¿De dónde salieron el imperio y su megalomanía?

Por Marylin Bender

Hizo sentir su presencia en Manhattan a mediados de los 70. Un Adonis engreído, directo de los distritos exteriores, empeñado en dejar su marca sobre la piedra de oro. Donald John Trump mostró una aptitud para el pavoneo, los grandes proyectos y, quizá sin sorpresa, para provocar furia a lo largo del camino.


Los titanes de las bienes raíces le hacían mofa, creyendo que la fanfarronería era la suma y sustancia de aquel rubio ojiazul de uno ochenta que vestía trajes marrones con mocasines del mismo color, frecuentaba el Elaine’s & Regine’s en compañía de supermodelos y a quien no le daba pena entrar a las juntas de inversionistas en compañía de su chofer-guardaespaldas armado.


El negocio de las bienes raíces —esencia del capitalismo empresarial— cuenta con una tradición de megalomanía desenfrenada, de grandes edificadores luchando por erigir monumentos a su visión. También es típicamente dinástico, con negocios heredados de los padres a sus hijos y nietos, administrados por hermanos. En Nueva York, uno piensa en los apellidos Trishman, Lefrak, Rudin, Fisher y Zeckendorf.


Y ahora está Trump, un apellido que en los últimos años se ha convertido en un símbolo internacionalmente reconocido y representativo de Nueva York como la Meca de los súper-ricos del mundo.


“Pocos hijos han podido escapar de sus padres”, dice Trump, presidente de la Trump Organization, al interpretar sus propios logros. Tres de ellos, construidos desde 1976, se elevan por encima del apretado paisaje del centro de Manhattan: la Trump Tower (68 pisos), con su atrio de seis niveles, en el que se encuentran algunas de las tiendas más elegantes; el Grand Hyatt Hotel, con mil 400 habitaciones; y la Trump Plaza, un complejo departamental de 125 millones de dólares. Y queda más por venir.


“A los37, nadie ha logrado más que yo en los últimos siete años”, aseguró el Sr. Trump.
Hace 15 años, se unió al negocio de su padre: un imperio de edificios departamentales en Brooklyn, Queens y Staten Island, entonces valorado en 40 millones de dólares. Actualmente, los activos controlados por la Trump Organization están valorados en 1 billón de dólares.
Las propiedades más grandes e impresionantes fueron desarrolladas por un Trump más joven y están bajo su nombre, ya sea individualmente o en compañía de socios no fraternales. Aunque su padre, Fred C. Trump, es el presidente de la empresa y está a cargo de sus bienes, la Trump Organization es un proyecto que pertenece incuestionablemente al joven Trump.
Él mismo lo deja bien claro. En su oficina, ubicada en el vigésimo sexto piso de la Trump Tower, sobre la Quinta Avenida, abrió las puertas de una habitación decorada con una amplia mesa. “Se suponía que este fuera una cuarto de juntas, pero, ¿qué caso tiene cuando sólo hay un miembro en la mesa directiva?”, dijo Trump. “Lo convertimos en una sala de conferencias”.


El Sr. Trump ahora cultiva una imagen pública un tanto más sobria: la de un caballero de buen gusto que viste trajes azul marino combinados con corbatas azules y camisas discretamente rayadas y que pasa los fines de semana con su familia en Greenwich, Connecticut. La primavera pasada abandonó los Hamptons, su antiguo hábitat, para comprar una residencia entre la comunidad conservadora.


Su pastor, el reverendo Norman Vincent Peale, de Nueva York, reconoció que es “cortés y atento en ciertas negociaciones y tiene un profunda vena de genuina humildad”.


Pero Trump se enorgullece de ser un hombre que conoce las calles, y asegura que Brooklyn y Queens, donde creció, se encuentran entre “los lugares más duros y duchos del mundo”. Prefiere el vocabulario de la guerra y los deportes para documentar sus hazañas, reconociendo que “no me gusta perder”. Y tampoco le gusta compartir crédito en sus victorias.


