Una crónica del día de febrero de 2014 en que ardió Caracas

Por José Andrés Lara

Ilustración por Cristina Guerrero

—¡Esas son balas, esas son balas!

El grito de Johan apenas se escucha en medio del estruendo que rebota entre los edificios y cae como tormenta sobre la multitud de jóvenes concentrados en avenida Universidad y la calle Sur 11, en Candelaria, a las dos y media de la tarde, este 12 de febrero de 2014.

—¡Esas son balas! ¡Corran, corran!

Las armas invisibles disparan 22 tiros.

Luego cuatro.

Dos.

Diez.

Dos más

Diez.

Uno. Uno. Tres. Otros dos.

Jóvenes con la mitad de la cara cubierta por camisetas, pañuelos o pequeñas banderas de Venezuela corren a protegerse detrás de cabinas telefónicas, en cocheras, detrás de jardineras, junto a paradas de autobús. Pero otros van al frente y hasta se paran en medio de la calle con los brazos en alto, dispuestos a todo.

—¡Fuego, fuego!

No se lo esperaban.

En el contingente de más de 200 chamos, muchos no pensaron que cambiaría así la marcha a la que llamaron organizaciones estudiantiles, civiles y partidos políticos de oposición para demandarle al gobierno del presidente Nicolás Maduro —“Maburro” le dicen ellos— mejores condiciones de vida.

La convocatoria de la oposición —grupo venezolano donde entra todo lo que no sea oficialismo— quedó entonces marcada en la red social Twitter con la etiqueta 12F, pero también con otra que buscaba una ruta más radical: la salida del presidente obrero elegido por el comandante Hugo Chávez y todos sus herederos.

Cita: Plaza Venezuela, 10:00AM.

Pero la fiesta, hay que recordarlo, era la de los rojos-rojitos. El mismo día, a las 10:00AM, la Juventud del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) llamó a sus chamos a marchar del Parque O’Leary hasta La Pastora para recordar la gesta del 12 de febrero de 1814, aquella donde el general José Félix Ribas llamó a una tropa de mil hombres a luchar contra unos 4 mil invasores. Para la batalla se valió de todo aquel preparado a dar la vida y en su ejército incluyó a 85 seminaristas —desde niños de 13 hasta jóvenes de 20 años— dispuestos a pelear.

Sabía el general Ribas de la diferencia entre su tropa y la de los otros, por lo que animó a los suyos con una frase que marcaría la batalla y la historia: “No podemos optar entre vencer o morir: necesario es vencer”.

Y 200 años después, su frase parecía extenderse en estos rostros donde la mirada ardía de coraje.

División de Tropas

—Disculpe, ¿dónde es la marcha?

—¿La escuálida o la roja?

—La primera.

—Ah, pues entonces vaya para allá, pero rápido —dice la agente de tránsito que trata que los montones de gente que salen del Metro La Hoyada no estorben demasiado el paso del Metrobús.

Hacia allá va Laura, una estudiante de 19 años de edad que lleva como arma la bandera tricolor de Venezuela sobre su espalda.

Son las dos de la tarde. Se supone que a esta hora sus amigos ya debían haber llegado a la Fiscalía General con su propia demanda del 12F: la liberación de diez jóvenes detenidos en la provincia de Táchira por atacar la casa del gobernador José Vielma Mora.

Ocurrió el 6 de febrero, después de que las Fuerzas Armadas de Venezuela incautaron más de 900 toneladas de alimentos que eran vendidos en contrabando en Colombia. El negocio creció a expensas de la Revolución Bolivariana: los subsidios en alimentos permitían a bandas de contrabando comprar leche, azúcar, aceite y harinapan a precios bajos en bolívares que luego vendían a, por lo menos, 10 veces su valor.

Pero el gobierno de quien fuera canciller venezolano se cansó de la mala jugada y fue a la cacería de los “bachaqueros”. Y la tarde del 6 de febrero, la nota salió de Táchira: “Esposa de Vielma denuncia ataques a casa de gobernador”.

La detención de diez jóvenes fue lo que encendió la mecha. Estudiantes tachirenses iniciaron protestas por violación a derechos humanos de los detenidos, luego por torturas, luego contra la escasez de alimentos y ahora por un país sin esperanza. “El gobierno nos quita los sueños”, decían.

Y mientras camina hacia la avenida Universidad bajo esta tarde tibia en Caracas, Laura los apoya con su letrero: “Nos han quitado tanto que ya no tenemos miedo”.

Calentamiento del terreno

—¡Míralos, ahí están todos! ¡Así deberían ir a cazar malandros!

Arais, una vecina del edificio Residencias Atamar, aprovecha el momento para escupir su coraje a los efectivos de la Policía Nacional que taparon la calle para bloquear el paso de los chamos hacia la fiscalía.

Agrupados, en guardia, con sus escudos antimotines, los policías se cubren de los palos y los trapos incendiados que les arrojan los jóvenes, pero no escapan de los insultos: “¡Hijos de puta, vayan por los narcos, por los asesinos, váyanse de aquí!”.

Lo grave es que la policía no sólo estaba en avenida Universidad, sino que también colocó otras barreras —piquetes— sobre las calles Sur 11, Tracabordo y Este 2. Y el comando azul no estaba solo: había tropas de la Guardia Nacional Bolivariana y del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin)

—Mira, ahora sí son valientes, con estos que no hacen nada —le dice Arais a sus vecinos que están con ella aquí, atrapados en la recepción del edificio sin poder salir porque a la derecha están los chamos y a la izquierda los que lanzan perdigones.

—Ya estamos cansados de este gobierno. ¡Que se vayan!

En eso, el clamor se vuelve un sonido metálico que escapa de la ventana de un edificio y se propaga por otros balcones y otras calles.

