¿Por qué una joven debe mentir en los bailes cuando le preguntan el nombre del sitio donde vive?

Son casi las 12 de la noche en el puerto de Veracruz. El ambiente tibio y callado se menea sobre un aire que fluye tenue. Manolo, un joven de 25 años de edad, me lleva de paseo por el barrio que lo vio nacer y crecer: La Huaca.

“¡Nombre loco, ya este barrio ya no es lo que era!”, dice mientras observa por la ventana del automóvil. “Tú a esta hora pasabas y ya estaban en altas los cotorreos de diciembre. Ahora mira ¡nada! todo muerto. Ya ni siquiera hacen el cotorreo de fin de año”.

-¿Desde hace cuánto que no lo hacen?

-Como tres años. Y es que ahora tenemos entre nosotros pedos. Yo por ejemplo, ya no me llevo con los de Primero de Mayo, loco. Mucho pedo, mucho iris. Yo ya casi ni me junto con la banda. Hace unas semanas se llevaron a un chamaco, al Feo y la neta no está chido jalar con esa flota que anda ahora guardada.

Este barrio es conocido en el puerto por su algarabía, su cadencia y por sus grandes músicos como Toña La Negra.

También por ser cuna de la cultura jarocha. Ahora está a punto de ser devorado por un apocalipsis que no sólo es externo, sino que proviene de su propia entraña. Durante el recorrido se atisban casas resquebrajadas por el salitre del mar, algunos lotes baldíos con basura anidándose en las banquetas, patios de vecindad sin luz en los pasillos con instalaciones eléctricas a la vista, simulando un entramado de cables que pareciera golpearse a sí mismo, como si todo fuera invadido por el abandono.

Aún no es medianoche. Manolo sigue mirando a través de la ventana su barrio solitario, como quien mira desde la costa un barco alejarse hacia una penumbra incierta.

LA HUACA Y LOS ORÍGENES

La Huaca siempre ha sido un barrio. Desde sus inicios formó parte de los arrabales junto con Las Californias, Mondonguero y Caballo Muerto, otros distritos que se encontraban por fuera de los muros de la ciudad de Veracruz la cual fue rodeada por una muralla que se empezó a construir en 1683 y se terminó en 1790.

Este arrabal era habitado por esclavos de origen africano que vivieron hacinados entre olores fétidos provenientes del excremento colectivo. Se le conoce como la “Ciudad de tablas” por la tradición oral porteña, debido a que las casas estaban “hechas de madera traída de la zona del Papaloapan” o eran “tomadas de barcos desguazados por naufragio o por habérsele terminado su vida útil”, según detalló el historiador Horacio Guadarrama en un artículo en “Sotavento” para la Universidad Veracruzana. El término “Ciudad de tablas” lo inmortalizó el investigador veracruzano Francisco del Paso y Troncoso cuando describe este barrio de la siguiente manera:

“No tiene la población un solo techo de azotea, ni en los edificios públicos. Las casas en general son de un piso, con rarísimas excepciones, y todas tienen techo de dos aguas. El color de los techados, rojo en unas construcciones y amarillo sucio en la mayor parte, nos dice que pocas tenían tejado y eran probablemente de mampostería, mientras que todas las demás eran sin duda de madera completamente, pues techos y paredes nótense del mismo color”.

De acuerdo con una monografía hecha por la investigadora Gema Lozano y Nathal del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), ubicada en el Archivo Histórico de Veracruz, sobre el abordaje de los patios de vecindad, que al barrio se le haya puesto Huaca tiene varias teorías: una en referencia al dios Huaca (muerte) y sus huacapuillas (hechiceros), quienes eran los únicos permitidos para hablar con ella y comunicárselo al pueblo.

Hay indicios de que existieron rasgos de cultura peruana debido a comercios intercoloniales, que no por prohibidos y lejanos se dejaban de efectuar.

Junto a esta pequeña comunidad existió un cementerio nombrado la Ermita del Santo Cristo. Entonces era Huaca, porque estaban cerca de la muerte que habitaba los cementerios.

Otro menciona que el vocablo “huaca” en náhuatl significaba “escopeta de dos cañones”, usados por altos mandos del ejército virreinal. Estos compraron terrenos extramuros que convirtieron, por órdenes del rey, en galeras y cuarteles para tropas de infantería. De ahí la asociación.