“Era un tipo bastante duro cuando era chico”, recuerda su padre, quien envió a su turbulento hijo adolescente a la Academia Militar de Nueva York, en la villa de Conrwall-on-Hundson, donde cursaría la preparatoria. Según algunos de sus colegas en la industria, Donald Trump no ha cambiado mucho desde aquellos tiempos juveniles.
Su capacidad para encantar a algunos y sacar de quicio a otros le ha ganado la reputación en ciertos círculos de ser un hombre de poco fiar. Se echó para atrás, por ejemplo, en su promesa de donar a un museo los bajorrelieves en la fachada del edificio de Bonwit Teller, demolido para abrirle espacio a la Trump Tower. Fue un pecado imperdonable para los preservacionistas de la ciudad. Pero en aquella ocasión, los únicos comentarios negativos sobre Trump se hicieron extraoficialmente.


“Donald Trump se convirtió en una figura controversial, y eso le ha funcionado”, dijo Preston Robert Tisch, hombre de 75 años y presidente de la Loew’s Corporation, además de uno de los antiguos oponentes de Trump en la realización de dos proyectos de bienes raíces en Nueva York. Pero ahora son buenos amigos.
“Es un vendedor tremendo”, señaló Francis L. Bryant Jr., vicepresidente de la Manufacturers Hanover Trust, quien entregó los préstamos para la construcción del Trump Plaza y el Grand Hyatt Hotel. También es uno de los inquilinos que financian la cooperativa y los condominios de la Trump Tower.

El Toque de Trump


A diferencia de otros zares de las bienes raíces —en particular del septuagenario Harry Helmsley, una presencia enorme en el desarrollo de los hoteles, oficinas y complejos departamentales de la ciudad—, el Sr. Trump no sindicaliza sus negocios.
“No tengo por qué hacerlo”, declara sin más.


Apoyado en un principio por su padre, Trump ha operado durante la última década en Manhattan como un lobo solitario. Ha adquirido propiedades a través de Trump Enterprises o Wembly Reality Inc., y ha transferido esas propiedades a Donald J. Trump para que él mismo pueda obtener los enormes deducibles de los proyectos de bienes raíces en vez de que se “desperdicien”, como él dice, en una corporación. También ha dicho que así ahorra en impuestos corporativos y de franquicia.


Pero para protegerse a sí mismo de los grandes peligros que hay en el negocio de la construcción, dice que “he conseguido un muy buen seguro contra demandas legales. Pasando los 10 millones [de dólares], sale barato. Puede conseguir 1 millón de dólares por cada 500 en primas”.


Para los negocios más grandes, Trump se asocia con lujosas instituciones financiera y cadenas de hoteles. Holiday Inn, por ejemplo, es su co-partícipe en la edificación del Harrah’s, un hotel y casino de 200 millones de dólares a inaugurarse en Atlantic City en mayo. Será el palacio de apuestas más grande de Nueva Jersey.
“Será un hit tremendo”, predijo. Beneficiándose de su historial de éxito, el Sr. Trump fue capaz de obtener 50 por ciento de las acciones del Harrah’s a cambio de una pequeña inversión en el terreno, que compró justo antes del referéndum que dio paso a los juegos de apuesta a la maltrecha ciudad; todo un ejemplo del buen timing, o la buena fortuna, de Trump.


No obstante, la evidencia más impresionante de los proyectos de Trump se encuentra en Nueva York.


Ahí está el Grand Hyatt Hotel, reconstituido con una fachada de vidrio sobre la estructura del Commodore Hotel, adjunto a la terminal Grand Central. Desde que abrió sus puertas en 1980, se le ha atribuido la revitalización de la Calle 42.


También está, por supuesto, la Trump Tower, un rascacielos fino, de bronce y cristal, ubicado en el #752 de la Quinta Avenida, esquina con la Calle 56, donde solía estar el edificio de Bonwit Teller. Su Atrio, un centro comercial de bronce y mármol color durazno, construido en vertical y con una cascada de 24 metros, es un escaparate para 40 proveedores de artículos súper-lujosos, como Loewe (Madrid), Asprey’s (Londres) y los joyeros Cartier, Harry Winston y Buccellati. Los compradores de condominios —el costo de 91 de ellos sobrepasa el millón de dólares— comenzarán a instalarse a finales de este mes.


