Estábamos en una reunión hablando de un ausente. Una señorita humanitaria le reclamó a un amigo mío:

—¿Por qué dices que te cae mal, si no lo conoces?

Mi amigo contestó:

—Lo único que sé de él es que ha instalado en su coche un claxon que toca “La Marsellesa”. ¿Te parece poco? No sólo no lo conozco, sino que me cae mal y no tengo ganas de conocerlo.

Cuando escuché estas palabras sentí el escalofrío característico de cuando descubre uno alguna gran verdad. Buffon, hablando de los escritores, dijo: “El estilo es el hombre”; nosotros podemos agregar que, entre analfabetos, el claxon es el hombre. No sólo el claxon, sino la manera de usarlo. La señora que en vez de bajarse del coche a abrir la puerta de su casa, toca el claxon un cuarto de hora para que venga la criada a abrirle; el señor que detiene el coche (generalmente un Mustang) y da acordes estruendosos mientras espera a su novia que está en el baño maquillándose precipitadamente; el que da un trompetazo en cada esquina, sin disminuir la velocidad, como diciendo «abran cancha que lleva bala», o el que cree que a fuerza de tocar el claxon va a lograr poner en marcha el automóvil descompuesto que está parado frente al suyo, están poniendo en evidencia, no una característica superficial, sino la hediondez que brota de lo más profundo de su alma detestable.

En apoyo de esto que acabo de decir, que no es más que un preámbulo, voy a narrar aquí un suceso del que fui partícipe el otro día, que me tiene muy preocupado.

La cosa fue así. Estaba yo tranquilamente jugando “scrabble” con una amiga mía que vive en un condominio, cuando de pronto empezamos a oír el sonido de un claxon modesto pero estridente, que tocaba dos veces en rápida sucesión, pasaban quince segundos y volvía a tocar: pip, pip; quince segundos, pip, pip. Así pasaron cinco minutos. Se suspendió el juego, porque no podíamos concentrarnos. Al cabo de los cinco minutos, nos levantamos de nuestros asientos y fuimos a la ventana, que es de un quinto piso. Vimos lo siguiente. Abajo, en el patio, había un Datsun blanco que no podía estacionarse porque había otro coche parado en el lugar que le correspondía al dueño del Datsun. Hay que advertir que en ese condominio cada propietario paga diez mil pesos por los seis metros cuadrados del estacionamiento. El dueño del Datsun seguía pip, pip, quince segundos, pip, pip.

Aproveché una de las pausas para gritar con voz estentórea:

—¡Oiga, cállese!

Y la siguiente, para agregar:

—¡Vaya a la caseta de policía y no esté…! —aquí dije una palabra que quiere decir “molestando”, que es un poco más fuerte, pero no es ninguna de las dos más fuertes que pueden usarse en el mismo contexto y que son las primeras que se nos vienen a la cabeza en estos casos. La palabra que dije la voy a denominar con la letra F.

En el momento en que dije esto se produjo un silencio total. Santo remedio. Mi amiga me felicitó por mi acertada intervención. Regresamos a la sala y seguimos jugando.

Así pasaron veinte minutos. Cuando creíamos que el incidente había terminado, sonó el timbre. Voy a la puerta, abro y me encuentro frente a un joven jadeante, por los cinco pisos de escaleras, que me dice con voz entrecortada:

—Venía a pedirle disculpas por haberlo molestado con el claxon.

Me conmovió. No sólo la disculpa, sino el jadeo, y la corbata que traía puesta.

—Hombre, no tenga cuidado —le dije.

Inmediatamente me arrepentí de habérselo dicho, porque después de la disculpa, recuperando un poco el aliento, prosiguió:

—Nomás que hablando se entiende la gente. Cualquier cosa puede discutirse en un plan amistoso. Si me dice usted “Tenga la bondad de no tocar el claxon”, yo dejo de tocarlo. No es necesario usar palabras de carretonero.

—¿Cuáles palabras de carretonero? Le dije “Cállese”.

—Me dijo “No esté F”. Así como dijo eso, podría haber dicho cualquier otra palabrota.

—Podría, pero no la dije. Además, ¿por qué no he de decirle que no esté F, si eso es precisamente lo que está usted haciendo?

Aquí él me explicó todas las penalidades que tiene, que todas las noches le quitan el estacionamiento y todavía yo le grito peladeces desde un balcón. Lo que no le expliqué fue que si no fuera yo tan cobarde, en vez de echarle un grito le hubiera echado una bomba Molotov. Pero lo extraño del caso es que el hombre, después de presentar su disculpa y de hacer su reclamación, se retiró diciendo:

—He tenido mucho gusto en conocerlo —creyéndose muy irónico, pero con el hígado hecho trizas.

Pero lo que yo me pregunto es, ¿dónde aprende la gente a pensar tan mal?, ¿en las escuelas?, ¿en las oficinas?, ¿en el seno de la familia? Porque nadie puede nacer tan equivocado. A este señor, que llega a su casa y encuentra a alguien ocupando su lugar de estacionamiento, lo primero que se le ocurre es molestar con el claxon a cincuenta o sesenta familias, y se siente con derecho a que alguien baje desde el quinto piso y se le acerque para decirle:

—¿Qué no me hiciera el favor de no tocar el claxon?

Por otra parte, si alguien llega, encuentra su lugar ocupado, toca el claxon y alguien le pega un grito, sólo le quedan dos posibilidades. Una, la más sensata, consiste en irse a su casa a tomar té de boldo. La otra consiste en subir al quinto piso, decirle al que le gritó:

—Usted a mí no me grita.

Y atenerse a las consecuencias.

Pero echar el viaje para dar disculpas con la esperanza de que se las ofrezcan a él es algo que me hace pensar que, francamente, hablando no se entiende la gente.

Por Jorge Ibargüengoitia

*Texto publicado en Excélsior (1970).

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