¿Por qué hay tantos borrachos viendo carreras de caballos?

 

Por Hunter S. Thompson

 

Me bajé del avión cerca de la medianoche y nadie habló mientras recorría el oscuro camino rumbo a la terminal. El aire estaba denso y cálido, como el de un baño de vapor. Dentro, la gente se abrazaba y se daba la mano… Amplias sonrisas y un grito de alegría por aquí y por allá: “¡Por Dios, viejo cabrón! ¡Qué bueno verte!… Muy bueno… ¡De verdad!”.

En el salón con aire acondicionado conocí a un hombre de Houston cuyo nombre no recuerdo (“Solo llámame Jimbo”, dijo) y estaba aquí para parrandear. “Estoy listo para cualquier cosa, ¡por Dios! Para absolutamente todo, ¡sí! ¿Qué estás bebiendo?”.

Yo pedí un Margarita con hielo, pero él no escuchó una palabra. “No, no… ¿Qué tipo de trago es ese para el Derby de Kentucky? ¿Qué te pasa, muchacho?”. Sonrió mientras le guiñaba un ojo al bartender. “Cielos, debemos educar a este joven. Sírvale un buen whisky…”.

Me encogí de hombros. “Bueno, un Old Fitz con hielo”. Jimbo asintió con su cabeza frente a mi aprobación.

“Mira”. Me tomó del brazo para asegurarse de que le estaba escuchando. “Conozco a esta gente del Derby, vengo aquí cada año, y déjame decirte una cosa que he aprendido: esta no es una ciudad como para andar dando la impresión de que eres un desgraciado. Al menos no en público. ¡Mierda!, te tumbarán boca arriba en un minuto, te golpearán en la cabeza y te quitarán hasta el último centavo que traigas”.

Le agradecí y puse un Marlboro en mi boquilla para cigarrillos. “Veamos”, dijo, “luces como si estuvieras en el negocio de los caballos… ¿Estoy en lo cierto?”.

“No”, dije. “Soy fotógrafo”.

“¿De veras?”. Miró mi andrajoso bolso de cuero con nuevo interés. “¿Es eso lo que tienes ahí? ¿Cámaras? ¿Para quién trabajas?”.

Playboy”, le dije.

Se rió. “¡Bueno, demonios! ¿Vas a tomar fotografías de caballos desnudos? ¡Au! Supongo que estarás trabajando duro en la carrera de Kentucky Oaks. Esa es una carrera sólo para potrillas”. Se rió con alboroto. “¡Oh, sí! ¡Y estarán todas desnudas también!”.

Moví la cabeza y no dije nada, solamente lo miré por un momento, tratando de mostrarme cómodo. “Va a haber problemas”, le dije. “Me encomendaron tomar fotografías del alboroto”.

“¿Qué alboroto?”.

Dudé, moviendo los hielos en el trago. “En la pista, el día del Derby. Las Panteras Negras”. Lo miré nuevamente. “¿No lees los periódicos?”.

La sonrisa había desaparecido de su rostro. “¿De qué demonios estás hablando?”.

“Bueno… tal vez no debería decírtelo… pero parece que todo el mundo lo sabe. La policía y la guardia nacional se han estado preparando por seis semanas. Tienen 20 mil hombres en alerta en el Fuerte Knox. Nos han advertido —a toda la prensa y los fotógrafos— que debemos llevar cascos y trajes especiales como chalecos antibalas. Nos dijeron que se esperaba que hubiera tiroteos…”.

“¡No!”, gritó. Levantó sus manos y las suspendió en el aire momentáneamente, como intentando evitar las palabras que estaba escuchando. Luego golpeó la barra con el puño. “¡Esos hijos de perra! ¡Santo cielo! ¡El Derby de Kentucky!”. Movía la cabeza de un lado al otro. “¡No! ¡Jesús! ¡Esto es demasiado para creerlo!”. Ahora parecía estar hundiéndose en el banquillo, y cuando levantó la vista, sus ojos estaban llorosos. “¿Por qué? ¿Por qué aquí? ¿No respetan nada?”.

Me encogí de hombros nuevamente. “No son sólo las Panteras. El FBI dice que buses de locos blancos vienen de todo el país para mezclarse con la multitud y atacar todos juntos de una vez, desde todas las direcciones. Estarán todos vestidos como cualquiera. Ya sabes, chaquetas y corbatas y todo eso. Pero cuando el desorden comience… Bueno, por eso los policías están tan preocupados”.

Se sentó por un momento. Se veía herido, confundido e incapaz de digerir todas estas malas noticias. Luego exclamó: “¡Jesús! Por Dios, ¿qué está sucediendo en este país? ¿Hacia dónde se puede escapar?”.

“Aquí no”, dije, tomando mi bolso. “Gracias por el trago… Y buena suerte”.

Me tomó del brazo, como para que me quedara a beber otro más, pero le dije que estaba atrasado para ir al Club de Prensa y me apresuré para llegar al terrible espectáculo.