Y la Trump Plaza, el edificio departamental ubicado en la Tercera Avenida y la Calle 61, está programado para habitarse a partir de 1984. Su unidad más barata es un departamento de tres habitaciones y media, con un costo de 255 mil dólares.


Hace tres años, Trump compró el hotel Barbizon Plaza, al sur de Central Park, y un edificio de departamentos adyacente a éste, en la esquina de la Avenida de las Américas. Según la Standard Abtract Corporation, que publica a diario un reporte de bienes raíces, Trump pagó alrededor de 13 millones de dólares por la propiedad, que ahora se valora en 124 millones.


El pasado mes de junio, le ofreció asilo a los desamparados en varios de sus departamentos vacíos… al menos hasta conseguir que los otros inquilinos abandonen los suyos. Se dice que planea venderle hotel a inversionistas extranjeros.


Hay otros planes floreciendo. El Sr. Trump está cerrando un trato para desarrollar otro edificio, en el East Side, de una escala similar al de la Trump Tower, esto en asociación con otra institución financiera líder.


Parece pues que Donald Trump ha seguido la fórmula clásica del capitalista emprendedor, echando mano de su influencia y buena fortuna, además de un tercer elemento único de las bienes raíces: la ubicación. “Cuando de ubicación se trata, soy dueño de los mejores diamantes en la ciudad de Nueva York”, presumió.


A esta fórmula, el Sr. Trump ha añadido sus capacidades como vendedor, su aptitud para el espectáculo y un muy buen timing, aprovechando el boom de las bienes raíces de la última década de un modo espectacular.


La Trump Organization, una entidad que abarca más de una docena empresas involucradas en el manejo y desarrollo de hoteles y bienes raíces, está constituida por 45 empleados clave. Tres de ellos son vicepresidentes ejecutivos: Louise M. Sunshine, quien transformó su formidable capacidad para recaudar millones de dólares para campañas políticas en una habilidad para vender departamentos por millones de dólares; Robert Trump, de 34 años y hermano de Donald, ahora supervisor del proyecto del hotel-casino en Atlantic City; e Ivana Trump, de 30 años, ex-modelo, esquiadora olímpica y la esposa austro-checa de Donald, a cargo del diseño.


Los secretarios se refieren al Sr. Trump por su nombre de pila. “Aquí casi nada llega al papel. Donald hace el trabajo de 50 personas en su cabeza”, dijo la Sra. Sunshine. Él “nunca para de proyectar”.
Una serie de diapositivas promocionales para la Trump Tower la describen como “la mirada culminante de un estilo de vida fino, vista a través de un ojo dorado”. Flashazos de habitaciones modelo aparecen mezcladas entre imágenes de museos, teatros y los restaurantes más glamurosos de Manhattan mientras, desde el fondo, la voz de Frank Sinatra proyecta “New York, New York”. Aunque las palabras son de Sinatra, la imagen salió de la cabeza de Trump: “A No.1; king of the hill” [“Un No.1; rey de la montaña”].
El mensaje es un clarín que llama a los foráneos con dinero, sean extranjeros o estadunidenses que vienen del otro lado del Hudson. El uniforme escarlata de los porteros, con sus sombreros blancos de salacot —o gorros altos de pelo negro para los meses de invierno— evocan al Palacio de Buckingham. Ivana Trump los mandó a manufacturar a Londres.


En el lobby del atrio, un músico de corbata negra toca un piano rosado. “Nos gusta darle a la gente un poquito de espectáculo”, dijo la Sra. Trump, una rubia delgada con ojos aguamarina. Su cuerpo de modelo estaba envuelto en un vestido con puntos blancos y negros; el diseño es de Galanos. “El atrio es ostentoso pero acogedor”, declaró.
Las raíces de la Trump Organization llegan hasta lo más profundo de la política neoyorkina. Fred Trump, por ejemplo, estuvo muy involucrado con la organización Brooklyn Democratic, la cual produjo un alcalde neoyorkino (Abraham D. Beame) y un gobernador del estado de Nueva York (Hugh L. Carey), además de otros oficiales de menor rango pero de influencia estratégica durante la invasión de Donald Trump a Manhattan en 1974 y 1975, tiempos económicamente difíciles en la historia de la ciudad.


