Por Emiliano Ruiz Parra

Aquí, en mis manos, tiene su verdadera utilidad. Corto cartucho y suena como el tronar de un dedo del pie o cuando una nuez se parte en dos con el gozne de una puerta. Es silencioso. Así no despertaré a papá que duerme en sillón, cansado después de trabajar toda la noche. Espero que cuando suene el balazo se oiga como un gran beso, como si fuera un regalo. Aunque a mí me costó 500 pesos. Pero valió la pena. Creo que me salió barata, está casi nueva. Pinche Zavala, no quiero ver su cara cuando sepa que la usé. O cuando me vea, que será lo más probable, porque siempre está sentado en la misma banca esperando amarrar un negocio. Creo que soy superior a él porque yo sí me atrevo a hacer cosas importantes. “Ni se las pongas. De suerte ni las vas a necesitar”, me dijo sobre la bolsita de piel donde guardó las seis balas. “Te van a pescar, pinche gordo. Mejor acompáñame para que aprendas”. Quería venderme un toque porque dice que la primera vez da miedo y que eso ayuda a relajar. Pero yo no necesito estar relajado porque yo sí haré una cosa importante, y ese balazo será como un gran beso. Yo no soy un carterista.

La quiero la quiero la quiero. (Será mejor que me apure. Son las siete, y dentro de media hora ya estarán en el patio). Melina me abandonó como a un perro y yo le di todo lo que quiso. Ya verá. “Gordito lindo, gordito lindo”. Era su elogio preferido las veces que fuimos al parque y me tomaba del cuello. No sé porqué aceptó ser mi novia si soy feo, chaparro y nerd. Fue la mejor semana porque después de la escuela me iba a su casa a ayudarle con su tarea. A veces dejaba que le diera un beso. Yo creo que ella me hubiera querido mucho de no haber sido por el maestro Peralta.

Él tuvo la culpa de todo. Es como lo que le pasa a papá. Dice que se casó con mi madre por mi culpa y que también se separó de ella por mi culpa. Así me pasa con el maestro Peralta. Mamá debería estar aquí para esperar a papá cuando llega de madrugada. “¡Godínez, cállate! ¡Godínez, siéntate!” Estas palabras son las que nos hermanan, aunque papá no se dé cuenta. A mí me lo gritan en la escuela, y también se lo dicen a papá por las mañanas, cuando está cansado después de tocar la guitarra toda la noche. “¡Godínez, apúrate! ¡Tenemos un bautizo en Tlalpan!”, le gritan por teléfono.

Tengo un poco de tiempo para ir por la cerveza de papá. Todos los días se levanta sin mirarme y se enoja cuando no hay cerveza. Siempre anda a la carrera y siempre tiene sed. Son las siete y cuarto. La pistola irá en la mochila, sin libros, como casi todos los días. Las escuelas son para perder el tiempo porque uno aprende mejor en su casa o en una biblioteca. Los maestros se enojan conmigo porque les discuto, pero ellos no saben. Las escuelas deberían ser sin puertas.

Dejaré la cerveza de papá en el refri. Queda un poco de jamón. Yo no tengo hambre. Es la primera vez en la vida que no tengo hambre. Mas no dudo que me dé un poquito antes de entrar en la escuela y que tenga que comprar una orden de tacos de canasta. Tengo el tiempo justo.

No me gusta marzo porque sudo mucho, los lentes se me empañan y mojo las camisetas. Desde muy temprano se iluminan estas calles y es como si todos se te quedaran viendo, como si tuvieras la cara extraña. Así me mira Buendía cuando camino por el patio. “¡Quiten a ese pinche gordo!”, grita. “¡Saquen al ciego!” Nunca me ha dejado jugar en el equipo de básquet. Dice que estorbo. Los maestros dicen que estorbo. Pero no es cierto, lo que pasa es que me aburro y me dan ganas de estar con Melina. Por eso me da más coraje verla junto a Buendía. ¡Chale!

Peralta es un anciano con suerte. Debió de haberse jubilado hace diez años, pero todavía da lata. El día que Melina me cortó, Peralta me vio agarrándole una nalga a Fernández, un compañero que nos provoca para que lo toquemos. Peralta me dijo frente a todo el grupo que no sólo era un inútil y un respondón, sino que además era puto. Así lo dijo, puto. Nadie me volteó a ver a mí, todos miraron a Melina con una carcajada y en el recreo me dijo que ya no quería andar conmigo. Que chao. Es un viejo con suerte porque no le ha dado un infarto y porque además hoy está en los salones del segundo piso mientras mi grupo toma clases de educación física, y si me esforzara por hacer justicia con él, difícilmente llegaría al metro para desaparecer para siempre. Pero la justicia que no haga yo la hará el tiempo.

Al doblar la esquina, ya habré llegado a la secundaria. La secundaria 43. Siento que soy mejor que mi padre porque mi papá se ha conformado con la huida de mi madre y no ha hecho nada. A ella también le falta justicia. Ella y Peralta se salvan, como en las guerras que sobreviven los culpables. Pero algo se hace. Yo amo a Melina con locura y no la veré más con Buendía agarrándole los brazos. Claro que no. Los sesos de Melina tronarán como el gran beso que nunca pude darle. Ahí está, detrás de Buendía, en medio del patio. Es una lástima que Peralta dé clases en el segundo piso.

(1998)

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