En el puesto de noticias del aeropuerto tomé un periódico Courier-Journal y examiné los titulares de la portada: “Nixon envía soldados a Camboya para combatir a los rojos”… “Bombardeos de B-52, luego 20 mil soldados avanzan 20 millas”… “4 mil soldados de los Estados Unidos se despliegan cerca de Yale, y la tensión se incrementa con las protestas de las Panteras”. Al pie de página había una foto de Diane Crump, la que pronto sería la primera jinete en correr el Derby de Kentucky. El fotógrafo la había capturado “deteniéndose en el establo para acariciar su caballo, Fantasma”. El resto del periódico estaba lleno de desagradables noticias de guerra e historias de “disturbios estudiantiles”. No se mencionaba ningún problema en la universidad de Ohio llamada Kent State.

Me dirigí al mostrador de Hertz para coger mi auto, pero el joven a cargo me dijo que no tenían ninguno. “No puede rentar uno en cualquier lugar”, me aseguró. “Nuestras reservaciones para el Derby tardan más de seis semanas”. Le expliqué que mi jefe había confirmado un convertible Chrysler blanco para mí esa misma tarde, pero él lo negó con su cabeza.

“Quizás exista una cancelación. ¿Dónde se está quedando?”.

“¿Dónde se está quedando la multitud de Texas? Quiero estar con mi gente”.

Él suspiró. “Amigo, usted está en problemas. Esta ciudad está totalmente llena. Siempre es así para el Derby”.

Me le acerqué un poco, casi susurrando: “Mire, soy de Playboy. ¿Qué trabajito le gustaría?”.

Se alejó rápidamente. “¿Qué? ¡Vamos! ¿Qué clase de trabajito?”.

“Olvídelo”, dije. “Ya lo estropeó”. Saqué mi bolso del mostrador y fui a tomar un taxi. El bolso es un objeto de valor en este tipo de trabajo; el mío tenía un montón de etiquetas de viaje —San Francisco, Los Ángeles, Nueva York, Lima, Roma, Bangkok y ese tipo de cosas—, y la etiqueta más vistosa de todas era una muy oficial, con envoltura plástica que decía “Fotógrafo de la revista Playboy”. Se la compré a un cafiche en Vail, Colorado, y él me dijo cómo usarla. “Nunca menciones Playboy hasta estar seguro de que la hayan visto”, dijo. “Luego, cuando estés seguro de que la vieron, ese es el momento para atacar. Te digo, todos caerán ante ella. Pura magia”.

Bueno… quizás sea así. La había utilizado con el pobre estúpido del bar, y ahora tarareando rumbo al centro en un taxi, me sentí un tanto culpable al jugar con las mentes de esos desgraciados con aquella malvada fantasía. Pero, ¡qué demonios! Cualquiera que se pasee por el mundo diciendo “Sí, soy de Texas” merece todo lo que le plazca. Y él había venido, después de todo, para ponerse nuevamente en ridículo en medio de algún hastiado y anticuado fenómeno del siglo xix con nada que ofrecer más que una vendible “tradición”. Al comienzo de nuestra conversación, Jimbo me había dicho que no se había perdido un Derby desde 1954. “La damita ya no vendrá más”, dijo. “Ella aprieta sus dientes y me hace perder el control. Y cuando digo ‘perder el control’, ¡lo digo en serio! ¡Apuesto los billetes de diez dólares como si ya no valieran nada! Caballos, whisky, mujeres… Mierda, hay mujeres en esta ciudad que harían lo que fuera por dinero”.

¿Por qué no? Es bueno tener dinero en estos tiempos revolucionados. Incluso Richard Nixon tiene sed de dinero. Sólo un par de días antes del Derby dijo: “Si tuviera algo de dinero, lo invertiría en el mercado de valores”. Y el mercado, mientras tanto, continuó su nefasta caída.

***

El siguiente día fue duro. Faltaban 30 horas para el comienzo de la carrera y no tenía una credencial de prensa, y —de acuerdo con el editor de deportes del periódico de Louisville— no había esperanzas de conseguir una. Peor aún, necesitaba dos credenciales: una para mí y otra para Ralph Steadman, el ilustrador británico que venía de Londres para hacer algunos dibujos del Derby.

Todo lo que sabía de él era que nunca había venido a los Estados Unidos antes. Y mientras más pensaba en este hecho, más miedo me daba. ¿Cómo iba a aguantar el atroz impacto cultural de ser traído desde Londres hasta el escenario de una muchedumbre borracha en el Derby de Kentucky? No había manera de saberlo. Con suerte, él llegaría con uno o dos días de anticipación, para aclimatarse. Quizás unas horas de turismo por el campo cerca de Lexington le harían bien. Mi plan era recibirlo en el aeropuerto a borde del gigantesco Pontiac Ballbuster que le había arrendado a un vendedor de autos usados llamado Coronel Quick y luego llevarlo a un apacible lugar que le recordara a Inglaterra.