La reducción de impuestos y otras concesiones adquiridas por parte de agencias gubernamentales han sido calificadas por los críticos de Trump como “escandalosas”, ganándose el moto de “negocios cariñosos”, que se alega fueron otorgados como paga por favores políticos.


A mediados de los 70, cuando apenas se estaba planeando la construcción del New York City Convention Center, el Sr. Trump comenzó a procurar para la utilización de una porción del lado oeste, a la altura de la Calle 30: la zona ferrocarrilera de la estación Penn Central, declarada en bancarrota, donde se había asegurado una opción a cambio de que le prometieran desarrollar el lugar. El grupo del Sr. Tisch votó por una zona en el extremo oeste de la Calle 44.
Los oficiales estatales y municipales a cargo de financiar el proyecto acabaron por ponerse de su lado, y el Sr. Trump vendió la propiedad de la Penn Central a la ciudad por 12 millones de dólares, obteniendo 880 mil en gastos y comisiones. Pero aún le molesta que rechazaran su oferta de construir el centro de convenciones por un precio garantizado de 200 millones de dólares, cuota que reconsideraría si el edificio llevaba su apellido.


El proyecto, a cargo de la Corporación de Desarrollo Urbano del Estado de Nueva York, ha estado plagado de sobrecostos de hasta 125 millones de dólares y lleva dos años de retraso. La incapacidad de Trump para aguantarse las ganas de decir “¡Se los dije!” ofreciendo hacerse cargo del proyecto sin cobro de cuotas extra resultó en un tiroteo verbal entre su persona y el presidente de la corporación.

El Grand Hyatt


Durante este mismo período, Trump le apostó a comprar otra propiedad de Penn Central, el casi difunto Commodore Hotel, para renovarlo y convertirlo en lo que es hoy el Grand Hyatt Hotel. El proyecto fue financieramente posible gracias a una reducción de impuestos por 40 años, algo que hasta entonces no se le había otorgado a una propiedad comercial. El Sr. Trump pagó sólo 500 mil dólares por la propiedad original.


Como operador y presidente del Buró de Convenciones y Visitantes de Nueva York, el Sr. Tisch protestó en contra de la reducción de impuestos, declarándola como una ventaja injusta.
En retrospectiva, el Sr. Tisch dijo que el proyecto “resultó benigno para esa parte de la ciudad”. Pero, añadió, esos 200 mil dólares que la ciudad recibe anualmente de los impuestos pagados por el Grand Hyatt equivalen a lo que pagaría un motel cualquiera sobre la Octava Avenida.


Desde aquella escaramuza, el Sr. Tisch y el Sr. Trump se han vuelto buenos amigos. También han dejado atrás sus diferencias respecto a otro asunto: si deben permitirse o no las apuestas en el estado de Nueva York.


Trump estaba muy emocionado por la posibilidad de convertir el lobby del Grand Hyatt en un casino. Tisch cree haberlo persuadido de lo contrario al demostrar que la construcción de un casino en el Catskills habría transferido el negocio de las convenciones fuera de los hoteles; fue entonces cuando Trump se unió a su causa como co-presidente de la coalición en contra de la legalización del juego. Sin embargo, una explicación más probable para semejante cambio de opinión es que sus aliados políticos —el gobernador Carey y el procurador general Robert Adams— pasaron de estar a favor a estar en contra del juego, además de que sus esperanzas de legislar su legalización en Albany parecían nulas.


La complejidad del negocio del Grand Hyatt y su habilidad para llevarlo a cabo antes de su trigésimo cumpleaños le ganaron a Trump el respeto de sus adversarios y, aún más importante, el de los grandes líderes de Nueva York.


