Por El Gato Raro

No recuerdo con exactitud la última vez que comí en Kentucky Fried Chicken, pero fue hace un buen tiempo, y es que mi cuerpo de 35 años ya difícilmente procesa comida tan grasosa. No es que mi intención sea obedecer a los médicos que dicen que debo comer sanamente, yo sólo quiero vivir más para ver crecer a la familia que voy formando. Pero lo admito: extraño al Coronel Sanders y a su receta secreta.

La vida me ha dado dos hijos, uno se llama Braulio y el otro Luciano. El primero tiene 9 y el segundo 5, y hace dos días, por orden o recomendación mía, decidimos cenar en un McDonald’s. “Es comida basura, rápida, pero son vacaciones, los chicos pueden dormirse tarde. Llevémoslos a jugar en el área infantil; son las 9 de la noche, seguro está solo”, le comenté muy convincente a mi mujer, quien amablemente aceptó.

Llegamos al lugar ubicado en la Av. Garza Sada, en Monterrey, Nuevo León, México. Mi hijo más pequeño fue directo al escaparate de novedades, donde tienen los juguetes de la “Cajita feliz”, y seleccionó rápido un dragón, que es el regalo acorde a la promoción por la película de moda, Cómo entrenar a tu dragón 2. El otro, como todo hermano mayor, fue a husmear en el área de juegos. “Está tranquilo, es buena hora para jugar. Yo quiero unas papas”, dijo. Los adultos pagamos la cuenta y los chicos fueron a divertirse. Nos quedamos a esperar la orden mientras ellos jugaban en los resbaladeros, cruzaban el puente de madera para llegar a la torre del castillo y corrían a sus anchas en la recién remodelada zona de juegos del restaurante.

Conforme cenábamos y los veíamos jugar fueron llegando más niños y padres de familia con la misma intención: cenar algo rápido y que los cachorros aprovecharan entre semana los primeros días de sus vacaciones. Yo feliz viendo y escuchando las risas y gestos de los míos, tomando muchas fotos y aprendiendo la red social de moda llamada Vine, teniéndolos como modelos; posaban para mí y actuaban frente a mi iPhone, convertido en cámara de cine que guardaba cada uno de sus parpadeos.

Todos los presentes en la zona infantil contentos; nada mal para un miércoles por la noche. Dejamos el lugar ante la recomendación del guardia, pues estaban por cerrar. Nos fuimos entre quejas de mis hijos: les faltó tiempo; quedó claro que dos horas y media de juego nunca serán suficientes.

Llegamos a casa y los chicos, cansados, durmieron al instante. Me sentí feliz y agradecido con el capitalismo que me otorgó una de sus noches. La gran idea de los restaurantes de comida rápida que incluyen zona infantil es algo más que genial, pues deja espacio para que los papás convivan en temporada de vacaciones. Les juro que me daban ganas de ponerle una veladora a Ronald McDonald.

Al día siguiente, entre notas mundialistas, políticas y locales, me llamó la atención una con la siguiente cabeza: “Entra indígena a KFC a jugar de madrugada”. Un niño indígena fue detenido en Chihuahua por haber aprovechado que un delincuente rompió el vidrio del restaurante. La tentación era tal que el pequeño no pudo resistir: después de saciar su hambre, decidió quedarse en el área infantil. Luego fue retirado por la policía municipal de Chihuahua, que lo llevó detenido a la Comandancia Sur.

Este mes de julio ha sido de muchas noticias increíbles, como un 7 – 1 de Alemania a Brasil. También han habido notas estúpidas, como las relacionadas a la Ley Telecom, otras verdaderamente pendejas, que tienen que ver con actores que usan la Rotonda de las personas Ilustres de México para hacer fiestas de cumpleaños, y unas lamentables, como lo que pasa en Gaza. Pero ninguna tan surrealista como la de un niño de 8 años, hambriento, miembro del asentamiento indígena Oasis —cerca de un centro comercial en la capital de Chihuahua—, que se metió por la madrugada al KFC a comer pollo frito y a divertirse en el área de juegos hasta que llegó la policía y se lo llevó detenido.

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