El Coronel Quick había resuelto el problema del auto y del dinero (cuatro veces la tarifa normal) y reservó dos dormitorios en las afueras de la ciudad. El único problema que quedaba era la tarea de convencer a los magnates de Churchil Downs que Scanlan era un prestigioso periódico deportivo y esperar que el sentido común los llevara a darnos las mejores credenciales de prensa. Esto no resultó fácil.

Mi primera llamada a la oficina de publicidad resultó un total desastre. El representante de prensa estaba impactado con la idea de que alguien fuese tan estúpido como para pedir credenciales dos días antes del Derby. “Rayos, no pueden estar hablando en serio”, dijo. “El plazo venció hace dos meses. El palco para la prensa está lleno; no hay más espacio… Y de todas formas, ¿qué demonios es la revista mensual Scanlan?”.

Pronuncié un doloroso quejido. “¿No lo llamaron de la oficina de Londres? Enviaron un artista para hacer las pinturas: Steadman, es irlandés. Creo que es muy famoso allá. Acabo de llegar de la Costa, los de la oficina de San Francisco me dijeron que estaba todo arreglado”.

Él parecía interesado, e incluso amable, pero no había nada que pudiera hacer. Lo halagué con un par de tonterías, y finalmente ofreció un compromiso: podía conseguirnos dos pases para los jardines del club, pero el club en sí, y especialmente los palcos de prensa, estaban fuera de discusión.

“Eso suena un poco raro”, dije. “Es inaceptable. Debemos tener acceso a todo: el espectáculo, la gente, y por supuesto la carrera. No pensará que vinimos desde tan lejos para ver la maldita cosa por televisión, ¿cierto? De alguna u otra forma entraremos. Quizás tengamos que sobornar algún guardia, o incluso utilizar el atomizador de pimienta”. (Había tomado un tarro de atomizador de pimienta Mace en una farmacia del centro por $5.98 y de pronto, a la mitad de esa llamada telefónica, me sorprendió la horrenda posibilidad de utilizarlo en la pista contra los acomodadores en las estrechas puertas hacia lo más íntimo del club para luego deslizarme rápidamente hacia adentro y disparar una enorme carga de Mace en el palco del gobernador, justo al comienzo de la carrera. O en contra de borrachos indefensos en el baño del club, por su propio bien…).

El viernes a medio día estaba aún sin credenciales de prensa y aún sin poder localizar a Steadman. Todo lo que sabía era que había cambiado de opinión y se había devuelto a Londres. Finalmente, luego de haberme cansado de localizar a Steadman, y después de haber fallado en obtener las credenciales en la oficina de prensa, decidí que mi única esperanza era ir a la pista y confrontar al hombre en persona, sin advertencias, pidiendo sólo un pase en lugar de dos y hablando muy rápido con un extraño timbre en mi voz, como un hombre intentando controlar un frenesí interior.

A la salida, me detuve en el mostrador del motel para cobrar un cheque. Luego, como una inútil ocurrencia tardía, pregunté si por alguna rara casualidad se había registrado algún Mr. Steadman. La dama del mostrador tenía alrededor de 50 años y una mirada muy peculiar. Cuando mencioné el nombre de Steadman ella asintió con la cabeza sin siquiera levantar la mirada ni dejar de escribir lo que sea que haya estado escribiendo y dijo en voz baja: “Claro que sí”. Luego me lo confirmó con una gran sonrisa. “Sí, de hecho. Mr. Steadman acaba de salir hacia la pista. ¿Es amigo suyo?”.

Lo negué con la cabeza. “Se supone que estaríamos trabajando juntos, pero nunca lo he visto siquiera. Maldición, ahora tendré que ir a buscarlo entre la turba en la pista”.

Ella se rió. “No tendrá ningún problema en encontrarlo. Podría encontrar a ese hombre entre cualquier multitud”.

“¿Por qué?”, pregunté. “¿Qué hay de malo en él? ¿Cómo luce?”.

“Bueno…”, dijo, aún riéndose, “él es la cosa más graciosa que he visto en un largo tiempo. El tiene esta… ehm… esta barba por toda su cara. De hecho está por toda su cabeza. Lo reconocerá apenas lo vea, no se preocupe por eso”.

¡Santo cielo!, pensé. Eso arruinará las credenciales de prensa. Tuve la visión de un nervioso estúpido todo cubierto de pelo enmarañado y piojos presentándose en la oficina de prensa y exigiendo un las credenciales para Scanlan. Bueno, ¿qué demonios? De todas formas podríamos consumir ácido y pasarnos el día con grandes blocs de dibujo, riéndonos histéricamente frente a la gente y bebiendo julepes de menta para que los policías no piensen que somos anormales. Quizás incluso podamos conseguir dinero; podríamos poner un gran letrero que diga: “Deje a un artista extranjero hacerle un retrato. $10 cada uno. ¡Hágalo ahora!”.

***

Tomé la autopista conduciendo muy rápido y haciendo saltar la camioneta monstruo de un carril a otro, con una cerveza en una mano y mi menta tan confundida que casi choco con un Volkswagen lleno de monjas cuando me disponía a tomar la salida de la derecha. Había una pequeña posibilidad, pensé, de que pudiera alcanzar al feo inglés antes de que se registrara.