Trump tomó sus acciones en el Commodore, por las que terminó pagando 10 millones de dólares, menos 2 millones por la venta del equipo y amueblado, para asociarse con la Hyatt Corporation, que entonces buscaba llevar su franquicia hotelera a Nueva York. Trump construiría el hotel y Hyatt lo administraría; sería una sociedad en igualdad de términos.


Luego buscó a Geeorge Peacock, vicepresidente de la Equitable Life Assurance Society. Nunca habían hecho negocios juntos, pero el Sr. Peacock ya había sido invitado de Trump durante el U.S. Open.
Preocupados por el deterioro en la zona de la Grand Central (varios edificios de oficinas iban a cerrar, y la ciudad estaba al borde de la bancarrota), los miembros de Equitable, junto con el Bowery Savings Bank y otros bancos más pequeños, le prometieron a Trump 70 millones de dólares en hipotecas para el día en el que el nuevo hotel abriera sus puertas.


“Así que me hice cargo del compromiso, muy condicionado, por cierto”, recuerda el Sr. Trump. Una de las condiciones acordadas fue que el financiamiento incluyera una reducción de impuestos. “Les dije: ‘Les construiré este hotel increíble, hermoso y brillante. Emplearé personas en su construcción y administración, y pronto la zona de la Grand Central volverá a crecer’. Así que la ciudad cerró el trato”, comentó.


Como no existían estatutos legales para la reducción de impuestos respecto a constructoras comerciales, Trump sugirió venderle el hotel a la Corporación de Desarrollo Urbano por 1 millón de dólares y rentarlo por 99 años, pagando una cuota modesta en vez de los impuestos que el Commodore no podía financiar. Mientras tanto, podía sacarle provecho al poder de la agencia para deshacerse de los inquilinos menos gratos en los estratos inferiores.


Con las piezas en su lugar, Trump obtuvo un préstamo de 70 millones de dólares por parte de Manufacturers Hanover. “Fue un salto de fe”, dijo el Sr. Bryant, del banco.


Trump reconoció que esto era un riesgo substancial. Pudo haber perdido 3 millones en acciones y en cuotas arquitectónicas y legales. “Pudo haber sido un desastre”, dijo. Su padre, añadió, “permaneció neutral” a pesar de que su hijo ya había ganado dinero en negocios anteriores. Aún así, Trump dijo que, considerando la posibilidad del fracaso, “habría sido una vergüenza”.


Después de que comenzara la construcción del Hyatt en 1979, la economía de la ciudad empezó a levantarse; los costos hoteleros brincaron al doble, y Trump tuvo que cambiar de planes. En vez de cobrar una cuota modesta de 38 dólares la noche, construiría un macro-hotel que cobrara 90 dólares o más por una noche.


“Toda la economía del negocio cambió”, dijo. “Conseguí otros 30 millones del Chase Manhattan Bank, así que cuando llegó el momento de invertir, las peores proyecciones eran tan buenas que ni siquiera tuve que meter dinero. Fue cuestión de timing. Si hubiera esperado un año más, no habría adquirido la deducción de impuestos, y ahora nadie más será capaz de conseguirla”.

La Trump Tower


“El Hyatt nos familiarizó mucho con Donald, y eso nos llevó al próximo gran contrato”, dijo el Sr. Peacock, de Equitable. La compañía de seguros era dueña del terreno del Bonwit Teller, y vendería sólo si conseguía involucrarse en un proyecto ya existente.
En 1974, Donald Trump contrató a la Sra. Sunshine, directora de finanzas de la campaña electoral del gobernador Carey, para que lo ayudara a cabildear a favor del centro de convenciones.


La Sra. Sunshine ha dicho que sus intereses políticos han disminuido, aunque esto no significa que la Trump Organization carezca de peso político entre los Demócratas —Roy Cohn, de Saxe, Bolan & Manley y la firma Shea & Gould son litigantes del partido— o que sus recursos no estén disponibles para los candidatos pertinentes de cada partido. Donald Trump apoyó a Ronald Raegan en 1980 y ha visitado la Casa Blanca en varias ocasiones.


