Por Caracol Colunga

Cualquier destino por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.

Biografía de Tadeo Isidoro Cruz

Alguien grita primero. “¡Se ahoga!” Los demás replican el grito en una cadena de susto, pero nadie se mueve de su lugar; observan desde arriba del puente mientras el muchacho atrapado entre las piedras va desvaneciéndose dentro del agua. Un grupo de personas que acampan en esa área de la Sierra de la Ventana se acerca al escuchar el griterío. Lo que pasa después es movimiento continuo, apenas acotado con pequeños gestos: un hombre joven se desprende del grupo, camina, se quita la camisa, trepa a la orilla del puente y salta. Cae durante doce metros hasta que su cuerpo alcanza la superficie del arroyo, levanta una explosión líquida y desaparece. Las personas ahora temen por la vida de dos. El tiempo, como ola, cae y tensiona los cuellos, las manos, los ojos de los que se quedaron arriba del puente. Ellos también se están ahogando. El agua se vuelve a romper, por fin. Ahora sí, la gente se acerca a la orilla y ayuda al hombre joven que lleva agarrado al muchacho. Pero el muchacho está muerto. No está muerto, más bien, no lo dejan morir; el hombre joven le da respiración de boca a boca y realiza maniobras para reanimarlo, le pega en el pecho. Las manos del hombre, más que instrumentos de salvación parecen hachas que caen y tratan de cortar las cuerdas con que las parcas se quieren llevar al muchacho. Lo que mueve al hombre joven es una tozudez que casi espanta a los otros que observan. Quiere obligar al chico a que vuelva a la vida. Durante media hora no cede en su voluntad, hasta que el muchacho, más que salvado, es arrastrado afuera de la oscuridad: abre los ojos y respira. El hombre joven, Dardo Aguirre, finalmente descansa.

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Captura de pantalla 2013-09-08 a las 09.13.45Nació en Bahía Blanca, Argentina, el 22 de julio de 1938, pero pudo hacerlo en la Inglaterra del siglo XIX, por su temperamento. Lo criaron en una familia obrera. Leía. Tuvo etapas, más que favoritos. La primera quizá fue la de Henry Miller y su amoralidad, pero antes, tal vez, fue Jack London y sus aventuras crueles pintadas al natural. Desembocó inevitablemente en la oscura rivera de Joseph Conrad. De esas aguas alborotadas surgió el sueño del pibe: a los 12 años, Dardo fantaseaba con unirse a la Legión Extranjera, aunque años después, a los 18, el gobierno tuviera contra él una “captura recomendada” por desertar del ejército. Un amigo, el novelista Pupko, lo apodó El extranjero. Dardo empatizó más con Raskólnikov que con la vieja o con el hacha de Crimen y Castigo. Cortázar le fue grato y Borges lo acompañó toda la vida. Un día antes de morir, dejó sobre su cómoda una historia del peronismo contada por Feinmann.

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“Estar sin él es estar sin el centro”, dice Coral Aguirre, desde atrás de su escritorio en esa oficina que parece más una buhardilla. Fue su esposa durante toda la vida y no evita la emoción al hablar de él.

La historia de Coral y Dardo es en parte pasión y en parte mímesis. Ella lo conoció antes de que él supiera de su existencia. A los 15, Dardo se escapó de su casa por primera vez; sus padres lo reportaron y el caso salió en los periódicos. Una amiga de Coral le comentó que el chico del caso era compañero suyo en clases de violín. Platicaron de él. Cuando Coral y Dardo coincidieron en la orquesta de Bahía, ella lo reconoció. Todos sabían de su captura recomendada y eso le daba un halo de misterio. Al menos para Coral fue algo lo suficientemente atractivo como para hablarle. En el futuro, esa misma orden de captura, impediría que se casaran aunque a ellos no les importó ya que sólo buscaban el trámite para acceder a la prima por matrimonio que daba la orquesta.

Él, hijo de obreros, le enseñó a Coral, hija de familia rica, cómo leer a Platón. Se mantuvieron juntos en adelante, gracias a la coincidencia amorosa, pero más por coincidencia de gustos y pasiones. Trabajaron en la orquesta, él como violín de fila y ella como viola, pero pronto se dieron cuenta de que la música no la tocaban con la perfección con que hubieran querido escucharla de ser ellos el público. Así que escaparon al teatro. Viajaron por el mundo y Dardo mostró a Coral la manera de sentir las cosas.