Pero Steadman ya se encontraba en el palco de prensa cuando llegué allá. Un joven inglés con una gran barba, un abrigo de lana y lentes de la RAF. No había nada particularmente raro en él. Ninguna vena en su cara ni alguna fea verruga. Le conté acerca de la descripción de él que hizo la mujer del motel y pareció sorprenderse. “Que no te moleste”, dije. “Sólo recuerda por los próximos días que estamos en Louisville, Kentucky. No en Londres, ni siquiera en Nueva York. Este es un lugar raro. Tienes suerte de que la enferma mental del motel no haya sacado una pistola de la caja registradora y te haya hecho un gran agujero”. Me reí, pero él lucía preocupado.

“Sólo haz como si estuvieras visitando un gran manicomio al aire libre”, le dije. “Si los internos se salen de control, los rociaremos con Mace”. Le mostré el tarro de atomizador de pimienta, resistiendo la tentación de rociárselo a un desagradable hombre con cara de rata que escribía muy concentrado en la sección de la Agencia de Noticias Estadounidense. Nos encontrábamos en el bar, bebiendo a sorbos un fino whiskey escocés y felicitándonos por la suerte de haber conseguido, inexplicablemente, dos excelentes credenciales de prensa. La dama del mostrador había sido muy amigable con él, dijo. “Sólo le dije mi nombre y me dio lo que necesitaba”.

A media tarde teníamos todo bajo control. Teníamos asientos frente a la línea de meta, televisión a color, un bar abierto en la oficina de prensa y una selección de pases que nos llevarían a cualquier parte, desde el club hasta el cuarto de los jinetes. La única cosa que nos faltaba era el acceso a la parte más íntima del club: las secciones F y G… Y pensé que necesitábamos llegar ahí para ver a la alta burguesía en acción. El gobernador, un tosco neo-nazi llamado Louis Nunn, estaría en la sección G, con Barry Goldwater y el Coronel Sanders. Sentí que cuadraríamos bien en un palco de la sección G, donde podríamos descansar, beber y empaparnos de las vibras especiales del Derby.

Los bares y comedores también están en las secciones F y G, y los bares del club en el día del Derby son muy especiales. Junto con los políticos, las bellezas de la sociedad y los capitanes locales del comercio, todo cabrón medio loco que alguna vez haya tenido pretensiones de llegar a ser alguien mil kilómetros a la redonda de Louisville seguramente estaría ahí para beber algunos finos tragos, golpear un montón de espaldas y generalmente sin siquiera disimularlo.

El bar del corral es probablemente el mejor lugar en la pista para sentarse y mirar rostros. A nadie le molesta que lo miren; para eso están ahí. Algunas personas se la pasaron únicamente en el corral; se podía escoger cualquiera de las mesas de madera, sentarse en las cómodas sillas y observar el constantemente cambiante panorama. Meseros negros con chaquetas blancas se movían entre la multitud con bandejas con tragos mientras los expertos conversaban acerca de sus fórmulas para la carrera y los apostadores elegían sus números de la suerte u ojeaban la cartilla para escoger un nombre que les sonara bien. Hay un constante tráfico desde y hacia las ventanillas de apuestas, a través de los pasillos de madera. Luego, a medida que la carrera se acerca, la multitud comienza a volver a sus palcos.

Claramente, tendríamos que ingeniárnoslas para pasar más tiempo en el club mañana. Pero los pases de prensa “de paseo” hacia los sectores F y G solo servían por treinta minutos de corrido, presuntamente para permitir a los reporteros y fotógrafos conseguir entrevistas o fotos rápidas y así prevenir que sinvergüenzas como nosotros nos la pasemos ahí todo el día, acosando a la gente y golpeándola con nuestros viejos bolsos mientras nos paseamos por los palcos, o rociando al gobernador con Mace. El límite de tiempo no era problema el viernes, pero en el día del Derby los pases “de paseo” se agotarían rápidamente. Y como tardábamos 10 minutos para llegar desde los palcos al corral y 10 minutos más para devolvernos, no nos quedaba mucho tiempo para observar a la gente como correspondía. Además, a diferencia de todos los demás en el palco de prensa, a nosotros no nos interesaba en lo más mínimo lo que sucediera en la pista. Habíamos ido allí para ver actuar a las verdaderas bestias.

***

El viernes por la tarde, salimos a los balcones de los palcos de prensa y tratamos de describir la diferencia entre lo que estábamos viendo aquél día y lo que podría pasar al día siguiente. Esa era la primera vez que iba a un Derby en 10 años, pero antes de eso, cuando vivía en Louisville, solía venir todos los años. Ahora, mirando desde el palco de prensa, apunté al inmenso prado de pasto cercado por la pista. “Toda esa cosa”, dije, “estará llena de gente; 50 mil o más, y la mayoría estarán ebrios. Es una escena fantástica: miles de personas desmayándose, llorando, follando, peleando con botellas de whisky rotas. Tendremos que pasar algún tiempo ahí, pero es muy difícil moverse, muchos cuerpos”.

