auto-estigmatizados como yo que ya creemos ese tipo de cosas.

Si las personas adecuadas hubieran estado a cargo del funeral de Nixon, su ataúd habría sido tirado en uno de esos canales de drenaje que desembocan en el océano al sur de Los Ángeles. Era un cerdo entre los hombres, un presidente idiota y parlanchín. Estaba tan torcido que necesitaba ayuda para que le atornillaran los pantalones al cuerpo cada mañana. Hasta su entierro fue ilegal. Era raro en el más profundo de los sentidos. Su cuerpo merecía arder en un tambo de basura.

Estas son palabras fuertes para un hombre recientemente canonizado por el presidente Clinton y por mi viejo amigo George McGovern; pero he escrito peores cosas sobre Nixon, muchas veces, y el registro evidenciará que yo lo agarré a patadas mucho antes de que cayera. Lo apaleé como a un perro sarnoso cada vez que tuve la oportunidad, y estoy orgulloso de haberlo hecho. Era basura.

Que no quede duda al respecto: Richard Nixon era un hombre malvado; malvado de una manera que sólo aquellos que creen en la encarnación física del Demonio podrían entender. No tenía moral ni ética alguna, y carecía hasta de la forma más básica de la decencia. Nadie confiaba en él —a excepción de los estalinistas chinos—, y los historiadores honestos lo recordarán como una rata que seguía luchando para escabullirse al interior del barco.

Es muy apropiado para Richard Nixon que el último gesto que le dedicó al pueblo americano fue una serie claramente ilegal de ráfagas de artillería howitzer 21-105mm que destrozaron la paz de un vecindario residencial y dejaron a muchos niños con trauma permanente. Los vecinos también se quejaron sobre un entierro no autorizado en el jardín de la antigua residencia Nixon, que era, también, escandalosamente ilegal. “Hace que todo el vecindario parezca un cementerio”, dijo uno de los vecinos. “Y jode el sentido de valores que tienen mis hijos”.

Muchos estaban furiosos por lo de los howitzer, pero sabían que no había nada que pudieran hacer al respecto, no con el entonces presidente sentado a 50 yardas del lugar y riendo ante el rugir de los cañones. Fue la última guerra de Nixon, y ganó.

El funeral fue una ocasión triste, cuidadosamente preparada para la televisión y perspicazmente dominada por políticos ambiciosos y revisionistas históricos. El reverendo Billy Graham, aún ágil y elocuente a la edad de 136, encabezó la marquesina como orador principal, pero fue rápidamente superado por los dos candidatos republicanos a la presidencia: el senador Bob Dole, de Kansas, y el gobernador Pete Wilson, de California, quien organizó oficialmente el evento y se vio a sí mismo yéndose a pique en las encuestas al ser destrozado en escena por Dole, quien de algún modo alcanzó el tercer puesto y pronunció un encomio tan descarado y egocéntrico que ni siquiera pudo aguantarse las lágrimas al final.

La credibilidad de Dole se elevó como un cohete y lo posicionó como uno de los favoritos del partido republicano en la temprana carrera hacia el ’96. Wilson, quien habló después, sonó como un imitador de Engelbert Humperdinck y probablemente ni siquiera será reelegido para gobernador de California en noviembre.

Los historiadores fueron fuertemente representados por el orador número 2: Henry Kissinger, el secretario de Estado de Nixon y un ferviente revisionista con cuentas por saldar. Preparó el ambiente de aquel día con un retrato, melodramático y espectacularmente interesado, en el que lo pintaba a Nixon como un hombre más santo que su propia madre y un presidente de logros casi divinos, casi todos armados en secreto por Kissinger, quien hizo una parada en California como parte de un enorme tour para promocionar su nuevo libro sobre diplomacia, el ingenio, Stalin, H.P. Lovecraft y otros grandes genios de nuestro tiempo, incluidos él y Richard Nixon.

