Por Indira Kempis

Quienes recordamos la noche en aquellos días de antros en el Barrio Antiguo no se nos olvida algunos de sus placeres escondidos en las esquinas: los “jochos”, esos deliciosos perros calientes de pan y salchicha, acompañados de papas, cebollas y chiles toreados que hacen derretir hasta el más exigente paladar.

Tanto es así que mi novio regiomontano se atreve a hablar de su gusto culinario al afirmar que cuando quiere hot dogs, los necesita preparados como si fueran los del Barrio Antiguo. Esos carritos de personajes identificados y otros mal encarados eran parte del paisaje urbano de hace algunos años. Algunos de ellos, de hecho, como el que estaba casi en la entrada del Sabino Gordo fueron víctimas de los enfrentamientos del crimen organizado. Y otros sobreviven en las calles del centro de Monterrey.

Hace una semana no pudimos resistir más el antojo y terminamos en uno que está frente a un bar gay. Apenas si podía emitir una palabra de la “atragantada” que nos estábamos dando. Pero se me ocurrió preguntarle a la señora si se acordaba de alguna historia o anécdota que quisiera contarnos (no sé cómo me atreví si en realidad estaba más que concentrada en cada mordida de cebollas). “Si le dijera todo lo que vemos aquí”… Arrancó un suspiro que de inmediato derivó en los días que llega, a qué hora se va, desde dónde vienen.

La anécdota no hubiera tenido mayor importancia si no fuera porque uno de los vecinos del Barrio Antiguo se queja amargamente del señor del carrito de Hot Dogs que se instala junto a mis oficinas y el espacio público que administramos. Lo he visto antes, es más creo que alguna vez le tomé una foto para documentar el uso del espacio.

¿Cuál es la mayor preocupación vecinal? Que atraiga a más comerciantes y a delincuentes. Eso me hizo pensar en la manía mexicana, tampoco fortuita porque tiene explicaciones económicas, en relacionar al comercio informal con lo que es desagradable ver en el espacio.

Aunque el tema tiene que ver más con políticas públicas económicas que fortalezcan la legalidad como la formación o creación de micronegocios, también lo es que cada vez percibo mayor rechazo a cierto tipo de comerciantes. Lo asumo porque en el debate hay incluso quienes aseveran que no es lo mismo vender lechuga orgánica en un mercado de plaza pública que esos carritos de Hot Dogs tan estorbosos… ¿Cuál es la diferencia?, ¿Por qué no existe la apreciación de que esas lechugas podrían atraer a delincuentes y más vendedores de lechugas? Esa es una pregunta que pocos han podido resolver.

Mientras tanto, lo que me han recordado esas pequeñas historias es mi infancia, periodo en el que con mi tía materna salíamos a vender elotes y tamales a las calles. Sin ninguna otra intención más que tener dinero para comer. Vaya, quizá no tendríamos el aspecto gourmet necesario para no vernos peligrosas, pero estábamos haciendo nuestro trabajo.

Si bien es cierto que los tiempos han cambiado y realmente existen relaciones de poder o mafias que controlan lo que se vende en la calle, también lo es que la percepción sobre quién puede estar o no en el espacio público puede limitar alternativas de inclusión más que de exclusión no para resolver un macro problema como es la falta de oportunidades laborales, sino para entender que el espacio no es de una persona, sino de todos. Obviamente, las autoridades tendrían que tener ganas, imaginación y capacidades para regularizar el uso o las formas de venta, estando conscientes que “combatir” el ambulantaje es lo mismo que la estrategia de “combatir” al narco: levantas una piedra dándote cuenta que mientras no se resuelvan las cosas de fondo, siempre va a estar presente en la cotidianidad de la vida colectiva.

Por eso mismo, es urgente que se creen ese tipo de estrategias. En Medellín, la ciudad colombiana cuya administración pública ha sido creadora de diversas innovaciones en políticas públicas urbanas, se comprendió el tema y más que correr a los ambulantes del centro se les reasignó espacios, cuotas mínimas, reglamentos y negociaciones con sus gremios –que los tienen-, le repito, esto no resuelve el problema, pero sí minimiza cualquier otro tipo de riesgo y permite que el espacio lo disfrutemos todos que para eso es.

Y a todo esto… ¿A poco no se le antojaron unos “jochos” del barrio?

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