¿Cuánto peligro hay en una mala reseña?

Por Joel De Souza

I

Rogelio Sustaita, crítico literario, salió a dar la última caminata de su vida el día 22 de octubre de 2019, sobre los muelles al sur del área metropolitana de Monterrey. Ya era lunes, tercer día de la XXIX Feria Internacional del Libro, cuando lo encontraron inmóvil y con la espalda al cielo. La sangre aún le brotaba del estómago, escurriéndose entre los tablones podridos en su caída al mar.

La Policía Estatal desplegó sus agentes de inmediato, y al quinto día cayó el culpable: Mario Garza Gómez, alias Mario Greco, un contador público con aspiraciones literarias. Según los informes de la procuraduría, Garza Gómez declaró haber acuchillado a Sustaita en respuesta a una reseña particularmente cruel que éste había escrito sobre El hombre que leía a Dante en italiano, su primera y única novela.

II

Rogelio Sustaita fue una anomalía en el panorama cultural regiomontano. Era un crítico literario con lectores, los suficientes como para asegurarse un espacio permanente y privilegiado en los periódicos, con apariciones frecuentes en los noticieros y otros programas de producción local. Su fama se debió menos a sus opiniones reaccionarias y mucho más al estilo de sus reseñas: era, en una palabra que lo resume a la perfección, despiadado.

Sustaita se consideraba a sí mismo un tradicionalista, un guardián de lo clásico y lo puro en las Letras, y como tal, defendía su castillo de todo aquello que despidiera “la inconfundible peste de la degeneración y la decadencia”. Abominaba a todos los prosistas del norte de México, a quienes tiraba de torpes, incultos y, para colmo, aburridos —alguna vez escribió sobre Pedro Guajardo Remy que “debería volver a despachar hamburguesas y dejarle la escritura a un verdadero Hombre de las Letras”—; sus sentimientos respecto a los representantes del centro y sur eran prácticamente iguales, salvo dos o tres “muy agradables excepciones”. De la poesía en general pensaba que era un género muerto, herido por las vanguardias y mutilado durante décadas por las “necedades y obsesiones de una contracultura que ni siquiera se acercó a comprender aquello que se empeñó tanto en destruir”.

Aunque la ferocidad con la que expresaba sus opiniones acabó por ganarle buena fama entre los regios, éstas no eran —y nunca fueron— lo suficientemente populares entre el establishment literario como para garantizarle un espacio fijo en alguna publicación. Sus primeros textos aparecieron esporádicamente a principios del nuevo milenio en La Rocka, El Porvenir y otras publicaciones con espacios culturales entre sus páginas. Sin embargo, a Sustaita no se le permitió aparecer más de una vez en ninguna de ellas; los editores que lo imprimieron confiesan haberlo hecho durante momentos de escasez y desesperación. Sólo La Calle Rojo, un muy temprano ensayo de lo que acabaría por convertirse en El Barrio Antiguo, se permitió publicar a Sustaita en más de una ocasión. La tercera fue definitivamente la vencida.

Nadie está seguro de cómo ni por qué, pero en marzo de 2009, Sustaita consiguió un espacio en las últimas páginas del periódico Milenio. La columna se llamó “El Dienteagudo” en referencia a su escritura predatoria y fue el comienzo de su éxito entre la comunidad regiomontana. La primera víctima fue Rosa Menéndez, una cuentista cuyo nombre ya figuraba en dos o tres antologías y entre las incansables bocas del gremio cultural regiomontano. La obra reseñada (Peligro: no leer) era una colección de narrativa breve que trataba, entre otras cosas: borracheras, vagabundeos, sesiones maratónicas de sexo en grupo y fragmentos de una conversación con un cajero transexual. Sobre ella, Sustaita escribió:

“Estoy casi seguro de que la autora eligió el título de su colección creyendo que nos advertía sobre la naturaleza innegablemente transgresiva de sus contenidos. Lamento informarle, Miss Menéndez, que sus intentos de transgresión apenas si son eso: intentos. No encuentro diferencia entre lo que usted escribe y el shock value que empapa a los peores programas de nuestra televisión […] Su obra no es más que otro ejemplo de lo estéril que es el panorama de las Letras en el norte y en todo México, y usted es sólo una más en la larga lista de pseudo-escritores que creen estar revolucionando la Literatura cuando no comprenden ni siquiera lo que es, y mucho menos lo que necesita […] El título de esta colección es adecuado, mas sólo por un alegre accidente. En otras palabras, querido lector, haga caso de lo que dice en portada y, por favor, no la lea, ni siquiera por error. Es más recomendable invertir su dinero en cualquiera de las múltiples ediciones (incluso las más pobres) de los clásicos, que para colmo son más baratas”.

“El Dienteagudo” siguió publicándose en las páginas de Milenio hasta finales de 2010, cuando se decidió moverlo a Laberinto, el suplemento cultural del periódico. Ahí Sustaita tendría más espacio para su rabia, y se pensó entonces (correctamente) que su presencia ayudaría a incrementar la popularidad de la publicación. En enero de 2011 se cambió el título de la columna a “Puro colmillo”, y así permaneció hasta el 21 de octubre de 2019, un día antes de la muerte de Sustaita. Éste nunca frenó la fuerza de sus dentelladas durante los casi 10 años que pasó escribiendo la columna, tiempo en el que ganó una cantidad astronómica de lectores —quienes tenían cuando mucho una idea difusa de lo expresado por Sustaita—, además del desprecio de todo escritor emergente y de varios ya establecidos.

***

La última aparición pública de Rogelio Sustaita fue durante la presentación de su libro Rogelio Sustaita: La dentadura completa en la XXIX Feria Internacional del Libro de Monterrey, celebrada por segunda vez en el Don Eugenio, un trasatlántico donado por la comunidad empresarial regiomontana para la ocasión. El libro es una compilación de todas sus reseñas y escritos críticos desde los primeros días de “El Dienteagudo”, impecablemente impresos en 400 páginas del papel más blanco. La presentación tuvo lugar en la cubierta del barco, bajo la noche del domingo 22 de octubre.

El evento transcurrió sin mayores problemas; con el mar en calma y el cielo sin nubes. El Dr. Jorge Ibarra, editor veterano, presentó el libro y luego cedió el micrófono a Sustaita, cuya figura, larga como el Quijote, proyectaba un aspecto etéreo bajo los reflectores y el fino haz de luna. Dio un discurso de agradecimiento, muy breve, y lo siguió con una extensa y elocuente declaración de guerra en contra de “las fuerzas que intentan viciar y prostituir la Literatura”. Hubo aplausos y dos o tres abucheos que se sofocaron de inmediato. Durante la sesión de preguntas y respuestas, Sustaita discutió por casi 15 minutos con un muchacho fofo y de cabello chino que lo acusó, a modo de pregunta, de intolerante y anticuado. Si aquello hubiera sucedido en otra presentación, los organizadores habrían intervenido para evitar problemas, pero tratándose de Sustaita, los problemas eran prácticamente parte indispensable del show. El evento terminó a las siete y media de la noche. Después de una prolongada sesión de fotos, Sustaita bajó del barco.

La última persona que habló con Sustaita antes del encuentro de éste con su asesino fue Emma Rosario Pérez, profesora de tercer grado de primaria en un colegio privado. La joven, alta y con expresión de gato asustadizo, lo acompañó en su descenso por la larga rampa que conecta al Don Eugenio con los muelles. Comentaron poemas de Eliot y Yeats, además de lo difícil que era contagiar el amor por la Literatura en el pedazo de cuero asoleado que es Monterrey. Pasaban 15 minutos después de las ocho cuando alcanzaron los muelles. Sustaita pidió disculpas y se despidió cortésmente, alegando que necesitaba dar una caminata, a la Rousseau, para despejar la mente y organizar las ideas. La joven le ofreció su compañía, pero éste se la negó con todos sus modales, diciendo que “las noches así son para uno nada más”. Emma Rosario Pérez lo vio caminar, alto y lívido como una exhalación de humo, hasta perderlo entre los puestos y tiendas apagados sobre el muelle .