Kissinger era solamente uno de los muchos historiadores que de la nada acabaron por ver en Nixon algo más que la suma de sus muchas escuálidas partes. Parecía estar diciendo que la Historia no tendría que absolver a Nixon porque él mismo ya lo había hecho mediante un acto de voluntad y delirante arrogancia que lo elevó hasta la supremacía, junto a los demás superhombres nietzscheanos, como Hitler, Jesús, Bismarck y el Emperador Hirohito. Estos revisionistas catapultaron a Nixon al estatus de un César americano, asegurando que cuando la historia definitiva del siglo xx sea escrita, ningún otro presidente se acercara siquiera a la altura de Nixon. “Empequeñecerá a Truman y a Roosevelt”, según un académico de la Duke University.

Era basura, por supuesto. Nixon no fue ni un santo ni un Gran Presidente. Se parecía más a Sammy Glick que a Winston Churchill. Era un ladrón de segunda y un criminal de guerra despiadado que bombardeó más gente en Laos y Cambodia de lo que el ejército de los Estados Unidos perdió en la Segunda Guerra Mundial, y lo negó hasta el último de sus días. Cuando los estudiantes de Kent State University, en Ohio, protestaron contra el bombardeo, conspiró para que fueran atacados y exterminados por las tropas de la Guardia Nacional.

Habrá quienes digan que palabras como “escoria” y “podrido” no tiene lugar en el Periodismo Objetivo, y tienen razón, pero no entienden el punto. Fueron los puntos ciegos de las reglas y el dogma de la Objetividad los que le permitieron a Nixon arrastrarse hasta la Casa Blanca en primer lugar. Se veía tan bien sobre el papel que podías votar por él sin pensarlo. Parecía tan americano, tan Horatio Alger, que fue capaz de escabullirse entre las grietas del Periodismo Objetivo. Uno tenía que ponerse Subjetivo para ver a Nixon claramente, y el shock que venía con la verdad era con frecuencia doloroso.

El aceleradísimo ascenso de Nixon desde las filas del desempleo hasta la vicepresidencia en seis rápidos años no habría sucedido si la televisión hubiera llegado 10 años antes. Se salió con la suya con aquel sucio discurso de 1952, “Mi perro Checkers”, porque la mayoría de los votantes lo escucharon por la radio o leyeron acerca de él en los encabezados de sus diarios locales y republicanos. Cuando Nixon por fin tuvo que encarar las cámaras de televisión en los debates presidenciales de 1960, lo apalearon como a una mula necia. Hasta los republicanos de hueso colorado quedaron sorprendidos ante su personalidad tan cruel e incompetente. Es interesante señalar que la mayoría de los que escucharon el debate por la radio creyeron que Nixon había ganado. Pero el cada vez más amplio público televisivo lo percibió como a un vendedor embustero, y votaron acorde a lo que vieron. Esa fue la primera derrota electoral de Nixon en 14 años.

Cuando llegó a la Casa Blanca como vicepresidente a sus 40 años, era un hombre joven e inteligente, un monstruo hambriento de destrucción salido de las entrañas del Sueño Americano, con corazón lleno de odio y un presuntuoso deseo de ser presidente. Ganó todos los puestos para los que llegó a postularse y pisoteó como un nazi a todos sus enemigos, e incluso a algunos de sus amigos.

Nixon no tenía amigos, sólo George Will y J. Edgar Hoover (y ambos lo abandonaron). Fue la muerte desvergonzada de Hoover en 1972 lo que dio paso directo a la caída de Nixon. Se sentía sólo y desamparado sin la presencia de Hoover. Ya no tenía acceso ni al Director ni a su terrible banco de archivos personales de prácticamente todo Washington.

Hoover era el flanco derecho de Nixon, y cuando estiró la pata, Nixon supo lo que Lee sintió cuando Stonewall Jackson murió en Chancellorsville. Expuso permanentemente el flanco de Lee y lo dirigó al desastre en Gettysburg.

Para Nixon, la pérdida de Hoover llevó inevitablemente al desastre de Watergate. Significó contratar a un Nuevo Director, quien resultó ser un lamebotas llamado L.Patrick Gray, que chilló como un cerdo sobre aceite hirviendo la primera vez que Nixon se le echó encima. Gray entró en pánico y señaló al Consejero de la Casa Blanca, John Dean, quien se rehusó a absorber la culpa y se la pasó, en cambio, a Nixon, quien quedó atrapado como una rata bajo el implacable y vengativo testimonio de Dean y se desmoronó en pedazos en televisión, justo frente a nuestros ojos.