“¿Es seguro ahí? ¿Volveremos?”.

“Seguro”, dije. “Sólo tendremos que tener cuidado de no pisar el estómago de alguien y comenzar una pelea. Rayos, esta escena justo debajo de nosotros será casi tan mala como estar adentro. Miles de de molestos borrachos poniéndose cada vez más y más furiosos a medida que pierden más y más dinero. Es difícil moverse entre la gente. Los pasillos estarán llenos de vómito, con gente cayéndose y aferrándose a tus piernas para no ser pisados. Borrachos meándose los pantalones en las líneas de apuestas, botando montones de monedas al piso y pelando por recogerlas”.

Él lucía tan nervioso que comencé a reír. “Estoy bromeando”, dije. “No te preocupes. Al primer problema comenzaré a rociar el atomizador de pimienta a la multitud”.

Él había hecho un par de buenos dibujos, pero hasta el momento no habíamos visto esa cara tan especial que andábamos buscando. Era una cara que había visto mil veces antes, cada vez que iba al Derby. La vi, en mi mente, como las máscaras de la alta burguesía: una mezcla de tragos, sueños fallidos y una crisis de identidad terminal; el resultado inevitable de la reproducción de una cultura cerrada e ignorante.

Uno de los factores genéticos clave en la reproducción de perros, caballos u otros animales es que la reproducción entre individuos de una misma comunidad tiende a magnificar los puntos débiles en una descendencia, como también los puntos fuertes. En la reproducción de caballos, por ejemplo, hay un riesgo definido al cruzar dos caballos rápidos, los cuales son ambos un poco bravos. La descendencia será, probablemente, muy rápida y también muy brava. Así que el truco en la cruza de caballos pura sangre es mantener los rasgos buenos y filtrar los malos.

Pero la reproducción en los humanos no es tan así, particularmente en una estrecha sociedad sureña donde la posibilidad más cercana de reproducción no es solamente la más aceptable, sino que también la más conveniente para los padres, que prefieren eso en vez de dejar a sus hijos libres de encontrar pareja por sus razones y a su modo. (“Carajo, ¿has escuchado acerca de la hija de Smitty? Se volvió loca en Boston la semana pasada, ¡y se casó con un negro!”).

Así que la cara que estaba tratando de encontrar en Churchill Downs ese fin de semana era un símbolo, en mi propia mente, de toda esa enferma cultura que hace ser al Derby como es.

En nuestro camino de vuelta hacia el motel después de las carreras del viernes le advertí a Steadman acerca de otros problemas con los que tendríamos que lidiar. Ninguno de nosotros había traído ninguna droga ilegal, así es que tendríamos que embriagarnos. “Debes recordar”, dije, “que casi todas las personas con las que hables desde ahora en adelante estarán ebrias. Gente que parezca muy amable al principio podría comenzar a cantar en tu cara sin razón alguna”. Él movía la cabeza, mirando hacia el frente. Parecía estar poniéndose un tanto afectado, así que intenté subirle el ánimo invitándolo a cenar esa noche, con mi hermano.

De vuelta al motel charlamos un momento acerca de América, el sur, Inglaterra, relajándonos antes de la cena. No había forma de que alguno de nosotros supiera que esa iba a ser la última conversación normal que íbamos a tener. Desde entonces, el fin de semana se convirtió en una viciosa y ebria pesadilla. Ambos nos despedazamos completamente. El mayor problema era mi antigua vinculación con Louisville, lo que naturalmente me llevaba a encontrarme con viejos amigos, familiares, etc. Muchos de quienes estaban en proceso de separación, volviéndose locos, divorciándose, sumiéndose en el estrés de terribles deudas o recuperándose de accidentes. Justo en medio de toda la frenética acción del Derby, Steadman tuvo que ser detenido. Esto le sumó una cuota de tensión a la situación, y como no tenía otra alternativa que aceptar todo lo que le pasara, estaba sujeto a susto tras susto.

Otro problema era su hábito de comenzar a retratar a personas que había conocido en las diferentes situaciones sociales en las cuales lo metí. Los resultados siempre eran desafortunados. Le advertí muchas veces acerca de dejar a los sujetos ver sus dibujos, pero por alguna razón continuaba haciéndolo. Finalmente, las personas terminaban temiéndole sólo con mirarlo o incluso con escuchar acerca de su trabajo. Él no lo podía entender. “Es como un chiste”, decía. “¿Por qué en Inglaterra es tan normal? Las personas no se sienten ofendidas, comprenden que los estoy utilizando un poco”.

“A la mierda Inglaterra”, dije. “Esto es América. Estas personas consideran que lo que haces es brutal y un insulto. Mira lo que pasó anoche. Pensé que mi hermano iba a romperte la cabeza”.

Steadman movía su cabeza mostrando tristeza. “Pero me agradaba. Me parecía una persona muy decente y seria”.