III

La historia de Mario Garza Gómez —quien insistió en ser referido aquí como “Mario Greco”— comienza con la publicación de su primera y única novela, que por sí sola, si decidimos hacerle caso a la crítica, no habría llevado su nombre demasiado lejos, si es que acaso lo llevaba a algún lado. Sin embargo, es el hecho de que su obra salió al público lo que permitió desencadenar los eventos que culminaron en la muerte del crítico literario más leído de Monterrey.

Garza Gómez es un hombre de 39 años, sin distintivo. Es pequeño y de piel tostada, con ojos levemente rasgados y un bigote que le mancha por encima del labio. Se graduó de la Facultad de Contaduría Pública de la UANL a los 23 años y pasó los próximos 16 trabajando en despachos disfrazados de casas viejas en el Barrio Antiguo de Monterrey. Su vida, según sus palabras, era “tan gris e insípida como una camisa mal planchada”.

Además de contador, Garza Gómez también era un lector ávido. Su gusto por la lectura comenzó en la secundaria, cuando una profesora le regaló una edición ilustrada y abreviada de La divina comedia. Garza Gómez pasó el resto la secundaria leyendo ese libro en cada uno de sus recreos, embelesado con el contenido de las frases y el trazo de los dibujos. Repitió aquello con otras obras durante la preparatoria, la carrera y aún a lo largo de sus 16 años como oficinista; sus compañeros siempre lo veían sacar algún libro del portafolio, que luego leía en la hora de descanso.

El impulso de novelista le llegó temprano: a los 20. Sabía que sus padres no le dejarían hacer el cambio a la Facultad de Filosofía y Letras, así que decidió comenzar de una vez a trabajar lo que habría de ser, según sus fantasías, su primera gran obra, la que lo introduciría al mundo de las Letras como un joven y prometedor escritor. Armó y pulió el manuscrito por 10 años, hasta que por fin se decidió a entregarlo a varias editoriales. Fue, por supuesto, rechazado por todas ellas. No obstante, Garza Gómez siguió trabajando el manuscrito, puliendo todavía más la prosa y otros detalles, para ofrecer la obra a toda editorial conocida y desconocida, primero de Monterrey, luego del norte y finalmente de México. Todas, de nuevo, y durante casi seis años, lo rechazaron.

La racha de negativas terminó en mayo de 2017, cuando Garza Gómez recibió un correo de Donke, una casa editorial con sede en Durango. Su obra apareció en librerías muy contadas cinco meses después bajo el título de El hombre que leía a Dante en italiano, una novela sobre eso precisamente: un hombre que narra y comenta las sensaciones evocadas por su lectura de La divina comedia en italiano. El autor firmaba como “Marco Greco”.

El título —como habría de confesarlo él mismo— hizo que la novela llegara a las manos de Rogelio Sustaita, quien escribió, en la edición del 19 de diciembre de Laberinto, lo siguiente:

