Por Jaime Guerrero

El año pasado en Marienbad (1961) fue el segundo largometraje realizado por el cineasta francés Alain Resnais. Su debut Hiroshima, mon amour (1959), escrito por Marguerite Duras, típicamente es mencionado entre las primeras obras de la nouvelle vague française, a pesar de que Resnais no formó parte del grupo de críticos-luego-cineastas asociados a la publicación Cahiers du cinéma. Resnais era unos diez años mayor que Godard y Truffaut y había empezado a hacer cortometrajes desde finales de los cuarenta –dos de los más notables son Las estatuas también mueren (1953), la colaboración con Chris Marker por la que ganó el Premio Jean Vigo en 1954, y Noche y niebla (1955), su gran documental acerca de Auschwitz y Majdanek.

A diferencia de alguien como Godard, cuya carrera pasó por etapas claramente distintas entre sí, la obra de Resnais ha sido prácticamente inclasificable desde el comienzo, debido en gran parte a su trabajo con escritores tan distintos como Duras, Alain Robbe-Grillet y Jacques Sternberg. Resnais siguió trabajando casi ininterrumpidamente por más de seis décadas hasta fallecer a la edad de 91 el 1 de marzo y es indudable que algunas de sus últimas obras (Las malas hierbas del 2009, por ejemplo) están al nivel de los logros de su primer periodo. Es imposible resumir el cine polifacético de Resnais al hablar de un solo filme, pero es concebible que su obra que ha ejercido la mayor influencia sobre el cine posterior es El año pasado en Marienbad, su luminosa y perturbadora colaboración con el novelista Robbe-Grillet.

¿Cómo describir El año pasado en Marienbad? Digamos que es como El resplandor (1980) si esta película, en su totalidad, estuviera enfocada en la fiesta del Salón Dorado a la que Jack Torrance llega inexplicablemente y si Stanley Kubrick hubiera seguido a los invitados por los demás pasillos y jardines del Hotel Overlook. Esto explica algo acerca de los espacios en los que se desarrolla Marienbad –un hotel masivo y elegante, con salones palaciales– y tal vez un poco acerca de la influencia que Resnais ejerció sobre Kubrick, no sólo en relación a cómo filmar escenas por pasillos (de los aspectos visuales más destacados de El resplandor, para los cuales Kubrick se sirvió de tecnología reciente como la Steadicam, de la que no disponía Resnais a inicios de los sesenta) sino también por el uso de distintas cronologías dentro de una misma obra. Se trata de una temática latente a lo largo de El resplandor (explicitada en la última imagen célebre), mientras que en Marienbad está presente, conscientemente, casi desde el inicio.

Un hombre (Giorgio Albertazzi), identificado como X en el guión, intenta convencer a una mujer, A (la bellísima Delphine Seyrig, cuya actuación consiste principalmente de mantener ciertas poses), de que se conocieron, como dice el título, el año anterior en algún lugar que podría ser Marienbad –casi todo lo que sucede en la película debe ser expresado a través de condicionales, de ahí resulta su inconmensurable ambigüedad. La mujer, al inicio, niega todo lo que dice el hombre, y no sólo porque su esposo –un tipo con facciones cadavéricas (Sacha Pitoëff) que en el guión es señalado como M (sugiriendo que es una personificación de la Muerte) – casi siempre está presente. ¿Qué está pasando aquí: le habrán borrado los recuerdos a la mujer, como le sucede a Kate Winslet y luego a Jim Carrey en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004), de Michel Gondry y Charlie Kaufman? La referencia no es del todo fortuita, dado que otro filme de Resnais (Je t’aime, je t’aime de 1968) influyó de manera determinante sobre la obra de Gondry y Kaufman: la mezcla de recuerdos entre escenas y todo el trasfondo que entrelaza los temas de la ciencia-ficción con una historia romántica ya están plenamente desarrollados en Je t’aime, je t’aime, lo que no significa que Eterno resplandor no sea un gran logro en sí mismo, sin duda de los más notables del cine de los últimos años.

Conscientemente he dicho muy poco acerca de El año pasado en Marienbad, no sólo porque sea una película a la que difícilmente se le pueda asignar un significado unívoco o porque ya existan cinco décadas de intentos llevados a cabo por críticos mucho más calificados para resolver este rompecabezas, sino también porque creo que los misterios de Marienbad se mantendrán intactos en la medida en que nuevos espectadores se sigan acercando a la obra. Bajo otra perspectiva, todas las respuestas están ahí en la superficie –en el resplandor de la fotografía de Sacha Vierny, en el acto de ver a Seyrig en estado de reposo, en las frases hipnóticas del guión de Robbe-Grillet, pero primordialmente en la visión del mundo de Resnais, sin duda de las más lúcidas en toda la historia del cine.

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