Para el encargado del Archivo histórico, el Doctor Romeo Cruz Velázquez, la versión más viable es que se le puso por feo, derivado de la expresión “huácala”.

Además, al nombre se le asocia con el fenotipo “jarocho” surgido en la primera década del siglo XIX, el cual era un peyorativo que se concedía a los afro mestizos que criaban cerdos en las haciendas sotaventinas de Veracruz. Se denominaba a los jarochos habitantes de la Huaca como aquellos “tipos de carácter aventurero, desenfadado y resistente, con capacidad para enfrentarse o adaptarse a situaciones sociales, zalameros todos, seduciéndose unos a otros con el objetivo de realizar sus propósitos. Incluso se decía sólo los jarochos eran capaces de soportar el clima de la ciudad y sus periódicas epidemias de fiebre amarilla.”

Juan José González Fernández, catedrático veracruzano, los detalla como “jóvenes atrevidos y pendencieros más flojos que el mal tabaco y más parados que un flamenco… estos habitantes de extramuros eran los primeros en encabezar las listas de reclutamiento para defender la ciudad de intramuros siempre que hizo falta. Después con el armisticio o victoria lograda, enterraban a sus muertos y remozaban los edificios y calles intramuros para restituir los centros de poder de una ciudad que les era propia y ajena al mismo tiempo. Luego, siempre en extramuros, volvían a levantar sus viviendas”.

Desde allí la fama de ser un barrio bravo. En los apuntes municipales la palabra Huaca apareció por primera vez en 1857, haciendo referencia a “una bonita casa estilo americano propiedad de los Johnson”. En 1889 se derribó por completo la muralla que separaba los arrabales de toda la ciudad, para que pudiera entrar el ferrocarril. A finales del siglo XIX, según la monografía de la investigadora Lozano, una nueva oleada de migrantes empezaron a poblarlos. Principalmente españoles, algunos norteamericanos y portugueses, así como africanos y algunos venezolanos.A consecuencia de la llegada de inmigrantes de muchas partes del mundo fue que dejó de ser aquel barrio de esclavos africanos y empezó a convertirse en uno más diverso. Había pescadores, carpinteros, lavanderas, herreros, zapateros, y uno que otro jornalero proveniente de la Ciudad de México.

Poco a poco, con el crecimiento de la población y la ciudad, La Huaca fue quedando rodeada por la nueva metrópoli. De los muchos patios que lo formaron, aún sobreviven algunos como: Tanitos, La Palma, Los Melones, Concepción, San Remigio, San Salvador, Hidalgo, El Paraíso, El Carmen, La Angelita, La Gran Cruz, San Nicolás, San Román, La Alegría, La Favorita, Antonio Marchena y el de Los Encuerados.

Según datos de la Universidad Veracruzana en su página de Vinculación Comunitaria, La Huaca “territorialmente abarca aproximadamente unas 20 manzanas, en la que residen alrededor de mil 750 habitantes”.

“EL BARRIO SE FUE PA’ BAJO”

Cerca de las vías que se encuentran al norte de la ciudad vive Eduardo Ortiz, alías Vale Lalo, uno de los hombres más respetados del barrio porque lleva la batuta de la banda de Los Elegantes del Barrio de la Huaca. Eduardo nació a finales de los años 40 y se mudó de allí con su esposa en 1995 porque “ya quería descansar de todo”, principalmente de un barrio que para él dejó de ser lo que era. “Tiempo y tecnología están acabando con todo”, dice nostálgico y molesto.

En su niñez fue donde se ganó el apodo. Se lo puso “la gente grande” del barrio. Junto con sus amigos Vale Pitas y Vale Marcos formó una tríada de “mocosos revoltosos que iban de un lado a otro haciendo travesuras”.

“Recuerdo que nos decían, ‘¡Ya valió mae!, ahí vienen los Valedores, escondan todo’ −valedor es un término jarocho que significa decirle a otro mi cuate, mi carnal, mi amigo de andanzas−”.

Eduardo Ortiz vivió una época donde se le cantaba a Veracruz y se le describía como un lugar donde existían “palmeras borrachas de sol y cocuyos en la noche”, donde “el croar de las ranas y el canto de los sapos se entremezclaban con el silbido de las chicharras, el huir de lagartijas y el ruido de hojarasca”. Proliferaban además matas de mala mujer, enredaderas uñas de gato y las vainas pica pica junto con carnizuelas e higuerillas.

