Por Kaizar Cantú

Aquí suele hablarse de los muertos, o más bien de los rastros inherentes al olvido como muertos. Monterrey ha muerto muchas veces, ya sea en la paz instantánea de una ráfaga violenta o la alargada pena de lo que poco a poco desfallece hasta que, sin transición, deja de ser. Si acaso algo nos queda son las marcas de un combate o las de un prolongadísimo suspiro, y son sólo eso: marcas. Somos como los antiguos que desenterraron el cráneo del mastodonte e imaginaron lo peor, lo más maravilloso, lo más digno de su memoria, todo a partir de un rastro, del misterio de lo que alguna vez estuvo y se fue.

Rasta Man grita al candidato Bulworth desde la multitud que sea un espíritu, no un fantasma. El fantasma es humo que no dispersan los reveses del cambio; es inextinguible mientras permanezca encapsulado en un tiempo ajeno al corriente, a las aguas que todo lo acarrean. El espíritu es la entidad que pulsa, energiza, posee la materia viva y la llena de otros significados; vive aún más que la vida. En efecto, hay muertes que inauguran, y en Monterrey existen lugares arrebatados por el espíritu de sus inexistentes, viviendo en muerte o más allá de ésta.

En el Barrio Antiguo abundan los rastros: grandes portones de madera, pasillos estrechos distinguibles a través de los barrotes trenzados frente a ventanas altas, los faros que esbozan aureolas sobre el caminante nocturno; óxido, hierba, escombro y vacíos. De ellos desborda el espíritu de un pueblo que muere y sigue muriendo sólo para volver, así por más de 400 años hasta la fecha. Ofrezco cinco muertes. Tal vez son más, tal vez son menos; tal vez nunca hubo tal cosa. Aún así, recordemos.

Al borde del siglo XVI, Don Diego de Montemayor llegó desde Saltillo junto a 12 familias para establecer un asentamiento colonial sobre tierra inhóspita entre montañas, al norte de lo que entonces llamaron los Ojos de Agua de Santa Lucía. Cursa el año 1596 cuando se hace oficial la fundación de la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey. El entonces llamado Barrio de la Catedral sobrevivió toda una década de inclemencias del terreno y enfrentamientos con las tribus salvajes de la zona. Es hasta 1611 (mal augurio: Montemayor desfallece un año antes) que el Barrio muere por primera vez. Las fuertes lluvias sacaron las aguas de su corral. Los Ojos de Santa Lucía se llevaron al pueblo entre su llanto. Vaya bautizo.

Aquella fue la primera de muchas inundaciones por sufrir. Todas serán desastrosas, mas ninguna otra será capaz de exterminar al pueblo; eso será obra de otras fuerzas.

El Barrio muere por segunda vez a mediados del siglo XVII. José de Escandón y Helguera encabezó el proyecto de colonización de terrenos marginales al Nuevo Reino de León. Las familias regiomontanas partieron rumbo a otras vidas en Coahuila, Tamaulipas y Texas. Para el año 1754 sólo quedaron 600 de los 3 mil habitantes que poblaron Monterrey. Se recuperará hasta finales de siglo, poco antes de que estalle la Guerra de Independencia.

La emancipación política del país permitió a la ciudad crecer geográfica y económicamente. Las filas del poblado ensancharon; Monterrey al fin se convertía en la flor que se asoma entre arena y roca árida.

La tercera muerte llegó el 21 de septiembre del 1846 y se prolongó por tres días. El pueblo regio defendió la ciudad de las fuerzas estadunidenses invasoras. Los registros históricos nos dicen que buena parte del combate tuvo lugar en los callejones del Barrio Antiguo. Es tentador contrapuntear la imagen de los fusiles asomando por las ventanas y los cuerpos desfallecidos sobre el empedrado de las calles con la guerrilla urbana de los poblados árabes hoy día. Las fuerzas regias acompañaron al pueblo rumbo a Saltillo el 25 de septiembre de 1846. Los estadunidenses ocuparon las callejuelas por casi dos años.

La cuarta muerte del Barrio fue quizá su más dolorosa y compleja. Monterrey tuvo un período prolongado de crecimiento, especialmente durante los mandatos (tanto los oficiales como los velados) de Bernardo Reyes. El Barrio Antiguo no sufre transformaciones particularmente llamativas; maquilladas por aquí y por allá, si acaso. Colapsa el porfiriatio, desfila la Revolución y viene otro estallido metropolitano. La mitad del siglo XX permite al Barrio permanecer relativamente intacto hasta el abandono. Los descuidos excusaron una serie de renovaciones destructivas, de las cuales la Macroplaza terminó siendo el emblema a recordar. La mitad del Barrio se fue con el pisotón de vigas y concreto.

Los años 90 y el nuevo milenio fueron un poco más benignos con el Barrio. Sembraron el glamur de los rayos láser, la intermitencia y la tela fosforescente en la barriga de las casonas coloniales y porfirianas; la fiesta renovó el rostro de los cadáveres. No obstante, había un ciclo por cumplir. De noche llegó la ola de violencia. Trajo consigo hombres de sombra alargada y moribundos con cara de niño. Se manifestó la quinta muerte.

Pasear por el Barrio Antiguo hoy garantiza encuentros con los signos de la muerte y el olvido. Las imágenes son en efecto tristes, al menos inicialmente. A uno le toma tiempo reconocer la presencia del espíritu que ha mantenido con vida al Barrio durante estos cuatro siglos. Vive porque las pulsiones de su pueblo son incapaces de desvanecerse; toman la muerte como plataforma inaugural de otro ciclo de existencia. El espíritu del Barrio trasciende la decadencia material y el anacronismo de sus calles. El espíritu del Barrio es memoria, memoria nuestra, de los vivos, de los muertos y de los demás. 

Comments

comments