¿Perderse un encuentro con Borges es tener un encuentro con Borges?

Por Carmen Libertad Vera

Sí alguna lluvia en la vida me ha resultado adversa, fue aquella. Lluvia alucinante sobrevenida un domingo de agosto y que nos impidió conocer a Jorge Luis Borges.

Porque sí, ese verano fue cuando, en compañía de dos amigos universitarios de cuyos fariseos nombres no quisiera acordarme, me encontraba por las todavía naïves tierras michoacanas. Exactamente en Morelia, lugar donde nosotros tres, al igual que cientos de interesados en la poesía, habíamos llegado provenientes de los sitios más disímbolos o lejanos. Todos con el ánimo muy bien dispuesto a presenciar un evento excepcional, promovido por el poeta Homero Aridjis, entonces colaborador cercano del gobernador priista Cuauhtémoc Cárdenas.

Porque sí, ese 1°Festival Internacional de Poesía surgió de aquella desusada mancuerna político-cultural, teniendo gran resonancia y un muy bien ejercido costo presupuestal de más de 50 millones de pesos, de aquellos pesos que hoy, en términos comparativos con la inflacionaria paridad de entonces, vendrían a representar casi 2 millones de dólares.

A pesar de las notables ausencias en el programa original —Paz, Sanguinetti, Guillen y Alberti, entre otros—, los poetas confirmados dieron categoría de excepcional a ese Festival. Díganlo si no tan sólo dos nombres y presencias: Günter Grass y Allen Ginsberg.

Del primero, Tambor de hojalata era ya su obra conocida y reconocida, no así su poesía, que a excepción de los infaltables sabelotodo, para la mayoría resultaba desconocida. Del segundo, ahí presente como tótem mesiánico de canturreada lectura, la genialidad de su Aullido era objeto de culto universal, no sólo para “las mentes más brillantes” de su beat generation, sino de dos o tres generaciones ulteriores.

Todas las jornadas donde se dio lectura a la poesía de aquella veintena de autores, se realizaron en un teatro moreliano. Como referencia distintiva, era un recinto ubicado dentro de arbolado núcleo urbano destinado a convenciones. Lugar donde también se localizaba un Orquidario, un Planetario y, además, parecía lugar óptimo para la práctica del senderismo.

Sitio noble al que las temporales lluvias veraniegas habían enjuagado atmosféricamente de cualquier signo de polución urbana y, en cambio, lo aderezaban con una selecta gama de verdores, del más tierno al más renegrido.

Se aspiraba un frescor de bosque que abanicaba los sentidos y volvía armónica, dentro de esa civilizada naturaleza, nuestra inocultable condición de extraviados citadinos.

Desde la inauguración, hecha mediante un sencillo acto, y durante los siguientes siete días consecutivos, el foro de ese teatro estuvo inundado holgadamente de techo a piso, con una vaporosa y ligera cascada de hilos blancos anudadamente entretejidos por las manos orfebres de la artista Marta Palau.

Después de esa semana, en un dominical acto de laico fervor poético y como magna clausura del Festival, se programó la ecuménica presencia de Jorge Luis Borges, quien de viva voz dirigiría la homilía de su resplandecida poesía.

Nada, ni nadie, impedirían su arribo a la capital michoacana. Estaba confirmado que él y su infaltable María Kodama llegarían a bordo de un avión privado, contratado especialmente para ellos por cortesía personal del entonces gobernador de ese estado y de Celeste, su esposa.

Conocer al ciego autor argentino era para todos común deseo compartido.

La mañana de aquel borgiano domingo, día claro y soleado como muy pocos he visto en toda mi vida, a bordo de una flamante camioneta Datsun con apariencia de Caribe y placas del Distrito Federal, decidimos ir en un viaje relámpago a comer pescado blanco al cercano lago de Pátzcuaro.

Aquellos viajeros en total éramos cinco. Mis dos condiscípulos universitarios, un par de alivianados chilangos buena onda, a quienes recién habíamos conocido en Morelia en calidad de poetas asumidos y con su respectiva plaquette en mano, y yo. Todos coincidíamos ahí sólo para presenciar el Festival. Y, por supuesto, escuchar a Borges.

Todo en ese viaje, especialmente lo referente a horarios, parecía peregrinamente calculado. La distancia entre un lugar y otro se mostraba corta y directa. Al menos eso sugería el desplegado mapa que entonces nos servía de brújula y guía.

Ya en Pátzcuaro, los cinco viajeros paladeamos una atractiva comida elaborada con la suave tersura del famoso pescado lacustre. De postre, no quisimos dejar de probar la milagrosa nieve de pasta que en los portales de un amplio jardín, como manjar para dioses, expenden rebosante. Satisfechas nuestras gulas decidimos emprender el retorno, para ir al encuentro con la poesía Borges en su viva voz.

Por las abiertas ventanillas del vehículo, hasta nosotros llegaba el viento henchido por la verdosa fertilidad de la cobriza campiña michoacana. Soleados sembradíos de milpas trémulas, carrizados cañaverales y carnosas nopaleras, flanqueaban ambas laderas de nuestro camino.

De pronto, un cielo retacado de cargadas nubes oscuras volvió el día gris, plomizo, y sin mediar otro aviso que el destello de un relámpago, una imprevista lluvia comenzó a caer inesperada.

La camioneta Datsun con apariencia de Caribe, aunque aminorada en su velocidad, siguió rodando hacia el frente hasta el momento en que el camino se percibió apenas como fangosa línea estrecha, oscura y bifurcada al final de un crecido arroyo con arenoso suelo.

Progresivamente aquella llovizna se convirtió en la tormenta más copiosa que jamás ojos algunos hubieran visto. Luego fue imposible siquiera el distinguirla. Todos los cristales de aquella camioneta Datsun con apariencia de Caribe pronto quedaron empañados por dentro y por fuera, con un compacto vapor que impedía mirar naturalmente el externo derredor.

Fue ahí donde la alucinación colectiva dio inicio. Comenzamos a sentirnos flotando en el interior líquido y transparente de un enorme estanque. Las chorreantes hojas de los altos juncos, inclinadas desde los verdes sembradíos, adquirieron la convincente apariencia de lánguidas algas zambullidas. Los zigzagueantes surcos provocados por azulados goteos de lluvia simulaban el ondulado nadar de plateados pececillos que emitían vaporosas burbujas de aire. El vehículo debajo de aquel aguacero dejó de ser una camioneta Datsun con apariencia de Caribe y se transformó en una cristalizada cápsula submarina. Sin saber cómo, ¡habíamos caído al fondo de un mar verdoso donde navegábamos sobre un bajo lecho de rojos corales!

En algún momento aquella tormenta cesó tan sorpresivamente como había iniciado. Pudiendo así nosotros volver desorientados a la realidad de un camino terrenal. Reanudando luego nuestro viaje de regreso.

Llegamos a Morelia muy entrada la noche. El Festival ya había sido clausurado. Nuestro encuentro con Borges no pudo ser. Aquella tormenta nos había conducido por un sendero bifurcado, el cual extravió nuestro rumbo.

Nada pudimos hacer. Sólo conservar en nuestra memoria el inalterado recuerdo de aquella alucinante lluvia. Y del infausto día en que no pudimos conocer a Jorge Luis Borges.

*A Víctor Eduardo García.

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