Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél? Se había inaugurado el metro y los billetes del recién fundado Banco de México empezaron a producirse en un país, donde recién se decretaba la mayoría de edad a los 18 años. El Club Deportivo Guadalajara ganó el torneo nacional. En Stonewall los homosexuales se cansaron de que la policía los acosara y respondieron. Pronto se transmitiría el primer mensaje por ARPANET¸ el prototipo de Internet. La radio en México transmitía Kalimán; Memín Pinguín de Yolanda Vargas Dulché, se leía sin que nadie se escandalizara por el racismo implícito; en los kioscos vendían Los Supermachos, Chanoc, Torbellino y salió al público, en forma de historieta, Fantomas.

Fue 1969 el año en que, por primera vez, Rubén Lara y Romero dibujó a la Amenaza Elegante.

Fantomas, el dandy tropicalizado que no era ni El Santo, ni James Bond, sino un héroe ladrón en el que se amalgamaron todos los deseos políticos y económicos de una época tan recientemente lastimada por Tlatelolco. 

A pesar de que el proyecto de alfabetización de José Vasconcelos pretendió llevar a los ranchos más lejanos del país obras clásicas como la Odisea o la Iliada, fue El Libro Vaquero el que enseñó literatura a los mexicanos. Y Fantomas fue quien mostró referencias cinematográficas, literarias, musicales y de política a las masas clasemedieras que consumían del mercado editorial nacional, el cual estaba por vivir su apogeo.

La historieta mexicana llegó a tener tanta influencia en los años 60, que la SEP trabajó en coordinación con los editores mexicanos para abastecer de cómics, mayormente históricos, a los Centros de Alfabetización. Tenían el convenio de vender las historietas de 1 peso a 20 centavos. Esas historietas contaron con guionistas como José Revueltas.

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Rubén Lara Romero nació en el Distrito Federal en 1934. Empezó a dibujar a los 14 años para la revista Nota Roja. Además de crear a Fantomas, durante su vida trabajó en historietas tan icónicas como Pepín, Lágrimas, Risas y Amor, y Samurai, cómic que elaboró durante 20 años. También ilustró Duda, una de las primeras revistas mexicanas que trataban sobre ovnis y asuntos esotéricos.

Tuvo una esposa llamada Lidia y dos hijos. Un amigo personal lo describió como “una buena persona. Siempre sonreía. Además era un maestro”. Cuenta que Rubén Lara se lucía en las páginas uno y 32, donde las revistas mexicanas solían poner un dibujo a toda plana. Se especializó en la técnica de la tinta china y el medio tono, el cual utilizó para ilustrar las historias de Lágrimas, Risas y Amor; historias que conformaron buena parte de la educación sentimental de los mexicanos, aun antes que las telenovelas.

Rubén contaba que para crear la primera identidad gráfica de Fantomas se inspiró en The Spirit, de Will Eisner, y en Yul Brynner, el actor ruso que interpretó a Ramses en Los diez mandamientos. Aunque la idea original de transformar a un antihéroe de novela francesa a un ladrón heroico y culto vino de Guillermo Mendizábal (quien fundaría Editorial Posada, donde Rius publicó sus trabajos), Rubén dio cuerpo colorido al personaje, dibujándole unamáscara pegada a la cara, en la que apenas se distinguía  la boca, y con levita, sombre y capa española. Todo, según dijo en entrevista alguna vez, para representar “el poder y el miedo que impone a sus rivales”.

El cuatro de mayo, Rubén falleció en Naucalpan, Estado de México. Las complicaciones del Parkinson lo aquejaron hasta el último día de su vida. Dejó muchos de sus trabajos en un lugar insólito que él mismo ayudó a fundar: el único museo de historieta mexicana que existe en el país.

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El Museo de la Caricatura y la Historieta “Joaquín Cervantes Bassoco” empezó a funcionar en Cuautla, Morelos. Tuvo varios domicilios y finalmente se asentó en Atotonilco, la ciudad donde vivió Zapata; el director del museo, Rubén Eduardo Soto Díaz, comenta que el local final fue donado por los campesinos: un antiguo despacho del comisariado ejidal. En ese museo se guarda la colección más completa de cómic mexicano y también objetos relacionados; ahí están los tenis que inspiraron al dibujante de Memín Pinguín.