“Mira, Ralph”, le dije. “No nos engañemos. El dibujo que le entregaste era bastante horrible, era la cara de un monstruo. Se salió de sus casillas completamente. ¿Por qué crees que salimos del restaurant tan rápido?”.

“Pensé que era por el atomizador de pimienta”, dijo.

“¿Qué atomizador?”.

Se rió. “Cuando le disparaste al mesero. ¿No lo recuerdas?”.

“Rayos, eso no fue nada”, dije. “No le di directamente, y nos íbamos yendo de cualquier forma”.

“Pero cayó todo sobre nosotros”, dijo. “El cuarto estaba lleno de ese maldito gas. Tu hermano estaba estornudando y su esposa llorando. Los ojos me dolieron por dos horas. No pude ver para dibujar cuando volvimos al motel”.

“Así es”, dije. “El atomizador dio en su pierna, ¿cierto?”.

“Estaba muy enojada”.

“Bueno… Está bien… Digamos que ambos metimos la pata por igual. Pero desde ahora tratemos de ser más cuidadosos cuando estemos con gente que conozca. Tú no los dibujarás y yo no los rosearé con Mace. Sólo nos relajaremos y nos embriagaremos”.

“Bien”, dijo. “Vamos a comportarnos como la gente de aquí”.

***

Era la mañana del sábado, el día antes de la Gran Carrera, y estábamos tomando el desayuno en un palacio de hamburguesas plásticas llamado “La villa del pescado y la carne”. Nuestros cuartos estaban justo al frente en el Brown Suburban Hotel. Tenían comedor, pero la comida era tan mala que no la pudimos soportar. Parece que la mucama estaba algo enferma; se movía muy lentamente y se quejaba mientras caminaba por la cocina.

A Steadman le gustaba La villa del pescado y la carne porque tenían pescado con papas fritas. Yo prefería las “tostadas francesas”, que en realidad eran trozos de panqueques fritos cortados con una especie de molde para galletas para que parecieran tostadas.

Más allá de los tragos y la falta de sueño, nuestro verdadero problema entonces era poder acceder al club. Finalmente, decidimos seguir adelante y robarnos dos pases, si era necesario, en lugar de perdernos parte de la acción. Esta fue la última decisión coherente que fuimos capaces de tomar por las siguientes 48 horas. Desde ese momento, casi desde que partimos a la pista, perdimos todo el control de los eventos y nos pasamos el resto del fin de semana paseándonos en un mar de horrores y ebrios. Mis notas y recuerdos del día del Derby son algo confusos.

Pero ahora, mirando al gran cuaderno rojo que llevé todo el tiempo del Derby, puedo ver más o menos lo que pasó. El libro en sí está manoseado y maltrecho; algunas de las páginas están dobladas, otras cortadas y manchadas con algo que parece whisky, pero si se las mira como un todo, con algunas imágenes que puedo recordar, las notas parecen tener sentido.

***

Llovió toda la noche hasta el amanecer. No dormí. Jesús, aquí vamos: una pesadilla de lodo y locura… Pero no. A medio día el sol ya entibiaba el aire; un día perfecto, ni siquiera húmedo.

Steadman está preocupado por un incendio. Alguien le dijo que hace 20 años el club se había quemado. ¿Podría pasar de nuevo? Horrible. Atrapado en el palco de prensa. Un holocausto; unas cien personas peleando por salir. Borrachos gritando en las llamas y el lodo, caballos enloquecidos corriendo por doquier, ciegos por el humo. La tribuna derrumbándose con las llamas y nosotros en el techo. Pobre Ralph, estaba a punto de volverse loco, bebiendo bastante en el Haig & Haig.

Fuera de la pista, en un taxi, evitando los lugares para estacionarse en las yardas frontales, 25 dólares cada uno, hombres sin dientes en las calles con grandes carteles: ESTACIÓNESE AQUÍ, muchos autos en el césped. “Está bien, joven, no se preocupe por los tulipanes”. Tenía el pelo desordenado por toda la cara, como un montón de ramas en un árbol.

Las veredas llenas de gente moviéndose en la misma dirección, hacia Churchill Downs. Chicos llevando hieleras y toallas, adolescentes con apretados pantaloncillos rosados, muchos negros… Sujetos negros con gorras blancas con bandas de piel de leopardo; policías dirigiendo el tráfico.

La turba andaba por muchas cuadras alrededor de la pista; avanzando muy lento por entre la multitud, con mucho calor. En el camino al ascensor hacia el palco de prensa, dentro del club, nos topamos con una fila de soldados, todos con macanas para disturbios y cascos. Un hombre que caminaba junto a nosotros dijo que estaban esperando al gobernador y a su partido. Steadman los miraba con nerviosismo. “¿Por qué tienen esos garrotes?”.

“Las Panteras Negras”, dije. Luego recordé al viejo Jimbo en al aeropuerto y me pregunté qué estaría pensando en ese momento. Probablemente estaría muy nervioso; el lugar estaba lleno de policías y soldados.