Ella siempre envidió la sensibilidad que podía mostrar ese hombre frente los Cuervos en el trigal de Van Gogh. De niño tuvo un tío con el que diseñaba bocetos y dibujaba rostros, luego asistió a un instituto con orientación a la plástica. Desde entonces la plástica (pintura y escultura) y la estética rigieron su actividad artística. Coral y Dardo pelearon de maneras terribles, pero jamás se separaron más de dos días. En los últimos meses, él estuvo mermado por la enfermedad, sin encontrarse en sí mismo: el hombre de carne recia, barba y entradas en el cabello, comenzó a irse. “Cora, vos tenés que soltarme”, le dijo a Coral y le hizo prometer muchas veces que no lo dejaría llegar hasta la indignidad. Ambos hablaron con el doctor y le explicaron que no harían nada para alargar innecesariamente la vida de Dardo. Para su cumpleaños él pidió que ella cocinara ñoquis, comida que en Argentina se toma los días 29 de cada mes. Una semana después, el 29 de julio, Dardo murió.

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No era la figura del bufón, esa jorobada que entre risas dice la verdad. Después de cada aseveración de Dardo venía el silencio. Era la figura del actor, el que no finge. Él decía lo que pensaba, lo que veía abajo de cada frase que escuchaba. Era agresivo, cruel, testarudo. Su madre le decía que pudo ser abogado porque todo el tiempo tenía la acusación o la defensa exactas. Coral Aguirre lo describe como “el vasco perfecto”. Cuando a su sobrino Franco le preguntaban “¿Cómo es el tío?”, el niño cerraba su puño y daba golpecitos contra la mesa. Nunca tuvo hijos, pero sus sobrinos lo consideraron un padre. Hubiera sido uno bueno o eso se puede intuir en esa fotografía donde carga a su sobrina y sonríe. Siempre rechazó la realidad y tal vez para cambiarla asumió un compromiso político que lo llevó al exilio.

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Cuando trabajó en el Homenaje a Borges, de la UANL , encarnó al escritor. Coral no lo veía ensayar o buscar soluciones a las dificultades del personaje. Un día, fue detenido por ella que lo encaró para preguntarle: “¿Cómo vas a solucionar lo de la ceguera?”. Él la miró, un poquito despectivo y le dijo: “¿Vos qué crees que hago todas las noches cuando me salgo a caminar?”. Dardo salía a deambular con ojos ciegos por las calles de su colonia. Gracias a ese ejercicio, el día del estreno fue capaz de improvisar cuando se presentaron errores.

Ese día del puente, Dardo le dio vida al muchacho con una testarudez tremenda en contraposición a cuando daba vida a sus otros personajes. Era de intuición liviana. Coral lo llamaba “animal de teatro” porque podía apoderarse fácilmente de un personaje. Fue Borges, Neruda, Herodías, el Papa, siempre personajes fuertes. Recibió críticas positivas en Argentina y en México, tanto en DF como Monterrey. Cuando hizo del Comandante Astorga, el villano en Historia de una pueblada, obra de contenido social presentada en el puerto, el público amenazó con golpearlo al final de la función. Hubo que sacarlo por atrás y en coche.

Hay una fotografía de él en su última obra, Mi pobre corazón idiota, donde mira hacia arriba y tiene los ojos iluminados. “Sólo cuando actuaba era realmente feliz. Mira allí su carita, nunca fue tan amable y bondadoso como en ese momento”, cuenta Coral.

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Durante la dictadura argentina estuvo 40 días desaparecido porque el grupo de teatro que formó junto a Coral y sus compañeros, Teatro Alianza, fue atacado por las fuerzas del gobierno vestidas de civil. Ellos salieron y pudieron irse al extranjero, Mónica Morán, amiga de ambos, no tuvo suerte: fue asesinada en los baños del centro clandestino de detención La Escuelita.

Asumió un compromiso político frontal y perteneció al Partido Comunista Revolucionario. Sin embargo, la personalidad de Dardo no admitía ideas engoladas o solemnes, como patria y otros vocablos que en ocasiones se pervierten; para ser sinceros, se puso a sí mismo en peligro por tener La Aventura y vivir al borde. Odiaba la cobardía.

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-¿Qué me puede decir de la relación que tuvo Dardo con México?

-Desde que llegó aquí no se volvió a poner zapatos. El huarache es lo que más amó de México.

-¿Y con Monterrey?

-Decía que era el lugar más hipócrita del mundo, como Bahía Blanca. Quizá eso le costó tanta soledad, en lo artístico, en lo personal no.

-¿Qué hubiera pensado de que alguien escribiera sobre él?

-Se hubiera reído. “Es una pendejada”, hubiera dicho.

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