Fue la Sra. Sunshine quien en 1975 le presentó a Trump a su amiga, Marilyn Evins, esposa de David Evins, uno de los principales accionistas de Genesco, la corporación dueña de la cadena Bonwit. A través del Sr. Evins, declaró que el voraz conglomerado estaba dispuesto a vender el contrato de arrendamiento del Bonwit, al que aún le quedaban otros 29 años.


“Donald es el único urbanista que nos pareció sensato”, dijo el Sr. Peacock.


Juntos formaron la compañía Trump-Equitable Fifht Avenue, en sociedad igualitaria. Equitable puso las cuotas; Trump se hizo cargo del arrendamiento mediante dos unidades adquiridas en la Calle 57 este y el espacio aéreo por encima del Tiffany’s en la esquina, esto con la intención de cambiar las leyes de zonificación en el área para construir un elevado complejo departamental. La Trump Organization funge como administrador y agente de ventas del edificio, y esto le dio al Sr. Trump la oportunidad de grabar el nombre de su familia sobre el portal, que se extiende cuatro pisos hacia lo alto, en una tipografía colosal de bronce; y añadió además dos letras T, gigantescas y también de bronce, en el atrio.


Chase Manhattan financió la compra de propiedades y derechos en 24 millones de dólares, y los bancos formaron un sindicato para el préstamo de 150 millones.


El Sr. Trump esperaba que la Trump Tower calificara para la deducción de impuestos residenciales, pero después de que comenzaran a construir, la exención —de un estimado de entre 15 y 20 millones— le fue negada por la ciudad bajo la premisa de que el punto del edificio era proporcionar residencias de bajo o mediano costo, no los apartamentos de lujo de la torre. La ciudad apeló un fallo en contra de Trump frente a la Suprema Corte del Estado el pasado mes de junio.


“Esta no me hace falta”, dijo Trump, “pero no está bien mostrar la zanahoria y luego decir que ‘Trump no va a conseguirla’. Mi cabeza no puede con eso”.


Trump puede, por lo tanto, añadir otra estrella más a su insignia de capitalista emprendedor, ésta por haber llevado a cabo un negocio en uno de los terrenos más caros de Nueva York sin desembolsar prácticamente nada de su dinero.


Los 260 millones en ingresos proyectados (85 por ciento de los 263 departamentos ya fueron vendidos) han pagado efectivamente el préstamo de construcción, dejando a la Trump Tower despreocupada por las hipotecas. La asociación conserva la propiedad de espacios comerciales y los 13 niveles de espacio para oficinas, aún sin rentar, que han quedado en medio. Se proyecta que este espacio comercial del edificio produzca ingresos de 28 millones de dólares al año sólo en rentas.


Numerosos comerciantes y corredores de bienes raíces en Nueva York han expresado sus dudas respecto a si los inquilinos del Atrio serán capaces de pagar las cuotas de renta —de 150 a 400 dólares por pie cuadrado— o cubrir los 3.5 millones de dólares en costos que Loewe ha invertido en su sucursal de tres pisos. Para cubrir el millón de dólares que Charles Jourdan pagará durante su primer año, la tienda debe vender 10 millones en ropa y calzado.


Los inquilinos no saben cuáles serán los cargos comunes ni los impuestos de bienes raíces. Puede que estos cargos transferibles igualen la cuota de la renta básica, expresó un corredor de bolsa, pronosticando numerosas demandas respecto a la interpretación de los contratos de arrendamiento de entre 10 y 20 años. “Los comerciantes enfrentarán los riesgos de la Trump Tower”, dijo, “y Trump podrá deshacerse de los indeseables”.

 

“Sólo quiero lo mejor”, declaró Donald Trump. Pero circulan rumores de que el magnate ha tenido dificultades para llenar el Atrio, que abrió en febrero ocupado sólo a media capacidad. “Me arriesgué a que firmarían cuando vieran que el edificio funcionaba”, dijo. Ganó la apuesta, aunque reconoce haberle dado “un trato más suave” a los que aún dudaban de la compra.