Eso es, en resumen, Watergate, para aquellos con un serio déficit de atención. La verdadera historia es mucho más larga y se lee como un libro de texto sobre la perfidia humana. Todos ellos eran escoria, pero sólo Nixon salió libre y vivió para limpiar su nombre. Al menos eso es lo que dice Bill Clinton, y él es, después de todo, el presidente de los Estados Unidos.

A Nixon le gustaba recordarle eso a la gente. Él mismo lo creía, y por eso mismo se fue a pique. No sólo era un villano, sino un tonto también. Dos años después de su renuncia, le dijo a un periodista en la televisión que “si el presidente lo hace, no puede ser ilegal”.

Madres. Ni siquiera Spiro Agnew era tan estúpido. Y él era un ladrón descarado y rastrero con la moral de una comadreja atascada de anfetaminas. Pero fue el vicepresidente de Nixon por cinco años, y sólo renunció cuando lo agarraron con las manos en la masa, recibiendo sobornos en efectivo sobre su escritorio en la Casa Blanca.

A diferencia de Nixon, Agnew no discutió. Dejó su trabajo y huyó bajo la noche rumbo a Baltimore, donde apareció a la mañana siguiente en la Corte de Distrito, que le permitió permanecer fuera de prisión por los delitos de soborno y extorsión a cambio de declararse culpable (no hay caso) por el delito de evasión de impuestos. Después de eso, se convirtió en toda una celebridad y jugó golf e intentó conseguirse una franquicia para distribuir cerveza Coors. Nunca volvió a hablar con Nixon y fue un invitado mal recibido en su funeral. Dijeron que era una Descortesía, pero fue de todos modos. Era como una de esas imperativas biológicas, como los salmones que nadan contra corriente en las cascadas para desovar antes de morir. Sabía que era basura, pero eso no lo molestó.

Agnew fue el Joey Buttafuoco del gabinete de Nixon, y Hoover fue su Calígula. Ambos fueron degenerados brutales y enfermos peores que cualquier matón salido de El Padrino, sin embargo, eran ellos a quien Nixon le tenía la mayor confianza. Juntos, definieron su presidencia.

Sería fácil olvidar y perdonar a Henry Kissinger por sus crímenes, al igual que él perdonó a Nixon. Sí, podríamos hacer eso, pero estaría mal. Kissinger es un diablillo viscoso, un estafador de primera con un marcadísimo acento alemán y un muy buen ojo para las debilidades en la cima de las estructuras de poder. Nixon era una de esas debilidades, y Súper K lo explotó despiadadamente y hasta el final.

Kissinger completó la El Cuarteto: Agnew, Hoover, Kissinger y Nixon. Una fotografía grupal de estos pervertidos nos diría todo lo que hace falta saber sobre la Era de Nixon.

El espíritu de Nixon permanecerá con nosotros por el resto de nuestras vidas; no importa si eres yo o Bill Clinton o tú o Kurt Cobain o el Obispo Tutu o Keith Richards o Amy Fisher o la hija de Boris Yeltsin o el hermano borracho de tu prometido, el que tiene 16 años, una piocha trenzada y toda su vida por delante como una nube de tormenta. Esto no es una cuestión generacional. Ni siquiera hace falta que sepas quién fue Richard Nixon para ser víctima de su feo espíritu nazi.

Envenenó nuestras aguas para siempre. Nixon será recordado como el caso clásico del hombre inteligente cagando en su propia madriguera. Pero también cagó en nuestras madrigueras, y ese es el crimen que la historia marcará en su memoria como hierro caliente. Al desgraciar y degradar la presidencia de los Estados Unidos, al huir de la Casa Blanca como un canalla enfermizo, Richard Nixon rompió el corazón del Sueño Americano.

*Texto publicado en The Atlantic (1994). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo

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