Por Samantha Villarreal Gatica

Ilustración de la serie: ‘Salí por el pan’ Por diferentes artistas urbanos

Los espacios de divulgación académica (que no de conversación) siempre me han llamado la atención. Un erudito toma la palabra, describe las cosas que ha visto y todos aplauden. Otro erudito sube, comparte sus experiencias y todos aplauden. Yo simplemente me pregunto hace cuánto que los eruditos realizan este tipo de espacios y qué tanto han contribuido a transformar las realidades que enuncian en mejores espacios para que la humanidad germine.


Pongo un ejemplo tácito.


Hace poco escuché a un académico afirmar que es mejor una paz armada que un puñado de problemas sin resolver en las calles. Después escuché a otro decir que “por sus actos y procedencia, esos ‘mártires’ me parecen por lo menos sospechosos. Nadie que ande en movilizaciones políticas es del todo inocente”. Después de tales afirmaciones, todos se fueron tranquilamente a sus salas de trabajo, a esbozar ideas para mejorar los entornos sociales en los cuales se desarrollan.


“¿Es genuino este esfuerzo?”, pensé. Los académicos, es decir, el pensamiento dogmático está acostumbrado a articular verdades inmutables y sordas a partir de las cuales se enuncian juicios que nos colocan de un lado o del otro de la línea que se han dedicado a trazar con tanto cuidado. Más profundo aún resulta que estos académicos adoctrinen a nuestros jóvenes para que, cuatro años después, se integren a la vida adulta y tomen decisiones. ¿Cómo les enseñamos a ser sensibles si por instructivo llevan un dogma que les impide la reflexión, la consideración y la toma de una postura?


Con la ola de violencia y los cientos de víctimas en nuestro país, pareciera incluso obligatorio que nos dedicáramos a construir un horizonte más incluyente, o que al menos aprendiéramos a ser un poco más cautos a la hora de interpretar la realidad que nos envuelve, sobre todo al momento de asumir que nuestra figura orienta, de alguna manera, a otros.


Conversar, coincido, no es convencer al otro sobre la dirección de sus ideas, es más bien ampliar los horizontes y alcances de esa conversación a fin de generar un espacio de significados y sentidos más incluyentes. Sin embargo, pareciera que resulta más atractivo representar a la figura del hombre sabio o erudito que se encuentra un peldaño por encima de todos. Tantos años acumula la historia de la humanidad y aún no entendemos que el conocimiento no otorga poder, sino que nos hace responsables de divulgarlo.


En fin, no puedo comprender con claridad cómo es que, asomando la nariz a los libros de los humanistas más grandes de la historia, y asomando esa misma nariz a las realidades más atroces que nos rodean cotidianamente, seamos capaces de asumir la labor de la enseñanza a partir de dogmas inmutables.


Tampoco voy a afirmar que todos los académicos son así. Por fortuna (y utilizó en su sentido amplio y cabal la palabra “fortuna”), existen académicos distintos que encienden el pensamiento de sus alumnos y que los mueven hacia una mesa en donde puedan dialogar con su entorno. Apostemos por estos maestros, que asumen la tarea de jalar una iniciativa desde sus aulas para formar ciudadanos sensibles y razonables.


Es momento de cuestionar si estamos dispuestos a usar los espacios de reflexión como aparador de los logros personales o si es momento de pensar en la validez de cada uno de los esfuerzos que hacemos, según su impacto en nuestro entorno más cercano. ¿Cuántas emisiones de foros y encuentros se han realizado en comparación con las conciencias trasformadas en las aulas? Debiera ser obligatorio responder esa pregunta para comenzar a enseñarnos los unos a los otros los proyectos que hemos sido capaces de implementar en nuestra realidad para tratar de hacerla habitable.


La voluntad de cambiar al mundo es una semilla que hay que colocar en un terreno fértil para que germine y podamos observar pequeñas pero bellísimas luces de esperanza en medio de las atrocidades que nos golpean cada día.

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