Nos metimos entre la multitud, a través de muchas puertas, llegamos al corral, donde los jinetes llevan a sus caballos por un rato antes de cada carrera para que los apostadores puedan mirarlos. 5 millones de dólares se iban a apostar ese día. Muchos ganadores, muchos perdedores. ¡Qué demonios! La puerta de la prensa estaba copada de gente tratando de ingresar, gritándole a los guardias; mostrándoles extrañas credenciales de prensa: Chicago Sport Times, La Liga Atlética de la Policía de Pittsburgh… A todos los echaron. “Muévete, amigo, deja espacio para los reporteros”.

Nos metimos entre la gente, llegamos al ascensor y subimos rápidamente al bar abierto. ¿Por qué no? Era un día muy caluroso, no me sentía bien; debía ser ese terrible clima. El palco de prensa estaba muy fresco, había mucho espacio para caminar y asientos en el balcón para mirar la carrera o la multitud. Conseguimos una cartilla de apuestas y salimos.

No había mucha energía en las caras, ni mucha curiosidad. Sufriendo en silencio, no había a dónde ir después de los 30 años en esta vida. Sólo quedaba aguantar y jugar con los niños. Dejemos a los jóvenes disfrutar mientras pueden. ¿Por qué no?

La Muerte viene temprano en esta liga… Fantasmas en el pasto, gritando allá afuera, junto a ese negrito de acero en ropas de jockey. A lo mejor él es el que grita. Delirium tremens horribles y demasiados gruñidos en el club de bridge. Abajo con la bolsa de valores. Por Dios, el muchacho destrozó el carro nuevo, lo enroscó alrededor del gran pilar de piedra al fondo de la cochera. ¿Pierna rota? ¿Ojo torcido? Envíalo a Yale, allá pueden curarlo todo.

¿Yale? ¿Viste los periódicos de hoy? New Heaven está sitiado. Yale está lleno de Panteras Negras… Se lo digo, Coronel, el mundo se ha vuelto loco, muy loco. Carajo, me han dicho que una maldita mujer podría correr en el Derby.

Dejé a Steadman dibujando en el bar del corral y fui a apostar para la cuarta carrera. Cuando volví estaba mirando fijamente a un grupo de jóvenes alrededor de una mesa no muy lejos. “¡Jesús, mira la corrupción en esas caras!”, susurró. “¡Mira la locura, el miedo, la avaricia!”. Miré rápidamente a la mesa para ver qué dibujaba. La cara que había escogido dibujar era la de un antiguo amigo mío, una estrella de fútbol de preparatoria en los buenos viejos tiempos. Tenía un Chevy rojo convertible, lo llamaban “Hombre gato”.

Pero ahora, doce años más tarde, no lo habría reconocido en ningún otro lugar excepto aquí, donde habría esperado encontrarlo, en el bar del corral en el día del Derby… Con una falsa sonrisa, un traje de seda azul y sus amigos mirándolo como unos enfermos.

Steadman quería ver algunos Coroneles de Kentucky, pero no estaba seguro de cómo lucían. Le dije que volviera a los cuartos para varones del club y buscara a hombres vestidos en trajes blancos de lino vomitando en los urinarios. “Generalmente tienen grandes manchas de whisky en sus trajes”, le dije. “Pero fíjate en sus zapatos; ese es un gran detalle. La mayoría de ellos evita mancharse la ropa, pero jamás evitan mancharse los zapatos”.

En un palco no muy lejos del nuestro se encontraba el Coronel Anna Friedman Goldman, director y administrador del Gran Sello de la Honorable Orden de los Coroneles de Kentucky. No todos los 76 millones de Coroneles de Kentucky pudieron ir al Derby ese año, pero muchos mantenían la fe, y varios días antes del Derby se juntaron en su cena anual en el Hotel Seelbach.

El Derby, la carrera de verdad, estaba agendada para la tarde, y a medida que la hora mágica se acercaba, le sugerí a Steadman que probablemente podríamos pasar un rato dentro del cambo, ese hirviente mar de gente en la pista. Parecía un poco nervioso, pero como ninguna de las terribles cosas que le dije habían pasado hasta el momento —ninguna tormenta de fuego, ni salvajes ataques de ebrios—, terminó aceptando. “Bien, vamos”, dijo.

Para llegar allá debíamos pasar por muchas puertas —cada una de ellas un peldaño más arriba en estatus—, luego a través de un túnel por debajo de la pista. Saliendo del túnel había tal alboroto que nos tomó un tiempo poder creerlo. “¡Santo Dios!”, decía Steadman. “Esto es un… ¡Jesús!”. Seguía adelante con su pequeña cámara, y yo lo seguía, intentando tomar notas.

***

Un caos total, no había forma de poder ver la carrera, ni siquiera la pista… A nadie le importaba. Largas filas en las ventanillas de apuestas. Luego nos acomodamos para ver los números ganadores en los grandes marcadores, como un juego de bingo gigante.