En aquellos tiempos existieron cantinas épicas como las que se ubicaban en la avenida Primero de Mayo y la calle Zapata. Algunas fueron La flor de México, La Pulquería, El Banco. También Las aguas de la Palma, atendida por Don Pantaleón. Por 60 centavos de aquella época daban una olla de dos litros de pulque. La coca cola costaba 50 centavos y comprar una botella de agua era casi impensable.

“Los malandrines cuidaban al barrio, no dejaban que ningún extranjero (de otro barrio) pasara. Nos agarrábamos con leños, nada de esas puterías de ahora de fierros y pistolas. Y cuando alguien se daba el tiro, era darse el tiro y al final quedábamos como amigos”. “La policía rara vez se metía al barrio. Cuando alguien del barrio era perseguido, los policías regularmente lo esperaban al otro lado del patio para agarrarlo. Allí se cambiaba de playera. Incluso salían y pasaba frente a ellos y éstos nunca lo reconocían. La gente del barrio se reía mucho de esto”.

Además, recuerda a varios personajes emblemáticos como El Mariscal, quien transportaba una bolsa con vidrios y decía que era su gran tesoro; El Babalú, el primero en vender cacahuates con chilorio en el Puerto o El Trompadero, que le gritaba a todo el que pasaba. Fueron tiempos muy felices para Vale Lalo, quien incluso se dejaba cosas fuera de casa y nadie las robaba.

Se solía dormir en hamacas y catres en el exterior.

La gente se conocía, se respetaba, se saludaba. Las nuevas generaciones no lo hacen. Vale Lalo le echa la culpa a la televisión y a la tecnología. El año pasado que visitó La Huaca, recuerda sólo haber visto tres grupos con La Rama; La Rama es una tradición porteña celebrada entre el 16 y el 24 de diciembre que consiste en cantar versos mientras se lleva al frente una rama adornada con globos, papeles de colores, cáscaras de naranja para pedir “aguinaldo”, el cual se traduce en dulce y monedas.

“Lo teníamos todo y todo vino a cambiar, el barrio se fue pa’bajo”, sentencia con nostalgia mientras su nieta juega con un celular.

“LA MISMA GENTE DEAQUÍ TE ROBA”

Para Concepción Hernández, alias Concha, y su esposo Fernando Huleta alías el El Bítle, La Huaca ya no es lo que era. Ellos acostumbraban hacer posadas; tradición porteña donde se parten piñatas y se bebe ponche en épocas decembrinas. Ahora Concha ya no hace posadas “porque la gente ya no le entra como antes”.

Ellos también recuerdan las cantinas, la forma en que la misma gente se cuidaba y se solidarizaba. Concha cuenta que cuando se enfermaba, sus vecinos acudían a verla para darles remedios caseros, arroz con salsa, entre otras cosas para hacerla sentir mejor. “Ahora la gente es muy diferente, es muy envidiosa, hasta la misma gente de aquí te roba y eso no pasaba antes”. Minutos después, Concha señala el Patio Hidalgo, donde rememora se “hacían unos bailongos bien bonitos” con son montuno y salsa.

No se necesitaba mucho, “nosotros éramos los pobres del barrio, con una bocina armábamos la pachanga, no había pal’alcohol”.

Antes de casarse, Concha fue presa de la fama de su barrio. Cuando la sacaban a bailar en fiestas ajenas a él y se enteraban de dónde era, ya no la invitaban más, debido a esto optó por ya no decir que vivía allí, todo para poder ser “cortejada” por algún galán.

La pareja vive en una zona de conflicto, el Patio San Salvador. En el Patiosolían pagarse 40 pesos de renta por casa al mes, después 300. Desde hace cuatro años los encargados dejaron de cobrar. La dueña original del Patio fue Concepción Cangas, hasta que murió y todo quedó a cargo de su hijo. Según los vecinos, cuando éste se emborracha amenaza con sacarlos con un trascabo, aun sin tener una orden de desalojo. La razón es que quiere obligarlos a que “le compren los terrenos a seis mil pesos el metro cuadrado, cuando el catastro municipal los ha valuado a la mitad, en tres mil”.