“En mi carrera me he topado con varias decepciones. Lo que viene a continuación es un reporte de otra más. No soy una persona que se deje guiar por las apariencias, pero debo confesar que cuando vi El hombre que leía a Dante en italiano sentí una punzada en la que se combinaban la curiosidad y la más pura emoción. No es secreto que soy un ferviente admirador de Dante Alighieri, así que el título fue suficiente para llamar mi atención. Pero por si eso no bastara, el libro que contiene la novela es un objeto bello: azul, compacto, con letras cobrizas y un retrato del perfil del maestro. Es una lástima —si no es que un insulto— que un volumen tan bien hecho y agraciado con la imagen del poeta divino sea el soporte de una obra que no merece más que el calificativo de mediocre. El hombre que leía a Dante en italiano no es una novela excepcionalmente mediocre, tampoco pobremente mediocre, ni siquiera mediocremente mediocre. Es sólo mediocre. La palabra basta, no hace falta más, y de no ser porque estoy obligado a llenar un espacio, es la única que habría requerido para esta reseña […] Sospecho que el señor Greco —si acaso ese es su nombre— ha escrito una obra vagamente autobiográfica; son de otro el nombre y las circunstancias generales, pero la lectura es de él. Independientemente de si mi suposición es correcta, debo decir que no hay nada en la escritura o los pensamientos del señor Greco que valga la pena leerse, mucho menos publicarse. Lo único que encontrará cualquier lector en sus palabras son los balbuceos de un hombre que ha fracasado en su intento por aprehender y expresar la grandeza de un verdadero Caballero de las Letras […] Sin ánimos de ofender, amigo Greco, le recomiendo abandonar la escritura. Las Letras no son para todos, y menos en esta tierra de espíritus infértiles. Mejor vuelva a hacer lo que sea que hacía antes de publicar este fallo de novela, pues lo único que he descubierto recorriéndola es que usted es incapaz de comprender Dante y que tampoco lee italiano”.

IV

Rogelio Sustaita caminó por varias horas sobre los muelles, bajo una noche despejada y de luna creciente. Ya pasaban de las once de la noche, y las luces del Don Eugenio se habían apagado hace rato; sólo alcanzaban a distinguirse la mancha dibujada por la figura del barco y los sonidos del coloso sacudiendo montones de mar ennegrecido.

Mario Garza Gómez había llegado a los muelles después de las ocho y media, cuando aún había luces y Sustaita apenas comenzaba su caminata nocturna. Según su declaración frente a la procuraduría, no está seguro de por qué decidió salir a buscarlo esa noche. Estaba sentado en casa, cenando una sopa de lentejas con rebanadas de salchicha, y de repente le vinieron las palabras de la reseña a la cabeza, palabras en las que no había pensado desde hacía casi un año. “Estaba sobrio. Me sentía en paz. Hasta que me acordé de todo lo que me dijo”. Dejó sus lentejas, se puso de pie y buscó un cuchillo de cocina que disimularía bajo su rompevientos.

Garza Gómez pasó más de dos horas y media siguiendo a Sustaita, siempre desde una distancia prudente, resguardándose entre las multitudes y después bajo la sombra de los varios restaurantes y demás negocios que habían ido extinguiéndose uno a uno hasta dejar un laberinto hecho con rectángulos de un negro transparente.

Entre once quince y once y media de la noche, cuando sólo los acompañaban la penumbra y el golpear de la marea, Garza Gómez tomó un atajo a través de un callejón y se adelantó hasta quedar escondido detrás de una repostería por la que pasaría Sustaita. Esperó unos segundos, tomó una gran bocanada de aire, como si fuera a sumergirse en el agua oscura que se mecía bajo sus pies, y salió de su escondite con la mano en el interior del rompevientos, bien sujeta al mango del cuchillo.

Es posible que alguno pronunciara unas palabras. Garza Gómez dice que no, que sólo hubo gruñidos y el sonido de la hoja cortando el aire y después la carne. Lo atacó de frente con varias cuchilladas en el estómago; movimientos sin ritmo, casi espasmos. Luego lo tumbó de espalda contra los tablones e intentó rebanarle la garganta con cuatro cortes, ninguno de ellos lo suficientemente profundo. Sustaita nada más se dejó asesinar, con los ojos bien abiertos, “llenos de una luz muy pálida”.

Garza Gómez le enterró el cuchillo por última vez en el estómago, sujeto con ambas manos y empujándolo desde arriba hacia abajo. Después se fue, tembloroso y cubierto de sangre. Es de suponer que Sustaita permaneció ahí tirado, boca arriba, por un tiempo, y que luego volteó su estómago abierto hacia el océano, tal vez en un intento por acomodar el cuerpo para arrastrarse en busca de ayuda. La luna brillaba creciente, casi desaparecida, en un cielo abierto. Parecía un ojo que despierta aún confundido después de una pesadilla.

*Texto publicado en La Gaceta Roja (2020).

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