Rubén Lara, junto con los dibujantes Antonio Gutiérrez (Lágrimas, Risas y Amor), Joaquín Cervantes (de quien el museo tomó su nombre) y el mismo Rubén Eduardo Soto, fueron quienes inauguraron el museo.

Éste nunca tuvo apoyo de ninguna dependencia oficial (y sigue sin tenerlo). Las autoridades de cultura del estado no aportaron nada porque consideraron al museo y al acervo como “un proyecto personal” de los historietistas, quienes, como el Fitzcarraldos en Anenecuilco, insistieron en mantener su proyecto. Todos los años, desde 2000, el primer domingo de diciembre, organizaron una fiesta de aniversario que también funcionó como convención de caricaturistas, guionistas e historietistas de la época de oro del cómic mexicano.

Ahora es Rubén Soto quien sostiene con vida el lugar, ya que, dice, “todos los historietistas se han ido muriendo”.

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Los últimos años de Rubén Lara fueron difíciles, cuenta su amigo; vivía pobremente y ya ninguna editorial quiso tomar en cuenta sus proyectos.

Rubén Soto dice que así sucedió y sucede con casi todos los dibujantes y guionistas de ese tiempo. Como las editoriales mexicanas no ofrecían regalías o fondo de inversión; como el trabajo era de día a día y sólo para ganarse el sustento; como la industria de la historieta mexicana casi desapareció y dejó a sus trabajadores sin espacios, todos viven y acaban pobres. Muchos historietistas terminaron dibujando Sensacionales o porno suave.

“Ahí está la gran desgracia de los grandes historietistas mexicanos. Entregaron la vida, pero no románticamente; se fletaban, no había descanso o vacaciones porque muchas publicaciones eran semanarios”.

En los 60, cuando Fantomas y otras historias parecidas publicaban hasta 100 mil ejemplares en México, los historietistas no lo sabían. Ellos creían dibujar para un público reducido y las editoriales no los sacaron de su error para no tener que pagarles más por su trabajo. Sólo se enteraron de la fama que en Latinoamérica tuvieron sus creaciones cuando el internet les puso al alcance la información y cuando la globalización permitió a dibujantes peruanos, argentinos y chilenos venir a México. Fueron esos dibujantes quienes contaron a los mexicanos hasta dónde habían llegado sus obras.

Rubén Lara heredó los derechos de Fantomas al morir Mendizábal. Cuando Editorial Vid quiso seguir con el personaje pidió al dibujante que les prestara los derechos. Él los cedió porque estaba en medio de su obra Samurai y porque creyó que Fantomas no era tan importante.

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En 1975, Julio Cortázar estaba involucrado en el tribunal Bertrand Rusell II, cuya tarea era juzgar los crímenes de las dictaduras latinoamericanas. Por entonces salió un número de Fantomas que incorporaba como personaje al escritor. Éste pensó que si Fantomas lo había hecho protagonista de una aventura, él podía hacer del Fantomas “aztequizado” el protagonista de un libro suyo. Este libro de Cortázar se llamó Fantomas contra los vampiros multinacionales. Expresó mucho del disgusto que Cortázar sentía por las empresas y gobiernos que en ese momento comenzaban a aprovechar un modelo neoliberal incipiente. Para Fantomas el antihéroe, los burgueses eran lo mismo que los estafadores, como lo dijo en La inteligencia en llamas, capítulo que produjo la admiración de Cortázar:

“Brecht [en su obra La ópera de tres centavos] quiso parodiar las costumbres de la burguesía con las de los estafadores. Entreveía que las diferencias entre un hombre sin escrúpulos financieros y gángsters es mínima”

Fantomas La Amenaza Elegante ha sido celebrado y reconocido por intelectuales y queda como símbolo de subversión. A finales de los 80, la Editorial Vid hizo memoria del personaje y lo quiso reeditar. A Rubén Lara lo recordarán en el Museo de la Historieta, el primer domingo del diciembre por venir.

Rubén no sabía hablar en público y jamás le gustaron los homenajes.

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