Dentro de las remembranzas de Concha se dibujan escenas donde su familia se quedaba hasta la una de la mañana platicando con los vecinos, afuera, en épocas de calores; y cuando su esposo recorría los patios en épocas decembrinas buscando fiestas donde invitaban “el chupe y la comida”. Francisco dice que a las nuevas generaciones del barrio no les interesa nada, más que ver la televisión y andar en el internet.

También considera que las tradiciones que solían hacerse y forman parte de la identidad del barrio están perdidas entre el tiempo y la tecnología.

“En la Rama antes te cantaban una letanía de versos, ahora nada más les das el dinero y ni terminan de cantar, se van”.

Desde que estalló el conflicto en el Patio, compraron una casa de Infonavit por si algo malo sucedía. Sin embargo, Concha se rehúsa a irse del Patio, ya que ahí lo tiene todo. Una vez intentó irse a vivir a esa casa en la zona norte, pero no funcionó.

Dentro del mismo apocalipsis queda alguna gota de algarabía. Por ejemplo, las comparsas del carnaval. El barrio fue pionero en ellas con un carnicero al que se le conoció como Lito Alfonso, quien creó “la comparsa de los marineritos”.

Otra es Las bastoneras del catorce, creada por la Eloisa La Güera Herbert Gerola, a quien también se le recuerda por ser una gran creadora de versos para La Rama. Las Bastoneras del catorce siguen participando en el Carnaval hasta la actualidad. Otra comparsa fue la de Los esclavos, donde la vestimenta estilo militar era una parodia de la esclavitud de donde provinene. De las más antiguas queda la de Los elegantes del barrio de La Huaca, los cuales no salen desde hace dos años porque fueron amenazados, según se rumora en la ciudad, por el cártel de los Zetas. El motivo se desconoce.

LA MUERTE DE ABRAHAM

23 de Mayo de 2012. Barrio de La Huaca. Avenida Primero de Mayo entre Doblado y Zapata. Casi una de la tarde. Tres sujetos en una camioneta blindada se deslizan por el asfalto. Uno de ellos atisba y señala una casa. Segundos después la camioneta le da la vuelta a la manzana.

El sol pega sobre un árbol mientras unos niños corren. No se imaginan que pronto entrarán en contacto con una escena como la que han mirado en las películas. Junto, un joven está sentado en la repisa de la banqueta mirando y tecleando su celular. Viste ropa deportiva.

Después de saludar a su hermano apodado el Quetzal, sale de su casa con número 222 un muchacho de piel cobriza. Su nombre es Abraham González Perea, vende jugos y le apodan Chango. El padre de ambos es un priísta muy reconocido en Veracruz al que le apodan el Pollo, recordado por echarle porras con euforia al ex gobernador Fidel Herrera. El ex gobernante le regaló un cachito el dos de enero al ganarse la lotería en diciembre de 2007.

El Quetzal salió hace unos cuantos meses de la cárcel, después de cumplir una condena de casi diez años.

Mientras El Chango sonríe y habla con desparpajo, un joven fornido se baja de la camioneta. Su bermuda es roja y la playera blanca. Tiene la tez clara.

− ¿Quetzal? ¿Quién es El Quetzal?, interrumpe el hombre con voz grave.

Al escuchar el apodo de su hermano, El Chango volteó por inercia. El sonido de una calibre 45 salió disparado hacia su cuerpo, que al ser impactado cayó sobre la banqueta, simulando a las almendras que caen desde la copa de los árboles.

Gritos de niños. Pasos de un muchacho que corre, y la sangre de Abraham que salpica para percudir la banqueta de rojo como metáfora al exterminio de un barrio que en la voz de sus habitantes se confirma que dejó de ser lo que era, que va perdiendo su propia identidad. La bala es el tiempo, la tecnología, la actualidad. Los tiempos hostiles, la envidia, la pérdida de las tradiciones, el apocalipsis.

Al mirar a Abraham muerto, sus familiares lo cubrieron con una sábana. Otra analogía más para un barrio que cubre, quizás involuntariamente, su memoria y pretérito con una sábana llamada modernidad tardía.

***

Ya pasan las 12 de la noche. Manolo rompe su trance. “Estoy orgulloso de haber nacido aquí”, dice. Al parecer, el barco que miraba alejándose hace unos instantes desde la ventana del automóvil, se ha ido.

Ahora sonríe. El aire tibio y callado, ya no fluye como antes.

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