Saliste hecho la cochinilla de tu casa en Vista Hermosa. A esta hora el tráfico fluye sin contratiempos por Gonzalitos. La camioneta negra de doble cabina, quemando llanta y armorol. Te diriges a San Pedro, el rumbo frecuente de las mejores pachangas. Les dices a todos tus camaradas del barrio. Con envidia te observan desde la bocacalle.

De las morras nice, fresitas, aroma Tec, Udem, o mínimo del Cedim o Arte A.c. Nada de la UANL ni de la UR. Mucha lana en esas guaridas. Nada pobrino, de jodidos pues. De andarse cooperando para completar la peda. La levedad del ser a raudales.

Andas bien cruzado, te saltan chispas en ambos hemisferios cerebrales: desde la media tarde, cuando despertaste, con cerveza, vodka, whisky, mota y coca, para bajar y seguirle dando hasta la mañana siguiente.

Eres el héroe del Hip Hop, a quien buscan los reporteros para entrevistar. El rostro deslavado de la escena regiomontana emergente. Quien se meta contigo lo hace contra el prestigio de la disquera trasnacional.

Resulta cautivador el profundo y sólido azul de tus ojos. Lo cerrado y tupido de la barba de candado. El nickname de batalla. Lo blanco de la piel, con el outfit extragrande, como si vivieras en el sur de Califas, como le dices a los camaradas de Cypress Hill, cuando se han rolado por California. Retumbaban los bajos en el equipo de sonido, impregnando en el tabaco despanzurrado donde preparas el experimento de crack y de cristal. En ellos depositas la vibración del alma. Capaz de detener el tiempo. Te sabes infinito.

Ahí vienes orondo y presuntuoso. Enviando mensajes por celular, actualizas el estado en las redes sociales, anunciando la inminente llegada: “no empiecen a chupar ni a coger. Aguántenme, no sean culeros”. Y te esperan. Con devoción religiosa.

Entras por la puerta principal. Los de seguridad ya están advertidos. Levantan la pluma ágilmente. Nada de malas vibras o de ojerizas. Sólo buena onda. Apenas estacionas, apagas el motor. El rumor de tu aparición entre los asistentes, del rostro frecuente en el MTV. Lo más visto y votado en las estaciones de radio. Reproducido en Youtube, vendido en Itunes Store. Con gira pendiente por Oriente y Europa Central.

Te abrazan los anfitriones. “Chingón, cabrón”, te dicen, mientras te pasan un vaso alto desechable con whisky, agua mineral y refresco energético. Van guiando al traspatio, donde la alberca luce pulcra. Algunas chicas menos inhibidas, ya tripeando, juegan guerras de agua.

Tomas impulso, das un brinco de lo más alto y te lanzas vestido, como llegaste, hasta hundirte en el medio.

Sumergido hasta el fondo. Escuchas explotar las burbujas de aire descomprimiéndose. “De poca madre” gritas al emerger.

Sirven otro vaso de bebida. Comienzas a conversar. A rebanarla. Contándoles de las experiencias de vivir en el camino.

Piden les cantes el estribillo del hit. Te resistes a hacerlo. Tu voz gutural se ha ido perdiendo. Se desvanece, como el ingenio para ir tejiendo rimas al aire.

Bebes, nadas, corres, fumas, esnifas, desordenadamente. Poderoso. En algún momento de la fiesta recuerdas un pendiente. Pasar por tus padres al aeropuerto. En ese instante, sin despedir, tratas de hacer arrancar la camioneta. Lo consigues sin mucho trabajo. Arrancas de reversa. Sin observar por el espejo retrovisor. La pareja conversando. Los embistes. El golpe es ciego y sordo.

Al chico lo prensaste contra la pared, murió antes de la llegada del helicóptero de emergencias médicas. Ella resultó con fractura de cadera.

Se te bajó la peda de chingazo, como si hubieras visto un fantasma, mientras clavabas la vista en el pico más alto de la Sierra Madre, en Chipinque.

Una buena lana desembolsaron, los de la disquera y tú, para ocultar el hecho a los periodistas.

Dicen tus amigos de la cuadra en la Vista Hermosa, cuando les pregunté por ti: “se hizo cristiano. Ahora anda de hermano, aleluya, cantándole al señor. Hasta se casó con una chica del templo”.

Otros me contaron: “ya estaba aburrido de todos los excesos”. Bien podrías haber sido budista, musulmán o agnóstico, Dios no lo quiera.

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