Comentarios sobre un formato para las masas y del subterráneo

Por John Oswald

Mono-guantado, a la Michael Jackson, aunque el guante es de algodón y definitivamente sin lentejuelas, Ken Oba estrecha mi mano (denuda) contra la suya (cubierta). Sin duda el guante será desechado antes de tocar los casetes metálicos y grabados en tiempo real que Oba me describe con orgullo. Al fondo, una copia del máster de Joe Williams & His Blues All-Stars gime con suavidad. La copia del clon está siendo insertada en formato análogo decodificado en las entrañas de 32 caseteras Nakamachi ZX-9, un ex-producto de Sony que ha sido fastidiosamente re-trabajado y re-empaquetado bajo el sello de Nikamichi. Las entradas de la casetera tienen acabados de oro. Cada una de las partes del casete son de TDK, pero son individualmente seleccionadas en Japón por Nakamichi y ensambladas por Nakamichi USA en la planta de Torrance, California. Una computadora monitorea la interface de las 32 caseteras y decide si la grabación es perfecta; las que no lo son, se descartan.

La inspectora de calidad, Elaine Goldman, escucha cada uno de los lotes en una Nakamichi Dragon (otra de sus caseteras más finas) con unos audífonos Nakamichi (por supuesto). Llevan más de una década produciendo caseteras orientadas exclusivamente a la alta fidelidad, donde una cinta copiada es idealmente idéntica al original. Esta nueva línea de cintas pre-grabadas busca demostrar esa capacidad.

Al otro lado del continente, en un ático de Upper Montclair, Nueva Jersey, R. Stevie Moore, presidente del R. Stevie Moore Cassette Club, está dubbeando una copia de su máster jamás copiado en respuesta a una orden recibida por correo. Cada uno de los aproximadamente 120 productos de la cintografía de R. Stevie —compuesta, azotada, grabada y desarreglada en una acumulación continua que inició en 1968— tiene un cociente de escuchabilidd que va del 1 (algunas de las cintas bajan hasta el 2) y el 10 (el paraíso auditivo de Stevie).

“Hoy es 18 de marzo de 1982. Ayer fue 17 de marzo de 1982. Mañana es 19 de marzo de 1982. El día que le sigue debe de ser el 20. Estoy hablando desde un Sam Goody’s, hablando con un vendedor apuesto [risas]. Sí, está lindo. Bien, con eso basta…”. Esa es una grabación real, de un cliente probando su grabadora. Suena en “Salesmanshit”, de You and Your Employees, cinta número NJ49, una colección de spots de radio, jams y canciones, incluida un dueto entre Moore (a sus 10 años) y Jim Reeves. El hi-fi no es importante; lo esencial es la creatividad. Después de todo, a diferencia de Nakamichi, R. Steevie Moore es la fuente, y por lo tanto no está obligado a hacer transmutaciones fieles del sonido a la cinta. Las grabadoras de cinta son instrumentos musicales: medio imitativas, pero con potencial para la expresión.

Hoy, el audiocasete es rey en el mundo de la música pre-grabada. Los discos, aunque aún tratados con cariño, son básicamente los dinosaurios de la escena. Y mientras que el casete es el medio ideal para los productos de distribución masiva, como Prince y Julio Iglesias, también se acomodan a las necesidades de un mercado minoritario y especializado, donde la producción viable no sube del millar de unidades; ahí, el vinil no es factible.

Entre Stevie Moore y Ken Oba, al igual que fuera del país, existen miles de músicos y emprendedores produciendo, manufacturando y distribuyendo personalmente sus propios casetes. El mercado incluye grupos con intereses particulares (audio-texturales, archivistas de sonido, computadoras, etc.), ciertos países (el mundo árabe está casi completamente orientado hacia el casete) y grupos culturales especiales, gustosos de la música poco ortodoxa y preocupados por la alta fidelidad. La música poco ortodoxa aún vende mejor en disco que en casete, creando así un mercado para las fantásticas compilaciones piratas, esas que las grandes disqueras no son capaces de ensamblar debido a licencias restrictivas.

La industria del casete de alta fidelidad incluye, además de a Nakamichi, dos compañías de Nueva York: In Synch Laboratories y Direct-To-Tape. Ambas ofrecen música no-electrónica, más que nada del género chamber y el orquestal europeo. Ambas (como Nakamichi) distribuyen con permiso de otras disqueras, pero también sacan producciones propias. In-Synch ha estado ofreciendo restauraciones de discos 78 rpm que contienen grabaciones de conciertos orquestales de finales de los’20, los primeros años de las grabaciones electrónicas. Direct-To-Tape se especializa en grabar órganos de iglesia y otros instrumentos, incluido el clavicordio, un precursor del clave y del piano, muy caro, silencioso y difícil de grabar. Además de ofrecer alrededor de 50 cintas en varios formatos —Dolby C, dbx y PCM digital en Beta o VHS—, Direct-To-Tape envía un catálogo trimestral con reseñas bastante fuertes sobre equipo de grabación.

Otra de las compañías que ofrece el escaso formato Dolby C (las cintas grabadas en este formato tienen menos hiss cuando se tocan en las caseteras equipadas para grabarlas) es Trance Port Tapes, de California. Aunque el Dolby C no es muy común, todos en Trance Port lo usan. El co-productor A. Produce explica que la alta calidad de reproducción será apreciada por quienes cuenten con el equipo apropiado, y que los problemas de compatibilidad no serán notados por quienes no tengan el equipo. La música que he escuchado en la compilación Mantra II, del drone al Motown con arreglos espásticos al rock levemente hipnótico, todos muy bien coordinados en sus cuatro lados, o, como ellos lo llaman, “regiones” del casete doble.