Viejos negros alegando por las apuestas. “Aguante un momento, me haré cargo de esto”, moviendo un vaso de whisky, con la mano llena de billetes. Una chica montaba el lomo de un cerdo, su blusa decía “Robada de la cárcel de Fuerte Lauderdale”. Miles de adolescentes agrupados cantando “Dejemos brillar el sol”, diez soldados resguardando el pabellón Americano y un gordo borracho con una camiseta azul de fútbol (número 80) paseándose con medio vaso de cerveza en la mano.

No se vendía alcohol aquí, era muy peligroso; no había baños tampoco. Había muchos policías con macanas, pero no había signos de un potencial alboroto masivo. A la distancia, el club parece una postal del Derby de Kentucky.

***

Nos devolvimos al club para ver la gran carrera. Cuando la multitud se paró para mirar la bandera y cantar “Mi viejo hogar Kentucky”, Steadman miró a la gente y comenzó a dibujar frenéticamente. En algún palco de arriba se alzó una voz: “¡Date vuelta, peludo demente!”. La carrera en sí solo duraba dos minutos, e incluso desde los mejores asientos y utilizando los mejores binoculares no había forma de ver lo que realmente pasó con nuestros caballos. Tierra Sagrada, la elección de Ralph, se calló y perdió a su jinete en la vuelta final. El mío, Pantalla Silenciosa, llevaba la delantera llegando a la recta final pero quedó en quinto lugar al llegar a la meta. El ganador fue un 16 a 1 llamado Comandante Polvo.

Momentos antes de que la carrera terminara, la multitud se paró rápidamente buscando las salidas, corriendo para tomar un taxi o un bus. El periódico del día siguiente contaba de la violencia que se vivió en el parque de estacionamiento; la gente se golpeaba y se pisaba; había ladrones, niños perdidos, botellas rotas. Pero nos perdimos todo esto, ya que nos retiramos al palco de prensa para beber un par de tragos luego de la carrera. Para ese entonces estábamos ambos medio locos de tanto beber whisky, con insolación, impactados con toda la escena que habíamos presenciado, con falta de sueño, etc.

Caminamos por el palco de prensa, el cual era lo suficientemente grande para albergar una gran entrevista al ganador de la carrera, un pequeño hombre llamado Lehmann, quien dijo que había llegado a Louisville ese mismo día, desde Nepal, donde “había atrapado a un tigre fuera de serie”. Los reporteros de deportes le mostraban admiración y un bartender le sirvió un Chivas Regal. Acababa de ganar 127 mil dólares con un caballo que le había costado 6 mil 500 dos años atrás. Su ocupación, dijo, era “contratista retirado”. Y luego añadió, con una gran sonrisa, “recién retirado”.

El resto del día fue pura locura, el resto de la noche también. Y todo el día siguiente con su noche. Cosas tan horribles ocurrieron que ni siquiera puedo intentar pensar ellas ahora, ni mucho menos escribirlas. Tuve suerte de poder salir de todo eso. Uno de mis recuerdos más claros es Ralph siendo atacado por uno de mis viejos amigos en la pista de billar del club Pendennis en el centro de Louisville la noche del sábado. El hombre había roto su propia camisa después de que pensó que Ralph estaba persiguiendo a su esposa. No hubo ningún golpe, pero los efectos emocionales fueron tremendos. Luego, como una especie de horror final, Steadman se puso a dibujar y trató de acordarse de las cosas haciendo un pequeño retrato de la mujer que supuestamente había estado acosando. Así terminamos en el Pendennis.

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Por ese entonces Ralph ya no bebía café, solo tomaba agua. “Es la única cosa que tienen que es apta para el consumo humano”, explicó. Luego, menos de una hora antes de que saliera su vuelo, desplegamos sus dibujos en una mesa y los miramos un momento, preguntándonos si habían capturado el verdadero espíritu de la situación… Pero no pudimos decidirlo. Sus manos estaban temblando con tal fuerza que le costaba sujetar los papeles, y mi visión estaba tan borrosa que apenas podía ver lo que había dibujado. “Mierda”, dije. “Ambos lucimos peor que cualquier cosa que hayas dibujado aquí”.

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El inmenso Pontiac Ballbuster corría rápido por la autopista.

Un boletín de radio decía que la Guardia Nacional estaba masacrando a estudiantes en Kent State y Nixon aún bombardeaba Camboya. El periodista está manejando, ignorando a su acompañante, que ahora está casi desnudo después de haberse sacado casi toda la ropa, que agarra afuera de la ventana, tratando de sacarle el olor a Mace. Sus ojos están rojos y su cara y pecho empapados de la cerveza que había utilizado para intentar limpiar el asqueroso químico de su piel. Sus pantalones de lana estaban manchados con vómito.

El periodista maneja por entre el tráfico y estaciona el auto justo afuera del terminal, luego abre la puerta de su acompañante inglés para que éste salga: “¡Sal de aquí, maldito gusano! ¡Maldito enfermo! (Risa desenfrenada) Si no estuviera enfermo, te patearía la cara hasta Bowling Green, ¡maldito extranjero enfermo! El Mace es demasiado bueno para ti… No necesitamos de tu calaña en Kentucky”.

*Texto extraído de El nuevo periodismo (2010)

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