—¡Clan, clan, clan, clan, clan!

Cacerolazos. Llegan como el repicar de las campanas en los pueblos para que los hombres salgan a defender la tierra.

Arais sube a su apartamento para unirse también, golpeando con una cuchara de metal el sartén o los barrotes de su casa. Los cacerolazos suenan de un modo tan uniforme que parece orquesta.

Así se prepara la batalla.

El grito de guerra

Los chamos quieren avanzar con todo y que está enfrente la Policía Nacional. Se animan unos a otros.

—¡Vamos, vamos, este gobierno va a caer!

—¡Y va a caeeeeer, y va a caeeeer, este gobierno va a caer!

Lanzan piedras contra los efectivos. También contra los del Sebin que montaron el otro piquete. Se empiezan a escuchar motorizados en las calles cercanas.

Estamos rodeados.

En eso, ¡pum!, un perdigón. Luego una bomba de gas lacrimógeno.

Pero, ¿qué pasa?

¿De dónde viene esto?

La barrera de la policía está frente a ellos pero los proyectiles vienen de arriba, en el cruce de Sur 11 y Tracabordo.

Se escuchan los tiros a ras de tierra y otros como si vinieran de los techos.

El enemigo ahora es invisible.

—¿A dónde correr?, ¿cómo cubrirse?, ¿qué va a pasar?

No hay tiempo para dudar.

Nuevas descargas. Cinco, tres, siete, cinco.

Y todo con los cacerolazos de fondo.

—¡Eso sí es bala!

—¡Al suelo, al suelo!

—¡Estamos atrapados!

—¡Malditos!

—¡No se pongan en medio de la calle!

—¡No, vale, no lo hagan, no!

—¡Ahí vienen!

—¡Le dieron a uno, le dieron a uno!

—¡Herido, herido!

—¡Lo mataron!

Las brigadas de socorristas espontáneos cargan el cuerpo herido de Bassil DaCosta. Más tarde, en otro punto, caerá Juan Montoya, uno de los líderes del colectivo del 23 de enero.

Pero estamos aún en la refriega. Los chamos incendian basura, se cubren detrás de unas jardineras y otros ya abrieron la puerta de un estacionamiento para colocarse atrás, como una trinchera.

Sus armas son las piedras y cócteles molotov que lanzan hacia el enemigo con uniforme del Sebin y otros que van de un lado a otro en motocicletas, vestidos de civiles.

En plena batalla llegan espontáneos peritos de criminalística y asistentes de prensa que van directamente hacia fotógrafos y reporteros para mostrarles las evidencias de guerra.

—¡Foto, foto! ¡Mire, esto es lo que pasa en Venezuela! —ironiza un chamo al exponer cartuchos percutidos que recolectó hace apenas unos minutos.

(Descarga de flashes, fotos, video, mensajes de Twitter y WhatsApp que inundarán en unas horas las redes sociales).

—¡Mire, mire, esto es lo pacífico que se vive en el país diariamente!

Otro chamo va hacia un fotógrafo de agencia que se encuentra metros más arriba, adelante del Banco Caroní.

—¡Vamos a ver a los heridos, están arriba! ¡Hay sangre y heridos!

—¿Pero quiénes fueron?

—¡Los Tupamaros, los Tupamaros!

—¿Cómo lo sabes?

—¡Porque andan en moto y traen la cara así, tapada!

—¿Pero me lo puedes decir con nombre y apellido?, ¿me lo puedes afirmar como voz oficial?

—¡No, no, pero mira vamos arriba, vamos pa’llá, pues, pa’ que los veas!

¿Qué hacer?, ¿a dónde ir? Por lo pronto, los chamos mantienen la batalla y ahora traen un nuevo reclamo que repiten cada tanto:

—¡Maldito transtornado/que le dispara al pueblo!

El polvorín

De pronto llegan más disparos desde la avenida Bolívar. Los motorizados se acercan por los alrededores. La Policía Nacional comienza a avanzar por Universidad contra la tropa de chamos. Están rodeados.

Los chamos retroceden y se dirigen hacia el Ministerio Público.

Ahora van corriendo.

Unos veinte se desprenden del contingente general y enfilan hacia unas patrullas estacionadas frente al edificio.

Coraje total.

Parece que no saben que están junto a la sede del CIPCE de Parque Carabobo, un lugar repleto de agentes ministeriales, todos ellos armados.

Parece que no lo saben, porque han comenzado a quebrar los vidrios de tres vehículos; saltan encima de ellos, les meten envases de vidrio con gasolina y aceite y les prenden fuego.

Son presa fácil.

No se han dado cuenta que junto a ellos, en la marcha, caminaban hombres corpulentos con casco de motocicleta y lentes oscuros que no temían ni a los disparos ni a la policía. Y ahora esos mismos hombres los señalan con el dedo índice para que los ministeriales los atrapen.

Estampida general. Inicia la cacería.

—¡Perdón, perdón! —suplica un joven atrapado por un ministerial de traje que, sin vacilar, lo golpea ahora con su pistola. A la golpiza se suman otros dos agentes que blanden sus armas como si estuvieran en una contienda pareja.

—¡Déjeme, por favor! —clama otro allá, atrapado por otros dos agentes que le pegan en la cabeza y en el estómago, sin pudor.

Estos dos chicos estarán en la lista de los 16 detenidos en el episodio de Parque Carabobo. En las protestas de toda Venezuela, sumaron 37.

—¡Déjeme!

Apenas faltan quince para las cuatro de la tarde.

De las patrullas incendiadas brota el humo negro que ennegrece el cielo sobre La Candelaria. Eso se volverá la fotografía más representativa de la jornada, con un encabezado especial: “Arde Caracas”.

 

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