Como todas las compañías aquí mencionadas, Trance Port produce las cintas en tiempo real con equipo propio. (“Tiempo real” se refiere a la velocidad de dubbeo; las copias del original corridas a velocidad normal, a diferencia de las corridas a alta velocidad, producen una copia de mayor calidad. Para Nakamichi, In-Synch, DTT y otras compañías, el dubbeo en tiempo real es la única manera de conseguir la calidad que se exigen. Para muchos productores pequeños, dubbear en tiempo real es una manera de economizar; uno se convierte en el productor de sí mismo.)

El método más común para reproducir casetes es corriendo docenas de copias en carretes de 10 pulgadas o “pancakes”, dubbeando a través de un loop continuo que es tragado por un recipiente a una velocidad 64 veces mayor a la normal. Esto requiere diseñar y mantener equipo que pueda reproducir frecuencias de cientos de miles en vez de sólo miles de Hertz a una velocidad de 3 metros por segundo (la velocidad normal es de 4.77 centímetros por segundo) mientras se mantiene un flujo constante para un listón con un ancho de 0.3 centímetros y un grosor de medio milímetro. Después la cinta es insertada en la armazón del casete usando otras máquinas de alta velocidad.

Por años, estas cintas pre-grabadas a alta velocidad eran de calidad terrible; pero desde que el casete se convirtió en el medio dominante del mercado musical, y gracias al fracaso de las grabaciones caseras, las grandes disqueras buscaron maneras de mejorar el dubbeo de alta velocidad y alto costo. Como pasta dental con ingredientes secretos, el empaque de las cintas presume de y rara vez explica procesos tales como el SDR (Super Dynamic Range) [Rango Súper Dinámico] y el QC10 (10 puntos en la “escala europea” de control de calidad). Esta es la misma palabrería técnica y pseudo-técnica que acompañó al LP en sus primeros años.

Tonterías o no, la calidad de las cintas pre-grabadas ha incrementado muchísimo, y la presunción de mejores resultados mediante grabaciones en tiempo real con equipo casero ya no es justificable. Sin embargo, muchos de los productores de cintas independientes pueden crear resultados muy superiores a los de los dubs profesionales. Pueden darse el tiempo para experimentar y afinar el material para conseguir el mejor producto, en vez de verse atrapados en la prisa que acosa a la mayoría de los productores de cintas. La tecnología pobre en manos de compositores talentosos como R. Stevie Moore y Eugene Chadbourne puede ser, de hecho, una bendición. Una aproximación irreverente y poco respetuosa por los métodos específicamente correctos para el uso del equipo de grabación han producido más de unos cuantos resultados refrescantemente innovadores en los distritos del musique concrète, el dub mix y scratch/hip-hop.

Los proveedores de casetes ahora son capaces de florecer en el cada vez más obsoleto mercado de las órdenes por correo. Los casetes son ligeros y pueden transportarse por tan sólo una fracción del costo de un LP. El gran bono extra para el comprador es que muchos de los mini-mógules de la escena alternativa son muy amigables en su correspondencia. Tom Gurgas, en Ohio, y Rik Rue, de Pedestrian Tapes, en Australia, son ejemplos de artistas que fomentan el intercambio por correo. Otros, como dk, de Toronto, rechazan toda consideración comercial; sus cintas están disponibles sólo a través del trueque. En otras palabras, se trata de un raro caso de la música por la música.

Los empresarios del casete sufren debido a su presencia tan pobre en los estantes de las tiendas de música, además de por el temor de los mismos consumidores a estar comprando la música de algún novato que apenas ha descubierto la existencia del dictáfono. Mientras que géneros más típicos como el heavy metal pueden ser identificados por los logotipos cromados del empaque, el único método factible para discernir lo que hay en los casetes de artistas que acostumbran cruzar, expandir o ignorar los géneros es escuchándolos (y son muy pocas las tiendas que lo hacen). Como muchos casetes vienen adornados con arte y diseños producidos por la misma gente que los graba, la única información discernible es si el artista en cuestión es graduado de Artes o no. Scott Becker, de la revista Option, ha dicho que las “audio magazines” [revistas de audio] “[S]on otra manera de referirse a una compilación en casete empacada en una caja de vinil acompañada de alguna pieza impresa y cuasi artística”.

El formato sonoro de estas colecciones suele ser bastante serio y predecible en comparación con la parte visual, pero algunos grupos están experimentando con nuevas ideas en este medio potencialmente distintivo. Muchos artistas de la cinta también están creando personalizaciones múltiples de su obra, tal como los artistas del siglo xx que siguieron la tradición de la edición limitada… aunque sin toda la explotación. El hecho de que productos como estos estén disponibles a menos de 10 dólares es, en muchos casos, increíble.

En las oficinas centrales de Nakamichi, en Japón, hay una sala de conciertos en la que se organizan recitales de piano y eventos parecidos. Después de haber experimentado la música en directo, al dejar la sala, el público recibe un casete con una grabación de lo que acaba de oír, producto de un micrófono conectado a varias docenas de caseteras Nakamachi (por supueto) que hay tras bambalinas. Así, la reproducción puede comprarse con la experiencia original.

Mientras tanto, R. Stevie Moore está componiendo su canción más nueva y volviéndola absolutamente distintiva usando su equipo de manera que no garantice nada. Tanto la experiencia original como la grabada están ahí, en la cinta… algo común en el mundo especializado del casete. El medio es tan maleable que si el usuario ya no quiere algo en particular, puede grabar otra cosa encima. Intente hacer eso con un disco.

*Texto publicado en The Cassette Mythos (1990). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo.

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