Desde el tríplex en la cima de la Trump Tower que él y su esposa ocuparan durante el otoño en compañía de sus dos hijos (más un tercero que viene en camino), Trump podrá inspeccionar el área metropolitana, incluyendo las zonas en las que maniobró su “escape” del negocio de su padre.


Mientras estaba en la Wharton School, donde cursó la preparatoria hasta graduarse en 1968, Donald Trump puso en práctica lo que dice haber aprendido “por ósmosis” de su señor padre. Comenzó a “comprar y arreglar pequeñas propiedades en Filadelfia”, recuerda.
Después de graduarse, se unió a su padre en Brooklyn y continuó comprando propiedades en Virginia, Ohio, Nevada y tierra en California. A veces construía también. Tenía buen ojo para ubicaciones y buen financiamiento. “Hipotecas de la FHA [Administración Federal de Vivienda]; por 40 años, al 5.5 por ciento de interés”, adquiridas de propietarios desesperados por vender. “Así no hizo falta poner mucho dinero”, explica Trump.


Financió algunos de los antiguos proyectos de su padre, afianzó unos cuantos intercambios libres de impuestos y, recientemente, ha transformado otros más en cooperativas. Durante casi todo su período inicial en el negocio, los costos de bienes raíces y la inflación general volaron hasta el cielo.


Después de cinco años de éxitos, Donald Trump estaba listo para salir. O como lo expresan algunos humoristas: estaba en posición para “trumpear a su padre”.


Según Harry Levinson, un psicólogo de Boston que ha estudiado los negocios familiares, “El problema del emprendedor en la familia es un complejo de Edipo no resuelto; las ganas de un hijo de vencer a su viejo”. Esto con razón particular cuando el padre ha sido muy exitoso.
“El hijo se siente tan inadecuado e incapaz de competir con su padre que busca comportamientos compensatorios”. El Dr. Levinson dice: “El hijo se va al otro extremo y se vuela a sí mismo en pedazos con la intención de negar sus sentimientos de impotencia. Particularmente cuando se trata de un empresario que tiene que luchar con tantas cosas, este egoísmo compensatorio resulta muy útil”.


Un antecedente de victorias “me ha dado facilidad para hacer negocios”, dijo Donald Trump. “La gente quiere invertir en ti”. Inevitablemente, se le compara con el difundo William Zeckendorf, cuyos monumentos incluyen el edificio de las Naciones Unidas y los complejos departamentales de Kips Bay (Nueva York), Century City (Los Ángeles) y Palace Ville Marie (Montreal). Aclamado como un genio, al final se vio forzado a declararse en bancarrota, tanto a nivel corporativo como personal.


“En cierto sentido sí lo veo como un modelo”, reconoce Trump. “Era un gran visionario, pero no era fiscalmente cauteloso. Ser testigo de su caída me ha enseñado a serlo en exceso”.
Ha dicho el Sr. Bryant, de Manufacturers Hanover Trust que “el Sr. Trump parece un hombre bravo. No lo es. Zeckendorf se desparramó de costa a costa. Donald permanece en casa. Se apega a lo que conoce”.


El Sr. Trump ha estado vendiendo propiedades adquiridas fuera de Nueva York durante su arrebato post-colegial y coopera en el manejo de 3 mil unidades en Brooklyn y Queens.


“Hemos acumulado mucho dinero”, dijo. Dinero que “no se usará necesariamente en este negocio. No estoy casado con las bienes raíces”. Los asociados de Trump dicen que le interesan los deportes y las telecomunicaciones, y él mismo ha admitido una fascinación por las fusiones empresariales. No entiende cómo ni por qué adueñarse de una empresa mal administrada sería problemático.


Tras ser legalizada la posesión privada de oro en enero 1 de 1975, Trump comenzó a comprar de inmediato y en grandes cantidades. Cada onza se vendía por 185 dólares. “Nosotros las vendíamos entre 780 y 790 dólares. Nos fue muy bien. Es más fácil que el negocio de la construcción”, dijo.

 

*Fragmento de “The Empire and Ego of Donald Trump”, publicado en The New York Times (1983). Traducción de Staff El Barrio Antiguo.

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